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ME SIENTO MAL, NOS SENTIMOS MAL

El malestar es parte fundamental de la vida contemporánea. Hace unos años, era el concepto de moda de filósofos y sociólogos, que como cuasi “psicólogos sociales” diagnosticaban a Chile y al mundo de un “malestar” profundo e inevitable. Ante este mal, cualquier solución puede tomar forma de una receta médica que revierta aquello que padecemos.

Es ahí donde el imaginario de la medicina occidental parece cobrar vida: nos convencemos del fin de cualquier enfermedad con el efecto inmediato de una pastilla o, incluso, una inyección. Queremos terminar con el sufrimiento de la manera más rápida posible. Te duele la cabeza, te tomas un paracetamol, te duermes y despiertas al rato como nuevo. La instantaneidad del bienestar es ‘mágica’ porque un medicamento nos mejora sin que tengamos que hacer nada: el cambio solamente ocurre, el cuerpo simplemente funciona.

A todos nos gustaría tener píldoras que alivien nuestras enfermedades de manera instantánea, sin padecimientos. Sería ciertamente un mundo ideal, uno donde los cuerpos no se interponen en las urgencias de la rutina cotidiana, donde el “desgaste” no entorpezca el ritmo de la productividad y, en definitiva, no se interrumpa el perpetuo avance del progreso.

Vista de la exposición "La Solución: buscando el origen de nuestro malestar" del colectivo La Farmacéutica Nacional, en Galería Metropolitana, Santiago de Chile, 2024. Foto: Benjamín Matte
Vista de la exposición «La Solución: buscando el origen de nuestro malestar» del colectivo La Farmacéutica Nacional, en Galería Metropolitana, Santiago de Chile, 2024. Foto: Benjamín Matte

Quizá esta noción de malestar entendida como una enfermedad que nos aqueja tiende a privatizar algo más grande y complejo que nosotros mismos. ¿Cuál es la diferencia entre un catarro, una gastritis, un dolor de cabeza, y el malestar contemporáneo? Mientras que los primeros se refieren a alteraciones físicas mensurables, el último representa más bien un estado del ser, una transformación de quienes somos y cómo nos percibimos en el mundo.

El malestar sería algo así como un síndrome, ya que abarca diversas manifestaciones tanto psíquicas como físicas de esta condición: algunos experimentan síntomas como el colon irritable sin una causa aparente, otros lidian con la depresión estacionaria, el cansancio crónico, la fibromialgia, las migrañas o el trastorno límite de la personalidad. Nada está muy claro ahí. El asunto es que el sujeto se siente mal y, a pesar de ello, debe seguir funcionando.

Vista de la exposición «La Solución: buscando el origen de nuestro malestar» del colectivo La Farmacéutica Nacional, en Galería Metropolitana, Santiago de Chile, 2024. Foto: Benjamín Matte
Still de video «La solución». Cortesía: La Farmacéutica Nacional

Dicen que el tiempo es oro, porque es producción. Quien se inmoviliza deja de producir, y si deja de hacerlo, deja de agregar valor; por lo tanto, obstaculiza la continua circulación del capital. Los enfermos, al estar excepcionalmente alejados del ritual productivo, representan entonces un problema, no solo porque privan al sistema de ganancias, sino, peor aún, porque lo despojan de potenciales beneficios.

La ganancia potencial lo es todo. La especulación de lo que podré obtener en el tiempo mediante mi inversión es una religión sagrada e incuestionable. Pero quienes experimentan el malestar contemporáneo no son enfermos; son funcionales, operativos, ya que no abandonan el régimen productivo. Más bien, se integran a él mediante los suplementos que la industria farmacéutica ha desarrollado: estabilizadores del ánimo, antipsicóticos, antidepresivos, entre otros.

Todo un mundo de “pichicateos” que hacen que hasta el más resistente sea doblegado ante el constante movimiento de la economía. Incluso su malestar ha sido “monetizado”, toda vez que la solución que se ofrece es toda una industria en sí misma, la farmacéutica. Podríamos argumentar que, aunque alguien tenga la posibilidad de escapar temporalmente del régimen productivo, no puede eludir el régimen de consumo a largo plazo.

¿Es posible tratar el malestar mediante soluciones que lo aborden desde una perspectiva social? ¿Es posible superar el padecimiento personal y llegar a un estado de empatía colectiva?

Vista de la exposición «La Solución: buscando el origen de nuestro malestar» del colectivo La Farmacéutica Nacional, en Galería Metropolitana, Santiago de Chile, 2024. Foto: Benjamín Matte
Vista de la exposición «La Solución: buscando el origen de nuestro malestar» del colectivo La Farmacéutica Nacional, en Galería Metropolitana, Santiago de Chile, 2024. Foto: Benjamín Matte
Vista de la exposición «La Solución: buscando el origen de nuestro malestar» del colectivo La Farmacéutica Nacional, en Galería Metropolitana, Santiago de Chile, 2024. Foto: Benjamín Matte
Vista de la exposición «La Solución: buscando el origen de nuestro malestar» del colectivo La Farmacéutica Nacional, en Galería Metropolitana, Santiago de Chile, 2024. Foto: Benjamín Matte

Desde hace algunos años, el colectivo La Farmacéutica Nacional ha creado una ficción en torno a un grupo de expertos en soluciones farmacológicas, quienes atienden exclusivamente aquellas afecciones que, al ser examinadas, revelan ser una «condición de base» del sistema en el que vivimos.

El malestar que se experimenta en cada uno de nosotros es en gran medida la expresión de un desajuste general ante la inhumanidad del régimen contemporáneo. No es que estemos enfermos: estamos hastiados y nuestro cuerpo constantemente nos insta a romper el ciclo en el que nos vemos atrapados.

Este colectivo salió a la calle a preguntar: “Si pudieras crear una pastilla, ¿para qué sería y por qué?” Con esto, abrieron instancias de conversación donde las diversas subjetividades terminan por conectarse inconscientemente en el padecer compartido.

El ejercicio de escucha, simbolizado por las integrantes del colectivo a través del estetoscopio, tiene como objetivo sacar a la luz las aprensiones, dudas, sufrimientos, ocurrencias, críticas, frustraciones y otros sentimientos que cada individuo carga consigo día a día. Pero, en realidad, quien escucha es siempre el que habla. Es como una consulta psicoanalítica, donde el terapeuta está ahí principalmente para escuchar sin juzgar, permitiendo que la persona hable libremente durante el mayor tiempo posible.

Vista de la exposición «La Solución: buscando el origen de nuestro malestar» del colectivo La Farmacéutica Nacional, en Galería Metropolitana, Santiago de Chile, 2024. Foto: Benjamín Matte
Vista de la exposición «La Solución: buscando el origen de nuestro malestar» del colectivo La Farmacéutica Nacional, en Galería Metropolitana, Santiago de Chile, 2024. Foto: Benjamín Matte

Estas experiencias colaborativas o relacionales suelen ser percibidas a priori como políticas, ya que habitan el espacio público y operan desde lo colectivo-asociativo en un contexto que tiende a la privatización absoluta. Sin embargo, este tipo de trabajos tienden a fetichizar el contacto humano, como si la vinculación fuera un fin en sí mismo.

Es interesante que aquí la cadena que se establece entre cada participante está mediada por un ejercicio ocioso y totalmente ajeno a la “activación” política tradicional: una ficción, específicamente, una pastilla que es imposible que exista. Se crea entonces una dinámica lúdica donde todos nos hacemos los locos y jugamos con la idea de que existe una solución para cualquier problema, con lo cual nos damos el permiso de expresar libremente aquello que, quizá en otro contexto, no manifestaríamos como padecimiento. Total, todo es parte de un juego y no va a pasar nada.

En esta dinámica carente de “efectividad social” se expresa un principio liberador, mas no liberal: las soluciones no siempre son un asunto exclusivamente personal, pues muchos problemas tienen un origen común que solo puede ser abordado mediante la organización colectiva. Y el arte no es el responsable de esa asociación, sino que solo se encarga de señalar lúdicamente –en este caso– que esta realidad es posible. La pregunta inocente desnuda al sujeto y le permite compartir su vulnerabilidad con otros igualmente vulnerables: somos un colectivo porque padecemos en conjunto, aunque sintamos individualmente.

Vista de la exposición «La Solución: buscando el origen de nuestro malestar» del colectivo La Farmacéutica Nacional, en Galería Metropolitana, Santiago de Chile, 2024. Foto: Benjamín Matte
Vista de la exposición «La Solución: buscando el origen de nuestro malestar» del colectivo La Farmacéutica Nacional, en Galería Metropolitana, Santiago de Chile, 2024. Foto: Benjamín Matte
Vista de la exposición «La Solución: buscando el origen de nuestro malestar» del colectivo La Farmacéutica Nacional, en Galería Metropolitana, Santiago de Chile, 2024. Foto: Benjamín Matte

Es interesante ver cómo las acciones de escucha que ha diseñado La Farmacéutica Nacional nos ofrecen instancias de politización del espacio público mediante una ficción a ratos absurda, como cuando auscultan el pedestal de la estatua ecuestre de Manuel Baquedano ubicada antiguamente en la Plaza Italia (renombrada Plaza Dignidad).

Este “examen clínico” recrea la dinámica de los médicos que buscan en los signos del cuerpo las marcas de una enfermedad ¿Será que el monumento donde se congregaban todos los días durante meses los manifestantes en el 2019 tiene algo que ver con ese malestar que la sociedad chilena estaba tratando de exorcizar? ¿Será que el pedestal tenía algo? ¿Será el bronce de la estatua? ¿Cuál es el síntoma oculto que permanece latente en el cuerpo social chileno?

A su vez, junto con esta performance, la constante pregunta abierta sobre el bienestar parece operar como una forma de democratización de la palabra, aunque siempre desde una lógica negativa, puesto que aquello que emerge es malo, algo que busca ser purgado del sujeto. El desafío es entonces, como plantea Mark Fisher, repolitizar aquel malestar, encontrar las razones colectivas o sistémicas que producen tal padecimiento.

De ese modo, el reconocimiento personal y mutuo de las dolencias y carencias pasa a ser un aliciente para transformar la realidad: la poética lúdica de la pregunta que formula La Farmacéutica es una política de la imaginación. Allí donde lo real se impone como invariable e ineludible, la fuga imaginativa abre espacios de pensamiento liberadores, de desnaturalización, en torno a la ficción dominante.

Finalmente, quedamos un poco como Neo frente a Morfeo en Matrix: ¿nos tomamos o no la píldora? Pero lo que suma en este caso La Farmacéutica es que solo hay una cápsula y esta no contiene nada en su interior, está vacía, es decir, la solución a todo no viene de ningún suplemento externo, solo puede emerger del individuo que decide abrirse a los otros.

Vista de la exposición «La Solución: buscando el origen de nuestro malestar» del colectivo La Farmacéutica Nacional, en Galería Metropolitana, Santiago de Chile, 2024. Foto: Benjamín Matte

La Solución: buscando el origen de nuestro malestar, del colectivo La Farmacéutica Nacional, se presenta hasta el 6 de abril de 2024 en Galería Metropolitana, ubicada en Félix Mendelssohn 2941, comuna Pedro Aguirre Cerda, Santiago de Chile.

La Farmacéutica Nacional es un colectivo compuesto por lxs artistas Macarena Cortés, Américo Retamal, Krasna Vukasovic y Valentina Gavilán. Fue fundado en agosto de 2018 en un complejo contexto social y político en Chile.

Diego Parra

Nace en Chile, en 1990. Es historiador y crítico de arte por la Universidad de Chile. Tiene estudios en Edición, y entre el 2011 y el 2014 formó parte del Comité Editorial de la Revista Punto de Fuga, desde el cual coprodujo su versión web. Escribe regularmente en diferentes plataformas web. Actualmente dicta clases de Arte Contemporáneo en la Universidad de Chile y forma parte de la Investigación FONDART "Arte y Política 2005-2015 (fragmentos)", dirigida por Nelly Richard.

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