Todos los conciertos, todas las noches, todo vacío reúne trabajos recientes de Ana Laura Aláez en diálogo con obras del inicio de su trayectoria. Lejos de una mirada retrospectiva, esta exposición supone ir al punto de partida para buscar entre las fisuras de los temas que han acompañado su obra en los últimos treinta años: el cuerpo como peana, la peana como escultura, la escultura como canción, la noche como material, la identidad como conflicto, la piel como traje, la impostura como posibilidad. Un diálogo poroso basado en la repetición que incide en lo inconcluso de las estructuras y en el poder de las resonancias.

Vista de la exposición "Todos los conciertos, todas las noches, todo vacío", de Ana Laura Aláez, en el Centro de Arte Dos de Mayo (CA2M), Móstoles, Madrid, 2019-2010. Foto: Sue Ponce. Cortesía: CA2M

Por Bea Espejo | Comisaria

El trabajo de Ana Laura Aláez siempre ha deambulado entre realidades y ficciones, el cuerpo y sus representaciones, los objetos y el comportamiento en diálogo con ellos. La suya es una mirada alegórica que más que inventar imágenes las confisca, testigo de un momento histórico en el que el arte rompía con los discursos lineales y buscaba recorridos oblicuos a través de la historia del arte. Unos años noventa en que, además, coge forma la destrucción del mito crea desde cero, la crítica del concepto de representación y la utilización de lenguajes más fronterizos. Eso es lo que vemos de manera explícita en la exposición. De manera implícita, habla de un juego de distancias: entre la lengua y el lenguaje, entre el pedestal y el suelo, entre lo pulido y lo turbio, entre el pasado y el futuro. Como traslada entre líneas el título de la exposición, nombre a su vez de uno de sus trabajos menos conocidos, un lugar contundente y evanescente a la vez.

La exposición que presenta el CA2M reúne varios de los trabajos que la artista ha realizado desde los años noventa hasta nuestros días. Algunos de ellos son obras que no se han visto nunca, en otros casos, son ideas que habitaban en las costuras de su producción más conocida y que vuelven a estar en el punto de partida mucho tiempo después. Hay piezas nuevas, reinterpretaciones de obras icónicas y nuevos diálogos creados a partir de trabajos anteriores. También saltos en el tiempo, lugares en suspenso y una idea de trayectoria que poco tiene que ver con la cronología. Sabemos que las consecuencias del arte funcionan a largo plazo y en esa idea se instala esta muestra que es, por encima de todo, un ejercicio de contexto. Un diálogo a varias voces de algunas luchas no del todo vencidas.

Es por ello que el eco aparece en el título, Todos los conciertos, todas las noches, todo vacío, nombre a su vez de uno de los trabajos de Ana Laura Aláez de 2009, que en el CA2M ocupa el corazón de la exposición. Por su naturaleza, esta obra multiplica diferentes capas de lectura y crea un grado de complejidad que se ajusta muy bien al tono creativo de la artista. Funciona como ese silencio que genera un inmenso ruido. Apareció tras un momento de inflexión en el trabajo de Aláez, en el que renovó su mirada regresando al origen de su producción y a la idea de utilizar la experiencia como un instrumento que siempre suma. De ahí la reiteración de ese «todo» que en la exposición actúa como metáfora: convertir esa masa informe que supone aquello que se encuentra latente dentro de una búsqueda personal en algo que pueda comunicarse dentro de los límites del lenguaje.

Vista de la exposición "Todos los conciertos, todas las noches, todo vacío", de Ana Laura Aláez, en el Centro de Arte Dos de Mayo (CA2M), Móstoles, Madrid, 2019-2010. Foto: Sue Ponce. Cortesía: CA2M

Ana Laura Aláez trabaja dentro de sus propias fisuras, esos espacios imposibles de acotar pero que siempre están ahí, de manera más o menos visible. Es por esto que toda la exposición está planteada a modo de charcos que, como las negociaciones internas, son de límites imprevisibles y caprichosos. La planta del CA2M que ocupa la muestra se ha dividido en cuatro espacios. Cada espacio está presidido por una obra principal y contrapunteada por varios grupos de obras. La idea es que en cada uno coexistan dos o tres piezas, a modo de voces, que disparen un diálogo interno de la exposición.

El primer grupo, el que nos recibe al llegar, responde a Objetos y extensiones abyectos, esculturas e imágenes que tratan sobre la recreación objetual y sobre las extensiones artificiales del cuerpo. Ahí está Trayectoria (Like Gold and Faceted 1, 2, 3 y 4), de 2014, una instalación compuesta por cuatro piezas colgantes de las que penden, por medio de una polea industrial, planchas de aluminio perfectamente pulidas apoyadas en una barra, donde el equilibrio de las líneas parece velar por la fragilidad a la que estamos sometidas. El diálogo que establece con sus portadores de escultura, Donna (1 y 2) y Superhéroe romano (1 y 2), dos obras de 1996, dispara el aspecto performativo que siempre ha estado latente en su trabajo. En estas obras, la propia persona es la peana o a la inversa, y sus movimientos son una toma de espacio o una renuncia hacia él. Algo que la artista evidenció en sus instalaciones relacionales donde el monumento es una maqueta habitable. Obras como Corona (1994-2019), Culito (1996-2008) y Pantalón preservativo (1992-2019) abren, a su vez, el diálogo con las problemáticas en torno al SIDA de aquellos años noventa, que en el caso de Cortina (1994-2015), Ana Laura Aláez repite en 2018 bajo el título El conflicto es otro, enfatizando otra de sus máximas: lo inconcluso de las estructuras.

Vista de la exposición "Todos los conciertos, todas las noches, todo vacío", de Ana Laura Aláez, en el Centro de Arte Dos de Mayo (CA2M), Móstoles, Madrid, 2019-2010. Foto: Sue Ponce. Cortesía: CA2M
Vista de la exposición "Todos los conciertos, todas las noches, todo vacío", de Ana Laura Aláez, en el Centro de Arte Dos de Mayo (CA2M), Móstoles, Madrid, 2019-2010. Foto: Sue Ponce. Cortesía: CA2M

El segundo grupo de obras responde a esa parte oscura que hay tras todo entusiasmo: Excitación y vacío. Evoca a una lectura literal, las excitaciones personales, pero también a otra lectura mucho más soterrada que tiene que ver con las mujeres artistas y el peligro de convertirse en víctimas del entusiasmo de una época. Si una obra como Shaving (1997) concentra toda esa excitación que antecede un evento, Todos los conciertos, todas las noches, todo vacío (2009) tiene mucho de postevento: camisetas como huella del espacio que habitamos, donde dejamos la impronta de nuestra presencia pero también de nuestra ausencia. En ese contexto, el documental Dance & Disco (vídeo documental del uso de la instalación) (2000-2019), surgido a partir de los registros que Ana Laura Aláez grabó en el Museo Reina Sofía, resitúa su práctica dentro del arte relacional y añade una capa más a la idea de expectativa que genera todo momento de brillo: lo que pudo ser y al final fue.

Vista de la exposición "Todos los conciertos, todas las noches, todo vacío", de Ana Laura Aláez, en el Centro de Arte Dos de Mayo (CA2M), Móstoles, Madrid, 2019-2010. Foto: Sue Ponce. Cortesía: CA2M
Vista de la exposición "Todos los conciertos, todas las noches, todo vacío", de Ana Laura Aláez, en el Centro de Arte Dos de Mayo (CA2M), Móstoles, Madrid, 2019-2010. Foto: Sue Ponce. Cortesía: CA2M

El vacío de cualquier herida marca el tercer grupo de obras de la exposición, reunidas bajo el epígrafe Violencia y vulnerabilidad. Aquí las piezas responden a un juego de distancias entre un trío, de colores, de emociones y de soportes: el de las xilografías Lazos de sangre (2014), las esculturas Cabeza-Espiral-Agujero-Puño-Esperma-Nudo (2008) y el vídeo Butterflies (2004). La canción de amor que emana de este, escrita para Ana Laura Aláez y que ella misma interpreta sin que se la escuche, pone banda sonora a la exposición e introduce otra de las cualidades escultóricas de su trabajo: la de colocar dos opuestos en un mismo plano.

El cuarto grupo de obras, Mito, sexualidad de mujer, ideología de camuflaje, sigue pensando la escultura desde algunas de sus problemáticas clásicas: el vacío como materia, la piel como traje invisible o el eterno dilema de la cabeza y el busto. Tres esculturas de sugerencia sexual (Lengua, 1995-2009; Perritos, 1994; y Origen, 2018) abren paso a lo corporal y lo tectónico. Sade era una mujer (1993-2013) es una versión actualizada de Fucked Man, una de las obras que hizo para el taller de Ángel Bados en Arte-leku en 1991, una época en la que se deshizo de todos los prejuicios académicos de la Facultad de Bellas Artes de Bilbao, donde estudió. Con Bolso (1993), el portazo se extendió también a la autoridad masculina, reduciendo el arquetipo de la figura del padre a un harapo portátil. Las dos fotos de Ana Laura Aláez de Fotomatón N.Y. (1 y 2) (1992), observadas ahora como obra, reafirman el estado siempre inconcluso y abierto de la experiencia.

Vista de la exposición "Todos los conciertos, todas las noches, todo vacío", de Ana Laura Aláez, en el Centro de Arte Dos de Mayo (CA2M), Móstoles, Madrid, 2019-2010. Foto: Sue Ponce. Cortesía: CA2M

En el atrio del CA2M, la escultura se mide con la arquitectura en un juego de volúmenes radical donde el objeto escultórico adquiere una fisicidad, rotundidad y autonomía propia, pese a que en algunos casos es «casi» invisible. El ejército de Tigras y felinas (1995), todo un manifiesto de ideologías y géneros, entra en diálogo con la serie Indefinido 1, 2 y 3 (2018-2019) y Boceto de Mujeres sobre zapatos de plataforma (2019), actualización de una de sus obras icónicas donde subvierte la idea de boceto llevándolo a obra de arte. En Dancefloor (2019) da otro giro más. Convierte la emblemática pista de baile de Dance & Disco (2000) en escultura vertical y, con ello, el suelo en pared. El brillo ha desaparecido, pero no la presencia femenina latente en la noche ni su idea de feminidad abogando siempre por una identidad en plural y entre paréntesis.

 


Todos los conciertos, todas las noches, todo vacío, de Ana Laura Aláez, podrá verse en el Centro de Arte Dos de Mayo (CA2M), Av. Constitución, 23, Móstoles, Madrid, hasta el 26 de enero de 2020.