Avatar

Nohora Arrieta Fernández

Candidata a doctorado en Georgetown University. Investiga sobre arte contemporáneo en Brasil y El Caribe. Escribe sobre literatura, poesía y artes visuales.

Más publicaciones

Graciela Iturbide, Mexico City, 1969–72. Impresión en gelatina de plata. Colección de Daniel Greenberg y Susan Steinhauser. Cortesía de la artista © Graciela Iturbide y Museum of Fine Arts, Boston

HAY TIEMPO. GRACIELA ITURBIDE EN EL ENCIERRO

En la pared a la izquierda del libro de visitas, había una reproducción de la fotografía Ciudad de México (1969), en la que una mujer sentada observa la calle con los ojos cansados y un shot de tequila en la mano. Detrás de la mujer, hay un mural de una calavera. En las cavidades de los ojos y la nariz de la calavera se ven el cuarto de un hospital, la habitación de un hotel y una tumba con un crucifijo encima. Iturbide cuenta que la mujer era de cera y la habían colocado allí para promocionar el Museo de Cera de la Ciudad de México, unas cuadras más adelante del lugar de la foto. Pero a los ojos del espectador la mujer es de carne y hueso, vive, y junto a ella está la muerte, en la cama del hospital, en el hotel, en el cementerio, silenciosa. Mientras yo aventuraba razones para la mirada cansada de la mujer, la muerte se instalaba en las salas de urgencia del Elmhurst Hospital en Queens, Nueva York. Un porcentaje altísimo de los cadáveres tendrían los ojos redondos y negros de la mujer de cera de Iturbide o el cabello negro, lacio, de los hombres que suben y bajan incesantemente en las construcciones del centro de DC.

UNA NOTA JUSTO ANTES –O DESPUÉS– DEL FINAL: BIENAL DE WHITNEY 2019

Lo bueno de las bienales es que son como los buffets: uno toma lo que se le antoja y pasa de lo demás. Con la última Whitney no fue diferente. Las reseñas se dividieron entre la celebración sobria y la reprobación abierta. Las últimas apuntaron tanto a la juventud e inmadurez de algunas obras como a un “exceso” de política que perjudicaba las apuestas formales, a una exposición que sofocaba por lo “políticamente correcta”.

LA CAÍDA DEL CIELO

La minería ilegal, la contaminación de los ríos, la persecución y destrucción de las comunidades nativas son apenas un par de letras del alfabeto infame de la colonización en las Américas. El exterminio de las comunidades diezma a los chamanes e impide que los restantes puedan usar sus conocimientos para invocar a los espíritus y mantener el equilibrio del universo. Como resultado del caos, cuenta el mito yanomami, el cielo irá quebrándose de a pocos hasta caer un día sobre el suelo, ocasionando la desaparición de todas las especies vivientes.

Vista del núcleo Ritos e ritmos, en la exposición Histórias Afro-Atlânticas, Museo de Arte de São Paulo (MASP), 2018. Foto cortesía de MASP

HISTORIAS AFRO-ATLÁNTICAS, O IMPRESIONES ATRASADAS DE UNA EXPOSICIÓN DE LA QUE HABLAREMOS DURANTE MUCHO TIEMPO

Delante del horizonte político actual, con la presidencia ultraderechista de Jair Bolsonaro, la curaduría es, cada vez más, un acto político, y el museo y demás instituciones culturales tienen que ser conscientes de su lugar y su papel en la creación de pensamiento crítico. No estamos para gestos, necesitamos acciones que se conviertan en políticas reales, en mayor inclusión y permanencia de artistas negros, mujeres, indígenas, en los acervos de las grandes instituciones, en otras formas de contar la historia del arte.