VALERIA MAGGI. PAISAJES A CONTRACORRIENTE
En su nueva serie de pinturas de gran formato titulada Paisajes, Valeria Maggi (Tucumán, Argentina, 1985) se adentra en la pregunta siempre abierta por nuestra relación ambigua y compleja con la representación de la naturaleza, desde el paisaje como el lugar de la contienda colonial y moderna por la tierra, hasta el paisaje como conceptualización de otras narrativas sociales, estéticas, antropológicas e, incluso, post naturales.
Valeria entiende que el paisaje leído como representación desde la tradición de la pintura latinoamericana es siempre esa pregunta irreductible, que muta, se fuga y se niega a una sola definición más allá de su intervención, expropiación y romantización.
Expuestas en Galería Constitución (Buenos Aires), estas pinturas aparecen de maneras distintas, primero como grandes extensiones envolventes de color, luego como contornos naturales de posibles paisajes que emergen y vuelven a desaparecer del propio campo pictórico.

Si bien la relación entre los diferentes modos de figuración y abstracción tiene una larga data en la historia de la pintura, y principalmente en la tradición de la pintura latinoamericana, Valeria Maggi acentúa las tensiones de la imagen proponiendo un vocabulario propio con ondulaciones coloridas, triángulos sobresalientes, patrones de corrientes cruzadas, semi círculos y líneas cortas.
Esta tensión se manifiesta por un lado en una forma de imagen dirigida «hacia el interior», como si la pintura tuviera su propia afectividad y temperamento, asociados siempre a los impulsos inconscientes, y otra forma de imagen dirigida «hacia el exterior», centrada en una crítica a los códigos culturales que conlleva la noción política de contemplación y paisaje. Desde esta perspectiva ambigua, escenas de aparente calma de a poco se vuelven cambiantes y contradictorias, no porque suceda algo en ellas, sino porque el signo contemplativo ha sido cambiado.
A primera vista estos paisajes podrían hacer alusión a la experiencia vital de la artista en Tucumán, y quizás muchos de ellos así lo sean, pero también parecen escenas extraídas de una relectura crítica de ese primer modernismo latinoamericano representado por figuras como Tarsila do Amaral o Cándido Portinari.
No hay paisajes reconocibles ni escenas de las que podamos asirnos, más bien fragmentos de naturaleza que han sido rearticulados por diferentes tipos de operaciones y marcas. Cada uno de estos paisajes establece su propio tiempo distintivo de la función de velocidad y dirección -incluso lineal- del tiempo y de su propia construcción.

Los paisajes de Maggi son melancólicamente salvajes y desproporcionados. En primer lugar, tenemos una alteración de formas que irrumpen los lienzos en una deformación espacial, transgrediendo por completo la lógica normativa de lo que se intenta representar. En un ejercicio sensible parecieran haber sido desatados de las coordenadas productivas o materiales que nos sujetan, como si en esa fractura residiera su propia independencia.
Por otro lado, hay un especial cuidado en la composición y las relaciones espaciales entre los trazos, huellas y colores fulgurantes que se derraman en la superficie. Los tonos degradados, los cambios tonales sutiles y la paleta de ocres, de marrones, rojos, blancos, azules, amarillos se mezclan con lo abrasivo de la atmósfera.
Cataratas brillantes que surgen a mitad del cuadro, una fila de palmeras con sus sombras temblorosas, un enorme sol rojo que vigila la dimensión imaginativa y sensual de un territorio desconocido y desbordante de luminosidad, en el que los ecos visuales de distintas naturalezas dispersas difieren en escala y ubicación.
Es como si un temblor o un viento imprevisto hubiera irrumpido de un momento a otro en estas pinturas, cambiando ligeramente un mundo profundamente personal y privado, y nada en él pudiera volver a arreglarse del todo.
Los paisajes de Maggi representan esa idea de transformación, cambio, algo que no se puede reducir a una escena, y que intenta a cada instante sacar a la pintura de su propia fetichización, exponiendo una marca privada que no desea estar detenida ni congelada como paisaje, sino abrirse como deseo indisciplinado.

La potencia de todo este entramado y conjunto se fortalece cuando la artista ignora los juegos formales compositivos o la simple representación de la naturaleza para encarnar la promesa de otras realidades latentes. Estoy muy tentado a ver esta serie de pinturas como un solo paisaje roto y discontinuo, como partes de un cuerpo desmantelado y que, como operación política, nosotros los espectadores debemos volver a unir.
¿Pero cómo volver a unir un paisaje que está en fuga y que existe en diferentes formas temporales y cuya totalidad se resiste a reducirse ante nuestra vista como un simple paisaje, y mucho más reducirse a un simple lenguaje establecido? ¿Es posible que la experiencia y el ejercicio de pintar un paisaje sea, en sí, un acto descolonizante si releemos esto desde la óptica de la práctica pictórica latinoamericana?
A cada instante en estas obras Valeria Maggi evocan esta relación compleja con la naturaleza y el trauma colonial como nuestra condición contemporánea en el Sur Global, mediada entre la explotación y la utopía de otros futuros post naturales posibles.
Si hay algo que logran muy bien estos paisajes es que la manera de enfrentarnos a toda esta complejidad que significa hoy la representación sea más simple, pero no por ello menos sensual y profunda. Todo en estas obras viaja a una geografía poética del lenguaje, a una experiencia de devenir y deseos mucho más abstracta y difícil de definir y, por lo tanto, necesaria para repensar nuestra identidad latinoamericana desde la crítica a la representación, instándonos a ir más allá de la noción de paisaje que nos reduce, exotiza mercantilmente y clasifica.

Paisajes, de Valeria Maggi, se presenta hasta el 30 de septiembre en Galería Constitución, Del Valle Iberlucea 1140, Buenos Aires
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