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LUZ SOBRE LUZ: LA CENSURA A DELIGHT LAB

La crisis sanitaria que hoy atraviesa el mundo ha sacado a relucir lo peor y lo mejor de las sociedades. Ha puesto en jaque los sistemas económicos y políticos de representación, la idea de un Estado “mínimo” o del rol de las instituciones de bienestar. Pero también ha demostrado que las soluciones solidarias y humanitarias son el último cubículo que, finalmente, puede salvarnos de la muerte. Muerte que hoy está constantemente en los medios de comunicación, muerte que nos ilustra la finitud de nuestros proyectos de vida, de nuestra acumulación y, por qué no, de nuestras fútiles opiniones.

En Chile, esta crisis sanitaria no se desarrolla de manera solitaria, sino que coexiste con una fractura visible en el entramado sociopolítico. Con mayor fuerza desde el pasado 18 de octubre y siendo, por lo demás, una evidente expresión de la acumulación de descontento durante varias décadas, las manifestaciones inundaron las calles y el espacio público se resignificó. Con un torbellino de emociones, millones se encontraron frente a otros en la ahora Plaza Dignidad (centro neurálgico de la capital), pero también sintieron pánico y terror de ser mutilados por balines que alcanzaron los ojos de miles. Esperanza, frustración, miedo, llanto, y de nuevo esperanza. Hoy, Chile no tiene solo una crisis sanitaria.

Desde aquel estallido social (o revuelta popular, como queramos llamarla), el colectivo Delight Lab intervino en múltiples ocasiones la superficie del edificio Telefónica, insigne acompañante monumental de la misma Plaza Dignidad. Generando activismo lumínico, no fue interés de nadie inscribirlo institucionalmente como una acción artística o “elevarlo” a una categoría particular; fueron mensajes que se posicionaron con luz para formar palabras que hablaran de lo ocurrido. Dignidad, Democracia, No estamos en Guerra, Estamos Unid@s, y muchos otros más. Periódicamente fueron cambiando y millones fueron las interacciones que se produjeron en redes sociales sobre cada nueva frase. Y precisamente luego de siete meses desde el 18 de octubre, Delight Lab hizo su reaparición.

Delight Lab, «Hambre», intervención en Edificio Telefónica, 18 de mayo, Santiago de Chile. Cortesía: Delight Lab

El pasado 18 de mayo, el colectivo intervino nuevamente el edificio Telefónica con la palabra Hambre, en clara relación a las protestas que ese mismo día se desarrollaron en la comuna santiaguina de El Bosque. Y es que la evidente baja ayuda social de un gobierno intransigente (el “gobierno de los mejores”) construyó un clima de descontento que hizo estallar distintas poblaciones periféricas de la capital: tienen hambre, no pueden quedarse en cuarentena y sin trabajo, no es justo que escojan entre enfermarse o no comer. “Hambre” fue, por consiguiente, una sola palabra como muchas otras que iluminaron un edificio santiaguino, pero que en esta ocasión generó un efecto inesperado.

En gran parte producto de los procesos sociales antes descritos, en Chile se viven tiempos de polarización extremas de la opinión. Las redes sociales se inundan de cuentas falsas, “patriotas”, personajes con logos de banderitas (para demostrar su compromiso con Chile, aunque otros la acompañan con banderitas extranjeras, para demostrar su ascendencia no indígena), y personas que usan “rechazar” como su mantra diario. Sus adversarios son quienes “aprueban”, como una enemistad proyectada por el próximo plebiscito constitucional y una reminiscencia no superada por el similar plebiscito de 1989. Ese que prometió que la alegría venía luego de superar la dictadura, pero que no llegó. Ese que ilusionó a muchos con “ahora sí” tener libertad de expresión, pero que no es tan así.

La referida polarización estalló por redes sociales con la palabra “Hambre”, alegándose incluso que Delight Lab estaba conspirando con grupos de extrema izquierda para propiciar mensajes de odio e incitar a la violencia. De ello se sigue, en una inevitable pendiente resbaladiza, que el colectivo estuviese trabajando para desestabilizar Chile, así como supuestamente lo hizo meses atrás, y que ese 18 de mayo todo había quedado en evidencia. Pues claro, no es posible concebir que exista arte político basado en la contingencia o que, a pito de la existencia real de hambre experimentada por la población, Delight Lab decida nombrarla. Lo grave fue, sin embargo, la reacción que estos grupos tuvieron para “evitar” a toda costa que el hambre (y otra frase) volviese a iluminar el edificio Telefónica.

Así fue como al día siguiente, “Humanidad” intervino nuevamente de la mano de Delight Lab, para lo cual estos grupos ya se encontraban preparados. Usando focos de alto alcance instalados desde un camión estacionado en las cercanías de la Plaza Dignidad, ocultaron en un denso blanco el mensaje en cuestión: taparon con blanco esa “Humanidad”.

Delight Lab, «Humanidad», intervención en Edificio Telefónica, 19 de mayo, Santiago de Chile. Cortesía: Delight Lab

La historia de la censura es tan extensa como la historia del arte o, más bien, de las expresiones. Desentrañar su naturaleza no es el objetivo de esta breve reflexión, sino más bien situarla en este caso particular y encontrar luces en sus efectos comunicacionales. Luz sobre luz en una oscura noche de cuarentena general, que recordaremos como el día en que desconocidos (hasta la fecha) no quisieron que fuese legible una palabra.

En primer lugar, sorprende el grado de desconexión que estos grupos tienen con la naturaleza de la libertad de expresión. Llaman a sus adversarios políticos “indios”, “lacras”, “zánganos”. A aquellas feministas movilizadas las tildan de “guatonas”, “feas”, “feminazis”. Y son muchos los que incluso hablan de “sacarle los ojos” a quienes piensan diferente a ellos. Pero son ellos mismos los que llaman a la incitación al odio y la presencia de mensajes violentos que podrían dividir o polarizar a Chile. Invocan estas nociones, como si las conocieran, pero no se las imaginan aplicables a ellos mismos o reñidas con la libertad de expresión. Curioso es aquel fenómeno en el cual los comportamientos antisociales no son aplicables a uno mismo, sino solo referibles al otro; aquella otredad que es culpable siempre por lo que es y no por lo que ha hecho, aquellos enemigos que una y otra vez buscan excusas para seguir sobreviviendo.

En segundo lugar, llama la atención la total negación a toda noción de arte -por muy flexibles y permeables que sean sus márgenes conceptuales- que se le podría atribuir a las intervenciones de Delight Lab. Como si fuese síntoma de una sacralidad de la cual estas intervenciones no pueden contar, sus opositores no dudan en decir que esto no es arte, ya que, de serlo, sería probablemente más respetable. Y como no lo es, no es respetable y se “degrada” a una categoría de mera consigna odiosa e incómoda. Es el genuino resultado de la construcción de un muro enorme que divide el arte de lo que es real, las representaciones de sus objetos verdaderamente presentes, y lo valioso de lo que concretamente son sólo habladurías. En este distanciamiento, miope de cualquier noción de arte político o activista, se desliza una doctrina decimonónica, ignorante de lo contemporáneo y conceptualmente conveniente para desacreditar sin remordimiento alguno: que no vayan a decir que esto es arte y que yo, el censurador, no lo entiendo.

Y, en tercer lugar, resulta especialmente interesante el método de censura utilizado: iluminar por sobre lo iluminado. Similar a la mecánica seguida por la Intendencia de la Región Metropolitana que volvió a pintar los rayados y mensajes marcados por la revuelta social, hoy vemos una actualización de esta mecánica especialmente adecuada para el soporte del arte lumínico. Borronear, hacer ilegible, desdibujar y, con ello, no poder ver lo que se quiere mostrar. No obstante, en este bruto acto de re-iluminación se encuentra un gesto aún más notorio, y es que esa luz original no pudo ser apagada, sino superpuesta. Censurar por vía de volver a iluminar, finalmente, da en el clavo con la mecánica de esta intervención, ya que destaca el valor de la luz como elemento central y su relación con la verdad. No por censurar se borrará la “Humanidad”.

Restan muchos elementos para comprender a profundidad este grosero acto de censura. Uno de los más relevantes implica averiguar si hubo o no intervención de organismos gubernamentales, ya sea por acción directa o por omisión (dejar hacer). De ser así, la gravedad de una censura de este estilo revestirá ya no sólo un comentario incómodo de un escritor, sino la triste verificación de una realidad inesperada: Chile sigue en dictadura.


Declaración Pública de Delight Lab

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Francisco Villarroel

Estudió Derecho en la Universidad de Chile. Asesor jurídico de la Asociación Nacional de Funcionarios de la Dirección de Bibliotecas Archivos y Museos (ANFUDIBAM) y del Sindicato de Trabajadores del Museo de la Memoria y los Derechos Humanos. Miembro del comité de especialistas del FONDART Nacional de Artes Visuales.

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