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ORGULLO Y PREJUICIO. ARTE EN ARGENTINA EN LOS 90 Y DESPUÉS

“El campo del arte argentino –como lo conocemos hoy– se constituyó en los años noventa”, afirma el historiador del arte y curador Francisco Lemus, en el ensayo curatorial de la muestra Orgullo y Prejuicio. Arte en Argentina en los 90 y después, un ejercicio de investigación cuasi-arqueológico que busca traducir la sensibilidad artística de esa década en un país atravesado por una doble crisis que nos remite al presente: la de la hiperinflación que acompañó el desarrollo del neoliberalismo, y la del VIH/Sida.

En esos años, cuenta el curador, el arte funcionó como un respiradero, una pequeña ranura destinada a lo sensible en un contexto que era hostil. La escena se preocupaba por pensarse a sí misma y en relación con los afectos y las amistades, con su entorno social, con los bares y con la creación de espacios de arte alternativos. La autogestión, lo underground, la moda, la música y las culturas juvenil, pop y queer fueron claves en la construcción de esa identidad artística que hoy podemos llamar propiamente argentina. “Se creaba con intensidad, mientras se despedían amigos y amantes. La belleza se mezcló con la muerte”, asegura Lemus.

Tarjeta de invitación a la exposición de Gumier Maier, Alfredo Londaibere, Benito Laren, Omar Schiliro, 1992. Espacio Giesso. Diseño: Omar Schiliro. Documents of Latin American and Latino Art, ICAA, The Museum of Fine Arts, Houston, Texas

El proyecto se despliega en la página web de la galería Nora Fisch no solo a través de obras históricas y actuales junto a sus relatos –y correlatos-, sino de un copioso archivo de documentación de la época prestado por los mismos espacios, los artistas e instituciones protagonistas -como la emblemática Colección Bruzzone-, además de lecturas recomendadas y contenidos relacionados. El recorte de artistas parte del plantel de la galería, pero se expande a otros nombres insoslayables invitados por el curador.

“El contexto de pandemia ha revertido la mirada hacia adentro y enfatizado lo local; se habla de instituciones y colecciones ‘situadas’. El concepto de ‘provincialismo cosmopolita’ resulta relevante: destacar, entender, traducir y difundir los impulsos y modalidades de las prácticas artísticas que surgen de este sitio que es el espacio urbano argentino; saborear sus matices, historias y complejidades, las sutilezas de las subjetividades teñidas por la dialéctica entre movimientos globales y las condiciones de esta parte del mundo”, dice la galerista Nora Fisch en la presentación de la exposición.

Orgullo y Prejuicio está pensado como un tronco —esta primera entrega introductoria— del cual van a ir saliendo ramas interconectadas en capítulos siguientes durante los meses que restan del 2020.

Afiche de la exposición «El Rojas presenta: Algunos Artistas», 1992. Diseño: Jorge Gumier Maier. Archivo de Magdalena Jitrik, Buenos Aires
Jorge Gumier Maier, Avatares del arte, en La Hoja del Rojas, Año 2, Nº 11, junio de 1989. Documents of Latin American and Latino Art, ICAA, The Museum of Fine Arts, Houston, Texas

Una de las proposiciones del relato expositivo apunta a repensar un arte argentino paralelo al Centro Cultural Rojas, la usina de gestión cultural y experimentación artística de la Universidad de Buenos Aires que abrió sus puertas en 1984, pocos meses después de la vuelta de la democracia. Jorge Gumier Maier fue la voz protagonista en esos años (en la muestra se incluye copia de su manifiesto Avatares del arte, junio de 1989) pero, para Lemus, había que pensar en otras líneas fuerza, en esas otras marcas autorales que se fueron generando desde el Rojas y “más allá del Rojas”, a la vez que ir despegando la etiqueta canónica de “arte noventero light” (prejuicio) para dignificar, más bien, su carácter disidente (orgullo). Como en la novela de Jane Austen, esta exposición es una provocación a superar ciertos estigmas enraizados en una historia que aún se escribe.

“Me interesa reparar en omisiones, sumar recorridos que se han escurrido de las escrituras del arte, proyectar una escena que fue integrada por personas laboriosas y excéntricas. El arte de los años noventa generó debates y posiciones antagónicas. Al día de hoy se presenta una sospecha acerca de cuál fue su compromiso con la sociedad (así fue que proliferaron los prejuicios). Algunas instituciones y museos de los países dominantes parecen no comprenderlo porque se distancia del arte político y la construcción de una posición subalterna. No es un arte que verifique su época por medio de la protesta, pero sí da cuenta de sus pulsaciones”, explica Lemus.

Volante del Grupo de Acción Gay, junio de 1984. Archivo Marcelo Pombo, Buenos Aires.

Otro de los rasgos de este periodo es que las obras poseen características muy distintas. Si bien no hay un relato homogéneo que las unifique, se vinculan a través del empleo de nuevos materiales -objetos retro, encontrados o que circulaban en la cultura popular-, y de la incorporación de las manualidades, la artesanía y la esfera de lo doméstico (desmantelada a través de la ironía o el mismo reforzamiento de sus clichés).

En un país empobrecido se hacía arte con pocos recursos y también con poco apoyo de las instituciones. Era un arte más sensual y erótico, no solamente atravesado por lo social y la coyuntura, sino también por el mundo del artista, por la subjetividad que este ponía en la obra. Emergía entonces la pregunta sobre la belleza en un contexto adverso tanto por lo económico como por las muertes de Sida, y nacía también un discurso político contestatario a las lógicas mayoritarias y la política tradicional.

Lo vemos en las gráficas del Grupo de Acción Gay, de los militantes de izquierda y universitarios, o del Frente de Liberación Homosexual, fundado en 1971 en el mismo barrio Once, donde se ubica el Rojas. También en los discos de vinilo de estética punk y kitsch de Marcelo Pombo, intervenidos con brillantina y collages de revistas de terror y pornográficas, consumos contraculturales de la anterior década de los 80.

Marcelo Pombo, Disco, 1985. Fotografías de revistas y brillantina sobre disco de vinilo pintado con esmalte sintético, 20 cm Ø
Fernanda Laguna, Ella me cuida, 1997. Acrílico sobre tela, 20,5 x 33 cm
Lux Lindner, El infectado, 1991. Tinta y lápiz sobre papel, 33 x 22 cm

Los discursos de la intimidad se manifiestan en obras como las de Fernanda Laguna –“la heredera más trash de la estética del Rojas”, según Lemus-, quien tendrá más adelante en el marco de este proyecto su propia monografía, Utopía y Manualidad, que reunirá trabajos de los 90 a los 2000 donde se refleja su paso por el Rojas, el diálogo entre cuestiones de género y lo cuir, y su conocido proyecto Belleza y Felicidad, fundado en 1999, en donde empiezan a aparecer la palabra y sus cuadros poemas, la micropolítica como forma de vida.

Orgullo y Prejuicio también nos permite entrar a la última década del siglo XX por lugares no convencionales, como los dibujos de Lux Lindner de personajes que se encontraba en las calles o en los boliches. Al artista también se le dedicará un capítulo en esta muestra por entregas, compuesto por dibujos desde fines de los 80 hasta la actualidad donde aparecen personajes de tiras cómicas que forman parte de su imaginario, o en los que parodia la historia política y social argentina como eterno deja vú.

El recorrido virtual también incluye vistas de sala -o cómo era la puesta en escena en esa década-, a fin de revisar las conceptualizaciones espaciales de las prácticas curatoriales en general y las formas de exponer de los proyectos autogestivos. Otra documentación incorporada son afiches e invitaciones a muestras y fotos de la escena nocturna de las exhibiciones, los entretelones, lo registrado y poco visto de ese mundo artístico que hizo ebullición en aquel entonces. Aquí, uno de los protagonistas es Alberto Goldenstein –cuya obra se profundizará más adelante en el proyecto-y su video El mundo del arte (1989-2002).

Orgullo y Prejuicio echará otras ramas en los meses por venir. La próxima entrega, Conceptualismo adolescente y conceptualismo didáctico, enfrentará al primero –aquel que no se toma con seriedad o no se desarrolla de manera teórica- con el segundo, donde priman las estéticas de lo escolar, como en el caso de las obras de la artista y también profesora Rosana Fuertes. Los objetos y esculturas de Mariscos en tu CalipsoSebastián Gordín, Emiliano Miliyo, Esteban Pagés, Máximo Lutz, CAS y Fernando “Coco” Bedoya, artistas claves para entender ese paso de los 80 a los 90-, y sus fotografías donde capturan a escondidas a diferentes artistas, curadores y críticos saliendo de sus casas, operan como Conceptualismo Adolescente.

Más adelante se presentará la colectiva Formas de vida. Imágenes queer y supervivencia, inspirada en el proyecto de Fabulous Nobodies (Roberto Jacoby y Mariana Kiwi Sainz) Yo tengo Sida (1994). Se trata, según Lemus, del proyecto “más solidario y contundente de esa época”, ya que iba a contrapelo de las campañas de prevención del VIH, dirigidas a personas que no vivían con el virus. “Había una distancia entre las personas que sí vivían con el Sida y las que no”, señala el curador.

En este apartado se expondrán, asimismo, dibujos de Marcelo Pombo y collages de Alfredo Londaibere (Buenos Aires, 1955-2017), artista calve de la escena de los 90 y en cuya pintura confluyeron las creencias paganas, católicas y afro-descendientes; los modernismos centrales y periféricos; oriente y occidente; la vanguardia y las apropiaciones locales; el sistema artesanal y las artes eruditas; la cultura de élite y el consumo popular.

Rosana Fuertes, Sin título, 1997-1998. Acrílico sobre cartón, 36 x 36 cm
Fabulous Nobodies (Roberto Jacoby y Mariana Kiwi Sainz), Yo tengo sida, 1994. Remera con serigrafía. Área de Documentación y Registro, Museo Nacional de Bellas Artes, Buenos Aires
Alfredo Londaibere, Sin título, 1990-2013. Óleo sobre madera y bordes de alpaca, 46 x 62 x 5 cm

Finalmente, Claroscuro Latinoamericano pondrá en diálogo a Elba Bairon y Claudia del Río para observar, según el curador, la emergencia de cierto anacronismo, la insistencia en disciplinas más silenciosas y obsesivas como el dibujo, a diferencia de la grandeza de la pintura, un medio que ocupaba hasta entonces un lugar más plebeyo.

Las trayectorias de los artistas presentes en Orgullo y Prejuicio son también diferentes. “Algunos transitaban por discotecas y espacios alternativos como Cemento y Bolivia, otros provenían de ciudades donde la apertura democrática también habilitó cambios artísticos, como Rosario, Mar del Plata, San Miguel de Tucumán y Bahía Blanca”, explica Lemus.

Se conformó así una trama en la que los artistas comenzaron a apropiarse del paisaje cultural que ofrecía la época, en el que ya se veía un mayor número de espacios expositivos, una nueva feria de arte (ArteBA) e instancias para el aprendizaje de arte contemporáneo. Un momento en el que, explica el curador, “el ingreso de capitales privados nacionales y transnacionales destinados a la promoción del arte se conjugó con la renovación iniciada por la política cultural de la post-dictadura”.

“La sensibilidad que caracterizó a esos años, en una Buenos Aires pobre, habitada por los fantasmas de las utopías modernas, hoy es mirada con atención por los artistas jóvenes, que encuentran en los años noventa un legado artístico cargado de presente”, concluye Lemus.

Alejandra Villasmil

Alejandra Villasmil

Nace en Maracaibo (Venezuela) en 1972. Es Directora y Fundadora de Artishock. Licenciada en Comunicación Social, mención audiovisual, por la Universidad Católica Andrés Bello (Caracas, Venezuela, 1994), con formación libre en arte contemporáneo (teoría y práctica) en escuelas de Nueva York (1997-2007). En Nueva York trabajó como corresponsal sénior para la revista Arte al Día International (2004-2007) y como corresponsal de Cultura de la agencia española de noticias EFE (2002-2007). En Chile fue encargada de prensa y difusión para el Museo de Artes Visuales (MAVI), Galería Gabriela Mistral, Galería Moro y la Bienal de Video y Artes Mediales.

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