Vocación de túnel y de humedad

Rosabetty Muñoz*

 

Entre Huillinco y Cucao, justo al centro de la Isla Grande de Chiloé, Paula de Solminihac junto a Paola Chodil sembraron y cosecharon varias especies de papas chilotas envueltas en 15 macetas hechas con paños de lino, paños que hoy están siendo trabajados a modo de esculturas para formar parte de un nuevo proyecto que se expondrá en septiembre en el Museo de Artes Visuales (MAVI) de Santiago.

Paola y su hermana, de ascendencia huilliche, heredaron el terreno de sus padres hace unos años atrás y, entre las múltiples labores que realizan, dedican parte de su tiempo a la agricultura y el ganado. Además de papas, las hermanas Chodil (ser amarillo en mapudungun[1]) cultivan habas, zapallos, cebollas, ajos. Hay manzanos, murtas, ruibarbos, nalcas gigantes y arrayanes de todas las edades. Hace poco Paola dijo: “Un árbol te salva la vida”, y claro, trabajar la tierra sin sombra o sin amortiguar de vez en cuando la intensidad de la lluvia podría, simplemente, acabar con la vida de alguien. En este lugar, ese alguien de seguro sería una mujer que cíclicamente debe salir a desenterrar sus alimentos. Además de haber árboles estratégicamente ubicados para que ninguna vida corra peligro, el sitio tiene una pequeña pendiente que permite ver el lago Huillinco resguardado por montañas repletas de vegetación.

Rafael Guendelman, fotograma de su trabajo audiovisual (2019) junto a Paula de Solminihac

Este fue el escenario que por meses acogió la iniciativa de Paula de Solminihac. Su acción de arte, nuevamente alejada de los centros urbanos, de instituciones y turistas, contempló la siembra y cosecha de papas en un modo poco convencional. De septiembre a principio de año telas y papas vivieron un proceso subterráneo. Más allá de los largos tallos verdes y las flores lilas que brotaron de ellos, nadie supo que pasó allá abajo.

Teorías de las ciencias naturales podrían describir ese proceso con detalles, ayudarnos a entender cómo la sensibilidad e inteligencia de los vegetales les permite sostenerse en el suelo terrestre interceptando luz y nutrientes, y comunicándose entre sí como un enjambre. Nos permitiría razonar sobre el eficaz papel que juega el ápice radical de las raíces en la transmisión de mensajes a través del tacto, percibiendo y calculando químicos, temperaturas, niveles de agua o vibraciones sonoras. Las plantas “(…) pueden comunicarse no sólo desde las raíces hasta las hojas y viceversa, sino también de una raíz a otra o de una hoja a otra. Su inteligencia está distribuida. Por eso, al no haber un único centro de elaboración, no hay necesidad de que la información siga siempre un mismo recorrido, sino que puede transmitirse al momento y de manera eficaz donde sea preciso.” [2] Así, los científicos Mancuso y Viola analizan la vida vegetal, cuestionando de paso los mitos de ciertas creencias religiosas que han hecho del mundo occidental una cultura falente en relación a la naturaleza, negando valor, sentimiento e inteligencia a todo lo que no parezca ser un “buen hombre”. Sin embargo, y en complemento a esta serie de conexiones difíciles de experimentar a través de los sentidos humanos, los conocimientos de la tradición local y el testimonio de las propias telas exhumadas saben mejor que nadie cómo la humedad del territorio, la labor digestiva de lombrices y de otros animales invertebrados, trabajaron conjuntamente en la producción de un suelo fértil, de especial forma, textura y olor.

Rafael Guendelman, fotograma de su trabajo audiovisual (2019) junto a Paula de Solminihac
Rafael Guendelman, fotograma de su trabajo audiovisual (2019) junto a Paula de Solminihac
Rafael Guendelman, fotograma de su trabajo audiovisual (2019) junto a Paula de Solminihac

“El olor de unas fresas aplastadas, la carta de un amigo, el cartel que anuncia Drano, tres golpes en la puerta, un rasguño, un suspiro, una voz leyendo sin cesar, un destello rítmico y enceguecedor… éstos serán los materiales del nuevo arte”[3], escribe Allan Kaprow en 1958 cuando se pregunta por la dirección que tomará el arte después de que Pollock desbordara los límites de la pintura. Para Kaprow, los nuevos artistas “extraerán de las cosas comunes el significado de la cotidianidad”[4], reencontrándose con el entorno para revelar sus fenómenos.

Fue así, de hecho, como pocos años después comenzó a desarrollarse un entendimiento expandido, en discurso y materia, en el campo artístico. De la abstracta e inclasificable obra escultórica de Eva Hesse al parcial abandono del objeto en los trabajos más vinculados al Land Art de Ana Mendieta o Michelle Stuart, se desprende un interés por el acontecimiento por sobre la representación.

En el trabajo de Paula de Solminihac el acontecimiento ha sido piedra angular en la producción de su trabajo por más de 15 años. Con una obra marcada por el interés en la antropología cultural, de Solminihac ha elaborado distintas propuestas sobre los tres estados básicos de consumir alimentos de acuerdo al triángulo culinario de Lévi Strauss (lo crudo, lo cocido y lo podrido). En 2003 y 2004 enfatiza en lo “cocido” y en cómo el fuego actúa sobre los materiales de origen orgánico. Partiendo por la comida, de Solminihac expuso El alma liviana del inerte cadáver (2003) y Del azar en Conserva (2004), donde la obra se hacía en la interacción, en la relación del espectador activo que por hambre o curiosidad toma la comida con las manos para devorarla por completo. En estas dos instancias la comida cuidadosamente servida terminó de procesarse en los estómagos de los visitantes armando así un recorrido que iba desde los productos a su elaboración y de ella al comportamiento social y finalmente a los cuerpos de quienes ingerían. Consecutivamente, las redes que la artista trama en relación a la cocina se desplazaron a otras formas de tratar los materiales: la cerámica, también en el vértice de lo “cocido”, pero en otras oportunidades la arcilla, el tejido y el barro que se instalan en la fluidez de lo crudo de sus últimas acciones.

En esta línea, Paula de Solminihac vuelve a arriesgarse por una intervención casi invisible donde no hay principio ni final, puesto que todo es parte de un amplia obra colaborativa y en cierto grado azarosa: no es posible prever un resultado, ni esperar un producto finito como recompensa del entusiasmo invertido.

Rafael Guendelman, fotograma de su trabajo audiovisual (2019) junto a Paula de Solminihac
Rafael Guendelman, fotograma de su trabajo audiovisual (2019) junto a Paula de Solminihac
Rafael Guendelman, fotograma de su trabajo audiovisual (2019) junto a Paula de Solminihac

A pesar de lo incalculable, en esta oportunidad la cosecha resultó ser fructífera. Una increíble variedad de papas creció a través del lino y una gran cantidad de tela a punto de degradarse fue rescatada como evidencia de un proceso colaborativo entre todos los integrantes del suelo, manos, herramientas y los materiales introducidos. Las telas quedaron teñidas por los particulares colores de las papas chilotas, por el verde de las raíces y los tonos grises que dejaron las secreciones de insectos. Las manchas impresas sobre las telas son referencia de un suceso contextual, pero extensible a la historia pre colonial de la papa en el Archipiélago. Como si tratara de otro lenguaje por descifrar, estas huellas son indicio de una actividad agrícola de larga data iniciada por chonos y huilliches en la isla y que hoy siguen conservando sus habitantes, quienes a pesar de la sequía y la expansión del monocultivo resisten a la contaminación ambiental (terrestre y marítima) de su territorio.

Con la intención de actuar directamente sobre la vida cotidiana, subsumida en el flujo del tiempo, Paula de Solminihac acerca las prácticas del arte contemporáneo a la reflexión sobre el entorno y la comunidad, interviniendo momentáneamente y sin residuos la delgada capa de minerales, organismos vegetales, animales, aire y agua que componen el suelo chilote. Su intervención, que tuvo como recompensa cenas de papas horneadas y telas heridas por su inmersión, sintetizó y tradujo con formas abstractas un lapso de tiempo imposible de contener con aparatos de otra índole. Quizás por eso Ticio Escobar se refiere al entrometimiento de su obra que hace emerger el acontecimiento cuando escribe: “Desenfocar lo cotidiano constituye la operación básica del arte; el principio del Unheimliche, el extrañamiento freudiano: esa intrusión amenazante de lo otro en el reino mismo de lo hogareño. Pero la abertura al riesgo de la diferencia no sólo promueve otras miradas sobre lo propio, también permite pensar un resquicio en el archivo, el lugar por donde se cuelen los restos; el mínimo espacio que requiere el acontecimiento.”[5]

 


*Rosabetty Muñoz, fragmento de Bucaneros en Baile de señoritas, 1944.

[1] Apellidos Williches y su significado. Fuente: Coddou Espejo, G. & Antipani Oyarzo, H. Aprendamos Cantando Algo de la Hermosa Lengua de los Williches. Santiago de Chile: Fondo Nacional del Libro y la Lectura.

[2] Mancuso, S y Viola, A. (2016). Sensibilidad e inteligencia en el mundo vegetal. España: Galaxia Gutenberg, p.79.

[3] Kaprow, Allan (1993). The Legacy of Jakcson Pollock en Essays on the Blurring of Art and Life. Berkeley, CA: University of California Press, p. 9. El texto original dice: “An odor of crushed strawberries, a letter from a friend, or a billboard selling Drano; three taps on the front door, a scratch, a sight, or a voice lectuing endlessly, a blinding staccato flash, a bowler hat –all will become material for this new concrete art.”

[4] Ibid.

[5] Escobar, Ticio (31.08.06). El olvido del Arconte. Asunción. Texto completo en: http://www.pauladesolminihac.cl/bio/el-olvido-del-arconte

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Céline Fercovic

Nace en Santiago, en 1992. Estudió Teoría e Historia del Arte en la Universidad de Chile. Ha trabajado en proyectos de arquitectura patrimonial, en investigaciones sobre arte y espacio público y, especialmente, en estudios sobre el impacto simbólico de viejos espacios de ocio de la ciudad hoy abandonados o en franca decadencia. Actualmente escribe sobre arte, oficios, afectos y desperdicios en el proyecto colectivo Art&Crap.