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NUBE LAB: MIRANDO HACIA EL CIELO CON LOS PIES FIRMES EN NUESTRA TIERRA

“Echar raíces es la necesidad más importante y más desconocida del alma humana”
Simone Weil

El 2020 será recordado por muchas cosas, pero una de las más importantes será la fuerza con que fue derribado el mito de que el espacio digital podía, realmente, generar conexión. A medida que pasaron los meses de encierro, fue quedando claro que la utopía de hacer comunidad a través de una pantalla –de forma sostenida en el tiempo- era en realidad una quimera vacía. En ese sentido, el 2020 fue un año especialmente duro para la educación, especialmente en el caso de niños, niñas y jóvenes.

Como profesores y docentes debimos superar los fantasmas y preocupaciones propios para poder contener a alumnos plagados de ansiedad y agotados de una sobredosis de pantalla. La arquitectura de los establecimientos educacionales se vio vaciada de pasos, los pizarrones de explicaciones, los patios de risas. Muchos hablaron de un año perdido, de consecuencias inesperadas. Al mismo tiempo, otros vieron oportunidades esperando a ser descubiertas en medio de la crisis. Fue un año en el que el por qué, el para qué, y el cuánto de la educación fueron preguntas más resonantes que nunca.

Taller de Nube Lab. Cortesía: Nube

Mucho se ha escrito sobre la impronta que dejarán las cuarentenas en la educación. Cómo todo tema que este virus ha puesto en relieve (pienso en las brechas y violencias de género, el rol y problema de la tecnología, el papel de la cultura en nuestra sociedad, la precariedad radical del sector artístico, entre otros) es una discusión que se venía desarrollando hace años, sobre presupuestos, enfoques, prioridades; sobre lucro, instituciones, y calidad. Escribo estas líneas porque creo que la respuesta a las preguntas enunciadas, y una importante pista en lo que respecta al futuro de la educación tras este año de cuarentenas, puede encontrarse en la iniciativa chilena de educación artística Nube Lab, sobre la cual realicé una breve investigación este año.

Basándome en entrevistas con su directora, Paula de Solminihac, los resultados de evaluaciones realizadas a los y las participantes, los testimonios de sus artistas-profesores, y sobre todo en el libro El Método Nube (2019), de Carla Pinochet, fui rastreando sus características fundamentales y las implicancias de estas para quienes participan en sus actividades.

Sede de la Escuela Nube Lab, Parque Padre Hurtado, Santiago de Chile. Cortesía: Nube

Nube siempre me ha parecido un espacio indisciplinado y rebelde. A primera vista, no lo parece: ubicado en un envidiable espacio verde (en medio del Parque Alberto Hurtado en Santiago), recibe cada año a un grupo de artistas jóvenes que se dedican a experimentar y compartir con alumnos y alumnas de los establecimientos educacionales de la Municipalidad de Las Condes. Pero Nube privilegia, si miramos dos veces, una estrategia educativa inconformista y poco convencional, que pone en cuestión ese cansado lugar común de que la educación debe devenir producción, competencia y habilidades “duras”. Más que buscar la evaluación mediante un catastro de saberes lógicos, privilegia saberes y habilidades múltiples, inculcando en sus estudiantes un radical cambio en los sistemas de valor con los cuales miden y experimentan el mundo.

Nube rehúye lo sofisticado, apostando por reconocer y honrar el contexto que nos rodea como fuente inagotable de enseñanza y exploración. “Contexto” entendido como esa multiplicidad de objetos, mitos, historias, estéticas y lenguajes, canciones, arte, paisajes, animales y plantas que nos son propios. Al trabajar desde y con el contexto, en Nube se aprende a mirar, a tocar y a moverse –manifestaciones corporales que han sido largamente relegadas en un año de digitalización casi absoluta, y que finalmente han demostrado ser profundamente necesarios.

Sumidos en ese valioso contexto, niños y niñas aprenden a dirigir una mirada no sólo crítica sino que también lúdica y aventurera sobre aquello que les rodea. Trabajar desde la diversidad que nos ofrece nuestro contexto implica, por un lado, conectar y entender la realidad de forma más compleja e interconectada; y por otro, la inclusión de lo distinto como parte de ese complejo y deslumbrante entramado. En el caso de un país que ha recibido numerosos migrantes en los últimos años, implica aprender a valorar lo ambiguo y disidente, descubriendo la importancia de saber cohabitar junto al otro.

Trompos creados durante un taller de Nube Lab. Cortesía: Nube

Al situar los pies en nuestro territorio e historia, y trabajar desde lo que estos nos entregan (en un aquí y ahora único), Nube demuestra que lo simple está lejos de ser aburrido o estéril.  Todo lo contrario: volver a hundir las manos en la tierra o manchar con color la tela es fundamental a la hora de cuestionar ideas sobre lo útil, lo exitoso, lo adecuado. Desdibuja los límites del restrictivo binario correcto/incorrecto, haciendo lo suyo por superar un paradigma que declara sagrados a industria y progreso por sobre todo lo demás.

Una pieza fundamental de ese contexto es el arte contemporáneo. No sólo “arte” como historia y referente, sino que sobre todo como método. El arte se convierte en una “caja de herramientas” infinita, herramientas que trabajan para nosotros y no por nosotros (parafraseando al filósofo Iván Illich). Cómo metodo, el arte contemporáneo abraza y acomoda el error, el experimento, lo inesperado. Empuja a vivir la vida como el laboratorio emocionante que es, a hacer tan sólo por el placer y gusto de hacer, y no en búsqueda de una ganancia ulterior. Hacer arte en Nube es reparar en lo valioso de lo aparentemente inútil, trastocando esa desproporcionada importancia que se le ha dado a lo rentable en la educación actual. El arte contemporáneo es también promiscuo: se apropia de los métodos e ideas de distintas disciplinas, y se vale de los recursos de la calle, la publicidad, y la televisión. El arte como caja de herramientas es una cacofonía, un caleidoscopio, un coro. Desarrolla en los y las estudiantes una mirada curiosa, abierta a divagar y jugar.

Pero el elemento clave que permite esa experimentación gozosa de lo que nos rodea, y que finalmente logra generar ese verdadero taller-abierto-convertido-en-laboratorio, son los lazos afectivos, de confianza y aprecio, que se generan entre artistas-profesores y alumnos. Lazos que se forman a partir de intercambios dinámicos entre ambos, donde el ancla no son las reglas, jerarquías y soluciones previas, sino que ese enfoque relacional, que permite calibrar el aprendizaje a la medida de cada estudiante.

Cada año, artistas-profesores y alumnos negocian las reglas a las que se someterán, armando una estructura que le haga sentido a todos los participantes, y que permite una enseñanza acorde a los estudiantes, y no al revés. Se crea un espacio propicio para las preguntas abiertas, donde se moviliza la imaginación y la flexibilidad, intentando dejar atrás el miedo a equivocarse o las ansias por tener la razón. Artistas-profesores y estudiantes absorben nuevas ideas y perspectivas los unos de los otros, en un ambiente de complicidad y colaboración.

Esas son las condiciones bajo las cuales se desarrolla Nube. Honrar lo propio. El arte como método. Los afectos como base. A eso se le suma su persistente reflexividad y auto-examinación, pues en Nube no se contentan con avanzar por el camino ya recorrido, sino que constantemente están corrigiendo el rumbo, buscando nuevas posibilidades y oportunidades para mejorar. Recordemos que palpar los contornos de una educación de calidad es extremadamente complejo. Y como hablamos con Paula, lo es más aún en una sociedad que exige números, gráficos y métricas, haciéndose indispensable habitar la vitalidad de lo cualitativo, enfatizando esas dimensiones afectivas, gozosas y relacionales.

Nube Plaza Veracruz, escultura interactiva realizada por el arquitecto Guillermo Hevia García para la Plazuela de la Vera Cruz del Barrio Lastarria, Santiago. Foto: Nube

El 2020 hizo más imperioso que nunca buscar nuevas metodologías para la escuela del futuro. Nube Lab nos entrega varias: la continuidad escuela/taller/vida; una educación afectiva, dialogante, abierta; y que se vale de los métodos del arte para revalorar las soluciones múltiples. Y aunque haber pasado por el taller abierto de Nube Lab es un lujo que por ahora solo algunos estudiantes tienen, sus enfoques ofrecen mucho para inspirarnos.

En el ejercicio Yo arquitectx, Nube le preguntó a sus alumnos y alumnas ¿cómo es la escuela donde sueñas volver? Las repuestas incluyeron árboles, un espacio co-construido entre alumnos y docentes, con encuentros fortuitos, que incluye barrio y vecinos, y con mucho espíritu. Algo parecido a lo que encontramos en el Parque Alberto Hurtado. Más allá de la edad que se tenga, es imposible quedar indiferentes ante los procesos maravillosos y sorprendentes que año a año ocurren al interior de Nube. En un año en el cual nos ha quedado más claro que nunca la importancia de la maravilla, el ocio, y el gozo; en un año atrapados en la utopía digital, el consumismo y el trabajo ininterrumpido, estudiar el caso de Nube nos ofrece una oportunidad para reevaluar nuestras prioridades y volver a lo esencial.

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María Victoria Guzmán

Investigadora especializada en memoria cultural, identidad y representación. Es abogada con estudios de posgrado en Filosofía y Estética, y un MA en Industrias Culturales y Creativas de King’s College de Londres, Reino Unido, en el cual fue reconocida con el premio a la mejor tesis de su generación. Actualmente se dedica a la investigación, la crítica cultural y la academia. Es fundadora del blog El Gocerío, dedicado a la crítica de arte en Santiago

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