Por Sebastián Salfate Deves

Coletazos de la Recesión, la muestra que acaba de presentar Enrique Flores (Santiago de Chile, 1981) en Galería NAC (Santiago), se enmarca dentro de una acuciosa y prolongada investigación del artista sobre los ejercicios sociales de la ciudad. Interesado en la relación de los protagonistas de la vida citadina de manera indirecta, su obra siempre reflexiona sobre el humano y su entorno doméstico, la ciudad, el desamparo, la espera y el continuo movimiento de una esfera pública viva.

Así, en Coletazos de la Recesión la observación de Flores se expande en el terreno de lo mundano al crear personajes que se relacionan directamente con la realidad local chilena. Al mismo tiempo, nuevos personajes comienzan a habitar la obra de Flores al compás del último gran cambio social que ha presenciado la sociedad chilena: la inmigración. Flores integra estos personajes en el circuito citadino de manera orgánica, habitando espacios en lugares de suspensión, transitando y adecuándose a las condiciones que las necesidades económicas de una sociedad neo-liberal promete y exige.

Enrique Flores, Pareja de haitianos, cerámica, 2018. Foto: Paulina Mellado/Javiera Gómez
Enrique Flores, Pareja de venezolanos vendiendo sandías, cerámica, 2018. Foto: Paulina Mellado/Javiera Gómez

En esta última obra, el artista se mantiene cerca de lo que ha venido trabajando como aproximaciones al entorno del mundo popular, pero alejándose de las circunstancias, tiempos y maneras de realización que hasta ahora había manejado. En esta exposición se asoman obras plagadas de personajes, objetos y situaciones construidas mediante el sencillo gesto manual de modelar piezas en cerámica, recurriendo a estéticas y técnicas que podrían ser más propias del arte popular. De esta forma, se elaboran narraciones que se sitúan en el paisaje urbano contemporáneo, con referencias a economías auto-sustentables y alternativas que se desmarcan de los modelos de macro-mercado que caricaturizan a Chile como un país “en vías de desarrollo”.

Los personajes, suspendidos y en movimiento, cohabitan así un espacio donde cada uno pareciera valerse por sus propios medios, con sus propias medidas y con economías suplementarias. Esta ciudad migratoria, donde lo único que existe son transeúntes, perros y transportes (tanto públicos como privados) que “merodean nuestra ciudad”, hablan de una economía personal y doméstica que se enfrenta silenciosamente a las corrientes hegemónicas de un país cada vez más publicitariamente estable. Con esto, Flores busca no sólo poner en duda los aparatos que conforman una nación sino que cuestiona también la metodología de una sociedad en donde la identidad y la supervivencia se mezclan en aparente armonía, sin tensiones territoriales ni derechos de nacimiento.

Enrique Flores, Familia de vendedores de ropa, cerámica, 2018. Foto: Paulina Mellado/Javiera Gómez
Enrique Flores, Control policial, cerámica, 2018. Foto: Paulina Mellado/Javiera Gómez

En alguna conversación, le mencioné a Enrique que su trabajo me recordaba a la canción El Baile de los que Sobran (Los Prisioneros, Pateando Piedras, 1986), un homenaje que retrata a todo al que queda fuera de la postal quimérica de un Chile hegemónico, de ese llamado Jaguar de Latinoamérica.

Dicen que fue a Tapia (baterista) a quien se le ocurrió hacer un solo de perros en El Baile de los que Sobran. De ser así, ese instinto del área rítmica de la banda sirve de perfecta analogía al trabajo de Flores, en donde las imágenes (como los sonidos de perros) parecieran representar la soledad, el caos y la falta de estructuras de una ciudad en donde todos los azarosos dispositivos (como un piano MIDI), resultan estar fríamente calculados.

Enrique Flores, Hombre en piscina de plástico con toalla de Felipe Camiroaga, cerámica, 2018. Foto: Paulina Mellado/Javiera Gómez

Imagen destacada: Enrique Flores, Taxi transportando importante obra de arte chileno, cerámica, 2018. Foto: Paulina Mellado/Javiera Gómez