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MEMORIAS DE UN ESPANTAPÁJAROS. ENTREVISTA A CRISTIÁN SILVA

Conversamos con el artista chileno Cristián Silva a propósito de su reciente muestra en Galería Madre, en la que canaliza los desbalances de lo vivo, el potencial quimérico de lo inanimado y su relación con la trashumancia. A través de un nuevo conjunto de obras, simbólicas y perturbadoras, Silva establece correspondencias inusitadas entre lo real y lo ficticio, «un tira y afloja entre lo íntimo y lo público, en términos de seducción y misterio».


La verdad es que nunca quise ser artista, siempre quise ser “normal”


Alejandra Villasmil: Como artista, pero también como profesor y como curador, ¿cuál puedes decir que es tu relación con el arte? ¿Cómo la describirías?

Cristián Silva: No sé muy bien qué responderte… Siento que es como preguntarle a un pescado cómo describiría su relación con el agua, jajaja… Yo creo que desde que tengo uso de razón, me he relacionado con el arte de un modo natural y tal vez un poco inconsciente. O sea, más bien, creo que siempre he interactuado con mi entorno de una manera “artística”, lo cual –como lo entiendo hoy– significa, por un lado, ponerle atención especial a asuntos que aparentemente no son tan relevantes, y por el otro, “seguir de largo” ante aspectos de la vida que para el resto parecen ser de suma importancia. Creo haber tenido la suerte de haber podido seguir mi instinto libremente, aunque parece que mi “termostato vital” está un poco desajustado con respecto a lo que importa y a lo que no. O algo así.

Te diría que el arte ha sido para mí como un permiso, una credencial que me ha “autorizado” para explorar, desde la curiosidad, todos los aspectos de la vida que me parecen inquietantes o misteriosos; también me ha permitido chamullar, especular, suponer, conjeturar, distorsionar, etc, al respecto, indistintamente, para todos lados y con un criterio más bien errático. O sea, si la vida fuese como un gran examen con alternativas, para mí el arte ha sido como tener la oportunidad de responder siempre “todas las anteriores” (o de escoger esos everything bagel que comen los gringos o los tacos de “mole, chile y picadillo” en México; como decimos en Chile, “todas las micros me sirven”).

Ahora, lo curioso es que llevo más de treinta años en el arte con la sensación de que es sólo transitorio, sólo un “mientras tanto”, parecido a la “vida provisional” de la que hablaba Jung; o sea, lo mío es sin duda una inmadurez perenne, que sin embargo y a pesar de todas mis limitaciones, también ha llegado a ser bastante funcional (en ese sentido, me siento muy interpretado por la célebre frase de Beuys: muestra tu herida y hazla productiva).

La verdad es que nunca quise ser artista, siempre quise ser “normal”, porque no sabía que eso que yo hacía y pensaba formaba parte de esta actividad, pero a la larga siempre he gravitado hacia acá, como si fuese un gran imán, o el campo gravitacional de un planeta; este planeta para raros que es el arte…

Ahora bien, de todos modos, alcanzo a darme cuenta de algunas cosas: por ejemplo, que el arte es siempre, al mismo tiempo, una labor privada pero también pública. O que el arte es el espacio en el que tienden a converger todas las actividades de nuestras vidas. El arte es el más grande think tank de la historia de la humanidad (o como decía Duchamp, un juego entre todas las personas de todos los tiempos). El arte es una expresión de generosidad en que nuestra principal herramienta es la sorpresa; es una actividad peripatética y en la que a mi juicio debiese haber ojalá mucho espacio para el humor, para la improvisación, incluso para la contradicción (en ese sentido, me interpreta mucho la célebre frase de Caszely: “No tengo por qué estar de acuerdo con lo que pienso”).

El arte –en su fase exploratoria– es como un estetoscopio, como un periscopio, como un microscopio, como un telescopio, y en su fase expansiva es también es como un megáfono y otras veces como un mensaje en la botella; creo cada día más en un arte “a escala humana” (como los últimos documentales de Agüero), y cada día menos en el “arte burocrático” (como el trabajo de quienes no quisiéramos mencionar)… El arte es una actividad eminentemente multidimensional, y a lo largo de los años me he ido “abuenando” cada vez más con esa idea. A propósito de Jung, se dice por ahí que en el artista sano idealmente conviven la creatividad de un niño y la disciplina de un adulto; yo agregaría también la irresponsabilidad de un niño y la resiliencia de un adulto.

Cristián Silva, Frank Zappa en Estocolmo, 2021, unidad dental, frazadas de lana, concha de picorocos, fotografía enmarcada, 200 x 148 x 140 cm. Cortesía del artista y Galería Madre

Es muy recomendable hoy en día tratar de observar esa “ansiedad mediática” en la que tendemos a caer los artistas en medio del proceso creativo (sobre todo, cuando se acerca una exposición), desde la cual buscamos paliar nuestras siempre presentes carencias de todo tipo.


AV: Unos días antes de la inauguración de tu muestra en Galería Madre, te escribí un mail para iniciar esta entrevista, y de entrada te dije que no sabía por dónde partir, porque tú le habías pedido a la galería que no liberara imágenes de la obra hasta después de la apertura. Intuyo, por lo que he llegado a conocerte, que te da alergia el “quemar la expo”. ¿Qué opinas de la ansiedad de los artistas cuando van a exponer?

CS: Efectivamente, uno de los motivos de desencuentro más frecuentes con mis galeristas –a quienes no me canso de agradecerles su fe y paciencia– ha sido mis reservas con respecto a la «promoción», «difusión» o «making of» de las expos, ANTES de que éstas se inauguren. En mi opinión, esto no hace más que generar un círculo vicioso bastante perjudicial, que se alimenta de las expectativas y avalancha de «primicias» respecto de la futura expo, pero que a la larga termina siendo directamente proporcional al profundo silencio que suele venir después de inaugurada (afortunadamente hay algunas pocas excepciones, como esta revista, que le da seguimiento consistente a los procesos creativos de las y los artistas que cubre)…

Y bueno, algo que en verdad no tolero es esa sensación de «listo, ya ví esa expo» con la que suele quedar la gente después de hojear unos segundos un breve preview en la pantallita de su teléfono. Es tal mi fobia con eso que, por ejemplo, tuve que proponer medidas draconianas para la colectiva que organizamos en homenaje a Eduardo Vilches en la Galería Gabriela Mistral (que, según yo, era una expo ideal para experimentar en vivo); en el intento por lograr que la mayor cantidad de visitantes tuvieran la –de por sí escasa, especialmente en pandemia– experiencia presencial en la sala, liberamos muy poquitas imágenes de las obras para los comunicados de prensa; le pedí a los guardias que evitaran que los visitantes tomaran fotos, y a pesar de que contó con un video muy bonito que hacía un recorrido virtual, obra por obra, fue posible verlo online sólo después de cerrada la exposición.

Florencia (Loewenthal, directora de la Mistral) me aborreció al principio, pero después creo que me encontró la razón, jaja… Y es que me parece que para lograr mejoras en ese y otros aspectos del desarrollo sano del arte, a veces hay que ir un poco contra algunos –a mi juicio– malos hábitos y contra la corriente (algo similar ocurre con las llamadas “visitas guiadas” con la presencia de la o el artista, que para mí también se están convirtiendo en un “mal hábito”, que tiende a querer inyectarle un plus de glamour a la experiencia artística pero que en mi opinión no hace más que distraernos de ella; si la experiencia artística es como andar libremente en bicicleta, la dependencia de las visitas guiadas serían como querer seguir andando siempre en una bicicleta con rueditas laterales).

En fin, algo parecido hice con Molino (proyecto curatorial desarrollado en 2019): nunca tuvo prensa, sino sólo recomendaciones de boca en boca. También les prohibí “norcoreanamente” a los expositores promover en las redes sociales fotos de sus obras con la que estaban participando en las expos (igual por ahí se me escaparon varios, jaja, y lamentablemente en esos casos coincidió con una disminución en el interés y/o número de visitas presenciales). Tengo la impresión de que es muy recomendable hoy en día tratar de observar esa “ansiedad mediática” en la que tendemos a caer los artistas en medio del proceso creativo (sobre todo, cuando se acerca una exposición), desde la cual buscamos paliar nuestras siempre presentes carencias de todo tipo.

Cristián Silva, Camisa magnética. 2021, cubiertos metálicos, tela, colgador de madera, 90 x 56 x 8 cm. Cortesía del artista y Galería Madre

AV: ¿Quizás es al revés: que no fue tanto público a esa exposición porque no hubo mucha difusión? En cualquier caso, sí te veo contra-corriente… de esos que escasean cada vez más, y no solo en Chile. Lo digo también por tu misma postura crítica frente al llamado “sistema arte”, el “establishment”, y sus maneras de estructurar o “empaquetar” la “producción” (ya no la creación) artística. ¡Además de que usas un celular de los noventas y no tienes redes sociales! Eso es verdaderamente… mmmm… contra-corriente. ¿Se ha perdido la esencia en el arte? ¿Cuál sería para ti esa esencia?

CS: Súper de acuerdo. También tengo la sensación de que se han ido instalando en el sistema del arte contemporáneo una serie de modos de “empaquetar” y de “vender” el arte, que a mi juicio resultan bastante contraproducentes con respecto de su esencia. ¿Y cuál sería esa esencia? Uf, vaya pregunta… Se me viene en auxilio una frase de John Dewey, que si mal no recuerdo dice más o menos algo así: “Hay una diferencia entre el producto artístico (estatua, pintura o lo que sea) y la obra de arte. El primero es físico y potencial, la segunda es activa y experienciada”. Es decir, la esencia del arte radicaría no en el objeto (gesto, situación, enunciado o lo que sea), tampoco en el espectador, sino que más bien es esa energía invisible que fluye entre uno y otro.

En todo caso, me jode un poco quedar como el “contra-corriente” o el “sociópata” que rehúye de su entorno, porque en realidad yo quisiera todo lo contrario: es decir, quisiera resguardar la experiencia colectiva del arte, esencial también, sólo que en su dimensión cercana, íntima, afectiva…

Ahora, es verdad, mi pequeño Nokia lo tengo hace más de diez años y está entero machucado, borrado el teclado y le cuesta un mundo agarrar señal, y efectivamente puedes incluirme entre los anti Facebook, anti Twitter, anti Instagram, anti Pinterest, anti Tinder, anti Tik Tok, etc… esa es una de mis pequeñas luchitas (aunque sé que estoy como los holandeses, sólo tratando de ganarle unos centímetros de terreno al mar, jeje). O sea, no me malentiendas: al igual que todos, yo también requiero atención, cariño y respeto, sólo que me parece que esa manera –la “mediática”– es a mediano y largo plazo contraproducente.

Cristián Silva, Etileno, 2021, sandía tallada, 23 x 40 x 20 cm. Cortesía del artista y Galería Madre

Sigo creyendo más en el artista como un flaneur, como un místico, un vagabundo a la deriva, como un maestro chasquilla


AV: ¿Conoces “la tribu de los desconectados”? Estaba pensando que esa desconexión de lo virtual con la que comulgas (por suerte nos podemos comunicar por mail, porque sí que hay personas que ni siquiera tienen una cuenta de correo electrónico) es como una especie de pacto inquebrantable, casi monástico, con tu… ¿autenticidad como artista? Me explico: la feroz y rápida circulación de imágenes en redes como Instagram (o como fue el Flickr a principios de los dosmiles), si bien nos conecta con otras realidades y contextos, en cierto modo nos aliena, y el resultado es esta uniformidad de discursos (de concepto y visuales) y de aproximaciones al arte, que son como estéticas de la militancia de turno, indistinguibles y faltas de un anclaje con las realidades locales. Hay muchas excepciones a esta regla, por supuesto. ¿Qué opinas de todo esto? 

CS: Bueno, estás queriendo despertar al ogro, jajaja… Llevo ya casi dos décadas pasándolo pésimo por culpa de todo eso que tan bien describes. No conozco a “la tribu de los desconectados”, y la verdad es que no he sabido cómo superar mi –paradójica– desconexión con la conexión. Me pierdo un montón de instancias de las que hubiera querido participar (ya te digo, soy de naturaleza copuchento y metiche), pero por otro lado quedo tranquilo de no estar demasiado sometido a esa alienación y “falta de anclaje” que mencionas (esa condición “superficial y enajenada” de la que habla Elicura Chihuailaf).

Qué sé yo, vivimos tiempos en los que lo que “la lleva” son los one liners y el espantar y/o impactar frontalmente, pero yo me siento mucho más partidario de jugar otro juego: de engatusar, intrigar o seducir, o sea, de simultáneamente mostrar y ocultar… A lo mejor, incluso, más ocultar que mostrar, jeje… Con respecto a esa simultaneidad y promiscuidad, incluso con la uniformidad, creo que la acepto sin chistar al interior de la obra misma, pero no tanto con respecto a “la obra y su circulación”. O sea, considerando este contexto mediatizado, sigo creyendo más en el artista como un flaneur, como un místico, un vagabundo a la deriva, como un maestro chasquilla (Jack-of-all-Trades), y no tanto -como hacia donde nos empuja este sistema- como un entrepreneur eficiente y “conectado”… Igual, por suerte me siento acompañado por muchos colegas cercanos, bastante “chasquillas” también, que han estado transitando últimamente entre las artes visuales y otros territorios (aunque varios de ellos muy “conectados”, jeje), como Ignacio Gumucio o Diego Lorenzini hacia la música, la Magdalena Correa hacia el cine, la Consuelo Rodríguez hacia la filosofía, Félix Lazo hacia la informática, Matías Movillo hacia la psicología, la Aymara Zegers hacia las ciencias naturales, etc.

En todo caso, tengo la impresión de que el grueso de la discusión del arte se desarrolla en estos momentos de manera “anexa” al arte: en el peor de los casos tiene que ver casi exclusivamente –y ahí hay un malentendido enorme– con el “mundo del arte”, pero no con el arte. Tiene que ver con los circuitos, con el mundo académico, con el mercado, con los discursos curatoriales, pero no necesariamente con los aspectos más específicos de las artes visuales; nos estamos acostumbrando a que la mayor parte del debate se lleve a cabo únicamente en ese plano de las ideas, pero no tanto desde la perspectiva de lo visual, lo artístico o lo poético, y eso también parece desprenderse de esta alienación que mencionas.

Vista de la exposición «El ciclo del carbono», de Cristián Silva, en Galería Madre, Santiago de Chile, 2021. Cortesía de la galería
Cristián Silva, Lucy & Ötzi, 2018, madera, yute, arcilla, colapez, goma laca, té, 220 x 90 x 12 cm. Cortesía del artista y Galería Madre
Vista de la exposición «El ciclo del carbono», de Cristián Silva, en Galería Madre, Santiago de Chile, 2021. Cortesía del artista y la galería

AV: Hablemos ahora de tu muestra en Galería Madre. ¿Tenías algunos años sin exponer de forma individual en Santiago, ¿no?

CS: Así es, estoy fuera de ritmo, llevaba mucho tiempo sin exponer en forma individual, desde mis expos del 2016 en Curro (Guadalajara) y Maisterravalbuena (Madrid). En Santiago no mostraba individualmente desde el 2015. Desde entonces hasta ahora, pasé por una racha un poco densa, en la que me llovió sobre mojado…

AV: La exposición se titula El ciclo del carbono, un proceso tanto biológico como geológico, vital para la renovación, recomposición, alimentación y sobrevivencia de todos los seres y materias vivas en la Tierra. Este es un asunto que has venido trabajando por muchos años, quizás de manera más oblicua, a través de tus pinturas hechas con clorofila y el tono verde que suele impregnar toda tu obra. Sin embargo, me parece que esta vez “lo verde” cobra más urgencia -y quizás hasta pueda ser leído así por muchos de quienes visiten la muestra- en la actual crisis ecológica (aunque hay algunos, precisamente los mayores responsables de todos los desequilibrios del planeta, que prefieren pensar, o insisten en hacernos pensar, que no hay tal crisis, que los ecosistemas están blindados por miles de años más). ¿Es así?

CS: Tal vez suene un poco irresponsable, pero el activismo ecológico no forma mucho parte de mi enfoque artístico… Te diría que la presencia de esas nociones de crecimiento, desarrollo, descomposición o degradación que se desprenden del título de la muestra (o de algunas de las obras en la exposición) han estado presentes en mi trabajo casi únicamente desde una perspectiva personal/existencial, incluso, tal vez, autobiográfica. Es decir, a pesar de considerarme yo mismo una persona relativamente informada, participativa y «opinionada» ­–como dicen los gringos– respecto de la coyuntura sociopolítica, trato de evitar que mi trabajo se convierta en algo así como el vehículo consciente de mis opiniones.

En ese sentido, priorizar una lectura ecológica, antepuesta a potenciales otras lecturas, me parecería un poco limitante (me ha pasado algo parecido en clases, cuando muestro algunas obras de Beuys en las que participan animales: se gatilla en la mayoría de los estudiantes una reacción automática, que bien podríamos llamar “animalista”, que rápidamente se encarga de sepultar todas las demás posibles interpretaciones).

Así es que te diría que esta expo no es más que la manifestación visual de mi pequeño sistemita, de mi pequeño viaje… Como te habrás dado cuenta, no sólo respecto de la presencia del verde en mi trabajo sino que, en general, me fascinan las coincidencias, las correspondencias, los puentes y túneles y pasadizos secretos entre dimensiones completamente diferentes, los portales, los umbrales (como el de Alicia en el País de las Maravillas o The Matrix); en ese sentido, siempre me han intrigado los eventuales alcances poéticos de curiosidades tipo Aunque Ud. no lo crea, de Ripley… El otro día me enteré, por ejemplo, de la probable relación directa entre la erupción de un volcán en Perú en el año 1600, la hambruna en Rusia durante los años posteriores y la consiguiente caída del zar Boris Godunov, imagínate… Creo que desde mi trabajo he estado intentando encontrar trascendencia en la trivia, y acercarme de una manera muy intuitiva, y probablemente muy ignorante y torpe, también, a asuntos –en principio, “no artísticos”– como los sistemas complejos y los sistemas dinámicos, y en esta expo al parecer eso quedó más al descubierto, más a flor de piel.

Cristián Silva, Siempre verde, 2021, clorofila sobre papel, 53 x 103 cm. Cortesía del artista y Galería Madre
Cristián Silva, Hoja de higo hembra (detalle), 2018, grafito sobre el muro (dimensiones variables), hoja de higo, 44 x 40 cm.. Cortesía del artista y Galería Madre
Cristián Silva, Hoja de higo hembra (detalle), 2018, grafito sobre el muro (dimensiones variables), hoja de higo, 44 x 40 cm.. Cortesía del artista y Galería Madre

Andaba siempre con los bolsillos llenos de cosas, como una especie de mini–Diógenes


AV: Dejando a un lado el verdor del portal de apios que nos recibe (y su guardián), una camisa verde con cubiertos adosados como una pechera protectora, el container de “Siempre Verde” -pintado con clorofila-, la sandía calada con la fórmula química del etileno, y la hoja de higo hembra, todos a coro en esta exposición, hay otros elementos que me trasmiten una sensación perturbadora. Son imágenes alusivas a la muerte o al estado de enfermedad. Comunican desbalances. ¿De dónde salen esas imágenes?

CS: Ah, el desbalance… Me encanta que hayas percibido eso. Efectivamente, hace unos días, observando en su conjunto estas obras, me cayó la teja de que en mi trabajo se ha hecho más visible últimamente la presencia de esas nociones de desvanecimiento, decrepitud, deterioro, putrefacción; es más, te diría que una especie de “suspensión permanente” de todo eso. Como un congelamiento del proceso de declinación… Pero también, por suerte, he podido percibir un aire como de renovación, de florecimiento, que es radicalmente opuesto y simultáneo a lo anterior.

En ese sentido, te puedo contar que a inicios de los dosmiles me acerqué al trabajo de Claudio Naranjo, de ahí fui derivando al eneagrama, de ahí a Gurdjeff y de ahí pasé –muy tardíamente, lo reconozco– a Jung: me interesó particularmente el análisis de lo que él llama la energía puer y la energía senex (que tiene mucho que ver con este equilibrio/pugna entre lo decadente y lo emergente). Y de pronto me encontré con el trabajo de Joseph Campbell, y su alucinante estudio de las diferentes culturas y civilizaciones de todos los tiempos; en especial, respecto de los relatos orales y la correspondencia/comparación entre mitos de diferentes pueblos. Estudié su hipótesis del Monomito (o Periplo del héroe), y me di cuenta que además de que no sólo es la “estructura” que sostiene a muchísimos relatos fantásticos de la literatura y el cine de la actualidad, de alguna manera es también el andamiaje sobre el que se articulan los diferentes elementos en El ciclo del carbono… O sea, ahí está –si es que la hubiere– una de las claves de esta exposición. Es más, yo ubicaría el Periplo del héroe de Campbell como eje de mi producción de los últimos años (y tal vez de todo mi trabajo).

Todos los alcances del maravilloso trabajo de investigación de Campbell tienen una gran resonancia para nosotros los artistas; nos conectan con asuntos –conflictos, enigmas, miedos, etc–  que nos atraviesan a todos por igual: las nociones de peligro, sacrificio, iniciación, despojo, determinación, sanación, son extremadamente relevantes para la configuración de cualquier trabajo que implique una dimensión simbólica. Y nos pone en contacto con asuntos que tendemos a hacer a un lado en nuestras vidas cotidianas, como la relación con nuestra infancia o con nuestra eventual muerte; de hecho, ahora que lo pienso, creo que los artistas estamos en un permanente proceso de reconciliación con nuestra infancia… qué se yo, pienso en artistas que admiro –Buñuel, Guston, Bourgeois, Lennon, Kelley, Tuttle, etc– y todos tienden a coincidir en aquello, una especie de diálogo entre la memoria y la incertidumbre ante el futuro.

Cristián Silva, Andrajoso (yendo y viniendo), 2020, video dos canales, 10 min. Cortesía del artista y Galería Madre

AV: Qué interesante eso que mencionas sobre la hipótesis del Monomito de Campbell. Me hace sentido esa analogía que haces entre el artista-como-héroe-creador-divino, y su periplo y ¿misión en lo terrenal?. Lo vemos también, como dices, en las estructuras de guiones cinematográficos, que casi sin excepción –al menos en Hollywood– se construyen en torno las figuras del héroe y el antihéroe. La idea del Monomito es bastante mística, incluso, religiosa, pero lo digo en el sentido amplio de fe espiritual. Pienso en nuestra conexión con nosotros mismos, con quienes somos realmente y cuando llegamos a aceptarnos tal y como somos, y en la conexión de yo “verdadero” con el “afuera”. A lo mejor, entonces, lo que has estado haciendo a través de tu obra no es tanto ese crear conciencia ecológica como te comenté antes, sino una aproximación espiritual a tu gran viaje de vida.

CS: Claro, ojalá… O sea, yo realmente espero que hasta ahora mi trabajo haya estado cumpliendo un poco esa función/misión que planteas. Es más, creo que este asunto –aunque tienda a sonar un poco ambicioso o grandilocuente– de alguna manera abarca a la totalidad de quienes nos dedicamos al arte, independientemente de nuestros lenguajes, medios o procedimientos.

AV: En esta exposición has incorporado tres videos realizados entre 2020 y 2021, un medio que, hasta donde conozco, no sueles trabajar mucho. Cuéntanos primero la historia de Andrajoso (yendo y viniendo) [2020]. ¿Qué te motivó a hacer estas tomas?

CS: Viví mi infancia en Holanda, y ahí mis amiguitos me apodaban “vol zak”, porque andaba siempre con los bolsillos llenos de cosas, como una especie de mini–Diógenes. Últimamente, durante estos últimos años, he llevado siempre conmigo una mochila muy pesada (que no es un decir, es literal, jaja); quienes me conocen saben que –y me molestan porque– ando cargando siempre demasiadas cosas en ella, casi siempre, además, llevándola de arriba a abajo en mi bicicleta… Y el otro día que vi en las noticias un viral de una camioneta mexicana cargada exageradamente en una mudanza, me sentí muy identificado (tal como alguna vez me emocionó el carrito magnético de Francis Alys).

En fin, todo esto para decirte que la relación con la gente outsider que vive en situación de calle –como el personaje central del video que mencionas– y todo lo que eso conlleva, siempre ha sido para mí de mucha empatía, identificación y respeto; de alguna manera, no me siento para nada lejano a ellos, sino al contrario, más bien ubicado sólo a milímetros o a segundos de “pasar al otro lado”. No es primera vez que abordo este asunto desde un trabajo: en el 2004 hice otro video, Macalister, en el que registré a un indigente al que yo veía todos los atardeceres en Guadalajara, parado con una frazada escocesa cubriéndole el cuerpo desde la cabeza hasta los pies y contemplando cómo el sol se escondía entre los cerros; en esa época yo no tenía una cámara de video, y para mi desgracia cuando finalmente me conseguí una, con trípode, fue un día en que justo llovió y este tipo se parapetó debajo de un kiosko de diarios. O sea, no logré conseguir la toma “romántica” (con la puesta de sol), sino unas tomas muy tristes y melancólicas del sujeto empapado bajo el cielo oscuro.

Luego, en el 2010, en México también, me topé en la calle con una camioneta pick-up cargada abundantemente con un montón de ramas verdes recién cortadas de unos árboles, la cual, vista desde atrás, parecía un gran monstruo mitológico desplazándose frenéticamente por la ciudad; la seguí durante semanas hasta que por fin pude proponerla para una exposición. La obra se llamó Estaquita, e incluyó un megáfono en medio de las ramas, del cual salía la melodía de la “III Internacional” tocada por una cajita de música.

Siguiendo una idea parecida, en 2010 también hice un video, esta vez en Valparaíso, titulado Perifoneo, en el que seguí durante todo un día a una camioneta recolectora de trastos viejos por los cerros del puerto (mientras por su altavoz el chofer iba pasando una grabación con testimonios de los tiempos de la dictadura, provenientes de ambos lados del conflicto). Y hace unos cinco o seis años, mostré en la ex-XS una pequeña foto titulada Indigente contemplando fijamente el escudo de Bélgica, que capta exactamente lo que describe el título: un tipo en situación de calle que se paraba todas las noches en la esquina de Providencia y Tobalaba a mirar durante largo rato, muy de cerca, inmóvil y en silencio, la placa situada afuera del edificio del consulado de Bélgica.

Ahora que lo pienso, siento que todos estos trabajos son tal vez como una especie de tributo a una obra que me conmovió profundamente cuando la vi por primera vez: A Needle Woman, de Kimsooja… Y bueno, como te decía, llevo años ya circulando todos los días a lo largo del principal eje este/oeste de Santiago: la Alameda > Providencia > Apoquindo > Avenida Las Condes, y es ahí donde me encontré con este señor que aparece en Andrajoso (yendo y viniendo), hace por lo menos unos ocho años. Y tal como nos ha ocurrido a todos, me impresionó su aspecto, su indumentaria (consistente en múltiples capas de ropa y bolsas de plástico negro de todos los tamaños), y sobre todo su “kinética”: camina a paso firme, sin parar, todo el día para arriba y para abajo de ese eje de la ciudad, muchas veces por la calle, contra el tránsito, como si estuviera en trance (y todo eso fue lo que intenté captar en las imágenes).

La primera vez que lo vi me recordó inmediatamente al personaje que interpreta Robin Williams en The Fisher King, quien –al igual que lo que creo transmite el personaje de mi video– también parece cargar una experiencia traumática no resuelta con el mundo. De hecho, el indigente de The Fisher King sufre de alucinaciones, durante las cuales huye de un caballero medieval con armadura (el Red Knight); en mi expo, intenté armar una conexión similar con el otro video grande (la proyección de un carro de bomberos con todas sus balizas encendidas: ese era nuestro Red Knight, el monstruo que espera oculto en la caverna) y el video pequeñito (en que un joven muy elegante lanza infinitas flechas mientras su entorno va transitando por todo el espectro cromático).

AV: Aquí me viene a la mente el concepto de trashumancia… Y lo que has dicho anteriormente de que ves al artista como un flaneur, como un místico, un vagabundo a la deriva. Y te veo a ti con tu mochila pesada en tus tránsitos en bicicleta por la ciudad de Santiago. Y aquí vuelvo a traer a la conversación lo que te preguntaba al inicio sobre la esencia del arte, la esencia del artista. ¡Creo que ya vamos trazando el círculo por tu propio Monomito!

CS: Jaja, sí, parece que por ahí va la cosa, ¡lo cíclico a todo lo que da! O sea, que no sólo yo mismo, sino que, sin darme cuenta, mi trabajo se ha vuelto trashumante también… De todos modos, en mi caso personal, si tuviera la posibilidad real, mi anhelo sería estar migrando constantemente entre hemisferio norte y hemisferio sur, escapando de los veranos (o en busca del invierno perpetuo).

Cristián Silva, Petit Fleur, 2020, grafito y plástico sobre papel, 82 x 123 cm. Cortesía del artista y Galería Madre
Cristián Silva, Horizonte de absenta, 2020, botella de vidrio, absenta, 29 x 7 x 7 cm. Cortesía del artista y Galería Madre

Una exposición es un ritual, una ceremonia en la que los artistas compartimos y presentamos ofrendas, con la mejor de las intenciones


AV: ¿Qué importancia le atribuyes o cómo planificas los montajes de tus exposiciones, tanto cuando eres tú el expositor como cuando eres curador? ¿Cuáles son tus criterios o consideraciones?

CS: Me encanta que les llames “consideraciones”, porque en verdad siempre hay tantos aspectos por considerar, y la configuración final de una exposición es consecuencia de la negociación entre todos esos factores. Mira, te diría que, salvo dos o tres excepciones, mis exposiciones individuales no han sido más que “arrejuntar” en un espacio determinado los últimos trabajos que he hecho; así de simple. En ese sentido, me he ido distanciando de esa práctica tan habitual en el arte contemporáneo que consiste en trabajar planificadamente desde la idea de un “proyecto” (con una “temática” y una lógica muy definida, calendarizada, justificada y predeterminada; práctica que, probablemente, aquí en Chile, ha sido consecuencia de varias décadas de Fondart). En lugar de eso, prefiero confiar en que esos trabajos que han ido apareciendo intuitiva y aleatoriamente durante un periodo determinado de tiempo, van a encontrarse de pronto en una sala y van a generar solitos entre ellos una armonía y una tensión, un conflicto positivo que podríamos llamar “vínculo poético”.

En términos generales, te diría que trato de que haya en el conjunto un equilibrio entre la carga sensorial y la carga cultural que emana de las obras; algo que es tan sencillo –o complejo– como poner atención a los ingredientes al cocinar, o a la eventual interacción entre los invitados a una fiesta, o al reunir jugadores para armar los equipos en una pichanga, incluso al poner música en un carrete…

Hay un libro que siempre cito como referente a la hora de trabajar en arte o cuando tengo que comisariar una exposición: se llama Así lo hago yo, de Julita Astaburuaga, ¿lo ubicas? Es una especie de manual de recomendaciones, muy sensible, lúcido y ameno, para conducirse “en sociedad” (desde la perspectiva de la mujer de un diplomático de carrera); plantea interrogantes muy pertinentes, por ejemplo, respecto del balance entre improvisación y planificación (sobre todo el capítulo referente a los preparativos de una cena formal). Igual, aunque cada vez es una experiencia nueva y desconocida, hay varios aspectos que son constantes en mis exposiciones (individuales y colectivas): por lo pronto y al igual que en la Commedia dell’arte, hay ciertos arquetipos recurrentes que se manifiestan a través de las diferentes obras y que se activan unos a otros por medio de una dinámica dramática entre esos “roles”.

Siguiendo el registro de la Julita Astaburuaga, y a modo de “receta”, te diría que por lo general en mis exposiciones vas a encontrarte con trabajos de diversos tamaños (XS, S, M, L y XL); vas a ver cosas en el suelo, en los muros y colgando del techo; a propósito de Joseph Campbell, te vas a encontrar también con referencias al reino animal, vegetal y mineral; habrá proteínas, minerales, vitaminas y otros nutrientes, y en lo posible, cosas antiguas y nuevas, brillantes y opacas, geométricas y biomórficas, orgánicas y sintéticas, lentas y veloces, trágicas y chistosas, solemnes y frívolas, limpias y sucias, rítmicas y melódicas, blandas y duras, elegantes y vulgares, livianas y pesadas, grotescas y delicadas, expansivas y comprimidas, suaves y rugosas, pestilentes y fragantes, borrosas y nítidas, salvajes y civilizadas, oscuras y luminosas, políticas y privadas, estridentes y sutiles, etc.

En verdad, le consagro extrema concentración a esa “ecualización” de lo visual y creo que a estas alturas he podido alcanzar un cierto grado de oficio al respecto (aunque a una amiga compatriota tuya –que es una eminencia del arte latinoamericano– una vez le escuché decir: “Lo que necesita ese Mono Silva es dejar que alguien cure sus exposiciones y que él no meta su cuchara”, jajaja)… Pero por otro lado resuena en mi cabeza una idea que le oí a Vilches hace un tiempo: “Los curadores son más bien innecesarios para una exposición individual de obras recientes de un artista vivo; eso cambia, cuando se trata de una exposición antológica o retrospectiva de un artista mayor, o de una exposición colectiva, o de una exposición de un artista muerto”.

Cristián Silva, Gravity, 2021, impresión giclée sobre papel metalizado (díptico), 43 x 49 cm c/u. Cortesía del artista y Galería Madre

AV: Ahora me dejaste intrigada… porque sí, es verdad que pasa que una visión o una interpretación de afuera pueden nutrir, así como echar por la borda o desviar lo genuino de tu trabajo, sea con fines comerciales o no. ¿Eres de los artistas que piensan en su público? Es decir, ¿eres calculador en ese sentido? ¿Cómo esperas que le llegue al visitante, así tal cual, a lo que quieres comunicar, siendo tu obra tan abierta a lecturas?

CS: ¿Te suena esa hipótesis de los hunters y farmers? Se usa mucho en mercadotecnia (para “seleccionar” vendedores), pero a mí me ha hecho siempre mucho sentido su aplicación al arte y a las/los artistas. Se refiere básicamente a la mayor o menor presencia en nosotros de una carga genética primitiva (de cazador/recolector) o a una más reciente y evolucionada (de agricultor/granjero). Estos últimos corresponderían a las personas que se conducen por la vida con una noción muy integrada de la programación sostenida en el tiempo (poner atención a las fases de la luna, a las mareas, al crecimiento de las plantas, organizar el almacenamiento de recursos, etc); por el otro lado, los hunters dependerían más de otras características (más “urgentes”, por decirlo de alguna manera), y que tienen que ver con todo aquello que se requiere para la cacería y la recolección: un sentido de la vista, el oído y el olfato muy desarrollado, junto con la capacidad física y mental para tomar decisiones muy rápidas e improvisadas (es decir, estar en condiciones de percibir un cambio repentino en la dirección del viento, el olor de un animal, el crujido de una rama o un cangrejo camuflándose entre las piedras). En ese sentido, mientras el granjero mantiene un tipo de relación con su entorno que es más estable, más sólida, más serena y planificada, metódica, procesual, el cazador está más atento a lo que ocurre en el instante, minuto a minuto, algo así como la “coyuntura inmediata”.

En términos generales, el granjero se relaciona, a largo plazo, con la trascendencia, mientras que el cazador está ocupado, a corto plazo, en la contingencia (un poco como la diferencia que te mencionaba antes respecto de la noción de puer y senex, según Jung). Entonces, en esa perspectiva, te diría que me siento a medio camino entre farmer y hunter, aunque definitivamente más cercano a estos últimos (¿transhumante?): estoy casi siempre ultra atento –hiperfocalizado– a mi entorno, lo cual me lleva a tomar muchísimo en cuenta los comentarios y observaciones que van emergiendo de quienes forman parte de ese entorno. Pero, una cosa es percibirlos y procesarlos, y otra muy diferente es aplicarlos, jeje… O sea, aunque en general creo ser bien flexible para relacionarme con el resto, también creo que puedo llegar a ser bien intransigente cuando ya he tomado decisiones respecto de mi trabajo y/o su presentación pública.

No sólo soy de los artistas que piensan en los espectadores, sino que en general soy del tipo de persona que, tal vez por un tema de carácter (que ya quedamos que era hunter, jaja), me interesa genuinamente lo que pasa en mi alrededor, con los demás; o sea, estoy siempre más atento al otro de lo que en verdad debiera. Y a propósito de lo que decías antes (de las consideraciones respecto del montaje), desde que empecé en esto me ha resultado esencial el tema de la comunicación: ya sea el “contar bien” una película, explicar bien un ejercicio, o simplemente señalizar tus intenciones cuando vas manejando por la calle. Creo que, como artistas, tenemos que ser sumamente cuidadosos y precisos con todo eso; nuestra principal responsabilidad es que nuestras cosas sean como tienen que ser, que queden como tienen que quedar.

Sin embargo, al mismo tiempo, es indispensable desarrollar también una cierta habilidad para intentar siempre dejar cabos sueltos (a veces trato de anticipar las posibles reacciones del espectador, aunque, claro, sabiendo de antemano que es absolutamente imposible saber cómo van a ser leídos los trabajos).

En general, quisiera que mis exposiciones fuesen una experiencia viva y nutritiva para quien llegue a visitarlas; que nadie “pierda el viaje”, por así decirlo, ni que tampoco quede indiferente. Tengo la convicción de que una exposición es un ritual, una ceremonia en la que los artistas compartimos y presentamos ofrendas, con la mejor de las intenciones. Ahora bien, con respecto a las exposiciones, sean colectivas o individuales, hemos mencionado sólo consideraciones acerca de cuál sería la “pega” de la(s) obra(s); habría que ver también cuál sería la “pega” del espectador.

Considerando que visitar una exposición corresponde a un acto voluntario, uno supondría que el espectador es alguien que llega con una cierta disposición a jugar: a recibir, pero también a dar. Ese intercambio para mí es clave. Y ahí entra en escena la tremenda importancia del rol que juega el contexto –tanto físico como sociocultural– en el que surgen, se crean y se presentan tales o cuales trabajos, o en el que se lleva a cabo tal o cual exposición: en nuestro caso local, desgraciadamente, tanto artistas como galeristas y “museístas” sabemos que la gran mayoría de nuestro público de las artes visuales –un poco debilitado y precarizado por la lógica del mercado– está malacostumbrado al consumo rápido y perezoso del arte, convencidos de que tienen que “entender”, con la máxima velocidad posible, el “mensaje” que el o la artista quiso –supuestamente– transmitir a través de su trabajo (para lo cual se tienden a apoyar muchas veces en la asistencia de la llamada “mediación”, que por lo general contribuye con más de esas “rueditas laterales para la bicicleta” que mencionaba al principio).

A veces me he topado con amigos o estudiantes de arte a la salida de una exposición, visiblemente incómodos con el hecho de que no logran identificar si lo que acaban de ver “les gustó o no les gustó”, si le ponen “like” o no, y yo les he sugerido que abracen esa sensación, que no es mala, que esa intriga y esa ambigüedad es también parte de la experiencia artística (que ha sido deliberadamente neutralizada por la intensa cultura del consumo que nos rige desde hace más de medio siglo). Pienso en lugares como la casa/museo de John Soane o el Museo de Tecnología Jurásica, y me parece admirable la manera en cómo ahí se hace convivir magistralmente una visión densa, específica, personal, única (y a veces críptica y elíptica), con la consciencia de que eso va a ser visto eventualmente por otras personas: ese tira y afloja entre íntimo y público, en términos de seducción y misterio, me causa una enorme fascinación y es de las fuerzas que me mantienen entusiasmado en el arte, a pesar de todo… A propósito de fuerzas, hace unos días, un colega muy querido, luego de visitar El ciclo del carbono, me comentó que la exposición le parecía como un gran caldo Witt, y no sé por qué esa observación me dejó tan contento.

AV: No sé qué es el caldo Witt, pero sí que eres un gran comunicador

Alejandra Villasmil

Nace en Maracaibo (Venezuela) en 1972. Es Directora y Fundadora de Artishock. Licenciada en Comunicación Social, mención audiovisual, por la Universidad Católica Andrés Bello (Caracas, Venezuela, 1994), con formación libre en arte contemporáneo (teoría y práctica) en escuelas de Nueva York (1997-2007). En Nueva York trabajó como corresponsal sénior para la revista Arte al Día International (2004-2007) y como corresponsal de Cultura de la agencia española de noticias EFE (2002-2007). En Chile fue encargada de prensa y difusión para el Museo de Artes Visuales (MAVI), Galería Gabriela Mistral, Galería Moro y la Bienal de Video y Artes Mediales.

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