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RODRIGO RODRÍGUEZ. EL GOZO DE LA PIEDRA

Cóncavo, convexo de amor arderás

Octavio Paz


La mano que horada la piedra, la perfora, la ahueca, es una mano río. La redondea, la hace rodar, la amolda a su deseo de cauce, la hace instrumento musical, proporcionándole sonido a su mudez, movimiento a su inercia. La contornea, la pule para suavizarla y así acariciarla.

Rodrigo Rodríguez erotiza la piedra como el torrente de un río la posee al penetrarla al borde del sadismo. Al taladrarla con sus instrumentos casi quirúrgicos, la hace suya, goza el instante de la perforación y, ante sus ojos, como un “ano”, aparece el hueco del placer dónde excavó, ahí donde estuvo su mirar deseoso. Una piedra en una mano puede ser un arma, o un juego de canicas, una herramienta de trabajo, un batán, una piedra puede ser…

Rodrigo Rodriguez, Piedra Vertebral, 2023, en el MACBA, Buenos Aires, 2023. Foto cortesía del artista

La obra Piedra Vertebral, exhibida en el Museo de Arte Contemporáneo de Buenos Aires (MACBA) en el marco del ciclo anual Montes no visibles curado por Nati Sosa Molina y Víctor López Zumelzu, divaga en su nombre y montaje por la pasión de la crucifixión, la horadación placer/dolor en los pies y manos del crucificado. La forma en que pende en el vacío desde la estructura metálica que la sostiene, como una danza butoh, remite al andamio industrial desde donde se suspenden peligrosamente los cuerpos explotados de los albañiles.

Pudiese ser que lo que nos propone RR en su instalación es un Cristo obrero, un Cristo queer expectorando un rosario furioso, erótico: cuentas unidas que bajan como cascada desde todas las posibilidades de orificios del cuerpo/martirio performativo.

La pieza escultórica es en sí un performance. Durante el tiempo que dura la exposición, el artista va perforando, uniendo más piedras y extendiendo el tendido inicial, señalizando una especie de vía crucis hasta la calle. Y es ahí donde estas piedras se anclan al deseo esquizoide del artista de penetrar, clavar, poseer y desterritorializarse en el deseo pasivo de la roca, asumiendo un lugar no garantizado, problematizando un “rosario” de placer anal tras la vidriera del museo/Sex Shop, instalando sus simulacros y confusiones, interrogando y poniendo en crisis el diseño modernista del edificio que la alberga.

Francis Bacon, Crucifixion, 1933

Tal vez, en la obra Piedra Vertebral hay una cita directa a las crucifixiones de Francis Bacon, a la deshumanización de lo humano, a la forma humana del dolor/placer/martirio, poéticas que Rodrigo desarrolla en el continuum de sus obras.

La forma es el vaciado del cemento a la bolsa de plástico, vaso órfico para contener las formas que el azar produce. Como en un juego de piedra, papel o tijera, Rodrigo le vuelve a dar otra forma al concreto, otra utilidad, una utilidad inútil, desenparentándolo de la construcción. Como un alquimista, acicala su dureza, lo pule hasta convertirlo en un falso mármol -un simulacro travesti.

Al cemento incorpora pigmentos, diferentes tipos de arena, cuarzo, aditivos, entonces aparecen las formas, los bultos, el peso, los colores rosados del siglo XlX que vienen de la mezcla de cal con sangre bovina, la misma técnica que se utilizó para colorear el palacio de gobierno argentino, la Casa Rosada. El rosa es constante en su obra escultórica. Para crear el pigmento, utiliza óxido de hierro, que también da el color a la sangre, a la tierra. 

Rodrigo Rodríguez, obra parte de la exposición Los árboles no crecen tan rápido, Galería Pasto, Buenos Aires, 2020. Foto: Catalina Romero
Rodrigo Rodríguez, obra parte de la exposición Los árboles no crecen tan rápido, Galería Pasto, Buenos Aires, 2020. Foto: Catalina Romero

La cuestión suprema sobre una obra de arte es saber desde qué profundidad de vida surge

James Joyce


El artista Rodrigo Rodríguez se formó “pateando piedras”, en las calles, en los muros proletas de esas mismas calles, primero como grafitero, habitando los suburbios bastardos de la ciudad de Buenos Aires, estaciones de trenes, viejas usinas, callejones de desplazados, bultos, cuerpos mendicantes como sacos de cemento apilados en los rincones, pernoctando en el vómito de las aceras.

Grafiteaba murallones con imágenes de piedras lunáticas sin gravedad que se asemejan en su volumen a esos mismos vagabundos embolsados, tapados, enfardados con restos de plástico y frazadas para sobrevivir al duro invierno. El artista no sólo desplaza su mirada desde la orilla, la periferia, al centro en su lúcida obra escultórica, sino que documenta su devenir. Fotografía y retrata con maestría en sus pinturas el underground arquitectónico de túneles sin fin y zonas de desecho, fantasmagorías de trenes que aparecen y desaparecen como en la película Moebius (1996) de Gustavo Mosquera.

En el subte conoce a una pandilla de niños y niñas gitanos que se trasladan nómades mendigando en los vagones. Compra para ellos cámaras Kodak desechables y se las entrega para que se fotografíen y luego se la regresen. Él les retornará las instantáneas reveladas. Invertir la cámara como lo haría Juan Downey en su proyecto con los Yanomamis es invertir la mirada, rescatar lo íntimo de esas vidas/bultos, sin la presencia voyerista del fotógrafo y su desmantelamiento de la imagen cristianizada por el ojo que mira. 

A Rodrigo se le negó la entrada a la carrera de artes multimediales del IUNA. Emigró entonces con las justas a París, a las periferias, como un enfant terrible armado solamente con esa ardiente paciencia de Rimbaud, el flâneur, como pasajero indocumentado de esos espacios donde robar para morfar es digno.

Rodrigo Rodriguez, Piedra Vertebral, 2023, en el MACBA, Buenos Aires, 2023. Foto: Eugenia Kais
Rodrigo Rodriguez, Piedra Vertebral, 2023, en el MACBA, Buenos Aires, 2023. Foto: Eugenia Kais

¿Cuánto pesa una escultura?

Hay una memoria genética de los horrores de las dictaduras cívico-militares, eclesiásticas, en América Latina; imágenes salvajes, de cuerpos disidentes, cadáveres enfardados en bolsas con cemento arrojados al mar, a las lagunas, a los ríos, grabadas en nuestro inconsciente colectivo.

Rodrigo nace en 1986, y cuando me detengo a pensar en su obra y recorrer con la mirada estos bultos/fósiles, algunos de ellos colgados de arneses de acero, deformados en sus formas, amarrados con alambres para moldearlos, se evidencian ciertos fantasmas atrapados.

Cabe apuntar que, desde un lugar post existencialista, Rodrigo nombra e identifica sus piezas a partir del peso de las mismas.

“El peso de las obras me es importante. Encuentro necesario comprender y sentir cuánto pesan los elementos con los que trabajo y que nos rodean. E invito a preguntar: ¿Cuánto pesa una escultura? ¿Cuánto pesa una mesa? ¿Cuánto pesa una planta? ¿Cuánto pesa una columna? ¿Cuánto pesa una casa? ¿Cuánto pesa nuestro modo de vida? ¿Cuánto pesa un techo? ¿Y un piso? ¿Y un edificio? ¿Y nuestra sociedad?”

El peso, como representación y estructura, está asociado al poder, al capital, a las políticas económicas y a las instituciones. Todo tiene un peso, un cálculo. El alma pesa, la mirada pesa sobre los objetos que acapara. Y es el mismo peso que tal vez sentimos cuando comparecemos frente a sus piezas. Lo que se vela y revela en los pliegues y repliegues de estas piedras vertebrales es el deseo. ¿Cuánto pesa el deseo? ¿Cuánto pesa entonces, RR?

Pancho Casas

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