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ARTE CONTEMPORÁNEO E INFANCIA

Todavía hoy una de las críticas pretendidamente ácidas al arte contemporáneo invoca que tal o cual pieza (pintura, objeto, performance, instalación) pudo haber sido hecha hasta por un niño, como si ese matiz (“hasta”) empañara el trabajo artístico en lugar de enaltecerlo. Los pretendidos jueces se refieren a lo elemental de la hechura, al componente básico de la acción. Son los devotos anacrónicos y desaforados del genio, para quienes la minoría de edad es un prolegómeno de la adultez, y la adultez, el apogeo de la existencia. Algo de razón tienen, por supuesto, como a cualquiera le asiste siempre un hálito de razón, en este caso, razón esperpéntica, mezcla de ilustración y romanticismo.

Comparto la idea de impugnar un concepto de infancia, tan de moda en la actualidad, basado en el paradigma de la queja, la ofensa fácil y el señalamiento acusatorio del vecino. Es la infancia como postergación indefinida de la adultez, no en sentido cronológico, la coartada perfecta para mantener lejos la terrible verdad: en la vida estamos solos y sin excusas. Pero existe otro concepto de infancia, ligado a la inocencia del devenir, al juego de las preguntas gratuitas, al trajín audaz, que merece nuestra valoración. Ser niño, según esta perspectiva, significa arriesgar, subirse al tren del deseo.

Vista de la exposición de María Teresa Hincapié en el MACBA – Museo de Arte Contemporáneo de Barcelona. Foto: Miquel Coll. Cortesía: MACBA
En silencio pero juntos, performance de María José Arjona, en el marco de la exposición de María Teresa Hincapié. MACBA – Museo de Arte Contemporáneo de Barcelona. Cortesía: MACBA
En silencio pero juntos, performance de María José Arjona, en el marco de la exposición de María Teresa Hincapié. MACBA – Museo de Arte Contemporáneo de Barcelona. Cortesía: MACBA

Sentadas las bases, procedo. El último viernes del 2022 invité a Milos, el hijo mayor de un amigo de la primaria que vive en España, a pasar el día en Barcelona. Barcelona, lo reconozco, no se encuentra entre mis ciudades predilectas. La explicación puede sonar naif o demasiado burguesa: me siento expulsado de la ciudad por la presión constante de un tipo de turismo cuya inagotable sed ha convertido las calles en un parque de diversiones. Y a mí, como a la mayoría de la gente, me gusta divertirme, pero no en los parques de diversiones. Quizás sea un trauma para llevar a terapia. Sin embargo, existe un espacio en Barcelona que, cuando la suerte me acompaña (en Argentina, justificamos nuestros privilegios de clase con la expresión “tuve la suerte de viajar”) lo visito. Sentenciaría, aunque parezca exagerado, voy a Barcelona sólo para visitar el MACBA. De hecho, lo vengo haciendo con regularidad. Tomo el tren en la estación de Tarragona, bajo en Passeig de Gracia, recorro el Museo, almuerzo y vuelvo a Tarragona.

He visto en el MACBA durante estos años exposiciones y obras memorables: The Joycean Society (Dora García, 2013), el registro de las sesiones de un grupo de personas nucleados en la Zurich James Joyce Foundation, que desde 1986 se junta a leer semanalmente el Finnegas Wake; Three posters (Rabih Mroué, 2004), video perfomativo que intenta reconstruir las maniobras de un grupo militar o paramilitar árabe; la exposición Teatro proletario de cámara, dibujos y collages de Osvaldo Lamborghini; la muestra sobre Oscar Masotta, La teoría como acción; y sigue la lista…

El pacto con Milos fue el siguiente (el orden lo sugirió él, y era conveniente desde el punto de vista de las distancias): primero el MACBA, luego el CosmoCaixa, museo de ciencia orientado al público infantil. Sería oportuno aclarar que Milos es un niño con un porte adulto, por momentos serio, aunque a sus ocho años no hay infancia que se resista.

Expongo mi hipótesis: Milos vivió una experiencia más enriquecedora en el MACBA que en el CosmoCaixa.

Cinthia Marcelle, A família em desordem. Vista de la instalación en el MACBA – Museo de Arte Contemporáneo de Barcelona. Foto: Miquel Coll. Cortesía: MACBA.

Los pisos del museo de arte contemporáneo estaban desbordados por exposiciones lindantes con lo lúdico, algunas vinculadas a la niñez, otras requerían el compromiso y la habilidad del espectador: pasar por debajo de listones de madera, descalzarse para caminar sobre alfombras, ingresar a salas completamente oscuras. En el segundo piso, descubrimos Una fabulación basada en un mito mixe, una instalación compuesta por un tótem monumental rodeado de una docena de pinturas bellísimas de impronta arcaica y dos pantallas que proyectaban animaciones realmente cautivantes.

El punto extremo fue la planta baja, dedicada en su totalidad a la artista brasileña Cinthia Marcelle. En sus obras el cuerpo del espectador se estremece al transitar espacios y tiempos dislocados; por ejemplo, necesitamos sortear distintos obstáculos en la desaforada instalación La familia en desorden, un hogar caótico en donde se tensa el recorrido en términos afectivos y se resalta la materialidad (y precariedad) del mundo doméstico.

Aunque más tradicionales, una serie de videos de la artista atrajo nuestra atención: una excavadora surca la tierra dibujando el signo de infinito (en otra exposición, del segundo piso, aparecía el mismo signo), un camión de bomberos traza un círculo en el suelo y arroja agua en el centro, en un cruce de caminos confluyen cuatro músicos por cada lado tocando sus instrumentos y vestidos con ropas de diversos colores, luego intercambian posiciones y se retiran por donde no habían llegado. Ese video lo vimos completo, porque en los demás resultaba sencillo identificar la operatoria, pero en Cruzada era imprescindible mantenerse expectantes.

Cinthia Marcelle, 475 Volver, 2009. Vista de la instalación en el MACBA – Museo de Arte Contemporáneo de Barcelona. Cortesía: MACBA
No Ar/On Air (2009-en curso), de Cinthia Marcelle. MACBA – Museo de Arte Contemporáneo de Barcelona. Cortesía: MACBA

En la última sala encontramos una instalación a gran escala, No Ar/On Air; aquí Marcelle había montado una emisora de radio en la que el espectador podía programar su música e interferir con la programación de otros espectadores. Por sugerencia de Milos, nos detuvimos un buen rato, intentando elegir una canción agradable para ambos.

En el MACBA estuvimos dos horas y cuarto. Al cumplirse la primera hora, Milos me reclamó cansancio, dolor de cabeza, pero noté que era una protesta automática al universo adulto, por ese motivo lo impulsé a continuar y terminamos viendo todos los pisos, incluida la perfomance con cajas de cartón que se desarrollaba en la planta baja, y con la cual Milos quedó perplejo: nosotros entre un grupo de jóvenes acariciando cajas, danzando con ellas, fundiéndose con un material estrechamente ligado a la pobreza, lo perecedero y la fragilidad.

A partir de ahora, según el lugar común, comenzaría la diversión de Milos. Almorzamos en McDonald’s, él su cajita feliz, yo una Signature, tomamos el autobús, y casi una hora después de subir, bajamos en la parada de CosmoCaixa, en la otra punta de la ciudad.

Vista de la Sala Universo de CosmoCaixa, Barcelona. Cortesía: CosmoCaixa

El espacio del CosmoCaixa es imponente. Un edificio de 50.000 m2 destinado al aprendizaje y el entretenimiento de los más pequeños. Pero bastaron veinte minutos para advertir una particularidad. Más allá de habernos sumergido en un bosque inundando fascinante, con humedales, peces prehistóricos y árboles altísimos, el único estímulo de los niños consistía en apretar un botón para activar los dispositivos. No quiero ser injusto, pero eran contadas las situaciones en que la intervención humana excedía el hecho de apretar un botón o girar una manivela. Son dispositivos que efectúan experimentos físicos, químicos, astronómicos, y la participación del público es bastante limitada. No hay inmersión, y no me refiero a las tristemente famosas experiencias inmersivas actuales, sino a la restricción de la experiencia.

De regreso en tren a Tarragona, le pregunté cuál de los dos museos había preferido; Milos se pronunció, sin dudarlo, a favor de la CosmoCaixa. Yo creo en la palabra de Milos, lógico, pero mi impresión sobre su andar, me indica que las vivencias en el MACBA convertían su tránsito en una experiencia, lo que no sucedió en CosmoCaixa. Una de las pruebas, es su memoria sobre las piezas del museo de arte contemporáneo que más le gustaron. Las mismas que destaqué en este texto, en base a su opinión. A la vez, las fotos funcionan como indicio.

En el MACBA aparece atento, entusiasmado, ejecutando diferentes movimientos, con su cuerpo alterado y alterando el espacio, con la materia de las obras en diálogo con él, aunque no comprendiera cabalmente qué sucedía a su alrededor, como ninguno de nosotros comprende, y por eso es feliz. En cambio, las imágenes tomadas en el CosmoCaixa lo muestran frente a una pantalla, presionando botones. En el museo de ciencia, el único sentido en juego es la vista: apretar para observar, y mantenerse a distancia. La del CosmoCaixa es una experiencia pasiva, pasiva en el peor sentido. En tiempos de hiperactividad e hiperconsumo, nada tengo contra el carácter pasivo de la experiencia, al contrario, pero en CosmoCaixa se fomenta una especie de hiperpasividad.

Vista del Lab Math de CosmoCaixa, Barcelona. Cortesía: CosmoCaixa
Retos de Ciencia en CosmoCaixa, Barcelona. Cortesía: CosmoCaixa

En el texto “Will you laugh for me, please?” el filósofo esloveno Slavoj Žižek, refiriéndose a la moda interactiva vigente, dice: “Miran fija y aturdidamente la pantalla, la real amenaza de los nuevos medios de comunicación es que ellos nos privan de nuestra pasividad, de nuestra experiencia pasiva auténtica, y así nos preparan para la estúpida y frenética actividad –para el trabajo interminable”. Podría parecer que Žižek habla de otra cosa, sin embargo, está hablando de lo mismo.

Una aclaración. Estoy seguro de que si hubiésemos visitado el Prado este texto no existiría. No distingo, por lo tanto, entre un museo de ciencia y un museo de arte, sino entre uno de ciencia y uno de arte contemporáneo. Un tipo de arte cuya definición (quizás caduca) se fuga hacia adelante, desbordando cualquier clasificación; un arte que de tanto provocar, a veces, se vuelve previsible, y en general solo conmueve (si conmueve) al espectador iniciado, es decir, a los participantes del campo. Pero lo sucedido con Milos demuestra la ascendencia del arte contemporáneo sobre los niños, en principio, no iniciados a las vicisitudes contemporáneas ni a los conceptos.  

No estoy diciendo, livianamente, Milos la pasó mejor en el MACBA: descarto de plano semejante banalidad. Lo que intento decir es que en el MACBA se agenció una experiencia, a pesar, o en razón, de sus ocho años, y una experiencia envuelve múltiples vivencias, incluso contradictorias: entusiasmo, alegría, felicidad, tristeza, aburrimiento, cansancio, distracción, incomprensión.

Experiencia Grandes Astronautas en CosmoCaixa, Barcelona. Cortesía: CosmoCaixa

Benjamin, en el ensayo “Arte del coleccionismo”, escribe: “El prejuicio, digo, de que los niños conforman existencias tan singulares e inconmensurables que hay que ser especialmente ingenioso en la producción de su entretenimiento. Es inútil estar obstinadamente atentos a la fabricación de objetos –medios visuales, juguetes o libros– que sean adecuados para niños. Desde el Iluminismo se trata de una de las cavilaciones más enmohecidas del pedagogo”.

Lo formulo de otra manera: Milos aprendió algo en la excursión al MACBA imposible de aprender en una institución destinada al aprendizaje.

Manuel Quaranta

Licenciado en Filosofía y Magister en Literatura Argentina. Profesor Titular en la carrera de Bellas Artes de la Universidad Nacional de Rosario. Tiene publicados tres libros, “Diario de Islandia” (2021), “La fuga del tiempo” (2021) y “La muerte de Manuel Quaranta” (2015). Escribe para revista Polvo, Infobae Cultura, El Flasherito y otros medios de Argentina. Las colaboraciones van desde relatos de ficción hasta críticas de cine, pasando por reseñas, textos ensayísticos sobre arte y literatura y crítica cultural. Ha dictado conferencias en el exterior y en 2019 fue invitado como profesor visitante a la Universidad de Islandia. Ha realizado instalaciones y perfomances, tanto en muestras colectivas como individuales.

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