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CONVERSACIONES AL PIE DE UN ÁRBOL

Árboles Torcidos es una nueva iteración de una investigación realizada por Agencia de Borde llamada Bosques de Fuego, que surge en enero del 2022 cuando los integrantes de este colectivo asentado en Chile y Reino Unido invitaron a Seba Calfuqueo y María Isabel Lara Millapan a contribuir en la exploración que realizaron en el Bosque Pehuén (área de conservación de Fundación Mar Adentro, en Palguín Alto, Araucanía) acerca del colapso ecológico, el capitalismo y el racismo sistémico, y cómo estas cuestiones se expresan en el territorio de la Araucanía a través de sus bosques y paisajes.

La muestra Árboles Torcidos, presentada en Temuco y Valparaíso, se articula como una serie de voces que proponen diversos modos de interactuar con la naturaleza -desde el cuerpo, el lenguaje y la visualidad-, invitando a los visitantes a sumergirse en mundos sensibles para abordar desde una mirada diferente la relación con los ecosistemas.

En esta conversación, los participantes del proyecto –Agencia de Borde (Sebastián Melo, Rosario Montero y Paula Salas), Seba Calfuqueo, María Isabel Lara Millapan y la curadora Maya Errázuriz– nos invitan a reflexionar sobre otras formas de existencia: aquellas que promueven el florecimiento de múltiples especies, y que respetan e incluyen una relación con los bosques, tanto en sus dimensiones humanas como no humanas.

Árboles Torcidos © Agencia de Borde

Maya Errázuriz (ME): ¿A qué nos referimos cuando hablamos de ecologías afectivas? Para mí, este concepto lo encapsula muy bien la teoría del “arte de darse cuenta” de la antropóloga Anna Tsing descrito en su libro The Mushrooms at the End of the World: On the Possibility of Life in Capitalist Ruins (2015), en el que describe cómo “las seductoras simplificaciones de la producción industrial amenazan con volvernos ciegos ante la monstruosidad en todas sus formas, al cubrir tanto las conexiones vivas como las destructivas […] Vivir en una época de catástrofe planetaria comienza, pues, con una práctica a la vez humilde y difícil: fijarnos en los mundos que nos rodean”. Entonces, ¿qué mundos notaron/observaron al insertarse en el ecosistema de Bosque Pehuén?

Rosario Montero / Agencia de Borde (RM): Es lindo comenzar por una idea que, lejos de ser un concepto, es una forma de percibirSE en el mundo. PensarSE desde y en el lugar. En ese sentido, Bosque Pehuén facilita eso; al tener acceso limitado (caminos de ripio) y malas conexiones inalámbricas, crea una sensación de temporalidad dislocada. De alguna manera el tiempo de ser en y desde ese territorio supone una otra forma de mirar. Volviendo a tu pregunta sobre qué mundos notaron/observaron, yo diría que más que mundoS en plural, es un mundo en donde nosotros y nuestra mirada cargada de cemento pudo verse en él, no como un extranjero que “descubre” una cosa distinta, sino alguien que se encuentra como parte de él. De alguna manera, el concepto teórico (ecología afectiva) se hace cuerpo y se vive.

Teniendo, entonces, en cuenta estas relaciones/vinculaciones y afectos en y desde el bosque, ¿cómo lo percibiste tú Seba Calfuqueo? Particularmente, ¿cómo experimentaste la relación cuerpo/agua y cómo entiendes estos límites, si es que los percibe como tal?

Tray-tray Ko, 2022, y Las Quilas, 2021, de Seba Calfuqueo, en Centex, Valparaíso, Chile © Agencia de Borde
Obras de Seba Calfuqueo en «Árboles torcidos», Galería de Arte UC Temuco © Agencia de Borde

Seba Calfuqueo: La experiencia del bosque fue muy significativa para mí; me permitió pensar fuera de las lógicas de la ciudad, donde todo pasa rápido, no hay tiempo para detenerse en nada. En Bosque Pehuén pasa el tiempo de otra forma, cada día pude observar diversas formas de vida que brotaban, que florecían, que corrían libres como las aguas de la cascada. Creo que la ecología afectiva trata precisamente de eso que comenta Rosario, de ser y sentirse parte de un territorio, de tener vínculos de respeto, de reciprocidad con el lugar que uno habita o que visita.

Desde la cultura mapuche un punto importante es la presentación con el territorio, saludar a quienes habitan la naturaleza, pu ngen que protegen estos lugares. Eso da cuenta de una relación diferente a la del mundo occidental, donde todo es extraíble, sin necesariamente dejar algo o realizar un acto de vinculación con el territorio.

Yo trabajé con la cascada presente en este lugar, el Salto de la Mariposa, un bello trayenko que brotaba agua y permitía la vida de múltiples especies que crecen cerca de ella. Yo me refiero a estos espacios como cuerpos de aguas… la relación entre lo humano y las aguas ha sido histórica: todos los asentamientos humanos tienen relación con cursos de ríos, lagos u otros cuerpos de aguas. Nuestros cuerpos también presentan más del 70% de aguas, somos aguas contenidas en nosotres. Lamentablemente, en el país que habitamos, las aguas fueron privatizadas en la dictadura de Pinochet. Con el código de aguas se separó las aguas de la tierra, situación particular en lo global, ya que considera al agua como un bien mueble y consumible, apropiable. Ese punto de la propiedad es todo lo contrario a lo afectivo, es una forma dominante y sumamente egoísta; las aguas no son de nadie, no tienen propiedad. Por esta razón, creo que el límite está precisamente en esto, en la posibilidad de conectar.

Pensando en esto último, creo que Bosque Pehuén es un espacio importantísimo para generar conocimiento y respeto hacia la biodiversidad que habita la zona de Palguín. Quedé con la sensación de lo importante que es el trabajo que la Fundación hace, por la educación y la vinculación con las comunidades que ahí habitan. Quisiera saber más, Maya, sobre las reflexiones que han tenido en el tiempo que ha ocurrido en el programa de residencias, lo que sucede con los artistas y el bosque mismo.

Obras de Agencia de Borde en «Árboles torcidos», Galería de Arte UC Temuco © Agencia de Borde

ME: Para mí lo más interesante de coordinar y dirigir un programa de residencias es poder ser observadora del flujo de conocimiento que transita en el bosque, y cómo cada persona que viene a este lugar interactúa y observa cosas distintas. Los senderos de Bosque Pehuén los he transitado muchas veces en mi vida, pero cada vez que salgo a caminar con un nuevo grupo de residentes me señalan cosas que no me había dado cuenta o que no le había prestado atención.

El programa comienza con la inquietud de establecer un diálogo entre la actividad científica y de conservación del lugar y ver cómo desde una mirada cultural también se puede contribuir al plan de manejo y de conservación del lugar. Cada residencia ha abierto un camino hacia una nueva disciplina, hacia descubrir/conocer actores locales que estén trabajando con las mismas inquietudes, y a incorporar las voces de la naturaleza, las de distintos actores locales, de escuelas en Palguín bajo, Curarrehue y Quelhue. Sin embargo, pienso que uno de los aspectos más complejos de un programa de residencias es cómo no caer en lógicas extractivistas en relación con la recopilación de saberes de un territorio, cómo hacer que un proyecto artístico-cultural no sólo se quede en internalizar un conocimiento adquirido para la creación de una obra sino ir más allá, reflexionar sobre por qué se comunica lo que se está comunicando y de qué manera realizarlo. Y como organizador, lograr establecer relaciones horizontales entre quienes transitan en el territorio a través del programa y quienes habitan permanentemente este lugar, lograr encontrar ese equilibrio, es de los desafíos más importantes a los que se enfrentan hoy los programas de residencia que consideran investigación artística. 

El aprendizaje que más internalicé en la interacción junto a ustedes durante la residencia en el bosque fue esta idea de examinar y mirar profundamente los límites y el encuentro entre cuerpo y elementos naturales. En ese encuentro también existe el hablar, la palabra, y los pensamientos. María, me parece que uno de los aspectos más potentes de tu poesía son esos momentos cuando invocas una naturaleza perdida a través de tus sueños. ¿Podrías profundizar en esa mirada?

Piezas sonoras con poemas de María Isabel Lara Millapan © Agencia de Borde

María Isabel Lara Millapan: Como Mapuche nos sentimos parte de la mapu, la naturaleza, respiramos, nos alimentamos, vivimos gracias a la mapu que nos sostiene, aunque está cansada. Con mi poesía expongo estas miradas. A veces ingreso al lenguaje de los árboles, del agua, de los pajaritos, del viento, de las piedras, porque ellos y ellas poseen un lenguaje. Ellos y ellas se muestran o se esconden, según nuestro comportamiento. La mapu es sabia. Desde la tierra se desprende nuestro idioma. Es el habla de ella, sus palabras. Desde aquí nace lo que pensamos. Escuchamos la lluvia, escuchamos los granizos, escuchamos el viento, a las aves. Todos y todas nos vienen a hablar.

Este kimün/saber nos lo entregan muchas veces en los pewma o sueños que vienen a enseñarnos, para restablecer el equilibrio. Mi poesía es también el Ngülam que recibí de mis kuyfikeche/abuelos, que sigo recibiendo de mi ñuke y de mi Lof, mi mapu que despierta.

El ngülam son palabras, son consejos que nos enseñan a vivir bien y hacer el bien, a reafirmar nuestra identidad como mapuche, anclada a nuestra lengua que nos sostiene para comunicarnos en lo tangible e intangible de nuestro NGEN/Ser.

En nuestra vida como mapuche, consideramos a los sueños como vehículos de aprendizaje. Esto es algo muy antiguo. Es una comunicación con otros planos desde donde se nos muestra lo que puede venir, permitiéndonos ordenar la vida. A través de los sueños se puede aprender. Hay quienes no creen, pero es necesario el respeto hacia la diversidad de pensamientos. Es muy importante saber escucharnos.

Vista de la exposición «Árboles torcidos» en CENTEX, Valparaíso. Obras de Agencia de Borde (Diagrama de Contacto y Línea de corte, 2022) © Agencia de Borde
Vista de la exposición «Árboles torcidos» en CENTEX, Valparaíso. Obras de Agencia de Borde (Diagrama de Contacto y Línea de corte, 2022) © Agencia de Borde

Paula Salas / Agencia de Borde (PS): Estar en un bosque nativo es como sumergirse en un caldo espeso de interrelaciones y cuidados. En cada paso y cada conversación se sienten los lazos de codependencia entre todos los habitantes del bosque. En Bosque Pehuén primero lo percibí entre las personas, las casas, las aves. Luego, después de caminar por los ríos y cascadas, entre tocones y renovales, los límites de cada cosa se empiezan a borrar. La extrema codependencia entre lo orgánico, lo inorgánico, lo vegetal, animal, fungi y alga, hace imposible definir estados elementales como vivo y muerto, individuo y comunidad, estático y móvil. Al salir de este ecosistema, los mundos que parecen distintos al entrar, son indistinguibles. Yo lo sentí como bucear en un mundo-cuerpo demasiado espeso que nos resiste a taxonomías racionalistas.

Considerando que nosotros, Agencia de Borde, llegamos al Bosque Pehuén a partir de la exploración de los monocultivos de eucaliptos, me gustaría invitar a reflexionar en el cómo se conectan estos dos sistemas, bosque y plantación. Por ejemplo, desde su experiencia creativa, desde su historia, desde su visión situada y desde sus ideas para el futuro.

Vista de la exposición «Árboles torcidos» en CENTEX, Valparaíso. «Resonancias», 2022, instalación de eucaliptos © Agencia de Borde
Vista de la exposición «Árboles torcidos» en CENTEX, Valparaíso. «Resonancias», 2022, instalación de eucaliptos © Agencia de Borde

Sebastián Melo / Agencia de Borde (SM): Pienso que esa conexión entre bosque y plantación se fue dando en las distintas etapas de nuestra investigación, y finalmente hoy se refleja en la obra Eucaliptos: resonancias, que está formada por 14 troncos de eucaliptos suspendidos en el Hall Central del Centex. La primera impresión, que domina la sala, es la sensación que queda al transitar por el borde de un camino en el que hay plantaciones de eucaliptus. Cuelgan formando una hilera que sugiere la disposición geométrica de una plantación, aquella que maximiza la eficiencia del espacio, y que promueve que el árbol busque crecer solo hacia arriba, compitiendo por el sol, por la luz.

En todos los lugares donde visitamos plantaciones se repetía el mismo patrón, desde el Tabo a Chaihuín, al sur de Valdivia. En este proceso de visitar plantaciones, fuimos entendiendo que el eucalipto, como organismo, como ser vivo, necesitábamos visibilizarlo y al mismo tiempo separarlo de las operaciones extractivas que se aplican sobre la especie. Volver a “ver” el eucalipto, más que como la causa del impacto en el paisaje y el territorio, como una especie que a su vez se encuentra sometida a las operaciones del capital y el extractivismo.

En ese sentido, la obra busca generar un espacio de contacto, una “resonancia” entre la audiencia y cada uno de los troncos de eucaliptos. Para subirse es necesario abrazar el tronco, quedar con la cara y el cuerpo muy pegados a la corteza, sentir el olor, y quedar suspendidos en un movimiento coordinado con el tronco. Es un juego, pero lo que vemos que produce es un momento muy real de sincronía.

No habríamos llegado a esta obra si no hubiésemos pasado por la residencia en Bosque Pehuén y encontrado los tocones de grandes árboles que expresaban toda su historia en las marcas de sus troncos. De cierta manera, es la sensibilización que comentaba Maya al inicio, la de volver a construir “ecologías afectivas” por el simple acto de prestar atención a las conexiones que se generan al estar rodeado de bosque.

Línea de corte, 2022 © Agencia de Borde

Árboles Torcidos estará abierta desde el 24 de junio al 28 de agosto de 2022 en CENTEX (Sotomayor 233, Valparaíso, Chile). Tuvo una primera aparición entre abril y mayo pasados en la Sala de Arte de la Universidad Católica de Temuco.

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