Establezco una diferencia en el arte entre representar lo que es político y actuar de modo político. Creo que hay muchos políticos profesionales que en realidad son representaciones, porque en realidad no hacen política. Hacen todo lo que rodea y acompaña el cambio del mundo sin en realidad cambiarlo y creo que nos hemos acostumbrado un tanto a ese tipo de burócrata-político o celebridad-política, o al político que no cree ya en la política, sino sólo en ser electo. Nos hemos acostumbrado a la representación de las cosas.

Mientras la política es la acción de cambiar las cosas en sociedad, en el arte hay muchos artistas que trabajan con imágenes de los medios de difusión y de la política, pero a quienes no interesan las consecuencias de su obra. El arte político es el que trabaja sobre las consecuencias de su existencia, de sus interacciones, y no permanece en el nivel de asociación o memoria gráfica. Es intervenir en el proceso que se crea después que las personas piensan que la experiencia artística ha terminado. El arte político es el que más trasciende la esfera del arte al entrar en la naturaleza diaria de las personas: un arte que les hace pensar. El arte es algo que debe considerarse disponible, un medio para otras cosas, una capa protectora. Comprendo que hay artistas que son coherentes y a los que respeto que se centran en la búsqueda de nuevas combinaciones asociativas, pero esta experiencia en sí, sin un propósito fuera del mundo del arte, no me entusiasma. El arte, al igual que ocurre con un descubrimiento científico, debe verse en sus aplicaciones. El arte puede usarse también con fines políticos, pero eso no es arte político: es arte-propaganda. El arte político tiene dudas, no certezas; tiene intenciones, no programas; comparte con aquellos que lo encuentran, no se les impone; se define mientras se hace; es una experiencia, no una imagen; es algo que entra en la esfera de las emociones y que es más complejo que una unidad de pensamiento. El arte político es el que se hace cuando está pasado de moda y cuando es incómodo, jurídicamente incómodo, cívicamente incómodo, humanamente incómodo. Nos afecta. El arte político es conocimiento incómodo.

Uno de los problemas históricos del arte político es estar desfasado de las vanguardias artísticas cuando hablamos sobre arte político popular, como si hubiera una suerte de actitud condescendiente hacia el público, como si hubiera un solo lenguaje para representar lo que es político, un lenguaje que no pretende hacer pensar a la gente, sino que la unifica. En el caso del arte político realizado en el mundo del arte, hay una enorme posibilidad de que exista una gran falta de comunicación porque, para el público en general, implica un proceso educativo (no didáctico), que lo eduque contra su temor, contra el temor de temer; educarlo contra lo que no conoce, lo que constituye una forma muy eficaz de inmovilización utilizada por los políticos. Por otra parte, quienes son profesionales de la política se han apropiado de los espacios cívicos, han mezclado y utilizado estrategias corporativas en espacios civiles como la libertad de expresión, como la existencia de instituciones sociales que confunden la eficiencia con la necesidad de existir y funcionar en sociedad. La política no es un servicio: es una forma de pensar en el futuro. No podemos confundirnos con la dimensión administrativa de la utopía.

Sí creo que la acción política desde dentro del arte-sistema puede superar la representación, pero el problema es por cuánto tiempo y con qué nivel de deterioro. El arte político debe resistir la erosión de la incredulidad, el cinismo, la banalización, la indiferencia de quienes tienen intereses dentro del arte, y la presión de que exista una continuación después de que su necesidad política haya expirado. El arte político no debiera desear continuar viviendo porque su esencia posee implicaciones transitorias. En ocasiones, el arte con intenciones políticas y con una ideología dada incluso se convierte en su opuesto, se convierte en lo que está criticando. Este es el desafío más difícil del arte político, porque cuando ya no existe la “necesidad” política de la existencia de este arte surge la búsqueda de un sentido de continuación/existencia y la importancia se convierte en autosuficiencia. El arte político no debe considerarse importante él mismo, porque no conoce de antemano cuál será su impacto y porque su impacto expira. Es un tipo de arte que no puede temer ser destruido y desaparecer.

Es necesario luchar con fiereza por eliminar la idea de dar al arte político una “etiqueta” hegemónica. Este debe ser el primer gesto de un artista político.

Puedo garantizar que este arte, que ahora es dócil, en un tiempo era incómodo. El arte político (que no es más artístico de lo que es político) no es cómodo porque habla desde una posición de exigencia y porque muchas veces va acompañado de nuevas formas y esto requiere algún ajuste de los espectadores a fin de garantizar que lo que tienen ante ellos es realmente arte. De modo que este regreso al arte político viene ya con la tristeza de conocer que será inadecuadamente coleccionable y con una confianza trágica en su eficacia limitada. Los artistas conocen hoy algo del arte político histórico a través de documentación, aunque falta el apremio que lo hizo necesario, y la ira que lo hizo ser rechazado o eficaz, o ambas cosas. Gran parte del arte político de hoy es más una “cita” que un gesto político.

La apropiación de la “estética de la revuelta por el sistema publicitario” es un síntoma de atraso en el desarrollo de un nuevo lenguaje político del pueblo y de la necesidad de renovarlo (es ahí que un artista puede brindar una gran contribución). Pero, de algún modo, también es un juego de invalidación, de banalización de la potencialidad de las cosas por parte de la clase dirigente, pudiéramos decir que algo ya tan corriente y esperado. Que algo sea una suerte de “acuerdo generalizado” no significa que haya pedido su posible eficacia. Somos artistas individuales que trabajan contra equipos de especialistas en sumisión en masa. Es por ello que debemos ser radicales y no rendirnos con tanta rapidez, al menos no hasta que hayamos agotado las posibilidades de lo que estamos admitiendo.

Creo que a los interesados en arte político aún les afecta mucho el antagonismo entre los pintores de la corte y los modelos de artistas opuestos a la clase dirigente, pero existen más posibilidades: se puede ser artista cívico o artista independiente. Existen muchas otras opciones. Si uno entra en la esfera del arte político, debe comprender que no se trata de una posición transitoria en que uno está únicamente contra el poder hasta que éste lo absorbe o que, por el contrario, si no se le absorbe, se convierte en una persona desgraciada, resentida. Ser un artista político no tiene nada que ver con ser aceptado o con un consenso.

Aunque para los artistas políticos es muy evidente que no deseamos ser decoradores interiores, tenemos que repensar cómo establecer nuestra relación con el poder. Algunos artistas han sentido la necesidad de entrar directamente en la política. Creo que, de cierto modo, nuestra posición debe ser de insatisfacción por sólo ser capaces de estar entre ambos, el arte y la política.

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Tania Bruguera

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