FUEGO DEL CIELO
Por Paola Nava | Curadora
“Según una tradición iniciática de Peúl, el fuego es del cielo, pues sube, mientras que el agua es de la tierra, pues desciende en forma de lluvia, tiene origen celestial y destino terrenal, mientras que el fuego tiene origen terrenal y destino celestial”.
Diccionario de símbolos, Chevalier
Desde la Antigüedad, el fuego ha sido representado en algunas culturas como símbolo del inicio, el amor y la abundancia; para otras, ha sido emblema del fin, la destrucción y la catástrofe.
En el libro Mitos del origen del fuego, George Frazer explica cómo los indios tupinambás en Cabo Frío, Brasil, creían que el cielo, la tierra, los pájaros y los animales habían sido creados por un ser llamado Monan, similar a Dios, quien en un ataque de furia causó el Fuego del cielo, también llamado Tattá, con el que destruyó casi todo lo que habitaba en la tierra.
Después hizo llover muy fuerte, convirtiendo el agua en un mar cuya salinidad fue provocada por las cenizas del gran fuego. Cuentan los indios que, ante esta catástrofe, Monan salvó el fuego de su extinción al esconderlo entre los hombros de un perezoso -bestia grande y pesada- de quien dos hermanos lo extrajeron cuando las aguas del diluvio se habían calmado.






Considerado también como un elemento sagrado y divino, el fuego ha sido un vehículo para la espiritualidad y conexión con lo trascendental, símbolo de la transformación interior y de procesos de cambio. El lugar donde las historias se comparten, los vínculos se fortalecen y el conocimiento se transmite. Un catalizador de la comunicación, representante de la luz de la sabiduría y del calor que emana de la conexión humana.
Para los egipcios, las divinidades solares eran las más importantes: creían que un lago de fuego servía para los malvados en el infierno. Luz y oscuridad, el cielo y el infierno. La imagen divina y la imagen del terror unidas por un canal en llamas. Puente ritual entre naturaleza, espiritualidad y cultura.



El proyecto de exposición Fuego del cielo surge a partir del encuentro con un pasaje del libro La expresión americana, en el que Lezama Lima cuenta cómo, según la leyenda de algunas tribus ecuatorianas, Tacquea -deidad protectora del fuego- mantenía la puerta de su casa entreabierta para impedir que los hombres metamorfoseados en aves le robaran el fuego.
La puerta entreabierta le permitía aplastar el cuerpo de quienes intentaban acercarse a las llamas. Un día, mientras trabajaba en el campo, la mujer de Tacquea fue sorprendida por un colibrí, quien con sus alas mojadas le pidió que lo llevara hasta el fuego para calentarse. Al llegar al fuego, el astuto colibrí emprendió la misión de robarlo, pendiendo su cola en llamas y volando rápidamente hacia el árbol Mukuna -el que encendió por completo-, otorgándole con este acto a los jíbaros tanto el fuego como la sabiduría necesaria para producirlo.



La imagen de ese colibrí volando en llamas, o también, la de una gran llama flotando en el cielo fue la detonante de esta propuesta, que entre otras cosas busca ser eco de una narrativa abierta en la que cada obra se encuentra en estado de transformación latente.
Las pinturas, esculturas, dibujos y elementos instalativos presentados en Fuego del cielo revitalizan símbolos paganos, toman relatos bíblicos, aluden a un estado de ensueño y ensoñación, transforman materialidades en leyendas, convocan un imaginario popular, abren la mirada a un nuevo mundo, son auténticos conjuros del tiempo.
Esperamos a través de esta exhibición abrir preguntas sobre el fuego como arquetipo fundacional en la historia de la humanidad, revisitar el relato histórico desde una nueva temporalidad, reunir lo mítico y lo especulativo para repensar el pasado e imaginar el futuro. ¿Cómo se habrá visto el mundo en el instante previo a las llamas? ¿Qué fue de aquel colibrí prometeico después de su gran robo? ¿Qué forma habrá tenido el fuego que se escondió en los hombros de ese perezoso, bestia grande y pesada?
Calcifer come cascaritas de huevo y todos lo recordaremos siempre por eso.

Fuego del cielo se presenta en Instituto Tele Arte, ubicado en Serrano 686, Santiago de Chile.
Adrián Gouet, Elizabeth Burmann, Irma Sepúlveda, Isidora Miller, Javiera Espinoza, Jessica Briceño, José Cori, Josefina Acevedo, Juana Subercaseaux, Magdalena Contreras, Martín Bruce, Renato Órdenes San Martín, Santiago Cancino, Sebastián Jatz, Soledad Ramírez, Tarix Sepúlveda, Vicente Matte.
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