El territorio, en su significado de patrimonio material e inmaterial, de mapa urbano y social, de tierra siempre al quiebre, inestable por su naturaleza telúrica, es una constante que se repite de forma casi subconsciente en los trabajos de muchos artistas y curadores chilenos. Una obsesión que delata, sutilmente, la fractura todavía abierta respecto a la vivencia de los espacios públicos en Chile.

Este síntoma, si es posible patologizar algo que es asumido de forma tan inmediata que se ha naturalizado, remite a una memoria colectiva que parece ser poco consciente de las secuelas de su trauma, el de la dictadura, donde el toque de queda dejaba la calles vacías y estar expuesto y visible en lugares públicos era un peligro. En aquellos años permeados de secretos y retóricas dividas, el territorio, las montañas, el desierto y el mar, eran espacios habilitados para ocultar cuerpos y esconderlos a la imagen del país del consumo.

La transición, que según la historia oficial corresponde a los años entre el 1990 y el 1994 con la asunción del primer gobierno democrático, remite simbólicamente al tiempo del luto y de la reconstrucción, al momento de la rabia y de la pacificación que se canaliza en la acción para cambiar las cosas. Un proceso que en Chile todavía no se ha cumplido. Testigo de ello son las evidencias políticas de una Constitución aún vigente que porta el nombre de la dictadura, un tiempo que está lejos de estar cerrado y que se encuentra todavía en una discusión abierta y difícil.

Quizás es por esta misma razón que el territorio en su generalidad, como si fuera una entidad extraña y separada del cuerpo social, se sobresale en la producción artística local, un afán que parece ser una forma de reapropiación directa de un espacio abandonado por el vacío político.

Para citar sólo algunos ejemplos concretos de los últimos meses, basta recordar el proyecto Espacios Revelados, que se propuso rescatar el entorno arquitectónico y humano del barrio Yungay, como la recién inaugurada primera Bienal del Patrimonio, organizada en el Museo de la Memoria, focalizada a interrogarse sobre qué es en definitiva el patrimonio y cómo actuar al respecto, hasta la última actividad del Museo de la Solidaridad Salvador Allende que propuso a diferentes actores dar una respuestas a esta pregunta.

Vista de la exposición "Brugnoli/Errázuriz/Paisaje II", en el Instituto Italiano de Cultura, Santiago de Chile, 2016. Cortesía de los artistas

La exposición de Francisco Brugnoli y Virgina Errázuriz, Paisaje II, en el Instituto de Cultura Italiano de Santiago, parece reactivar esta memoria colectiva subconsciente, dándole un orden casi genealógico al interrogar otra vez, a distancia de años, el territorio en su entorno urbano, hecho de objetos a veces íntimos y familiares y de escombros callejeros.

Una arqueología del presente que es recopilada a través de una perspectiva privilegiada, la de dos personas que han actuado y vivido en momentos históricos diferentes y que, sin embargo, siguen trabajando bajo el mismo umbral conceptual otorgando a la obra una continuidad tras-temporal.

La primera exposición Paisaje Brugnoli-Errázuriz se inauguró en 1983 en la Galería Sur, y apostaba a poner en discusión las calles de la dictadura a diez años de su inicio, cuando la esperanza era viva y el final se sentía inminente. Había un optimismo que se reflejaba en el trabajo de recuperar en el entorno más próximo los rastros de las luchas urbanas o, en el caso de Virginia Errázuriz, la intimidad de los objetos familiares, lugar también de resistencia silenciosa. Eran “calles limpias”, como dijo Brugnoli en la conferencia de presentación de esta nueva exposición, pero al mismo tiempo sobre cargadas de ideologías.

Vista de la exposición "Brugnoli/Errázuriz/Paisaje II", en el Instituto Italiano de Cultura, Santiago de Chile, 2016. Cortesía de los artistas

En estos 33 años que separan y unen las dos exposiciones, el cambio político ha sido relativo y las reglas de actuación social parecen ser las mismas. Sin embargo, si antes en las calles estaba el vacío del miedo, ahora hay la sobre-producción del consumo: los objetos invaden la ciudad de forma autónoma, mientras que las personas todavía se encuentran privadamente en la seguridad de las casas.

El paisaje actual para Brungoli y Errázuriz es kitsch, en su significado más negativo, no el kitsch pop de Andy Wharol, que se reapropia del consumismo capitalista y lo transforma en un juego o en un icono visual. Este kitsch es solamente degradante, representa la visibilidad de lo efímero, de lo desechable que no aporta nada más que polución al entorno, restándole cualquier significado político; es el triunfo de la basura que sobrevive a si misma.

Lo que remiten las calles de hoy son cosas mínimas, pequeños objetos destrozados por el terremoto, el papel aluminio descartado de las golosinas, las latas arrugadas y tiradas por aburrimiento y luego algún fetiche de la cultura pop, como un angelote plateado al estilo Jeff Koons o las esculturas involuntarias hechas con los escombros de una construcción. Cosas inútiles y abundantes que no permiten visualizar ninguna esperanza. Todos los objetos están unidos por un hilo rojo, el de los recuerdos, tejido por Virginia Errázuriz, un elemento sutil pero al mismo tiempo potente de conexión tras-temporal y femenina y que parece dejar en claro una visión desconsolada sobre la realidad, una derrota que se vuelve intimista, que parece no creer más en la calle como lugar de lucha política y se interroga sobre las posibilidades más cercanas de actuación, la de los espacios domésticos, de los gestos cotidianos.

La calle sigue siendo un espacio público y por ende político en su significado de polis, de comunidad ciudadana, y en esta idea se juega la importancia y la necesidad de los artistas de apelar a ella, repetidamente y con diferentes perspectivas. En el proceso de sobreproducción simbólica respecto al territorio hay que encontrar la oportunidad de procesar y cultivar los cambios de valores sociales necesarios para poder cerrar una transición que parece perenne.

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Mariagrazia Muscatello

Crítica de arte, Licenciada en Filosofía por la Universidad de Parma (Italia), Magister en Comunicación y Crítica de Arte (Gerona-España). Ha sido responsable de prensa para la firma de diseño industrial Kartell en Milán, y asistente editorial para Gustavo Gili, en Barcelona. Ha publicado para diversos catálogos y revistas nacionales e internacionales, como “Flash Art”, “Artribune” y “Etapes”, entre otras.