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En Torno a la Transparencia

En la plaza central de las Torres de Tajamar existen cuatro estructuras hexagonales que fueron pensadas originalmente con fines comerciales; hoy están ocupadas por una oficina de arriendo de propiedades, una de seguros automotrices y una peluquería. La última estructura desde el acceso por Providencia, o la primera desde el sur, subvierte esta secuencia de ofertas. Se trata de una galería de arte contemporáneo que trabaja, reflexiona y se constituye a sí misma en torno a la transparencia.

A través de la explanada de la plaza, pasan a diario quienes viven en las torres, pero también una diversidad de peatones de Providencia que se integran al público de la galería. Inscrita como epicentro de los 380 departamentos del conjunto de edificios proyectados por Luis Prieto Vial y desarrollados por la oficina Besciani Valdés Castillo y Huidobro en 1967, la circulación es una clave fundacional del espacio, ya que las torres mismas fueron pensadas como un tránsito: un hito que marcara el fin del Parque Forestal y se abriera con transparencia hacia la cordillera.

Catálogo Galería Tajamar | 5 años (Fundación Tajamar, 2016). Cortesía: Fundación Tajamar

Los vidrios que cubren estos cuatro hexágonos cumplen, a escala, con el mismo objetivo de su alrededor: marcar un límite y transparentar el cruce entre un aquí y una allá (lo público y lo privado, el afuera y el adentro, lo comercial y lo residencial), una dimensión que el proyecto de la Galería Tajamar viene poniendo en práctica –y en tensión– desde sus inicios en 2011.

El aniversario de los seis años de la galería, que celebra a más de 50 artistas entre emergentes y consagrados que han expuesto su trabajo ahí, coincide con la muestra del ex integrante del grupo C.A.D.A, Juan Castillo, y con el lanzamiento de un libro que reúne la trayectoria de los primeros cinco años del espacio. Galería Tajamar | 5 años (Fundación Tajamar, 2016) es un acabado volumen de la historia de la galería que también responde visualmente a su línea curatorial.

El libro, de 200 páginas, se aboca a pensar las preguntas y experimentaciones surgidas en cinco años de puesta en práctica de una idea. Empastado en una cuidada encuadernación hot melt, con tapas de cartón piedra impresas a dos tintas, abre con una conversación que tuvo lugar una “calurosa tarde de diciembre” de 2015. ¿El lugar? Desconocido. ¿Los participantes? Los directores de la galería, Florencia Infante y Nicolás Azócar, junto a los artistas visuales Rodrigo Canala, Manuela Flores, Ignacio Gumucio y Francisca Sánchez.

Rodrigo Canala, "Diamante hueco", 2011. Interior de catálogo. Cortesía de Fundación Tajamar.

Como lectores asistimos al desarrollo de planteamientos, preguntas y exploraciones que emergen de la concepción y desarrollo de la galería. Gumucio abre la discusión problematizando la relación entre artista y lugar, definiendo el adentro y el afuera como dos planos en constante tensión: “Existen los hechos y los artistas se someten a los hechos y existen los lugares y los artistas se someten a los lugares. Por suerte esto finalmente resulta ser una mentira”. Azócar responde apuntando que en el caso de Tajamar el lugar no dice nada: “No es una institución, no es una galería, el artista tiene que hacer su trabajo para que el espacio se active”.

Rodrigo Canala, el primero en exponer en la galería, confiesa las aprehensiones que tuvo en 2011: “Como la galería estaba en la calle y nunca se había expuesto algo ahí, comencé a preocuparme con el hecho de que como pensaba realizar algo sólo en el exterior de la galería sin ningún tipo de protección, quizás alguien podría venir a intervenirlo”. Ni los directores ni el artista sabían cómo iba a reaccionar el entorno. Y a Diamante Hueco, la obra de Canala, nunca le pasó nada. “Los próximos artistas a seguir no tuvieron ese miedo”.

Florencia Infante detalla el interés que han generado las exposiciones en los vecinos. La galería te da la sensación de que hay que dar vuelta lo esperado”, acota Gumucio. Y Azócar apunta que muchos de los expositores han tomado la geometría del lugar como punto de partida. “Para mí la Galería Tajamar es todo el tiempo un problema de escala, me impresiona harto, es grande y chica a la vez”, dice Manuela Flores. Así, durante el diálogo, los seis puntos de vista de los participantes, tal como las seis aristas de un hexágono, se contraponen y se completan para dibujar una misma figura.

Maite Zabala, "Podio", 2012. Interior de catálogo. Cortesía de Fundación Tajamar.

Al diálogo le sigue un completo registro fotográfico de todas las muestras que se han realizado en la galería. Surgen los diamantes pintados con spray que hizo Rodrigo Canala en mayo del 2011. La intervención con figuras geométricas y colores primarios que realizó en septiembre de ese mismo año Benjamín Ossa. El enigmático podio que montó Maite Zabala en enero del 2012. Un notable registro de Campo gravitatorio, el happening de Sebastián Mahaluf, en que el artista se acostó en el piso de la galería mientras 50 asistentes se acercaban a él para enganchar a su boca una serie de elásticos pegados a las ventanas.

Se puede ver a página doble la caja de luz que instaló Consuelo Rodríguez en agosto del 2012 con acrílicos en los que se leía en letras capitales: “Proyecto Milagro De Chile Ejecución Tentativa Frustración Consumación Entre 1960-2012”. También está el puente de madera con que Rodrigo Vergara atravesó los ventanales del lugar, la conmovedora acción de Rosa Velasco, en la que envolvió completamente la galería con una película de plástico incoloro y transparente en mayo del 2013, y la instalación de un móvil de cuatro vidrios circulares de colores que presentó Francisco Morán en noviembre de ese mismo año.

Están también la caja de luz en que se proyectaban dos vistas de la galería que mostró Cristóbal Palma en julio del 2014, la instalación Mirador, de María Gabler, que replicó la estructura de la galería en placas de madera enchapada que se oponían a los vidrios del original, y la instalación de Rodrigo Arteaga que configuraba al interior de la galería el espacio de trabajo de un naturalista.

El registro fotográfico, a cargo de Sebastián Mejía, junto con la diagramación y selección, son capaces de construir de forma elocuente un relato de imágenes narrativas que dan cuenta del espacio (sus desafíos, su potencia), pero también de la línea de pensamiento que siguen los directores de la galería y los artistas a los que convocan. Las muestras aparecen como manifestaciones inesperadas, desafiantes. Hay una impresión de extrañeza que atraviesa todo el libro: saber que esas instalaciones, montajes, happenings y exposiciones ocurrieron rodeadas de la más absoluta cotidianeidad, en medio de un complejo habitacional que está abierto al público en pleno Providencia.

Es esta extrañeza la que le otorga una dimensión política al proyecto: se trata de una galería que desafía lo comercial y lo hace complejizando el valor de la transparencia en un mercado que crece y se diversifica año a año, como el chileno. El interior de este libro de tapas definitivamente opacas cristaliza ese trabajo, la búsqueda de una alternativa consistente para pensar el arte hoy, y expone elocuentemente el tremendo aporte a la escena local que ha sido en sus primeros años Galería Tajamar.

GALERÍA TAJAMAR | 5 AÑOS

Dirección y edición: Nicolás Azócar y Florencia Infante

Primera Edición, 2016. Fundación Tajamar, Santiago de Chile

200 páginas

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Ariel Richards

Ariel Richards

Estudió Diseño Gráfico (PUCV) y Licenciatura en Estética (PUC). El año 2012 obtuvo una Beca Bicentenario para realizar un MFA in Creative Writing in Spanish en la Universidad de Nueva York (NYU). Editó la antología del poeta Alfonso Echeverría “El laberinto del Topo” (Cuarto Propio, 2009). Sus poemas han sido publicados en revistas y fanzines independientes en Nueva York y Santiago. En el 2013 su poemario “Trasatlántico” (Editorial Cuneta, 2015) obtuvo un Fondo del Libro otorgado por el CNCA. Su ensayo “Aguas Revueltas” (Pupa Press, 2015) se presentó en la New York Art Book Fair que se realiza en el MoMA PS1, en Nueva York.

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