MARILYN BOROR BOR, SEBA CALFUQUEO, JULIETH MORALES. PERFORMANCE Y DISIDENCIAS
El pasado 18 de abril se desplegó en distintos espacios abiertos de la Casa del Lago UNAM, en pleno Bosque de Chapultepec, el ciclo de performance Atravesar el lago, curado por Adonay Bermúdez. En él, las artistas Marilyn Boror Bor, Seba Calfuqueo y Julieth Morales activaron una serie de acciones que desestabilizan los marcos de conocimiento dominantes y confrontan las narrativas impuestas por la modernidad colonial.
En Lo que el cemento no puede cubrir, Marilyn Boror Bor convirtió el cuerpo en un archivo vivo, convocando memorias ancestrales resistentes al borramiento. Por su parte, Seba Calfuqueo abrió fisuras en las fronteras impuestas en Guardo mis semillas para el futuro, sembrando otras formas de habitar. Finalmente, Enchumbarnos: Cuerpo, Norma y Territorio. Ritual para dos cuerpos, de Julieth Morales, configuró un umbral de escucha y transformación desde la fragilidad y la potencia corporal.
Con motivo de estas presentaciones, compartimos un fragmento del texto curatorial incluido en el catálogo.

ATRAVESAR EL LAGO
Adonay Bermúdez
En todas las aguas que (re)corrieron los feminismos históricos flota una inconformidad latente: ya estamos cansadas de ser socias honorarias de fraternidades masculinas.[1]
A la luz de esta afirmación de Silvia Rivera Cusicanqui, el agua emerge como una potencia disidente que desborda las formas normativas de lo social. En el horizonte andino que la autora convoca, la tensión entre violencia y contención —entre el guerrero y la tejedora— no constituye una oposición binaria, sino un entramado relacional donde la vida emerge de la fricción. El agua, en este sentido, no es mero elemento natural, sino principio de circulación, memoria y transformación.
Como flujo que erosiona jerarquías y rehace territorios, el agua encarna una política de lo inestable: disuelve fronteras, desobedece contenciones y rehúsa fijaciones identitarias. Su potencia disidente radica en su capacidad de infiltración, en su persistente trabajo subterráneo que, como el tejido, enlaza lo visible con lo oculto. Así, pensar el agua desde esta clave implica reconocer un horizonte de saberes situado donde lo femenino, lo comunitario y lo insurgente se entretejen en una constelación viva, siempre abierta al conflicto y a la regeneración.
El agua, para las comunidades latinoamericanas, más que un recurso, ha sido y es una entidad viva, un símbolo de resistencia y un principio de orden cósmico. Desde la cosmovisión de los pueblos originarios hasta las luchas contemporáneas por la soberanía hídrica, el agua encarna una relación que desborda la simple utilidad material para convertirse en un territorio de significados.
En este sentido, el agua no sólo expresa una forma relacional de entender la vida, sino que también abre una ética de la interdependencia que cuestiona los fundamentos extractivistas de la modernidad. Si, como sugiere Silvia Rivera Cusicanqui, toda forma de dominación implica cerrar los flujos[2], entonces el agua aparece como aquello que siempre se escapa, que desborda cualquier intento de control.
Su movimiento no es sólo físico, sino también una forma de conocimiento. Así, el agua se convierte no sólo en imagen, sino en una manera de pensar: desde la porosidad, la escucha y el cambio constante, donde la resistencia no pasa únicamente por el enfrentamiento, sino también por la capacidad de persistir, infiltrarse y transformar el mundo desde sus grietas.

¿Y qué supone atravesar un lago? Supone, ante todo, enfrentarse a una forma de experiencia en la que la calma aparente obliga a replantear nuestra manera de avanzar. El lago no se deja atravesar sin transformar también a quien lo cruza: su superficie tranquila no facilita simplemente el paso, sino que introduce una pausa, una ralentización del movimiento.
A diferencia del río, que marca una dirección clara, el lago desorienta y suspende las certezas, invitando a otra relación con el tiempo y el entorno. Cruzarlo implica atender a lo que no es inmediato ni visible, a esos procesos lentos que operan bajo la superficie. En ese tránsito, el sujeto deja de imponerse sobre el espacio y comienza a adaptarse a él, reconociendo que incluso en la quietud hay transformación y que toda travesía, por mínima que parezca, deja una huella en quien la realiza.

Es desde esta experiencia que atravesar el lago deja de ser solo una imagen y pasa a tomar forma en el cuerpo y en la acción. Atravesar el lago recoge el trabajo performático de Seba Calfuqueo (Chile, 1991), Julieth Morales (Colombia, 1992) y Marilyn Boror Bor (Guatemala, 1984), quienes inscriben sus prácticas artísticas en un horizonte de resistencia y subversión, cuestionando las estructuras de poder que históricamente han impuesto formas de control y silenciamiento sobre los cuerpos disidentes y las comunidades oprimidas.
Las artistas, que reconocen su propio cuerpo como un territorio de lucha y resignificación, asumen su corporeidad como un espacio de insurrección, abriendo grietas en el orden hegemónico y desplegando un repertorio de gestos que reivindican la libertad y dignidad de quienes han sido marginados.
Desde una perspectiva anticolonial, la obra de las tres artistas opera como un mecanismo de transformación que desestabiliza los marcos de conocimiento dominantes y confronta las narrativas impuestas por la modernidad colonial. Más allá de la crítica, su práctica artística se orienta hacia la reconstrucción de saberes, lenguajes e identidades que han sido negadas o despojadas.
En este sentido, Seba Calfuqueo, Julieth Morales y Marilyn Boror Bor se sumergen en la memoria y las cosmovisiones de sus respectivos pueblos, rescatando relatos y tradiciones que resisten la homogeneización cultural. Sus trabajos no solo recuperan estas formas de conocimiento ancestral, sino que las proyectan como herramientas para imaginar futuros en los que los pueblos originarios sean protagonistas de su propia historia, defendiendo sus territorios, su espiritualidad y su derecho a vivir en plenitud.


En Guardo mis semillas para el futuro, Calfuqueo, desde su pertenencia al pueblo mapuche, despliega una acción donde el sonido, el movimiento y la siembra configuran una cartografía sensible: las semillas, dispuestas sobre el suelo, encarnan memoria, intercambio y continuidad, en diálogo con prácticas como el trafkintu, afirmando la germinación como acto persistencia.
Por su parte, en Enchumbarnos: Cuerpo, Norma y Territorio. Ritual para dos cuerpos, Julieth Morales traslada un ritual Misak al presente, envolviendo cuerpos adultos de dos mujeres para evidenciar cómo las normas sociales y espirituales moldean la existencia, al tiempo que activan cuidado y pertenencia, reafirmando vínculos comunitarios y memorias encarnadas transmitidas generacionalmente.
Finalmente, en Lo que el cemento no puede cubrir, el cuerpo de Boror Bor, originaria del pueblo maya kaqchiquel, es erigido como escultura viva y progresivamente cubierto por cemento, metáfora del despojo extractivista que asfixia tanto a la tierra como a las comunidades de San Juan Sacatepéquez; su ruptura final a través de un grito desgarrador deviene gesto de re-existencia.
En conjunto, las tres acciones proponen el cuerpo como espacio donde se inscriben violencias históricas, pero también donde se cultivan formas de resistencia, comunidad y futuro. Presente en las tres performances, el agua —ya sea como flujo, latencia o memoria encarnada— actúa como un sustrato que permite que la vida se sostenga incluso en condiciones de asfixia.


[1] Rivera Cusicanqui, Silvia: Un mundo ch’ixi es posible. Ensayos desde un presente en crisis. Tinta Limón. Buenos Aires, 2018, pp 77-78.
[2] En este sentido, Silvia Rivera Cusicanqui analiza diversas prácticas de dominación —como el asedio de la diversidad, la clausura del pasado o la colonización intelectual— como formas de interrumpir y fijar los flujos de lo múltiple.
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