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MONUMENTOS INCÓMODOS

Por Patricio Mora, Arquitecto y Fundador de Monumentos Incómodos y Fundación Proyecta Memoria; Roberto Manríquez, Periodista y Fundador de Monumentos Incómodos y Director de Fundación Proyecta Memoria; Magdalena Novoa, Doctora en Arquitectura y Profesora de la Universidad de Illinois Urbana-Champaign; y Bárbara Oettinger, Artista visual y Master of Fine Arts in Integrated Practices de Pratt Institute, Nueva York.


¿No será el momento de dialogar sobre la inmortalidad material de los monumentos públicos y su pretensión de perpetuar memoria?

En 1927 el escritor austriaco Robert Musil afirmó que no hay nada tan invisible como un monumento: “Lo extraordinario de los monumentos es que uno no los nota. No hay nada en este mundo tan invisible como un monumento”. Sin embargo, lo que hemos presenciado desde el 18 de octubre de 2019 en Chile y desde el 26 de mayo de este año a nivel mundial, luego del asesinato de George Floyd en Estados Unidos, es que la tesis de Mussil está lejos de la realidad. Tanto en Chile como en Estados Unidos la resignificación de los monumentos ha jugado un rol central en las manifestaciones y en las demandas por justicia social.

Michael Taussig, más recientemente, sugirió un ajuste a la tesis de Musil argumentando que no es hasta que se destruye un monumento que logra llamar nuestra atención.  El monumento, dice Taussig, suele ser el primer objetivo simbólico en tiempos de lucha. «Con desfiguración», escribe, «la estatua se mueve de un exceso de invisibilidad a un exceso de visibilidad” (Taussig 1999). En efecto, los monumentos en los últimos meses han aparecido de forma masiva y a nivel global como objeto de disputa y cuestionamiento de los valores identitarios, la memoria social y los principios eurocéntricos que dominan los espacios públicos a partir de estas representaciones. De alguna manera, las alteraciones, intervenciones, y derrocamientos constituyen un llamado a replantearse y revisitar la forma de conmemorar en el espacio urbano desde un enfoque situado en las experiencias y saberes de los diferentes territorios de las Américas.

Monumento a Manuel Bulnes, resiginficado con una máscara Selk´nam en Punta Arenas, Chile. Fuente: Monumentos Incómodos.
Monumento a la carta de Pedro de Valdivia al Rey Carlos V en cerro Santa Lucía, resignificandolo con el antiguo nombre mapuche, Cerro Huelen. Fuente: Monumentos Incómodos

Llamamos Monumentos Incómodos a aquellos símbolos urbanos, tales como estatuas, nombres de calle, plazas u otros elementos conmemorativos y de homenaje en el espacio público que generan sentimientos de segregación, injusticia y odio en comunidades cuyos derechos han sido violentados sistemáticamente, producto de la colonización, racismo, xenofobia, patriarcado, homofobia, entre otros, y que representan una visión única de la historia de forma tangible, en que formas de abusos y discriminación no eran sancionadas ni menos reconocidas.

Muchas veces en respuesta a estos monumentos incómodos se crean otros espacios de memorialización que pretenden reparar a las comunidades vulneradas, haciendo equivalentes ambos procesos.

Sin embargo, a menudo estos esfuerzos son vistos por las comunidades solo como gestos de “maquillaje” y que siguen la lógica del “empate simbólico” que pretenden dar solución a la injusticia, pero en donde no ha existido una reparación legislativa eficiente y no cuentan con la participación de aquellos que han sido vulnerados.

Calle José Menéndez resignificada con el nombre de la chamana Selk´nam Lola Kiepja en Punta Arenas, Chile. Fuente: Monumentos Incómodos
En el centro de Santiago de Chile, por cada seis monumentos a hombres, hay una mujer. Fuente: Monumentos Incómodos
Monumento a Cristóbal Colón en Santiago de Chile, octubre 2019. Fuente: Monumentos Incómodos

La intervención o destrucción del patrimonio no es desde luego un evento inédito en la historia, pero dado que no suele ser abordado, parece siempre una acción nueva. La fuerte carga simbólica de los monumentos como exponentes de determinadas visiones culturales y políticas a través de la historia los ha expuesto con frecuencia al escrutinio público: el Concilio de Trento, en el siglo XVI, instruyó levantar templos católicos sobre cada sitio sagrado de los pueblos originarios; más atrás, la destrucción de las narices de los rostros de las figuras egipcias o la fundición de las estatuas a emperadores romanos por monarquías cristianas durante la Edad Media y de figuras religiosas en la Revolución Francesa, son sólo algunos ejemplos de iconoclasia fomentada tanto desde los que ostentan el poder como desde las comunidades locales. Más recientemente, están los casos de la remoción de íconos racistas e imperiales en Sudáfrica, ejemplificado en el movimiento Rohdes Must Fall en la Universidad de Cape Town en 2015, y el debate sobre el destino de las iconografía soviética y rusa en Ukrania en 2014. También, y con un eco en el presente en Estados Unidos, en 2017, el atentado de Charlottesville que tuvo como centro del conflicto un monumento relacionado a la esclavitud, gatilló un debate público y la posterior remoción de monumentos a los confederados en varias ciudades del país.

Estos ejemplos son evidencia de que los monumentos públicos no son de ningún modo asépticos, permanentes y ni menos objetos consensuados, sino que tienen significado, contexto y funciones dentro del entorno urbano. Cualquier observador atento hubiera advertido que luego de la conmemoración de los 500 años de la llegada de Cristóbal Colón en 1992, en distintos países de América se inició un fuerte cuestionamiento a la exaltación de su nombre en distintos monumentos. Ya no era la figura idealizada de intrépido navegante genovés sobre un plinto observando la ciudad, sino que era el símbolo de la catástrofe para los pueblos originarios de las Américas. Es decir, se replanteaba como un monumento incómodo. En Santiago, por ejemplo, se desataron protestas y manifestaciones contra su estatua ubicada en Parque Forestal y desde entonces oculta y tapada con paneles de madera, hasta su sigiloso retiro en octubre pasado.

Retiro del monumento al esclavista, Stonewall Jackson en Estados Unidos. Cortesía: Lauren Serpa

Monumentos Incómodos en las Américas: ¿Qué hacer con ellos?

Los monumentos públicos se originaron en las Américas en el siglo diecinueve con una función específica de “educar” a las masas y fijar una identidad nacional de acuerdo a los cánones europeos. Así lo afirmaba Benjamín Vicuña-Mackenna en 1874 en su proyecto de renovación del Cerro Santa Lucía: “Las estatuas no son solo ‘monos’ de bronce o de mármol, sino centros inevitables de mejoras autonómicas… un monumento de ese género, el bienestar y el adelanto comienzan a abrirse paso bajo sus múltiples formas” (Álbum de Santa Lucía 19874, vii). En este sentido, aquello construido en el espacio público tenía como fin replicar la experiencia de lugar de los políticos intelectuales que se educaron en Europa siguiendo principios de progreso, orden e higiene que pretendían ejercer control sobre la identidad y los cuerpos de las “comunidades subalternas” (Vicuña Mackenna 1874, vi).

Tal como lo demuestran numerosos autores, la memoria cultural se establece a partir de una relación con las imágenes y las representaciones simbólicas que nos rodean (Assmman, 2006; Faba, 2015; Halbwachs, 1992). Las formas de hacer visible el pasado y de instalar una narrativa histórica a través de la configuración del espacio urbano se apoya en estrategias culturalmente construidas para clasificar, transmitir y reproducir ideas y conocimientos acerca del pasado para definir el presente. En este sentido, la patrimonialización y la monumentalización del espacio público jugó en el siglo diecinueve un rol esencial para crear la caracterización de nuestro país a partir de principios y valores que establecieron clases sociales, percepciones de raza y género según la sociedad que la oligarquía quería forjar. Sin embargo, a pesar de la transformación de nuestra sociedad a través del tiempo y del creciente discurso en pro de la participación e inclusión en las políticas públicas, nuestros sectores populares, indígenas, mujeres, afroamericanos, LGBTIQ+, han encontrado un espacio muy reducido de homenaje y reivindicación, porque las estatuas están reservadas casi en su totalidad a hombres, conquistadores, heterosexuales, blancos y adinerados. De esta manera, resulta evidente constatar que los monumentos públicos continúan reproduciendo formas de seleccionar, percibir y exhibir el pasado en el entorno urbano en base a lógicas Eurocéntricas. Estas lógicas forjan simbólicamente nuestra sociedad y hablan de cuál es el lugar que nos corresponde como sujetos dentro de ese grupo social.

Como hemos podido constatar, la vigencia de algunos monumentos y símbolos ha sido fuertemente cuestionados por la ciudadanía en Chile y a nivel global. En la literatura y debates públicos recientes se han planteado diversas propuestas. El Estado chileno, por ejemplo, apela a la restauración y recuperación de los monumentos alterados luego del estallido social a través del Plan Recuperemos Chile (diciembre 2019), mientras que en Estados Unidos, donde la legislación sobre los monumentos públicos difiere a la chilena y es de carácter más local, muchos municipios han optado por remover Monumentos Incómodos. Por ejemplo, en Filadelfia el alcalde Jim Kenney decidió sacar el monumento al segregacionista Franz Rizzo, y en Richmond, luego de años de disputa, el municipio está considerando la remoción del monumento al confederado Robert E. Lee. Por su parte, el Presidente Trump declaró que firmará una orden ejecutiva que castigará con pena de cárcel a quienes atenten contra los monumentos públicos.

Monumento a Cahuide en el Valle del Colca, Maca, Perú. Perenniza la gloria de Cahuide y sus guerreros encargados de la defensa de Sacsayhuaman que les había confiado el joven Emperador Manco Inka. Foto: James Motta

El cuestionamiento a esta forma de patrimonio no suele ser tan sencillo de aceptar. La intervención o destrucción de esculturas a personajes públicos controvertidos ha levantado acaloradas críticas a nivel local desde sectores conservadores a liberales. A fines de junio, en distintas secciones de los periódicos chilenos El Mercurio y La Tercera, las historiadoras Ana María Stuven, Elvira Roca y Sol Serrano fustigaron fuertemente lo que denominaron “presentismo histórico”, lo que identifican como revisionismo del pasado con criterios morales del presente, por lo que a su juicio no parece aceptable el ataque a “monumentos que representan el nosotros común” (Stuven), que “proyectan sobre otras épocas parámetros mentales de hoy” (Roca), lo que podría conducir a “borrar la historia completa” (Serrano).

Haciendo abstracción sobre que algunas de las opiniones expresadas como “en el caso de Churchill cuyo cuestionamiento es pura iconoclastia” (Serrano) requieren a lo menos una mayor reflexión. No es desconocido que en tanto ministro de defensa Churchill ordenó el uso de gas letal contra la población civil, lo que ya en parámetros morales de entonces era un crimen de guerra. Las autoras parecen comprender el debate pero parecen alarmadas que ello tenga como consecuencia una acción de cuestionamiento al estatus de perpetuidad del patrimonio, en una concepción que no parece concebir alterar una estatua, desmontar un homenaje o desactivar la exaltación de algún personaje o hecho histórico haciendo abstracción, de sus efectos en los afectados por el homenaje, que su propia instalación ya suponía el reemplazo de otros símbolos y su rol de ícono ante situaciones sociales de segregación subyacentes. 

Otras perspectivas consideran desactivar los homenajes tras los Monumentos Incómodos, por ejemplo, añadiendo al objeto placas explicativas que contextualicen su historia. Otros proponen crear contramonumentos junto al monumento en disputa con el fin de producir un intercambio y resignificaciones entre ambos. También se ha propuesto conservar los monumentos con sus alteraciones e intervenciones como una especie de archivo histórico o memoria de las movilizaciones sociales.

Parque Nacional Conguillío. Fuente: A. Caro.

Eco-monumentos

En sintonía con la actual crisis ambiental y climática, una posibilidad que planteamos es trasladar los Monumentos Incómodos a un museo público con el fin de generar un espacio de aprendizaje más completo y honesto sobre nuestra historia, como una fuente para una reflexión crítica y educación constructivista.  De esta manera, el espacio público podría abrirse a nuevas formas de conmemoración relacionadas con la naturaleza con el fin de cuestionar la falsa división entre lo que pertenece a la cultura y lo que pertenece a lo natural. División que no existe en el pensamiento situado de los pueblos originarios.

Desde nuestra perspectiva, las opciones de qué hacer con los monumentos relacionados a la historia del racismo, la explotación colonizadora y que incitan al odio, son muchas. Sin embargo, las propuestas deberían ser parte de un proceso más amplio que apunte a cambios estructurales a través de acciones concretas como la implementación de nuevas políticas públicas y transformaciones constitucionales que garanticen sociedades más igualitarias, cuidado del medio ambiente y sustentabilidad de nuestras comunidades nativas a lo largo del tiempo. También sería necesario considerar que cada propuesta de homenaje público deba ser debatido ampliamente en su contexto para generar propuestas que sean específicas al territorio donde se insertan, con participación ciudadana e inversión en difusión y educación permanente. No puede ser como hasta ahora solo una conversación entre autoridades o algunas sociedades de fomento de conmemoraciones y/o expertos, restringiendo severamente la intervención en el espacio público.

Monumento a Baquedano, 30 de noviembre de 2019. Foto: Monumentos Incómodos.
¿Cómo vamos a vivir juntos? en mapudungún, idioma Mapuche. Fuente: Monumentos Incómodos.

@MonumentosIncómodos

Como parte del debate y la reflexión del lugar de los Monumentos Incómodos en la actualidad, es importante también pensar de qué forma registramos las trasformaciones, la resignificación de estos objetos y espacios en la ciudad con el fin de evitar intervenciones para el olvido, como lo fue por ejemplo la restauración de La Moneda luego del golpe de estado del 11 de septiembre de 1973. Hoy no existe en sus muros un testimonio material de su bombardeo. Todos los orificios de las balas fueron tapadas, así como también se estucaron todas sus fachadas para no dejar rastros de lo acontecido. En este sentido, nos parece fundamental crear un archivo de las diferentes intervenciones que se realizan pues hablan y nos dicen quiénes somos, de nuestros procesos históricos y de cómo queremos proyectarnos y formar el escenario de nuestras relaciones cotidianas. El territorio y la ciudad son palimpsestos y nos pueden ayudar a la tarea que las manifestaciones sociales a nivel global han comenzado, que incluye reconocer y construir una sociedad de acuerdo a los intereses y anhelos de todos y todas.

@MonumentosIncomodos y, más recientemente, su versión anglosajona Uncomfortable Monuments, nació como una ventana a la discusión de estas temáticas a través de registros visuales de intervenciones a los monumentos públicos. El proyecto nace en pleno estallido social en Chile, días después del 18 de octubre del 2019, cuando comenzó a ser notorio que parte del descontento popular se dirigía a monumentos y estatuaria pública, replanteando la vigencia del arte público conmemorativo y su valor patrimonial. La instancia ha permitido generar un archivo digital de las diferentes manifestaciones como también discusiones y debates públicos sobre estos temas a través de las redes sociales y de conversatorios online.

Su archivo fotográfico colaborativo de más de 6.000 imágenes y videos de monumentos tras el 18 de octubre será donado al Archivo Nacional de Chile. Con una plataforma digital que posee más de 400 casos en el mundo, con diversos comentarios y aportes de más de 10.000 seguidores, este nuevo espacio virtual pretende una reflexión participativa sobre las diversas formas de resignificación del denominado patrimonio nacional en todas sus formas y manifestaciones (remociones, alteraciones, reemplazos, transformaciones). Un espacio de “diálogo” entre la estatuaria del “poder” y las formas alternativas de conmemoración que proponen espontáneamente diversos colectivos que no se había sentido representados.

Shadow on the Land, del artista Nicholas Galanin (quien vive en Alaska), es una excavación en la Isla Cacatúa (Australia) de la sombra proyectada por la estatua del Capitán Cook en el Hyde Park de Sydney. Cortesía: Bienal de Sydney 2020

Las artes como comodidad

Las artes y los y las artistas son fundamentales para articular y generar conexiones participativas entre la ciudadanía, los gobiernos locales y diversos actores en relación con los Monumentos Incómodos.

Tras el llamado del concurso para el Pabellón Chileno de la Bienal de Arquitectura de Venecia 2020, realizamos una propuesta con activistas indígenas, LGTBIQ +, feministas, medio ambientales, de infancia, arquitectura y culturales, un primer grupo diverso, paritario y que ayudaría a generar metodologías de participación para que toda la ciudadanía decidiera y analizara ¿Cómo vamos a convivir con los actuales monumentos? La propuesta fue preseleccionada entre los 10 mejores a nivel nacional.

Tras los diversos retiros de monumentos en todo Chile ¿Debemos mantenerlos? ¿Se deben retirar? ¿Qué debemos hacer? Dialogar.

Se propuso tomar como elementos de discusión la Plaza de la Dignidad (oficialmente Plaza Baquedano o Plaza Italia) y el monumento a Baquedano, epicentro social del despertar social. Monumento que no sólo representa una memoria de batallas militares, sino “intervenido y transformado” en una suerte de Caballo de Troya que en su interior contenía las esperanzas y las diversas demandas sociales levantadas por el movimiento social, sobre un país más justo.

Se proponía un ejercicio participativo junto a toda la ciudadanía para decidir si se trasladaba a Venecia el original o una réplica del monumento al General Baquedano, convertida en un “Caballo de Troya” cuya irrupción permite la discusión en este espacio internacional, creando un diálogo para una transformación, resignificación del espacio intervenido y “llevar de vuelta” la discusión de la actual estética de conmemoración a Europa y el mundo.

Caballo de Troya pintado en estilo corintio sobre aríbalo de arcilla roja-amarilla, 1887. Instituto Arqueológico Imperial Alemán. Imagen de dominio público
Render de la instalación del Monumento a Baquedano propuesta para el Pabellón Chileno en la Bienal de Arquitectura de Venecia. 2020 Cortesía: Monumentos Incómodos

La parte central de la propuesta consistió en que la decisión respecto a qué hacer con el monumento a Baquedano residiría en la ciudadanía y no en un grupo de expertos como sucede tradicionalmente en las bienales. El momento debía volver y nuevamente todas y todos -nuevos representantes, consultas a juntas de vecinos, gobiernos locales- teníamos que decidir si se instalaba de nuevo o no, y cómo. En este sentido, el objetivo del proyecto era el gesto colectivo y democrático que permitiría gatillar un debate público y sobre los espacios públicos y la ciudad a través de una acción de colaboración.

El monumento como esencia es “competitivo”, ya que al elevar o enaltecer a uno, estás dejando abajo a muchos. Debemos volver a la esencia del ser humano, que no es la competencia, si no la colaboración.

De esta manera, si la opción de la ciudadanía era trasladar el monumento original a Venecia, proponíamos dejar el plinto vacío para que personas de diversas edades, capacidades, género, religiones, políticos, etnicidad e identidades tomaran el lugar del monumento. Ahora el monumento son todas las personas, como el gesto vivo y humano de la resignificación de la estatuaria pública.

En un retorno a la humanización de la conmemoración y memorialización, estas acciones iban ser transmitidas en vivo en el Pabellón Chileno en la Bienal y a todo el mundo en una plataforma web.

Este proyecto llamaba a pensar críticamente sobre el rol de los monumentos como estructuras y símbolos que están lejos de ser inmutables, eternos y permanentes, y que el repensarlos puede convertirlos en un instrumento de inclusión para aquellas personas que históricamente han sido invisibilizadas, legitimando su presencia en el espacio público.

El cuestionamiento global a los Monumentos Incómodos es un llamado a resignificar los espacios colectivos y la tendencia hacia una visión única de la historia a partir de su remplazo por la expresión de la multiplicidad de voces, memorias e historias que nos definen como grupos e individuos, y que dan cuenta del valor de la diferencia y la igualdad, bases de una democracia expresada en un espacio público que es sentido como tal por el conjunto de la sociedad.

Gesto vivo y humano de la resignificación de la estatuaria pública en el Monumento a Baquedano, Chile. Fuente: Monumentos Incómodos.

Referencias

Assmman, A. (2006). Memory, Individual and Collective. In R. E. Goodin & C. Tilly (Eds.), The Oford Hanbook of Contextual Political Analysis (pp. 210–227). Oxford: Oxford University Press.

Faba, P. (2015). Agencias inesperadas: La museificación del pasado colonial en el Chile del siglo XIX. Atenea (Concepción), (512), 137–151.

Halbwachs, M. (1992). On Collective Memory. Chicago: University of Chicago Press.

Musil, R. (1987) “Monuments,” in Posthumous Papers of a Living Author, Hygiene, Colorado: Eridanos Press.

Taussig, M.(1999) Defacement: Public Secrecy and the Labor of the Negative. Stanford, CA: Stanford University Press.

Vicuña-Mackenna, B. (1874). Album de Santa Lucía. Santiago de Chile: Imprenta de la Librería de El Mercurio.

Fuentes periódicos

El Mercurio, Santiago 28 de junio de 2020.

La Tercera, Santiago 28 de junio de 2020.

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