ANA WON: CANTOS Y ALARIDOS
Una forma viva a lo lejos
cuenta una historia amorfa
visita paisajes y pellejos;
es un chasquido entre acantilados,
un chispazo cegador:
“que una animaleja sin especie,
parecida a una mascota regular,
echó raíces sobre una piedra.
Que decidió sin más
afincarse,
vivir lo que le quedaba
en esa tierra inhóspita y turgente.
Que se sentó y desde la altura
miró las reacciones vegetales,
la agrura animal,
las maderas bruñidas por la corriente,
las derrotas
del estiaje,
las prácticas de lo humano:
ciencias ocultas, saberes simples,
ciclos del sueño.
Todo eso desplegado frente a sí
con fluidez y desparpajo.
De noche descubrió una caverna
habitada por sombras,
que evitan la rabia del sol.
Celebran lo oscuro,
flamean en rondas que duran
la temporada de estrellas.
Vio entrar la luz y el movimiento,
el romper del día.
Cuenta que, frente a lo deslumbrante,
no hubo ganas de cazar sino goce.
Que contempló lo insuperable y su indiferencia:
colores y formas; rayones y raspajes.
Un reguero de gestos atronados,
y de otros prudentes y pulidos, también.
La piedra se hizo al viento.
Cambió para bien y mal.
Dormitó,
afrontó el peso de la edad,
los sigilos,
el relente nocturno, calores,
la vida y las
muertes
que dieron sentido a ese estanque
que el ciclón construye cada vez
con su lluvia plural.
Guano, polvo y arena,
fondos del invierno, barro de arrastre,
musgo, hongos de humedal,
arqueas, corteza suelta,
sobras de rituales; todo se amuchó
en una
especie de escarcha
que cubrió a la animaleja y su piedra
hasta volverlas indivisibles
en un pacto sordo de templanza.
Contó que se siente cimbrar
la piedra infinita
que hay quien lee su comportamiento.
Que calza perfecta al mundo
como pétalo y agua
como lacra invencible”.








Cantos y Alaridos, de Ana Won (Tucumán, Argentina) se presentó hasta el 4 de junio en Constitución, Del Valle Iberlucea 1140, Buenos Aires. Curada por Constitución (Martín Fernández y Alberto Villa).
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