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LA PARTE ASOLADA. ROSEMARY’S BABY, DE LEONORA PARDO, EN OMA GALERÍA

La cuna blanca del bebé, todavía envuelta en su capucha vinílica, se hallaba entre las camas de los cónyuges, como una inmensa jaula llena de insectos

Kenzaburo Oé

El logo que la marca española de juguetes Jesmar promocionó en la televisión chilena de los años 90 incluye la cabeza de una muñeca que coronaba el punto de la letra “J” inicial. Además, lo acompañaba el slogan caligráfico “para jugar”; todo recortado dentro de un triángulo escaleno. La presencia de estos cuerpos de bebés y niños inanimados en el entorno primigenio de Leonora Pardo instalan un pasadizo temporal —también podríamos pensar en estos cuerpos escenográficos como la causa necesaria y remota de su inclinación por la escultura—.

En Rosemary’s baby, la artista presenta una pantalla cilíndrica con la proyección de “Jesmar” sobre una cabeza de muñeca tallada en piedra, la que a su vez es sostenida por un infantil plinto celeste, al igual que el extinto logo de la marca. En esta exposición las posibilidades imaginativas de la escultura se mezclan con las capas siniestras de un trabajo sacrificial.

En el mapa de reversos que propone Leonora Pardo nada permanece sujeto a un aislamiento indemne. Rosemary’s baby es una invitación de peregrinaje a través del derrumbe de la inocencia. Un hundir la cabeza dentro del espejo negro de lo impuro, lo oculto y lo denegado. Este secreto contenido, no obstante, es parte integral del cuadro sutilmente maquillado que alguna vez alumbró con seducciones e instrucciones normativas una vida gestada entre florecientes vertederos de plástico de un obtuso capitalismo finisecular. La escultora, con un cuchillo cartonero, rasga la corteza de esta imagen implantada de patrones y estereotipos de género para hacer emerger su lado encubierto. Lo que subyace, ahora se revela como forma constitutiva de la superficie, se diluye el trazo perfectamente calculado de antiguos signos comerciales e irrumpe una genuina inmensidad, que saca a luz las vísceras de la posteridad subsecuente al daño traumático. Se trata de las secuelas de una eclosión medial constitutiva de individualidades generacionales, que Leonora Pardo hace retornar con su puño sobre las líneas del tiempo. En este nuevo escenario de revancha, la escultora demuele y exprime los moldes sociales de armazones infantiles.

Vista de la exposición «Rosemary’s baby», de Leonora Pardo, en OMA, Santiago de Chile, 2022. Foto cortesía de la galería
Vista de la exposición «Rosemary’s baby», de Leonora Pardo, en OMA, Santiago de Chile, 2022. Foto cortesía de la galería

Los imaginarios de Leonora Pardo discurren libremente entre referentes de épocas y contextos de producción dispares. La artista no establece fidelidades históricas o técnicas, sino que actúa más bien bajo los modos transgresivos propios de la era digital. Vale decir, la ruptura como parte necesaria de una continuidad inagotable. La instantaneidad desbordada de nuestro tiempo desdeña y descarta la idea de origen más allá de los sustratos semánticos que persisten en los nuevos usos combinatorios de las imágenes. La artista aborda de igual manera la materia escultórica y sus referentes: de la Venus de Willendorf a un Cristo barroco neonato, de las pesadillescas narraciones de terror a las monstruosidades biotécnicas del cine de ciencia ficción, de la escultura neoclásica ornamental a las cabezas de muñecas Jesmar, de las pinturas negras de Francisco de Goya a las desviaciones sexuales en los maniquíes de Cindy Sherman o las deformaciones siniestras de los hermanos Chapman. Todo dispuesto como un alegre festín, una manifestación celebratoria que expresa de manera elocuente la parte asolada por las efigies de género.

En Rosemary’s baby, Leonora Pardo hace de la disciplina un recetario profano que arroja inocentes arquetipos promotores de consumo a un caldo viscoso hambriento de anormalidad. Este contenido reprimido emerge cuando los cánones eurítmicos han hecho colapsar los tejidos. Leonora Pardo raspa concavidades inconscientes, deletrea un encantamiento que hace irrumpir en el presente la monstruosidad que se agita al otro lado del espejo. Así afloran sin reserva criaturas y evocaciones bulímicas, abominables, delicuescentes. Son el sueño de la razón, la honesta expresión de lo prohibido, la apertura oscura y sanguinolenta de viejas cicatrices nacidas producto de opresivas imposiciones. Todas ellas de carácter edípico, ligadas al acto de engendrar y sacrificar, de forma repetitiva; montar, cercenar, apuntalar criaturas de carne o plástico. Es preciso comprimir la materia del tiempo para entender que el infierno es en la tierra.

Vista de la exposición «Rosemary’s baby», de Leonora Pardo, en OMA, Santiago de Chile, 2022. Foto cortesía de la galería
Vista de la exposición «Rosemary’s baby», de Leonora Pardo, en OMA, Santiago de Chile, 2022. Foto cortesía de la galería
Vista de la exposición «Rosemary’s baby», de Leonora Pardo, en OMA, Santiago de Chile, 2022. Foto cortesía de la galería

Situaciones macabras y deleznables ocurren a diario en cuerpos mutilados de voz discursiva y por tanto de sustancia social. El solo hecho de imaginar ciertas situaciones poco inspiradoras daña la integridad de quienes ostentan facultades sobre lo bueno, lo óptimo, lo correcto o el buen gusto. En este punto se debaten las contrapartes de Rosemary’s baby: espectáculo vs intimidad, frecuencia televisiva vs rituales profanos. Si bien el arco de la vida no es excluyente respecto a la voluptuosa experiencia de lo macabro —ligada a las posibilidades de la muerte, la corrupción, la enfermedad y las abyecciones naturales y voluntarias—, la miseria en su declive escarpado, que desemboca en los límites de lo tolerable, abarca toda clase de pormenores indignos y condenables que ocurren a diario, en estos momentos, en este mundo redondo, que como una ensoñación escarba sobre sus peligrosas posibilidades. La miseria es una experiencia vivida hoy por alguien que no conocemos; las estructuras sociales encarnan el paraíso y el infierno en la tierra. Son contrapartes de la más pura y velada violencia.


Rosemary’s baby, de Leonora Pardo (Chile, 1990. Vive y trabaja en París, Francia) se podrá visitar en OMA Galería, Ramón Carnicer 65, Providencia, Santiago de Chile.

Diego Maureira

Santiago de Chile, 1989. Licenciado y magíster en Historia del Arte por la Universidad de Chile. Ha publicado ensayos e investigaciones ligadas al arte chileno de las últimas décadas, además de entrevistas y artículos sobre arte contemporáneo. Es curador y parte del equipo del Departamento de Estudio de los Medios (DEM).

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