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ESA MUNDA MACHA. UNA TRAICIÓN ESENCIALISTA

Por Gardi Emmelhainz y Gabriela Rangel

El mundo del arte hoy se escinde alrededor de debates acríticos post-universalistas que no están exentos de las emisiones del combustible fósil ideológico. La peripateia del arte del siglo XXI va acompañada de discusiones sobre los crímenes de lesa humanidad y violaciones de derechos humanos en curso en el Medio Oriente y Ucrania.

Estas controversias descartan olímpicamente la búsqueda de una racionalidad política a partir de la cual se pudieran construir matrices de opinión sobre temas éticos que dividen a la derecha-izquierda en facciones definidas, a partir de categorías como la raza, género, experiencia histórica, origen geográfico, religión.

Un contexto en el que rectoras de universidades Ivy League estadounidense han titubeado ante la postura que se debe adoptar frente al tratamiento del genocidio judío, dejándose entrampar por una representante del congreso sin solvencia moral. Del mismo modo que una ópera wagneriana, se exaltan mitos originarios desde sitios discursivos adornados con un estilo de vida cosmopolita y opulento mostrados descaradamente en redes sociales. En este contexto, formular una crítica de cualquier tipo equivale abrir una trinchera y quizás iniciar un proceso de inquisición que puede terminar con la propia vida.

Éste es el escenario de un mundo del arte contemporáneo plagado de siniestros casos de maniobras de poder y manipulación de colegas mujeres contra otras mujeres que nos retrotraen a la razón de ser explayada por Claudia Rankine en su libro Citizen: An American Lyric. La laureada poeta y académica estadounidense metaboliza en su cuerpo las microagresiones racistas, sistemáticas y normalizadas que han formado parte de su formación y su vida laboral adulta, las que plantea de la siguiente manera:

“[existen] Ciertos momentos [que] envían adrenalina al corazón, secan la lengua y congestionan los pulmones. Como los relámpagos, ellos nos sumergen en sonido, no, más bien como los rayos, ellos nos golpean a lo largo de la laringe. Tos. Después de lo ocurrido tuve una pérdida de palabras.” [1]

La metabolización parte del hecho de que una amiga cercana, al comienzo de su amistad, distraída, la llamó con el nombre de su empleada doméstica, asumiendo que eran las dos únicas personas de color en su vida. Se trata de la reproducción del momento ofensivo del “todos los negros parecen iguales.” Y, en efecto, microagresiones como ésta, pero también agresiones, que son moneda de cambio en nuestras sociedades globales e ilustradas, han dado lugar a un antídoto: la cancelación.

En los años previos a la pandemia del COVID 19, la “tos” y “pérdida de palabras” metabolizadas por Rankine se tradujeron en dar gritos en el espacio público de las redes sociales, produciendo las primeras “cancelaciones” producto del movimiento feminista #MeToo. Su origen virtual y circulación líquida trascendieron los efectos de las campañas de denuncia de abusos sexuales e inequidades de género para señalar casos puntuales de atropellos ejercidos contra mujeres, perpetrados por hombres empoderados por las jerarquías corporativas, culturales o familiares para castigarlos con el escarnio público.

Eventualmente, algunos de estos casos lograron concretar condenas de responsabilidad penal contra agresores de la notoriedad del productor de cine Harvey Wienstein. Si bien el movimiento sufragista y los diferentes feminismos históricos denunciaron las desigualdades de la sociedad machista, el movimiento #MeToo del siglo XXI produjo una rápida conciencia global y colectiva de los peligros y amenazas que aún acechan a las mujeres en las relaciones laborales, sociales, familiares, económicas y políticas, y muestra los mecanismos de opresión todavía presentes en la superestructura de la sociedad patriarcal.

Asimismo, el #MeToo hizo sonar las alarmas de las comunidades LGBTQ+, quienes han sido sistemáticas víctimas de crímenes sexuales y violencia de género por parte de miembros del clero y diversos actores del espectro social. Podríamos pensar al #MeToo como signo de un gran avance en la lucha feminista: entre nosotras nos creemos, y la denuncia pública tiene el poder de erradicar el mal.

Pero no de raíz. El consentimiento de Vanessa Springora (2020) y La familia grande de Camille Kouchner (2021), ambos libros traducidos del francés a varios idiomas, incluidos el español y el inglés, representan un importante cambio de dirección a la doxa de denuncias contra la sociedad patriarcal y sus estrategias de dominación.

Los textos denuncian la complicidad oblicua o directa de mujeres, en particular de las madres educadas y feministas (formadas en mayo del 1968), con agresiones y crímenes sexuales y la violencia de género sistémica que es ejercida contra otras mujeres. Concretamente, Vanessa Springora habla de la complicidad de su madre (y de la sociedad en general) con los abusos cometidos por el escritor Gabriel Matzneff, quien inició una relación adulta con Springora cuando ésta apenas cumplía los 14 años y Matzneff contaba ya con cincuenta.

Kouchner, por su parte, contó cómo Olivier Duhamel, entonces profesor de la prestigiosa escuela de Science Po en la Universidad de la Sorbona y esposo de su madre, abusó sexualmente de su hermano menor durante varios años. Si bien los relatos de Springora y Kouchner difieren tanto en sus tácticas narrativas como en sus enfoques, ambos dan cuenta de una esfera de impunidad y complicidad propiciada por el doble rasero imperante en la bohemia de la clase acomodada de la izquierda intelectual francesa.

Desde esta aproximación polémica escribimos sobre la microviolencia ejercida por las mujeres contra las mujeres, tal y como se presenta en la película de ficción Tár (2022), escrita y dirigida por Todd Field. Su protagonista es una exitosa, atractiva y genial mujer directora de orquesta investida de los clichés del poder masculino. No es accidental que la escena de inicio de dicha película ocurra en una sastrería donde la “maestra” se mide trajes y camisas que la travisten y transforman en “maestro”.

Pero este breve recuento sobre la traición de las mujeres contra sí mismas lo formulamos dentro de un marco regulado por las relaciones sociales del mundo del arte. Proponemos recuperar una lección impartida por los objetos de Tecla Tofano (Nápoles 1927-Caracas 1995). Ella acuñó el intraducible e hilarante título Esa munda macha para designar la serie de treinta objetos en cerámica que formaron parte de su exposición homónima presentada en la galería Viva México en Caracas en 1973.

Desde mediados de los años 1960 Tofano, para entonces ya una destacada maestra de las artes del fuego, daba un giro radical a la práctica del torno para dar inicio al modelado de la arcilla. Esta vuelta de tuercas del objeto utilitario a la figura transformó a Tofano en una potente artista cuyo trabajo resonaría aún más en el futuro sin dejar de causar una conmoción en el presente que le tocó vivir.

Si los objetos de cerámica esmaltada estaban irremediablemente destinados a la decoración o al uso funcional cotidiano, Tofano los convertiría en potentes armas discursivas donde se mostraría la constitución sistémica y ubicua de la sociedad patriarcal.

A través de su creatividad y una enorme destreza para experimentar con el modelado a mano jugando con la alquimia de la arcilla roja a altas temperaturas, la lección que ha dejado el trabajo objetual de Tofano es poder ver -sin ilustrar- la compleja cadena de relaciones y tácticas invisibles que operan desde las instancias de poder para blindar la integridad normativa del patriarcado y perpetuar su statu quo a través de las cosas que comparten el espacio de las casas y oficinas con nosotros. 

Tecla Tofano, Solidaridad, de la serie Esa Munda Macha, 1973. Cerámica esmaltada. Cortesía de Gabriela Rangel

A partir de objetos modelados por la artista a manera de esculturas laboriosas de bajo costo, tales como un robusto bouquet de falos rojos, un cinturón, un pie enfundado en una media calzando una pantufla, falos abrazados entre sí y bañados de una pátina de esmalte amarillo o una gran lengua tótem deseante, nos ha quedado una mínima moralia necesaria para entender las enormes conexiones afectivas y psicológicas que conforman el orden patriarcal. Asimismo, manifiesta la imposibilidad práctica de separar los anillos interseccionales de clase y género, clase y sexualidad, raza-sexualidad y género en estructuras individuales de poder.

Los títulos de las series y de las tipologías que elaboró Tofano indican con humor la urdimbre que cose la vigorosa red del poder masculino. Su obra conmina a desenmascarar las imágenes de la masculinidad tóxica que transforma a las mujeres en opresoras.

Y a partir de aquí, podemos agregar más historias de terror gótico al archivo infame donde LAS MACHAS, desde posiciones de poder, perpetúan el heteropatriarcado oprimiendo y abusando de colegas, interlocutoras, aliadas, socias, colaboradoras, compañeras en el trabajo: una curadora es invitada a su país de origen en Europa del Este a presentar un proyecto curatorial por la directora del museo más grande (y más árido y anticuado) de la capital.

Ella envía un sustancioso documento con una investigación relevante y redonda, no obtiene noticias, y meses después ve anunciada la exposición que ella propuso con autoría de la directora. Con toda la diplomacia que es capaz de articular, le envía un correo a la directora pidiendo amablemente que la incluyan en el cartel, ya que ella “participó” en la concepción de la exposición. Se le concede el rol de co-curadora, pero nunca recibe invitación a ver la exposición o a hablar de su trabajo, ni siquiera una copia del catálogo.

Luego, una profesora judía en una universidad norteamericana importante es acosada por una estudiante brillante que la acusa de haber arruinado su carrera académica porque no recibió una beca a la cual aspiraba para hacer el doctorado (la decisión estaba fuera de las manos de su profesora que la había apoyado en todo). La alumna culpa a su profesora y después de varios episodios de gritos y abuso emocional, la estudiante la acosa obsesivamente los seis años siguientes paralizando a la profesora en una depresión rampante. Diez mil correos violentos y una orden de restricción después, la estudiante pasa una noche en la cárcel este año después de haber forzado la entrada a la casa de la profesora una noche de verano cuando ella, por suerte, estaba de viaje.

Está también el típico caso de abuso de poder institucional en el que una amiga invita a otra a colaborar; nunca establecen términos y condiciones formales de trabajo (por amistad), y la que trabaja desde la posición de poder institucional acaba marginalizando a la otra y apropiándose de su trabajo intelectual pero, aparte, incumpliendo con las condiciones de pago acordadas inicialmente por los servicios e ideas de la amiga aportados a la institución en el marco de una beca de investigación que se esfuma una vez que la exposición está inaugurada.

O el de la joven estudiante de arte que, ilusionada, muestra sus primeros videos a una videasta reconocida, quien hace trizas su trabajo de manera tal que la alumna nunca se atreve a agarrar de nuevo una cámara de video.

Está también el caso del grupo de mujeres inteligentísimas y con amplia experiencia profesional que estuvieron detrás de la producción, filmación y postproducción de una serie para la televisión sobre el tema de violencia de género. Desde el primer día, hay conflicto entre ellas; la serie se acaba haciendo de milagro y, desde entonces, las colaboradoras hablarán pestes unas de las otras dañando sus reputaciones hasta el final de los tiempos.  

¿Será que el equivalente de robarse los novios en la secundaria, en el mundo profesional, es tirar a la colega al precipicio para salvar o enaltecer el pellejo o el ego? ¿Será necesario lanzar un #MeToo o hacer tendederos de señoras machas?

Imaginamos que los señores machos se han de regodear, les ha de divertir muchísimo vernos a las mujeres con las espadas desenvainadas, poniéndonos el pie unas a otras en nuestra búsqueda desesperada por obtener cotos de poder, puestos importantes, bien merecido reconocimiento.

En su libro de cuentos El camino de Wembra, el escritor Adrián Curiel imagina escenarios de ciencia ficción distópica en el que el mundo es tomado por trans y feministas woke que adoptan las peores actitudes autoritarias reproduciendo intacto al modelo del heteropatriarcado, pero a su favor, oprimiendo a una nueva minoría hecha de hombres cis.

Una de las personajas del cuento Sustentabilidad, del último libro de Jorge Volpi, Enrabiados, es “Margit-Ann Jönsson”, una política de derecha que encarna una de estas machas poderosas que reproducen los peores vicios del sistema, manteniendo intactas las estructuras de poder: “No se le conocía otra virtud que su férrea persistencia de apparátchik: siempre del lado correcto de la historia, siempre enarbolando las causas de moda, siempre dispuesta a cualquier concesión a cambio de un ascenso. Durante los años que acumulaba en la arena política, no se le conocía otra oscuridad que la aridez de su carácter”.

[…]

“A sus sesenta y tres, era una mujer robusta y canosa que no ocultaba cuánto disfrutaba el poder; se vestía con trajes sastre color gris rata siempre idénticos –atesoraba unos cuarenta–, jamás se peinaba y disponía de una voz de trueno. Para nadie era un secreto que desde hacía un cuarto de siglo compartía la vida con una empresaria modosa y diminuta –su exacto opuesto–, pero había decidido no fundar su carrera en la militancia LGTBIQ+, sino en los entresijos del Partido para agenciarse los votos de la derecha. Su estilo personal de mando era el terror: cada lunes organizaba un café con sus subordinados y elegía a uno para exhibir ostentosamente sus errores; no evitaba ser sarcástica y despiadada aunque, una vez concluida la humillación, solía llamarle a su víctima para excusarse por su dureza […]”[2]

El problema que intentamos articular con precisión se manifiesta de dos maneras: ya sea reproduciendo la violencia de género no de hombres hacia las mujeres sino entre mujeres, o proyectando los mommy issues al mundo social o laboral. Es importante rescatar las reflexiones de la filósofa feminista Luce Irigaray de un coloquio sobre mujeres y locura donde participó en Montreal en 1982[3].

Irigaray presenta una crítica al psicoanálisis resituando al mito freudiano del homicidio del padre como el fundador de la horda primordial y el establecimiento del orden social. Es decir, Irigaray sitúa el origen del heteropatriarcado en la mutilación de la relación imaginaria y simbólica con la madre, con la mujer-madre. El matricidio originario incluye sustituir al falo por el cordón umbilical, lo que permite al padre prohibir el cuerpo a cuerpo con la madre para abrir el acceso a la imagen de la diosa virgen, obediente a la ley del padre.

Irigaray plantea a la madre como el “continente negro” de la cultura occidental. La maternidad es la función que sostiene todo el orden social y el orden del deseo es la satisfacción de las necesidades individuales y sociales y, sin embargo, la ley del padre prohíbe, censura y reprime el deseo de y hacia la madre. Esta anulación es el lugar simbólico de la denigración del trabajo reproductivo.

Para Irigaray, por lo tanto, el primer paso para desmantelar el heteropatriarcado es volver a la vida a la madre que fue sacrificada en el origen simbólico de nuestra cultura, rechazando que el deseo por y de la madre sea destruido por la ley del padre. Ello implica resarcir la relación con el cuerpo de la madre y con el cuerpo de nuestras hijas, honrando nuestra genealogía femenina y nuestro amor por otras mujeres.

De acuerdo con Irigaray, este amor es necesario para trascender la servidumbre al culto fálico o el ser objetos de uso e intercambio entre los hombres: objetos y rivales en el mercado. Según ella, reconciliarnos con nuestras madres es una condición indispensable para nuestra emancipación de la autoridad de los padres. Fortalecer lazos madre/hija, hija/madre es un núcleo explosivo en nuestras sociedades. Establecer relaciones de reciprocidad de mujeres pasando por la sanación del linaje femenino, cambiando las relaciones con ellas y entre nosotras, es socavar el orden patriarcal.


[1] Claudia Rankine, Citizen: An American Lyric (Minneapolis, Minnesota, EE.UU: Greywolfe Press, 2014) p.11

[2] Jorge Volpi, Enrabiados (Madrid: Editorial Páginas de Espuma, 2023)

[3] Luce Irigaray, Cuerpo a cuerpo con la madre (México D.F.: Paradiso Editores, 2021).

*Texto dedicado a nuestra aliada María Minera y otras colaboradoras, amigas, cómplices, ídolas, amoras, cocuradoras, brujas compañeras de aquelarre, role models, editoras, facilitadoras, mentoras… ustedes saben quiénes son.

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