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JUMPER: 50 AÑOS DE HISTORIAS

El término inglés jumper proviene de la acepción utilizada en Estados Unidos. Refiere a una prenda femenina, holgada, sin mangas, provista de un escote redondo y utilizada con otra pieza debajo.

Funcional y versátil, favorable al consumo de los sectores medios, el jumper facilitó la posibilidad de homologar las apariencias de las estudiantes chilenas e instalar una estética igualitaria que no distinguiera clases sociales ni recursos económicos. Permitió materializar las aspiraciones de equidad, en momentos donde los proyectos nacionales privilegiaban la puesta en marcha de iniciativas que se hicieran cargo de las desigualdades e impulsaran un amplio acceso al bienestar.

Jumper. 50 años de historias, en el Centro Cultural Gabriela Mistral, invita a descubrir la trayectoria de esta indumentaria desde su creación en 1968 hasta el presente. El recorrido inicia con su inclusión como eje del uniforme escolar femenino obligatorio en todas las instituciones del país, continúa con el protagonismo de sus portadoras en movimientos sociales -principalmente estudiantiles, desde 2006 al 2019-, y culmina con el uso del jumper en la obra de cuatro artistas visuales chilenas. 

Calendarizada inicialmente para noviembre de 2019 y reprogramada en dos oportunidades, la muestra ha estado marcada por lo que sus curadoras, la historiadora Pía Montalva y el Colectivo Malvestidas (integrado por Loreto Martínez y Tamara Poblete) han denominado “curaduría de emergencia”. En este contexto, revuelta y pandemia han sumado posibilidades insospechadas al situar nuevamente a la vestimenta escolar en el centro del debate.

Marcelo Montecino, Colegialas, Santiago, Chile, 1973. Cortesía: Centro Nacional del Patrimonio Fotográfico

Historia-Archivos

Previo a la instalación del jumper como uniforme escolar obligatorio, el Estado chileno dictó algunas normativas orientadas a homogeneizar los cuerpos de las estudiantes inscritas en colegios públicos, en sintonía con la vestimenta de las niñas y mujeres trabajadoras: delantales, trajes sastre. 

En 1968 se acordó un diseño común para todas las instituciones, sin distinción. La propuesta recuperó una práctica vestimentaria cuyo origen se remontaba a los antiguos jumper de gimnasia creados hacia 1930 y adaptó este diseño a las estéticas en boga. A partir de 1969, los cuerpos uniformados de las estudiantes encarnaron y representaron los supuestos básicos que guiaban y estructuraban tanto el sistema escolar como las miradas sobre el género femenino. Emergieron disputas relacionadas con las transgresiones a las normas de uso y se incrementó su presencia en las calles, en actividades patrias y protestas contra la privatización de la educación.

Desde 1996, el jumper comenzó a ser reemplazado por la falda tableada y el cárdigan; una indumentaria asociada a la versión global de la tradición británica. Sin embargo, siguió presente en algunos liceos. Se transformó en emblema de los establecimientos públicos y revistió los cuerpos de quienes -a partir de 2000- se manifestaron contra las leyes que regulaban la educación en Chile.

Brigada de tránsito de la Escuela Nº134, Los Lagos, década de 1980. Cortesía de María Elsa Ponce. Fuente: Memorias del Siglo XX, Archivo Nacional, Chile

Uso político del jumper

Como símbolo de la educación pública, el jumper ha contribuido a articular y potenciar – desde la vestimenta- la identidad colectiva de la lucha de la clase trabajadora contra la segregación social representada en el sistema educativo chileno. 

El movimiento estudiantil secundario ha sabido canalizar diversas demandas sociales y situarse a la vanguardiaen la problematización sobre qué tipo de sociedad deseamos construir, cuestionando la estructura adultocéntrica y patriarcal que históricamente ha prevalecido como organización social. El jumper, debido a los múltiples significados que encarna, también ha sido utilizado como soporte para demandas feministas y de disidencias sexuales a través de prácticas artivistas.

Hoy en Chile, tras 20 años de movilizaciones en las que el movimiento estudiantil ha tenido un rol protagónico, se está escribiendo una nueva Constitución. Un proceso que está inevitablemente vinculado a esa acción de saltar los torniquetes del metro, con la que se detonó un movimiento social que cambiaría para siempre la historia del país. Los estudiantes no solo se hicieron parte de este acto, sino que lideraron las evasiones masivas transformándose la figura de la secundaria en jumper en uno de los íconos de la revuelta social.

Obra de Constanza Urrutia en «Jumper: 50 años de historias», Centro Cultural Gabriela Mistral (GAM), Santiago, Chile, 2022. Foto: Pía Montalva
Obra de Ximena Zomosa en «Jumper: 50 años de historias», Centro Cultural Gabriela Mistral (GAM), Santiago, Chile, 2022. Foto: Pía Montalva
Obra de Nury González en «Jumper: 50 años de historias», Centro Cultural Gabriela Mistral (GAM), Santiago, Chile, 2022. Foto: Pía Montalva
Obra de Katherina Oñate en «Jumper: 50 años de historias», Centro Cultural Gabriela Mistral (GAM), Santiago, Chile, 2022. Foto: Pía Montalva

El jumper en las artes visuales

Esta selección de obras de artistas chilenas apela a la potencia simbólica del jumper y cómo su presencia, ausencia y reconfiguraciones problematizan sobre la clase social, el género y el sistema educativo, entre otros. 

Jumper, de la serie Mucho que aprender (2005), de Ximena Zomosa, despliega en gran formato esta prenda. Su imponente tamaño por oposición nos enfrenta a lo cotidiano. En su factura y materialidad, aparecen roles de género y labores textiles históricamente feminizadas. 

En Espacios en resistencia (2012-2022), de Constanza Urrutia, la silueta del jumper es calada seriadamente sobre textil. Este juego de llenos y vacíos, formas y contraformas, complejiza la noción de colectividad inherente a todo sistema educativo.

Instrucción primaria (2017), de Katherina Oñate, está conformada por Esquemas de infancia y Alegoría del molde. Deconstruyendo moldes de costura y superponiendo moldes de impresión, tensiona las posibilidades de heterogeneidad y uniformidad, cuestionando el modelo educativo tradicional.

Relato de Celsy Soto (2022) es una obra realizada por Nury González especialmente para la muestra. Vemos a gran escala fragmentos del relato de Celsy Soto sobre su rutina diaria para ir a la escuela rural en los años 70. El testimonio de la ausencia del jumper revela las profundas inequidades entre la ruralidad y la urbe para acceder a bienes tan básicos como el uniforme escolar. 

Fotografía de Mario Ruiz, Santiago, 2012

JUMPER: 50 AÑOS DE HISTORIAS

Sala Artes Visuales, Centro Cultural Gabriela Mistral (GAM), Av. Libertador Bernardo O’Higgins 227, Santiago, Chile.

Del 17 de junio al 31 de julio de 2022

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