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DANIEL CORREA MEJÍA: EL AMOR SE ESCONDE COMO UN ANIMAL SALVAJE

Tiempo de lectura: 7 minutos


Entre el dibujo, la pintura, la escritura y la escultura, la práctica de Daniel Correa Mejía construye un territorio donde la experiencia íntima se transforma en imagen. Su más reciente exposición en P·P·O·W en Nueva York, El amor se esconde como un animal salvaje, se desplaza entre lo autobiográfico y lo simbólico para elaborar una mitología personal poblada de cuerpos, animales, paisajes y signos que parecen emerger de una memoria afectiva en constante transformación.

Nacido en Medellín en 1986 y radicado actualmente en Berlín, Correa Mejía ha desarrollado un lenguaje visual en el que lo figurativo convive con una dimensión espiritual y emocional. Sus personajes aparecen inmersos en escenarios donde los límites entre el cuerpo y el paisaje se diluyen: raíces, ríos, desiertos, plantas, lunas y constelaciones se entrelazan en composiciones que evocan tanto estados interiores como fuerzas fundamentales de la naturaleza.

Daniel Correa Mejía, Cambio de destino, 2025-26. Foto: Ian Edquist. Cortesía de Daniel Correa Mejía y P·P·O·W
Daniel Correa Mejía, Las voces, 2025-26. Foto: Ian Edquist. Cortesía de Daniel Correa Mejía y P·P·O·W

Sin embargo, más que una narrativa cerrada, la exposición propone una experiencia abierta. Las imágenes parecen surgir de asociaciones libres, de recuerdos, sueños o intuiciones que encuentran en la pintura una forma de materialización. En ese sentido, el trabajo de Correa Mejía no busca ilustrar una historia específica, sino construir un espacio donde lo emocional adquiere presencia visual.

Para Daniel, la materialidad es uno de los aspectos fundamentales de su cuerpo de obra. La tela no funciona únicamente como soporte, sino como un elemento activo dentro de la obra. “El tejido áspero del yute dificulta el dibujo y hace que el error aparezca con mayor facilidad, pero precisamente ahí reside parte de su encanto. Su textura transforma la pintura y deja emerger una luz cálida que parece brotar desde la propia tela”, explica el artista.

Daniel Correa Mejía, El viaje de Pan, 2025-26. Foto: Ian Edquist. Cortesía de Daniel Correa Mejía y P·P·O·W
Daniel Correa Mejía, Nosotros, 2025-26. Foto: Ian Edquist. Cortesía de Daniel Correa Mejía y P·P·O·W

Es así entonces que los tonos ocres del yute y ciertas imprecisiones del trazo dejan al descubierto el proceso pictórico, incorporando una superficie distinta al lienzo tradicional. Lejos de perseguir una imagen impecable o completamente terminada, Correa Mejía permite que la tela conserve su protagonismo, como si la pintura respirara a través de ella.

Esta decisión responde también a una postura frente a la creación artística. Correa Mejía se interesa por la vulnerabilidad de la imagen, por aquello que permanece abierto, incompleto o expuesto. Los errores, las transparencias y las huellas del trabajo no son elementos que deban ocultarse, sino aspectos esenciales de una obra que reivindica la presencia material y sensible por encima de la perfección técnica.

El color desempeña igualmente un papel central. El rojo, recurrente a lo largo de su trabajo artístico, aparece como una energía persistente, casi una firma emocional. Frente a él, el azul ultramarino introduce una tensión complementaria que atraviesa muchas de las composiciones. Ambos tonos se atraen y se repelen, generando una vibración visual que encuentra un punto de equilibrio en los matices terrosos del yute. La relación entre estos colores recuerda la dualidad de fuerzas opuestas que la galería identifica en la obra: masculino y femenino, impulso y contemplación, materia y espíritu.

Daniel Correa Mejía, Ofrendas del misterio, 2025-26. Foto: Ian Edquist. Cortesía de Daniel Correa Mejía y P·P·O·W

La exposición permite además comprender un giro dentro de la trayectoria del artista. Su paso de la abstracción a la figuración no fue únicamente una transformación formal, sino una consecuencia de experiencias vitales y afectivas. Si en etapas anteriores predominaban imágenes más cercanas a lo metafísico, la aparición de la figura humana respondió a la necesidad de abordar situaciones concretas relacionadas con la intimidad, el amor y la vida cotidiana.

Muchas de las imágenes presentes en las pinturas nacen precisamente de esa esfera privada. Correa Mejía trabaja a partir de diarios personales donde escribe y dibuja de manera espontánea. Esos cuadernos funcionan como un laboratorio de ideas: allí aparecen apuntes, pensamientos, escenas y dibujos automáticos que, con el tiempo, son reelaborados en la pintura. Sin embargo, el núcleo más profundo de esa intimidad no reside en las imágenes sexuales que ocasionalmente aparecen en sus dibujos. Su obra apunta a un territorio más complejo y vulnerable: las páginas del diario donde se acumulan experiencias, sueños eróticos, dudas, anhelos, episodios de amor y momentos de dolor. “A veces reviso mis diarios y, cuando encuentro algo con lo que sigo conectando, lo llevo al lienzo”, señala el artista.

Daniel Correa Mejía, Susurros, 2025-26. Foto: Ian Edquist. Cortesía de Daniel Correa Mejía y P·P·O·W
Daniel Correa Mejía, detalle de Susurros, 2025-26. Foto: Ian Edquist. Cortesía de Daniel Correa Mejía y P·P·O·W

Es en ese registro cotidiano, previo a la obra terminada, donde expone una dimensión especialmente honesta de sí mismo. La pintura surge entonces como una forma de digestión y transformación de ese material vital, convirtiendo vivencias personales en imágenes capaces de resonar más allá de la experiencia individual.

No resulta extraño, por tanto, que el erotismo ocupe un lugar importante dentro de la muestra. Las escenas de intimidad no aparecen como provocación ni como recurso anecdótico, sino como parte de una investigación sobre los vínculos humanos y las formas en que el deseo configura la experiencia cotidiana. Para el artista, hablar del amor y de las relaciones personales implica también reflexionar sobre estructuras más amplias de convivencia y afecto que atraviesan la vida social.

Junto a los cuerpos aparecen animales y símbolos recurrentes: serpientes, sapos, aves, lunas desplazadas de su posición habitual o paisajes donde conviven raíces, agua y desierto. Estas imágenes remiten tanto a lo cósmico como a lo terrestre, y sugieren una visión del mundo en la que todas las formas de vida permanecen conectadas. En varias obras, la luna se sitúa incluso en la parte inferior de la composición, cuestionando jerarquías visuales establecidas y alterando la percepción espacial del espectador.

Aunque las referencias simbólicas son numerosas, la fuerza de la obra reside en su capacidad para evitar interpretaciones unívocas. Más que imponer significados, Correa Mejía propone imágenes abiertas que invitan a la contemplación y a la proyección personal. En ellas conviven la sencillez expresiva del arte rupestre, el interés por la tradición pictórica y una sensibilidad contemporánea que encuentra en la fragilidad y la honestidad emocional una forma de resistencia.

La exposición confirma así una de las principales virtudes del artista: su capacidad para transformar materiales, recuerdos y experiencias privadas en un lenguaje visual que trasciende lo autobiográfico. Entre la aspereza del yute, la intensidad del color y la carga afectiva de sus imágenes, la obra de Daniel Correa Mejía construye una poética donde cuerpo, paisaje y memoria se funden en una misma superficie sensible.

Vista de la exposición Daniel Correa Mejía: El amor se mueve como un animal salvaje. Foto: Ian Edquist. Cortesía de Daniel Correa Mejía y P·P·O·W

Daniel Correa Mejía: El amor se esconde como un animal salvaje
P·P·O·W, 392 Broadway, Nueva York
Del 12 de junio al 17 de julio de 2026

Susana Cabrera

Es diseñadora y productora editorial desde hace más de 15 años, con especializaciones en producción editorial y creación literaria. Ha producido y diseñado más de 300 libros institucionales y de autores independientes. Correctora de estilo para Penguin Random House y Temblores Ediciones. Investiga de manera personal sobre comunicación, semiología e historia del arte. Susana es amante de la música, la retórica, la poesía y el diseño, y odia el silencio. Vive en Nueva York desde donde escribe, produce libros, ebooks y consume arte, música y ruido.

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