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MUSEOS, PROTESTAS Y BLACK LIVES MATTER: UNA OPINIÓN DESDE EL CORAZÓN DEL IMPERIO (CAÍDO)

Subo por la calle H. Es mi primer día de verano, así que no me quejo del dolor en las rodillas ni del sudor que me corre pantorrilla abajo después de treinta minutos de caminata. Los celebro porque estoy afuera (tres meses de cuarentena), sudorosa y (con vergüenza) viva. Llego a mi destino, la intersección de la H con North Capitol, noreste de Washington DC. Un grupo de aproximadamente noventa personas (jovensísimas, casi todas con pancartas) escucha a una mujer vestida con un traje rojo de fiesta, pestañas postizas y tenis negros. Está más arreglada para uno de los garitos de hip hop de la H que para una manifestación. Y probablemente es lo que deseamos, que alguien prenda un estéreo con hip hop, gogo y dancehall para revolear el culo hasta el suelo y celebrar que estamos vivos y semidesnudos. Probablemente preferimos bailar en lugar de gritar consignas de Black Lives Matter, preguntándonos cómo es que llegamos al punto de tener que protestar con nuestros casi seis (a veces no) pies de distancia, nuestras máscaras y nuestros guantes. Probablemente tropezamos con la misma respuesta: el tiempo es una sucesión de días iguales en los que despertamos para recoger los pedacitos de humanidad que dejamos regados en el piso del cuarto después de pasar la noche mirando las cifras de muertos (mayoría latina, negra, sin duelo en los hospitales de Brooklyn y Queens) o leyendo una lista de nombres a la que siempre hay que agregar otro: George Floyd, Breonna Taylor, Ahmad Avery (Estados Unidos), Anderson Arboleda (Colombia), João Pedro, Miguel Otávio (Brasil).

Bajo por la calle H. Hace diez años era un foco de la movida cultural negra en la ciudad, ahora está saturada por los restaurantes, bares y cafés de la gentrificación. La mayoría están cerrados a esta hora y las vitrinas de los negocios más grandes están cubiertas con láminas de madera que impiden ver el interior. Sobre las láminas, los dueños han encargado consignas del tipo “Black Lives Matter” o esténciles con un puño cerrado. Quiero agradecer el gesto, pero no lo consigo. El capitalismo es rápido para cubrirse la espalda. Y aquí es dónde realmente empieza este texto: estoy harta de las declaraciones, las cartas, las notas de contrición que comienzan o terminan con un “apoyamos a la comunidad negra”. Mensajes de este tipo me bombardearon el correo electrónico las últimas semanas: los recibí del presidente de la universidad, el vicepresidente, el decano, el cura, el psicólogo (todos blancos, todos hombres). No conseguía acabar de leerlos porque me hacían recordar la exposición ¿Y ahora todos somos negrxs?, curada por Daniel Lima en 2017 para preguntarme: ¿Y ahora todos somos antirracistas?

Foto: Cele León

Si el correo electrónico no me dio un descanso, Instagram menos. Perdí la cuenta de los museos e instituciones culturales que publicaron cartas, el cuadrado negro o fotos de las obras de artistas afrodescendientes (sin contexto ni explicación). Por fortuna, las redes tienen mucha memoria y poca clemencia. Cuando el Whitney Museum of American Art publicó la carta de su director en Instagram, los seguidores de la cuenta no tardaron en recordarle sus relaciones con Safariland (la empresa que produce insumos militares con los que persiguen a los inmigrantes en la frontera con México) y de recriminarle que hubiera despedido a 76 trabajadores en medio de la pandemia. El Whitney no es el único con un pasado (no tan pasado) truculento. A finales de marzo, el Museum of Modern Art (MoMA) en Nueva York despidió a los 85 funcionarios de su programa educativo, que contrata mayoritariamente personas negras y latinas que, además, suelen ser artistas locales trabajando a medio tiempo. En un artículo publicado por Hyperallergic a principios de abril, la profesora de NYU Arlene Dávila comentó los despidos del MoMA declarando uno de sus miedos: la crisis confirmó que los discursos de diversidad abanderados por algunas instituciones culturales en la última década estaban hechos de papel, indefensos ante el primer aguacero de la primavera. No es un problema gringo. El Museu AfroBrasil, el acervo más importante de arte afrobrasilera, ubicado en São Paulo, despidió a 23 de sus funcionarios (todos negros). El Inhotim, centro de arte contemporáneo en Minas Gerais, también se sumó a los despidos, entre ellos su primera directora negra, Renata Bittencourt. Eso sin hablar de trabajos ya de por sí precarizados como los de ensambladores o montajistas de exposiciones que no reciben ningún tipo de protección durante la crisis, y que en Brasil como en Estados Unidos son realizados principalmente por personas de comunidades empobrecidas.

Aquí y allá los despidos apuntan a la precarización y fragilidad de los funcionarios de comunidades minoritarias en el sistema del arte. La imagen no podría ser más desoladora cuando venimos de creer (qué ingenuidad) en el idilio del mercado con artistas de esas mismas comunidades. En 2018, Historias Afroatlánticas, la mega exposición sobre representación negra en la diáspora organizada por el Museo de Arte de São Paulo y el Instituto Tomie Othake, fue considerada la mejor exhibición del año por el New York Times. A finales del 2019, el artículo “A Sea Change in the Art World, Made by Black Creators, bautizó la segunda década de los dos mil como “la década del arte negro”. Pero la crisis del corona confirma lo que ya intuíamos: que no basta con el cacareo de la representatividad si las instituciones no asumen transformaciones radicales en sus estructuras que protejan a los individuos más vulnerables dentro de esas instituciones. Es triste escribirlo y aún más triste padecerlo: por regla general los museos son espacios de trauma para curadores y funcionarios no blancos. Abierta hace apenas dos semanas, la cuenta de Instagram #changethemuseum ya publicó más de cien testimonios anónimos sobre experiencias de racismo en grandes, medianos y pequeños museos estadounidenses.

Las notas de contrición de los museos y las de mi universidad son peligrosamente similares: hablan de vergüenza, arrepentimiento y compromiso con la causa, pero no explican en qué consiste el compromiso o cuáles son las acciones que van a realizar. Hasta el momento, pocas instituciones tuvieron el coraje de transformar la carta en acción, entre ellas el National Museum of African American History and Culture, que dispuso una plataforma con conferencias y talleres sobre racismo estructural. Sin embargo, suspendida en el aire está la pregunta que ha formulado el movimiento negro por décadas y que repitió Holland Cotter en un artículo reciente: ¿por qué es un museo enfocado en la diáspora negra el responsable de discutir sobre racismo?, ¿por qué seguimos convencidos de que el racismo es un tema de negros? Lo escribiré aunque cometa el pecado de la redundancia: el racismo es un problema estructural que tenemos que discutir todos, aún más en un espacio históricamente elitista y homogéneo como el del arte.

© NMAAHC, All Rights Reserved. Fuente: “Some Aspects and Assumptions of White Culture in the United States», por Judith H. Katz ©1990. The Kaleel Jamison Consulting Group, Inc. All Rights Reserved.

Los movimientos, si queremos llamar de este modo a la gente que está en las calles, no están pidiendo esténciles con el eslogan de Black Lives Matter ni cartas de contrición ni mensajes en las cuentas de Instagram. Piden que entendamos los modos sistemáticos con los que funciona el racismo, y que hace que los museos, formulados en su origen como instituciones colonizadoras, continúen con ese legado hasta hoy. La transformación es de estructuras, de relaciones de poder. La transformación pasa por revisar la relación del museo con el público, con la comunidad en la que está (entender por ejemplo la centralidad del programa educativo y de los artistas locales en esa tarea), pasa por realizar contratos justos que aseguren el bienestar integral de todos los trabajadores. La transformación pasa por revisar la lista de quienes se sientan en los comités ejecutivos y confrontar sus intereses. No vamos a cambiar mucho si la última palabra la continúa teniendo un board of trustees conformado en su mayoría por ustedes ya saben quien.

Está demás decir que una transformación de este tipo no es asunto de instituciones en Estados Unidos o Europa. ¿Qué parte le toca a los museos e instituciones culturales latinoamericanos en la lucha antirracista?, ¿ya nos preguntamos dónde están las comunidades indígenas, negras, LGTBI en nuestros museos?, ¿las escuchamos?, ¿leemos y discutimos el pensamiento que producen?, ¿los llamamos a la mesa para tomar las decisiones?, ¿los interpelamos solo en tiempos de crisis?, ¿cuál es el impacto que tienen nuestros museos en las comunidades?

La transformación del museo y las instituciones culturales debe contribuir a desarticular las violencias -simbólicas y materiales- que hacen que para muchos hombres y mujeres el mundo continúe funcionando como una gran plantación. Es la posibilidad de imaginar otras formas de vida la que tiene a tantas personas en las calles con un pliegue de peticiones claro. El movimiento Black Lives Matter en Washington DC exige la abolición de la policía y la reinversión del presupuesto en salud y educación en los sectores necesitados de la ciudad.

En las últimas semanas, la discusión pública sobre las protestas se enfocó en la destrucción de las estatuas. Pero hemos tenido dificultad en comprender que derribar las estatuas (de esclavistas y colonizadores) no es un fin en sí mismo. Es, en cambio, un primer paso hacia una propuesta más radical: reescribir las narrativas coloniales, buscar otros modelos en el pasado*, construir un sistema más igualitario. No es posible imaginar otro mundo sin reconocer las violencias del mundo en el que estamos, construido sobre la esclavitud, el pillaje y el exterminio de grupos enteros. Por ello, la remoción de algunas de esas estatuas no responde al “calor del momento”, y sí a largas batallas de los movimientos sociales. La estatua de Roosevelt, en el Natural American Museum de Nueva York, fue intervenida por primera vez por un grupo de activistas del grupo Navajo en 1974. Cincuenta años después, gracias al trabajo conjunto de organizaciones indígenas como el American Indian House, académicos, activistas y artistas, la estatua será finalmente removida.

Hew Locke, Columbus, Central Park, NY, 2018. Fotografía y técnica mixta. Cortesía: PPOW, NY

Para imaginar otro mundo, hace falta visualizarlo. Algunos artistas lo saben. En la serie Patriots (2018), el británico-guyanés Hew Locke adorna las estatuas de George Washington, Cristóbal Colón, y otros “próceres semejantes” con objetos que delatan los beneficios que estos hombres recibieron del tráfico esclavista. El 27 de septiembre de 2019, los paseantes de Times Square se sorprendieron con Rumors of War, una estatua que representa a un joven negro con dreadlocks sobre un caballo y con la que el afroamericano Kehinde Wiley respondió a la profusión de estatuas de generales confederados en el sur de Estados Unidos. El Socrates Sculpture Park de Nueva York hospedará durante el verano y el otoño de 2020 la muestra Monuments Now, con trabajos de Nona Faustine, Jeffrey Gibbson y otros artistas que imaginaron y produjeron “monumentos alternativos”. Así, la tarea de los museos es ayudarnos a visualizar ese otro mundo, sus narrativas y visualidades. Para ello, los museos tendrían que estar mirando a la comunidad, escuchándola, tendrían que estar tomando notas durante las performances que tantos artistas continúan haciendo a través de sus cuentas de Instagram, tendrían que estar dialogando con la gente que está en las calles y con el arte que producen. Con certeza que allí encontrarán algunas claves para comenzar a convertir las cartas en acción.

Una mujer me ofrece una botella de agua. Otra, una máscara, pero le señalo con el dedo la que llevo puesta. Estamos en Freedom Plaza, seis pies de distancia uno de otro, a tres cuadras de la Casa Blanca. En una puja ideológica con Trump, la alcaldesa de la ciudad rebautizó la calle que desemboca en la Casa Blanca como Black Lives Matter Street. Pero los manifestantes no quieren gestos, quieren que se le quiten fondos a la policía, que se reinvierta el dinero. Hasta que la alcaldesa lo entienda, vocean, seguirán religiosamente en la calle.

Sube una niña a la tarima. Dice que tiene ocho años. La madre, con un afro del mismo tono (marrón con destellos rojizos), la mira desde una esquina. La niña lee (el papel le tiembla en la mano derecha) una historia sobre la visita de la policía a su escuela. No quiere policías. Quiere una biblioteca. El público grita feliz, rabioso. La niña acaba y una mujer toma el micrófono; sobre la melodía de un blues del Mississippi, improvisa unos versos que coreamos de camino a la Casa Blanca. Otros escuchan su propia música: hip-hop, gogo. En un grupo al otro lado de la calle, dos adolescentes revolean, se quiebran, bajan el culo hasta el suelo y vuelven a subir, sonriendo con la alegría de quien sabe que está haciendo lo correcto.

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Nohora Arrieta Fernández

Candidata a doctorado en Georgetown University. Investiga sobre arte contemporáneo en Brasil y El Caribe. Escribe sobre literatura, poesía y artes visuales.

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