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JOSÉ WOLFF: DÍAS HONDOS

Por Christina Chirouze Montenegro | Curadora

Epidemias, guerras, contaminación, violencia irrumpen sigilosamente en nuestros hogares, sin pedir permiso. Cada persona detiene, en la palma de su mano, toda la información que desee, o no. En su retina, en sus oídos y en su córtex, se infiltran indiscriminadas fotografías y videos: desde divertidos personajes diseñados por la IA hasta drones asesinos en territorios inaccesibles. Un bombardeo inagotable y agotador que convive discretamente con nosotros, paralelamente a lo que vivimos IRL. Para colmo, ahora nos encontramos ante la tarea continua del discernimiento obligatorio: entre lo verosímil y lo verdadero ¿qué es lo real?


José Wolff, Sin Novedad, 2026. Instalación multicanal de tres televisores plasma, dos televisores analógicos y una proyección sobre pared. Cortesía del artista

El arte digital: un universo de nuevos posibles

José Wolff creció en un mundo distinto. En los años 80, el ritual de ver televisión en familia se inscribía en la tradición primordial de las manadas humanas: reunirse alrededor del fuego, para contar historias, comentar la vida, debatir de los sucesos planetarios. Un mundo, también, en que el discurso era más unívoco – el de la Guerra Fría – y la narrativa más controlada. En esos años, llegó Nintendo, se expandió el uso de las computadoras; poco a poco, los rollos fotográficos fueron reemplazados por imágenes digitales, y las voluminosas videocámaras por aparatos que hoy caben en el bolsillo. Y surgió la revolución Internet.

El joven José Wolff, con reputación de “el dibujante de la clase” en la maleta, llegó a la Universidad de Arte SCAD en Georgia, EE. UU, soñando con ser pintor. Pero en la frontera entre dos siglos, el estudiante descubrió que el arte también se podía hacer con computadoras. Así sus pasos de artista se fueron acompasando con los de la evolución digital. Miami y Los Ángeles lo acogieron en tiempos de extraordinaria libertad creativa y bonanza económica.

La dinámica escena hispana le devolvía un reflejo expandido; y las galerías, las ferias de arte, los conciertos indie y la movida eran un estímulo continuo para el joven guatemalteco. Con nuevos referentes como Laurie Anderson y Nam June Paik, tuvo la oportunidad de trabajar en puestos de creación experimental en canales como MTV Latino, NBC, o el culto Locomotion. En esa época, aún no eran tan lisas las imágenes y esos espacios seguían dando rienda suelta a la experimentación. Así, Wolff vio sus ideas más locas hacerse realidad.

En la primera década de 2000, sus animaciones 3D, animés, videos musicales para grupos de fama mundial, cortinillas entre programas, ¡y hasta clips de introducción a noticieros! entraban a los hogares por la puerta grande, por medio de las mismas pantallas de televisión que marcaron sus tardes de infancia.

José Wolff, Desvanecerse, 2026. Cortesía del artista

Entre lo tangible y lo intangible

Pero en paralelo, en una práctica íntima, José Wolff seguía pintando al óleo sobre tela; necesitaba ese contacto con lo tangible, ese ejercicio más tradicional que lo motivó desde la niñez: figura humana, bodegones, seguían siendo parte de su universo pictórico. Y, en sus horas perdidas, plasmaba casi en escritura automática figuras geométricas, colores intercalados. Eran ejercicios manuales, en que acaso la mente, a punto de saturación, iba soltando: con el gesto, la paleta de colores, simplificando. Eran rutinas intuitivas de sanación. Al pasar el tiempo, volvía a abrir esos cuadernitos, a revisitar su contenido con la sorpresa del espectador inadvertido, descubriendo formas escondidas como un niño ante las nubes del cielo.

Hoy, dos décadas después, José Wolff reside nuevamente en Guatemala. Desde allí ha desarrollado su lenguaje visual y se ha vuelto un referente del arte digital en Centroamérica, mientras sus colaboraciones locales con otros artistas y disciplinas continúan enriqueciendo un universo creativo. Su obra es un juego sui géneris de vaivenes entre lo digital y lo tradicional, de lo figurativo a lo abstracto.

“Me gusta retratar temáticas tradicionales como lo son el retrato, la figura humana, la naturaleza muerta, el paisaje, las flores. Y a la vez disfruto también pintando geometría: el punto, el círculo (…) con trazos a mano alzada, dándoles esa interpretación tan humana que carece la versión en mi pantalla”, explica el artista.

Así, da lugar a lúdicas anacronías: los trazos de lápiz de color se entrelazan con personajes digitales, y las animaciones en 3D coexisten con una estética vintage, mientras que elementos del mundo digital irrumpen en sus telas: “mi vida”, dice, “incluye el adentrarse en universos digitales, y por lo tanto mi pintura ‘del natural’ retrata sus objetos y temáticas”.

Paradójicamente, establece así una distancia crítica frente a los estímulos que asedian nuestros sentidos en la vida cotidiana, y nos recuerda que detrás de toda imagen hay un ojo, un alma y una mano.

Días Hondos en Casa Guardabarranco

En febrero de 2026, Casa Guardabarranco acogió a Wolff en residencia, con el fin de diseñar, en un mes, una exposición. Tuve la suerte de dar el acompañamiento curatorial en esta residencia.

Diseñada por el arquitecto Álvaro Véliz, la casa de Daniela Ruiz y Rodrigo Asturias se asoma a uno de los grandes barrancos de Ciudad de Guatemala: un borde vivo donde la arquitectura respira con la topografía. Allí, el espacio invita a detenerse, a pensar desde la materia, a ensayar sin prisa y a jugar con la luz, las formas de la casa. Casa Guardabarranco se abre como un espacio-tiempo suspendido para la creación, en diálogo constante con lo que la rodea: los adolescentes de las escuelas cercanas, los artistas del barrio, y la vida exuberante —vegetal y animal— que habita el barranco.

En ese contexto, José Wolff profundiza su indagación sobre nuestra relación con el mundo de la imagen. Sensible a la realidad de poblaciones en guerra, a la situación de los migrantes y a las violencias geopolíticas, el artista ha experimentado “en carne propia” la saturación de información, y las consiguientes ansiedad o frustración.

La exposición se abre con la obra Sin Novedad, instalación multicanal de tres televisores plasma, dos televisores analógicos y una proyección sobre pared. El título es un guiño irónico a un decir muy guatemalteco (“¿Cómo estás, vos?” “Allí bien, mano, gracias; sin novedad…”). Un personaje característico de José Wolff -solo un cuerpo, sin rostro, hecho de “ruido” televisivo- se encuentra acostada, “scroleando” su celular, rodeada de llamas de las que ni se percata. Los visitantes son invitados a pasar luego al cuarto de baño, en donde les espera Desvanecerse: personaje acostado boca abajo, proyectado sobre la bañera llena. Del grifo, siguen cayendo gotas de agua, dando una impresión de disolución del cuerpo humano en el elemento, y recordando al mito de Narciso: hundido en su propio reflejo, deprimido por el estado del mundo, impotente…

Al bajar las escaleras de la casa (en Guardabarranco uno se adentra, de arriba hacia abajo) la tonalidad es otra: las proyecciones sobre dos mantas gigantes son abstracción geométrica, y nos hablan del sol, del barranco, de las luciérnagas y del ojo -acaso el nuestro, que debemos cuidar. Los cuatro acrílicos sobre lienzo, titulados Silencio 1,2,3,4, se presentan como una invitación, pausada, a hacer el vacío en nuestro interior. Pero aún no hemos llegado a esa hondura que presagia el título… Primero, hay que salir al jardín, seguir bajando escaleras, y al entrar en el espacio de residencia por la puerta chica, se culmina la andadura.

José Wolff, Días Hondos, 2026. Cortesía del artista

El público es convidado a adherirse a la obra. La proyección en el techo abraza la forma cóncava del espacio, y toda la habitación se encuentra bañada en las notas del arpa de la música Karin Azurdia: una composición específica para esta pieza. Esta última obra, titulada Días Hondos como la residencia y la exposición, es una invitación a “reiniciar nuestro sistema” de sentidos: los colores elementales, las formas sencillas, el sonido, minimalista, la posición, acostada.

Llegamos, por fin, a un área de resguardo, de reposo, de sanación. Todo allí -las formas geométricas, suaves, orgánicas; los colores agradables, el arpa, la arquitectura del espacio- nos abraza. De hecho, el tener que agacharse para entrar recuerda, como en el temazcal, una entrada simbólica al vientre materno. Volver a descubrir el mundo.

Y pensamos de nuevo en la inquietud inicial. A “¿qué es lo real?” aún podemos contestar: nuestros cuerpos. Nuestros cuerpos animales, y cómo repercute en ellos lo que les imponemos. Nuestros cuerpos sensibles, y lo que percibimos con nuestros cinco sentidos. Nuestros cuerpos expresivos y lo que nos dicen: con los agujeros en las entrañas, las dolencias, la adrenalina, los latidos de nuestro corazón.

Días Hondos es un trayecto íntimo donde dejamos a José Wolff guiar nuestros pasos. Entramos por la atormentadora lucidez o la anestesia emocional; bajamos acompañados por el dibujo: persistente, terapéutico; y llegamos a un retorno simbólico, al vientre: allí donde los sentidos despiertan como en la primera conciencia del mundo.

Cerrar los ojos, refrescar los sentidos, para evocar, desde nuestra profunda intimidad, la belleza. André Maurois decía: “cuando todo va mal, no hay nada como cerrar los ojos y evocar con intensidad algo bello”. Porque la imagen más real no es la que llega a nosotros a través de una pantalla individual, sino la que seguimos imaginando, dulce resistencia, desde nuestros cuerpos.


José Wolff: Días Hondos se presentó hasta el 22 de abril de 2026 en Casa Guardabarranco, Guatemala

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