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OLAFUR ELIASSON SOBRE «LIFE» EN LA FUNDACIÓN BEYELER

Por Olafur Eliasson

En los últimos años, me he interesado cada vez más en los esfuerzos para considerar la vida no solo desde una perspectiva antropocéntrica, sino desde una perspectiva amplia, biocéntrica. Me he dado cuenta que transformo sustantivos en verbos; por ejemplo, cuando recorro mi exposición, trato de ‘arbolar’, para así tomar conciencia de perspectivas que van más allá de lo que los humanos podemos llegar a imaginar.

Como todos los mamíferos, para los humanos la vida depende de inhalar y exhalar oxígeno. Siguiendo a los antropólogos Natasha Myers y Timothy Choy, diría que la vida también se trata de conspirar, jugando con el origen de la palabra (“respirar con”) y su definición en el diccionario. Conspiramos con el árbol, con otros y con el planeta.

Cuando reconocemos que nuestras vidas están inextricablemente ligadas a nuestro entorno, a estructuras y sistemas que van más allá de nuestro contexto local, creo que aprendemos que todos somos vulnerables y no tenemos todo el control. Actuamos e interactuamos en situaciones definidas por la incertidumbre y resultados poco claros.

Citando a la antropóloga Anna L. Tsing: “La precariedad antes parecía el destino de los menos afortunados. Ahora, pareciera que la vida de todos es precaria, incluso cuando, por el momento, nuestros bolsillos están llenos”.

Vista de la instalación “Life”, de Olafur Eliasson, en la Fundación Beyeler, Riehen/Basilea, 2021. Cortesía del artista; neugerriemschneider, Berlín; Tanya Bonakdar Gallery, Nueva York / Los Angeles © 2021 Olafur Eliasson. Foto: Mark Niedermann
Vista de la instalación “Life”, de Olafur Eliasson, en la Fundación Beyeler, Riehen/Basilea, 2021. Cortesía del artista; neugerriemschneider, Berlín; Tanya Bonakdar Gallery, Nueva York / Los Angeles © 2021 Olafur Eliasson. Foto: Mark Niedermann

Life –mi obra— y la Fundación Beyeler se entrelazan con el parque que las rodea, el paisaje urbano y el planeta, y cobran vida a través de todo y todos a quienes se encuentran en ellas.

Desde que empecé mi carrera artística al inicio de la década de los 90, me he interesado en la percepción y en las condiciones cognitivas y culturales que la moldean. Life cobra vida a través de tu encuentro activo con ella, a través de tu percepción. Opté por no ofrecer textos didácticos o explicativos que acompañen las obras, ya que esto podría condicionar la percepción y entendimiento de la exhibición por parte del público. Para mí es importante no compartir una perspectiva finita de Life; aquí se encuentran algunos de mis pensamientos respecto a la creación de la obra y su continuidad, como también mis fuentes de inspiración. Al mismo tiempo, agradezco lo que los visitantes traen consigo a la obra, sus expectativas y recuerdos, pensamientos y emociones.

Life presenta un modelo para un paisaje futuro: hospitalario. Hace un par de años, cuando Sam Keller, director de la Fundación Beyeler, y yo, hablamos por primera vez de la exhibición, pensé ¿por qué no invitamos a todos? Invitemos al planeta, a las plantas y a las distintas especies. Más allá de abrir una puerta, decidí eliminar los límites estructurales que sostienen el exterior de la institución, y estoy agradecido con la Fundación Beyeler y el arquitecto Renzo Piano, quien diseñó el museo, por haber confiado en mí para retirar cuidadosamente la fachada de cristal del edificio.

Vista de la instalación “Life”, de Olafur Eliasson, en la Fundación Beyeler, Riehen/Basilea, 2021. Cortesía del artista; neugerriemschneider, Berlín; Tanya Bonakdar Gallery, Nueva York / Los Angeles © 2021 Olafur Eliasson. Foto: Mark Niedermann
Vista de la instalación “Life”, de Olafur Eliasson, en la Fundación Beyeler, Riehen/Basilea, 2021. Cortesía del artista; neugerriemschneider, Berlín; Tanya Bonakdar Gallery, Nueva York / Los Angeles © 2021 Olafur Eliasson. Foto: Mark Niedermann

Junto con el museo, renuncio, por así decirlo, al control sobre la obra de arte, entregándosela a los visitantes humanos y no humanos, a las plantas, a los microorganismos, al tiempo, al clima, aquellos elementos que los museos suelen esforzarse por mantener afuera. En cambio, intentamos acoger a todo y a todos.

Me interesa cómo ponemos en práctica nuestros sentidos, cómo usamos nuestra conciencia y qué sucede cuando nos adormecemos. Mi buena amiga, la científica cognitiva y poeta Pireeni Sundaralingam ha investigado cómo los entornos digitales a menudo se construyen como sistemas para captar nuestra atención que generan estrés neurológico y patrones de comportamiento basados en la amenaza. Pireeni sostiene que los entornos sensoriales abundantes y los espacios digitales o físicos que albergan incertidumbre, en lugar de amenaza, tienen un impacto positivo en cuanto al desarrollo del cerebro en el crecimiento, en la creatividad, innovación y resiliencia. Espero que Life anime a los visitantes a experimentarse a sí mismos dentro de un paisaje expandido, abierto e incierto, como seres compuestos, atrapados en ecologías más grandes e ingobernables.

Life les brinda a los visitantes humanos la oportunidad de activar todo su sistema sensorial; a través de los olores de las plantas y el agua, los sonidos del entorno y la humedad del aire, se invita a los visitantes a usar no solo la visión para explorar la obra. Life invita a la “conciencia panorámica” dentro del paisaje, sugiere que lo que está detrás, a cada lado, o incluso encima de ti es igual de importante como lo que tienes en frente.

Hace poco conocí a la antropóloga y bailarina Natasha Myers, quien nos invita a lo que ella llama “vegetalizar” nuestros sentidos, para así comprender el potencial de la relación entre plantas y personas. En uno de sus ensayos, Myers se pregunta: ¿Qué quieren las plantas? ¿Qué saben las plantas? ¿Qué puede hacer una planta? Aún no tenemos esas respuestas, pero podríamos llegar a ellas estando conscientes de que no las sabemos y olvidando lo que pensábamos que cuenta como conocimiento.

Vista de la instalación “Life”, de Olafur Eliasson, en la Fundación Beyeler, Riehen/Basilea, 2021. Cortesía del artista; neugerriemschneider, Berlín; Tanya Bonakdar Gallery, Nueva York / Los Angeles © 2021 Olafur Eliasson. Foto: Pati Grabowicz
Vista de la instalación “Life”, de Olafur Eliasson, en la Fundación Beyeler, Riehen/Basilea, 2021. Cortesía del artista; neugerriemschneider, Berlín; Tanya Bonakdar Gallery, Nueva York / Los Angeles © 2021 Olafur Eliasson. Foto: Pati Grabowicz

Si bien Life da la impresión de que la naturaleza se apoderó de la Fundación Beyeler, al mismo tiempo presenta una experiencia profundamente esculpida. El agua verde brillante, que ocupa la mayor parte del espacio, está teñida con fluoresceína, colorante orgánico que se utiliza para estudiar el flujo hídrico. Lo he utilizado para explicitar la presencia del agua.

Las plantas en Life (nenúfares, flores de concha, helechos flotantes, entre otras) fueron cuidadosamente seleccionadas por mi buen amigo, el arquitecto paisajista Günther Vogt. En el pasado, él y yo hemos colaborado en varias obras que exploraban las líneas difusas entre naturaleza y cultura, reconociendo que los humanos somos parte de sistemas más grandes.

Yo veo Life como un paisaje natural-cultural. La naturocultura es un término acuñado por la feminista, científica y autora Donna Haraway, y creo que por fin estamos en ese punto de darnos cuenta que la cultura y la naturaleza son inseparables, de hecho, siempre lo han sido. En mi parte del mundo, creíamos que los humanos somos excepcionales, que alcanzábamos el éxito cuando nos poníamos por sobre la naturaleza, en un rol de poder, utilizando y moldeando la Tierra a nuestro gusto. Hoy, tenemos que ocuparnos del hecho que no somos tan excepcionales como creíamos. Debemos hacer espacio para otros.

Me gustaría sugerir que nuestro sentido del paso del tiempo también es parte de la obra. Pienso que existe algo de potencial en “desbloquear el tiempo” desde las unidades de medidas estándar para entender el tiempo que toma encontrarse con la obra y estar completamente inmersos en ella, como una noción del tiempo vivido, inseparable de la propia experiencia.

Vista de la instalación “Life”, de Olafur Eliasson, en la Fundación Beyeler, Riehen/Basilea, 2021. Cortesía del artista; neugerriemschneider, Berlín; Tanya Bonakdar Gallery, Nueva York / Los Angeles © 2021 Olafur Eliasson. Foto: Mark Niedermann

La neurobióloga Anna Wirz-Justice ha hecho investigaciones increíbles sobre la ciencia del tiempo biológico, de nuestros ritmos diarios -los llamados ritmos circadianos- y cómo estos gobiernan el comportamiento humano y la fisiología. Pero ellos también tienen un impacto en la mayoría de otros seres vivos – desde la más pequeña bacteria a los hongos, desde las plantas a las moscas y desde los peces a los mamíferos – puesto que todos ellos han internalizados estos ritmos geofísicos externos y tienen un conjunto notoriamente similar de “relojes biológicos” que generan un ciclo interno de alrededor de veinticuatro horas.

Life no está limitada por un sentido humano del tiempo; no tiene fechas fijas de apertura o cierre. En cambio, comenzó a surgir lentamente en abril y se desvanecerá en julio. De esta manera, la construcción y deconstrucción de Life se convierten en partes integrales de la obra y pueden ser observadas por los asistentes desde el parque que rodea la Fundación Beyeler.

Life está en constante transformación. Los humanos y no humanos por igual pueden experimentar estos cambios a cualquier hora del día o de la noche, ya que no existen horarios de apertura y cierre para la exhibición. Incluso, si hay asistentes no humanos en el lugar, otros seres –por ejemplo, insectos, murciélagos o aves– pueden volar a través de la obra o hacer residencia temporal dentro de ella. En la noche, Life se ilumina – lo puedes ir a ver por ti mismo.

Siempre he sentido que el arte tiene agencia –no como un valor intrínseco o un núcleo esencial, sino que como estar-en-y-con-el-mundo–, tal como los asistentes tienen agencia para encontrarse con la obra. Ambos están situados en alguna parte, en un mundo – las agencias y trayectorias de la obra y del visitante son partes de redes más amplias. La pregunta, entonces, es ¿qué pasa en ese encuentro entre el arte, el visitante y el mundo cuando sus trayectos se entrelazan? ¿El arte transforma al asistente? ¿Los asistentes transforman el arte en su “ahora”- el momento y el mundo en el que sucede el encuentro? Y ¿qué pasa si el visitante no es un ser humano, por ejemplo, una mariposa tomando un desvío de su viaje por el parque Beyeler? Yo creo que todos pueden, potencialmente, transformar y ser transformados.

Traducción por Catalina Moreno y Nadia Lizana, pasantes de Traducción de la Universidad Católica de Valparaíso, Chile

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