La 33ª Bienal de São Paulo, que tendrá lugar del 7 de septiembre al 9 de diciembre de 2018 en el Pabellón Ciccillo Matarazzo, en el Parque Ibirapuera, ha dado a conocer hoy los detalles finales de lo que desde ya se proyecta como una edición única en la historia del encuentro bianual de arte más importante de Latinoamérica.

A diferencia de bienales anteriores –e, incluso, de otras partes del mundo-, la propuesta del curador general, Gabriel Pérez-Barreiro (España, 1970), rompe con el tradicional esquema del “curador estrella”, dando voz y mirada a un grupo de artistas que también hacen las veces de curadores. Además, Pérez-Barreiro elude el formato clásico de la gran exposición temática, favoreciendo en su lugar una constelación de experiencias curatoriales, independientes una de la otra.

Bajo este “sistema operativo alternativo”, la bienal estará compuesta por doce exposiciones individuales de artistas seleccionados por Pérez-Barreiro más siete muestras colectivas organizadas por los artistas-curadores.

Alejandro Cesarco (Montevideo, 1975, vive y trabaja en Nueva York) concentrará su investigación en artistas que trabajan con temáticas de traducción e imagen; Antonio Ballester Moreno (Madrid, 1977) propone un diálogo entre su obra y referentes relacionados con la historia de la abstracción, la naturaleza, la pedagogía y la espiritualidad; Claudia Fontes (Buenos Aires, 1964) activará las relaciones entre arte y narrativa; Mamma Andersson (Luleå, Suecia, 1964) trabajará con la figuración en la tradición de la pintura, desde el arte popular al arte contemporáneo; Sofía Borges (Ribeirão Preto, Brasil, 1984) presentará una investigación sobre la tragedia y la forma ambigua; Waltercio Caldas (Rio de Janeiro, Brasil, 1946) desarrolla una reflexión histórica sobre la forma y la abstracción; y Wura-Natasha Ogunji (St. Louis, EEUU, 1970) reúne a un grupo de artistas que trabajan sobre la identidad y la diáspora africana.

Sobre el título de la Bienal, Afinidades afectivas, el curador explica que nace de la asociación de una novela de Goethe, Afinidades electivas (1809) con el pensamiento de Mário Pedrosa en su tesis De la naturaleza afectiva de la forma en la obra de arte (1949). Protagonista tanto en la historia del arte como en la esfera política de su tiempo, Pedrosa fue una figura clave en el pensamiento moderno brasileño y en la concepción de las primeras bienales.

Según Pérez-Barreiro, el título no se ha usado como direccionamiento temático para la Bienal, sino que caracteriza la forma de concebir la muestra a partir de vínculos, afinidades artísticas y culturales entre los artistas involucrados. Como en el texto de Mário Pedrosa, hay una propuesta de investigación de las formas mediante las cuales el arte crea un ambiente de relación y comunicación, pasando del artista al objeto y de ahí al observador. La presencia, atención e influencia del medio son las premisas que orientan la curaduría de esta edición, en reacción a un mundo de verdades prontas, en el cual la fragmentación de la información y la dificultad de concentración conducen a la alienación y a la pasividad.

Guiados exclusivamente por el concepto de Afinidades afectivas y por el hecho de que las obras de su autoría también deben integrar sus propias curadurías, cada uno de los artistas-curadores respondió a su modo a la invitación de Pérez-Barreiro, adoptando diferentes metodologías y estrategias curatoriales.

“Mientras algunos adoptaron estrategias más museológicas e históricas, realizando curadurías de obras, otros propusieron exposiciones con trabajos exclusivamente comisionados, estableciendo una especie de curaduría colectiva en un proceso horizontal de desarrollo de investigación artística. Esto se puede entender como siete diferentes ejemplos de metodología curatorial”, explica.

Sofia Borges, Pintura, Cérebro e Rosto, 2017, pigmento mineral sobre papel de algodón, 150 x 230 cm. Cortesía de la artista

LOS PROYECTOS

Así como los doce proyectos individuales curados por Pérez-Barreiro no configuran juntos una exposición colectiva en el sentido tradicional, y no están ligados por ninguna estructura narrativa o temática, las propuestas de los artistas-curadores son completamente independientes unas de otras.

“Los siete artistas-curadores han trabajado con total autonomía en la concepción de sus muestras, tanto en relación de unos con otros como con la curaduría general. Las únicas limitaciones que se han impuesto son de orden práctico, relativas al presupuesto y al uso del Pabellón de la Bienal”, explica Pérez-Barreiro.

A partir de su interés en cuestiones como la repetición, la narrativa y la traducción, Alejandro Cesarco realiza una curaduría de obras de artistas que comparten sus inquietudes conceptuales y estéticas. Intitulada Aos nossos país (A nuestros padres), la muestra propone “cuestionamientos acerca de cómo el pasado (la historia) al mismo tiempo posibilita y frustra potencialidades, y cómo este pasado puede ser reescrito por el trabajo del artista, generador de diferencias a partir de repeticiones”.

Además de Cesarco, participan en la exposición artistas de tres generaciones, entre ellos Sturtevant (EEUU, 1924 – Francia, 2014), Louise Lawler (EEUU, 1947) y Cameron Rowland (EEUU, 1988). “Dedicar esta exposición a una relación primaria (biológica o adoptiva, literal o metafórica) es construir una genealogía y un intento de aproximación a la fuente central de nuestras interpretaciones, métodos, inhibiciones, posibilidades y expectativas”, explica Cesarco.

Antonio Ballester Moreno aborda su curaduría como una forma de contextualizar un universo basado en la relación íntima entre biología y cultura, con referencias a la historia de la abstracción y su interacción con la naturaleza, la pedagogía y la espiritualidad. Para ello, relaciona la producción de filósofos, científicos y artistas. “Somos todos creadores de nuestro propio mundo, pero entiendo que una gran variedad de lenguajes nos separó de la noción de lo que nos es común, entonces esta propuesta subraya el estudio de nuestros orígenes, sean relacionados con aspectos naturales, sociales o subjetivos, los tres ejes que organizan la exposición”, afirma Ballester Moreno.

Titulada sentido/comum (sentido/común), la muestra abarca desde juguetes educativos de las vanguardias históricas y obras de la Escuela de Vallecas (un movimiento español de vanguardia de la década de 1930 próximo al surrealismo) a la presencia de artistas contemporáneos. Entre los participantes, se encuentran el filósofo y pedagogo Friedrich Fröbel (Alemania, 1782-1852); Andrea Büttner (Alemania, 1972); Mark Dion (EEUU, 1961), que participa en la Bienal con un proyecto comisionado; y Rafael Sánchez-Mateos Paniagua (España, 1979), integrante del colectivo Atenta, que investiga prácticas de atención en el campo del arte. Además de su participación en la exposición de Ballester Moreno, Paniagua contribuyó también con la publicación educativa de la 33ª Bienal, Invitación a la atención, con un texto inédito de su autoría.

Para su exposición titulada ​O pássaro lento (El pájaro lento), Claudia Fontes parte de una metanarrativa: un libro ficticio homónimo cuyo contenido es desconocido, salvo por algunos fragmentos y por sus vestigios materiales. Fontes y los artistas invitados presentan trabajos que activan los acercamientos entre artes visuales, literatura y traducción a través de experiencias que proponen una temporalidad expandida, alternativa al fetiche moderno de la velocidad. “La velocidad y la lentitud son experiencias políticas enraizadas en el cuerpo. Ambas influencian nuestro entendimiento del espacio, la distancia y la posibilidad. Hace más de un siglo, nuestra especie viene siendo entrenada desde la infancia para despreciar la vagarosidad y desear la rapidez. Como resultado, ahora tenemos dificultad para imaginar otros medios de estar con uno mismo y con los demás”, afirma Fontes.

En un proceso curatorial horizontal y colaborativo, todos los participantes, a excepción de Roderick Hietbrink (Holanda, 1975), desarrollan obras comisionadas para la ocasión: Ben Rivers (Reino Unido, 1972), Daniel Bozhkov (Bulgaria, 1959), Elba Bairon (Bolivia, 1947), Katrín Sigurdardóttir (Islandia/EEUU, 1967), Pablo Martín Ruiz (Argentina, 1964), Paola Sferco (Argentina, 1974), Sebastián Castagna (Argentina, 1965) y Žilvinas Landzbergas (Lituania, 1979).

Para su exposición, Stargazer II, Mamma Andersson reúne a un grupo de artistas que han inspirado y nutrido su producción como pintora. La selección incluye una amplia gama de referencias, como iconos rusos del siglo XV; los outsiders Henry Darger (EEUU, 1892-1973) y Dick Bengtsson (Suecia, 1936-1989); y artistas contemporáneos, como la cineasta Gunvor Nelson (Suecia, 1931) y el piloto de caza y artista sonoro Åke Hodell (Suecia, 1919-2000). Los participantes de esta exposición comparten el interés por la figuración expresiva y el cuerpo humano. “Estoy interesada en artistas que trabajan con la melancolía y la introspección como un modo de vida y una forma de supervivencia”, afirma Andersson. La exposición incluye también una cantidad significativa de pinturas de la artista, estableciendo un diálogo vibrante entre su obra y sus inspiraciones artísticas.

La curaduría de Sofia Borges, A infinita história das coisas ou o fim da tragédia do um (La infinita historia de las cosas o el fin de la tragedia del uno), parte de interpretaciones filosóficas sobre la tragedia griega para sumergirse en un collage de referencias mitológicas. Su propuesta se configura como un espacio activo de investigación acerca de los límites de la representación y de la imposibilidad del lenguaje como instrumento de mediación de lo real. “Pasé años buscando, a través de la imagen, develar el estado de representación de las cosas con mi trabajo, hasta que entendí que se trata de una cuestión sin solución, ya que es en realidad un problema de significado. El lenguaje es en sí trágico, por ambiguo, y no se puede usar una materia para hablar de otra”, explica.

Sobre esta base conceptual, el proyecto expositivo se construye a partir de un modelo curatorial mixto en el que la selección de piezas específicas es acompañada por invitaciones a ciertos artistas para que desarrollen trabajos comisionados. Una de las particularidades de la propuesta -que incluye obras de Jennifer Tee (Holanda, 1973), Leda Catunda (Brasil, 1961), Sarah Lucas (Reino Unido, 1962) y Tal Isaac Hadad (Francia, 1976), entre otros- es encarar la exposición como algo que se da no sólo en el espacio, sino también en el tiempo. De esta forma, la muestra será activada a lo largo de los tres meses de duración de la Bienal por un programa de experimentaciones propuestas por la artista-curadora a partir de la interacción entre las obras, los artistas y otros invitados.

Waltercio Caldas, Rodtchenko, 2004. Foto: Vicente de Mello. Cortesía: Waltercio Caldas.

Waltercio Caldas, que siempre consideró la historia del arte como material de trabajo, proyecta un espacio en el que obras de diversos artistas se enfrentan a trabajos de su autoría. “Puesto que la producción de un artista se trata de innumerables cuestiones que varían a lo largo del tiempo, escogí obras que se desvían de lo que más se conoce de cada uno de ellos, y que se destacan por su valor y especificidad. El resultado de la relación entre las piezas elegidas pasó a ser el principal interés de esta selección”, explica.

Con su muestra, Caldas propone una reflexión sobre la poética, la naturaleza de las formas y de las ideas y sus implicaciones en la actividad artística desde finales del siglo XIX. “Busqué, a través de la tensión entre obras muy diversas, las sorpresas esclarecedoras que resultan de estos enfrentamientos”, comenta. A partir de una visión desafiante del artista sobre su propia obra y de los enfrentamientos muchas veces inusitados -como entre trabajos de Victor Hugo (Francia, 1802-1885), Jorge Oteiza (España, 1908-2003) y Vicente do Rego Monteiro (Brasil, 1899-1970)- se abren nuevas posibilidades de lectura para el arte.

Para su proyecto expositivo titulado sempre, nunca (siempre, nunca), compuesto exclusivamente por obras comisionadas, Wura-Natasha Ogunji invitó a los artistas Lhola Amira (Sudáfrica, 1984), Mame-Diarra Niang (Francia, 1982), Nicole Vlado (EEUU, 1980), ruby onyinyechi amanze (Nigeria, 1982) y Youmna Chlala (Líbano, 1974) para crear, así como ella, nuevos trabajos en un proceso curatorial colaborativo y horizontal. La producción de estos seis artistas “concilia aspectos íntimos (como cuerpo, memoria y gesto) con aspectos épicos (arquitectura, historia, nación)”, explica Ogunji. “En diálogo abierto y continuo, nuestros proyectos individuales abarcan prácticas y lenguajes distintos que convergen en ideas y cuestiones cruciales para la experimentación, la libertad y el proceso creativo”, añade.

El trabajo de cada uno de estos artistas es afectado por sus historias individuales y por las complejas relaciones que mantienen con sus tierras, naciones y territorios. “No son sus orígenes o nacionalidades las que son reveladoras, sino el hecho de que sus obras rompen las narrativas hegemónicas y abrazan interrupciones como aberturas necesarias”, complementa la artista-curadora.

Lucia Nogueira, No Time for Commas [Sem tempo para vírgulas], 1993, juguete a baterías, bolsa de papel, madera, 61 x 91 x 68 cm. Colección de Georgia Fleury Reynolds. Foto: Lucia Nogueira

POLÍTICA, SEXUALIDAD Y EL COMPONENTE FEMENINO

Además de las siete muestras organizadas por los artistas-curadores, Gabriel Pérez-Barreiro ha comisionado proyectos a ocho artistas (Alejandro Corujeira, Bruno Moreschi, Denise Milan, Luiza Crosman, Maria Laet, Nelson Felix, Tamar Guimarães, y Vania Mignone), presentará una icónica serie de pinturas de Siron Franco y hará homenajes a tres artistas fallecidos: el guatemalteco Aníbal López, el paraguayo Feliciano Centurión y la brasileña Lucia Nogueira.

Dado que Pérez-Barreiro propone un modelo curatorial que evita aproximaciones temáticas, los tres artistas homenajeados tienen en común el haberse desarrollado durante los años 90 y el hecho de haber fallecido precozmente. “Esa fue la primera generación latinoamericana en hacer un arte libre de la opresión de los regímenes totalitarios de las décadas anteriores”, explica Pérez-Barreiro. “Son obras exentas de la necesidad de trabajar de manera codificada u oculta, pasando a un mayor énfasis en la expresión de la subjetividad como acto político”, indica.

De acuerdo con Pérez-Barreiro, el homenaje a estos tres artistas, con cerca de 30 a 40 obras destacadas dentro de la trayectoria de cada uno, fue una manera de repensar los llamados núcleos históricos de la Bienal de São Paulo, que marcaron la exposición hasta su 26ª edición (2004), y que él considera una peculiaridad positiva respecto a otras exposiciones estacionales alrededor del mundo.

“Yo quería artistas que fueran históricos, pero al mismo tiempo no consagrados, o sea, que esos núcleos no fueran sólo la reiteración de nombres que ya conocemos. Los artistas homenajeados son poco conocidos en América Latina, pero son exponentes de su generación, entonces traerlos a la Bienal es una forma de rescatarlos de la desaparición de la historia del arte y mostrarlos para las nuevas generaciones”, dice Pérez-Barreiro. Para el curador, la realización de esas exposiciones también significa una contribución expresiva de la Fundación Bienal en la investigación, catalogación y recuperación de los acervos de esos artistas.

Aníbal López (Ciudad de Guatemala, 1964-2014), también conocido como A-153167, el número de su cédula de identidad, fue uno de los precursores del performance en su país. Su obra, que incluye video, performance, live act e intervenciones urbanas, entre otras formas de expresión, tiene un fuerte carácter político y atiende a cuestiones relacionadas con disputas entre fronteras nacionales, culturas indígenas, abusos militares y hasta el mercado de arte. Registros en video y fotografías de acciones efímeras, realizadas como forma de protesta a la objetivación y fetichización del arte, componen la muestra.

El universo queer es abordado con delicadeza por Feliciano Centurión (San Ignacio, Paraguay, 1962 – Buenos Aires, Argentina, 1996), que dejó su país natal, Paraguay, para radicarse en Argentina, donde se hizo exponente de la llamada generación “Rojas” (aquellos primeros artistas en exponer en la galería del Centro Cultural Rojas de la Universidad de Buenos Aires) hasta que fue víctima de complicaciones derivadas del SIDA, a los 34 años. Centurión trabajaba primordialmente con tejidos y bordados, incorporando piezas como pañuelos y crochés comprados en ferias porteñas. Descendiente de una familia de bordadoras, se apropia de prácticas artesanales como lenguaje artístico para expresar elementos de su historia personal a partir de una tradición familiar común en la cultura paraguaya.

Aún poco conocida en Brasil, Lucia Nogueira (Goiania, Brasil, 1950 – Londres, Reino Unido, 1998) es una figura clave para entender el arte británico de la época. Sus esculturas e instalaciones, que serán el foco de su individual en la 33ª Bienal, subvierten el utilitarismo de los objetos con un humor sutil, tanto por la asociación inusitada entre elementos como por el juego semántico constantemente presente en sus títulos, creando una atmósfera de extrañeza y poesía.

Wura-Natasha Ogunji, Generadores, 2014, hilo y tinta sobre papel vegetal. Foto cortesía de la artista.
Antonio Ballester Moreno, Movimientos Automáticos #3, 2017, acrílico sobre yute, 162 x 130 cm. Cortesía del artista

PROYECTOS INDIVIDUALES

Los proyectos individuales de nueve artistas, de los cuales ocho fueron especialmente comisionados, completan la selección de Pérez-Barreiro. El único que exhibe un trabajo histórico es Siron Franco (Goiás Velho, Brasil, 1950), con la serie de pinturas Césio / Calle 57, que eternizan a través de sus materiales la impresión de horror y aislamiento que le causara el accidente radiactivo ocurrido en 1987 en el Barrio Popular, en Goiânia, con el elemento Césio 137.

Los ocho artistas con proyectos comisionados tienen en común el desarrollo de trabajos que no encajan en una estructura temática. “Son investigaciones complejas que funcionan individualmente y no necesitan un contexto adicional para que el espectador se relacione con los trabajos”, explica Pérez-Barreiro.

Del porteño Alejandro Corujeira (Buenos Aires, 1961), quien posee una concepción formal ligera y fluida que parece querer captar el movimiento de la naturaleza, se expondrán esculturas y pinturas. Denise Milan (São Paulo, 1954) crea esculturas e instalaciones con grandes piedras y cristales. En la 33ª Bienal, la artista exhibirá nuevos trabajos en esos formatos.

Lo cotidiano sirve de inspiración para Maria Laet (Río de Janeiro, 1982), que mostrará un nuevo video en la 33° Bienal, y para Vania Mignone (Campinas, Brasil, 1967), que presentará nuevas pinturas. Nelson Felix (Río de Janeiro, 1954), que en su “trabajo formal parece materializar una conciencia planetaria”, según Pérez-Barreiro, mostrará una nueva instalación escultórica.

Las investigaciones de Bruno Moreschi (Maringá, Brasil, 1982) y Luiza Crosman (Río de Janeiro, 1987) se relacionan con la corriente de la crítica institucional y huyen de soportes artísticos tradicionales. “Con esos artistas tendremos, dentro de la exposición, una mirada crítica sobre cómo el arte funciona, es exhibido y justificado”, afirma Pérez-Barreiro. A partir de un enfoque personal y poético, Tamar Guimarães (Viçosa, Brasil, 1967), que une un enfoque crítico sobre las instituciones a preocupaciones poéticas y narrativas, presentará un nuevo video.


Imagen destacada: Feliciano Centurión, Luz divina del alma, c. 1996, almohada bordada a mano, 22,2 cm x 38 cm x 7,3 cm aprox. Colección Blanton Museum of Art, EEUU.
Foto: Rick Hall