CARLA CHAIM: SUSPENSIÓN
Por Natalia Sosa Molina y Víctor López Zumelzu

I. El Cuerpo-Límite y la Temporalidad del Gasto: La Subversión de la Eficiencia
La exposición Carla Chaim: Suspensión en el Museo de Arte Contemporáneo de Buenos Aires (MACBA) se articula como una profunda tesis sobre la temporalidad crítica en la práctica del dibujo y la performance. Al confrontar su obra con la lógica de la aceleración contemporánea, la muestra postula una reflexión persistente sobre la corporeidad como campo de batalla frente a la productividad capitalista.
La obra de Chaim (Brasil, 1983) se inscribe en la tradición de las prácticas performativas que expanden el campo del dibujo, que desde los años sesenta, con figuras como Bruce Nauman, Vito Acconci o Rebecca Horn, concibieron el trazo como el vestigio de una acción o el registro del límite corporal y espacial. En esta herencia, el gesto trasciende la representación para convertirse en una materialización de la conciencia corporal y subjetiva.
La artista afirma su necesidad de un arte que «debe pensar» y que posee un concepto ligado a la acción, rebasando el dibujo sentimental para enfocarse en la reflexión sobre lo que se hace. En esta fusión, el cuerpo no solo es el sujeto, sino también la herramienta viva y sensible que produce la huella. La propia Chaim relata que, ante la imposibilidad de pintar o dibujar de manera convencional, surgió la idea de atar las barras de óleo a los brazos: un acto deliberado para «bloquear la forma tradicional de dibujar» y «sabotear la habilidad», buscando un nuevo tipo de control en la articulación no experta del cuerpo.
Chaim propone un territorio donde el cuerpo se configura como medida, instrumento y límite a la vez, desmantelando la representación figurativa en favor de la huella existencial. Su práctica se posiciona en una lectura crítica de la subjetividad: en un ecosistema que exige el rendimiento continuo, la artista inscribe la acción en la lógica del esfuerzo sostenido y el agotamiento asumido. Esta fatiga, que excede el simple cansancio y que la propia artista gestiona para no llevar el cuerpo al límite del agotamiento extremo, se entiende como un acto deliberado de negación ante la demanda de energía incesante. La suspensión se revela, así, como un gesto de retirada política del circuito productivo, donde el tiempo se consume en el acto puro de insistir.

Esta dimensión alude al gasto sin reserva (Bataille) que se opone al sistema de la utilidad y la acumulación. En esta línea, obras como Suspensão, un dibujo de líneas rojas sobre papel de arroz, cuyas medidas derivan directamente de las dimensiones de la mano, antebrazo y brazo de la artista, se transforma en una gran piel suspendida por caños de cobre. La pieza ejemplifica la suspensión como un acto de gasto al presentar el material como una cicatriz, un vestigio de energía consumida que ya no sirve a una lógica de producción. Al estar colgado, el dibujo simula una bandera caída o una piel en el aire —un cuerpo vulnerable que, al manifestarse en suspensión dentro de un espacio delimitado de una sala de exhibición, subraya la presencia del aire mismo y del tiempo detenido.
El cuerpo, en la sociedad neoliberal, es un sujeto ideológicamente interpelado a la acción y a la identidad útil. La suspensión de Chaim opera, en este sentido, como una interrupción radical del llamado ideológico (Žižek). La ideología contemporánea interpela al individuo, obligándolo a asumir la identidad de un sujeto productivo, siempre a tiempo y en deuda consigo mismo y con el sistema. Al suspender el movimiento, al demorar el trazo y al insistir en el esfuerzo inútil, el cuerpo de Chaim falla en responder a esta interpelación de manera eficiente. Esta falla activa un momento de vacío que rompe el espejo de la identificación ideológica. Esta incomodidad no solo es psíquica, sino fantasmática. La lentitud y el detenimiento permiten que el cuerpo no sea solo el ejecutor de una tarea, sino el lugar donde se invocan las presencias latentes de historias no cerradas o de gestos históricamente reprimidos, permitiendo que la ambigüedad de lo fantasmático se manifieste en la superficie.
La crítica a la temporalidad productiva se profundiza al considerar la condición del artista en el capitalismo cognitivo, donde el cuerpo no es solo una herramienta, sino un gestor constante de su propia imagen y rendimiento, forzado a autoproducirse como un sujeto siempre disponible y eficiente. El acto de suspender el movimiento o demorar el trazo en la obra de Chaim se convierte en una subversión temporal que se niega a la obligación perpetua de invertir energía y afecto para validar la propia existencia como capital humano.
Al demorar el gesto, Chaim expone la fisura entre la duración real del cuerpo y la aceleración exigida, permitiendo que emerja una subjetividad relacional, es decir, no encerrada en la eficiencia individualista, sino vinculada a un proceso compartido. La performance de Chaim, en su focalización en una duración sostenida y no cuantificable, se ofrece como una práctica que libera el potencial relacional del cuerpo, abriendo un tiempo de lo común, no mediado por la lógica del capital y la individualización.

II. El Dibujo como Duración y la Estructura de la Acción: Materia, Huella y Proceso
El dibujo en el trabajo de Chaim supera su rol de representación para convertirse en el vestigio temporal de una existencia en acto. Esta insistencia radical en el medio resuena con la tesis de Clemens Krümmel en Drawing A Medium, que postula el dibujo no como un apunte preparatorio o una mera imagen, sino como una forma autónoma de conocimiento y pensamiento.
Para Krümmel, la naturaleza del dibujo reside en su inmediatez y su cualidad de «línea-tiempo»—un trazo que es, inherentemente, una grabación de la duración. En Chaim, esta aproximación convierte al dibujo en un “dibujo grabado, un dibujo basado en el tiempo”, una coreografía mínima donde el ritmo de la respiración o la oscilación del cuerpo definen la forma. La artista lo confirma: el video es un registro básico y simple del proceso, y en ocasiones, «el dibujo final puede no interesarme tanto» como la documentación del acto corporal.
El dibujo se sostiene como documento en sí mismo, testimonio de una economía radical de medios que concentra toda la intensidad en la presencia del gesto, obligando a percibir la repetición y la persistencia como los únicos eventos significativos. Esta lógica enfatiza que la obra existe plenamente como vestigio y puntuación de la acción más que como una imagen acabada. Esta reducción física opera una potenciación de la memoria y la duración: la obra no necesita de un despliegue espectacular, sino que se inscribe en la simple repetición, en el gesto que insiste en el tiempo real.
En el caso de Chaim, esto se evidencia en el uso del video como registro básico y sin artificios, donde la cámara en trípode solo fija el cuerpo y el proceso. Obras como el Laboratório de Desenho (2009), cuyos trazos son el registro involuntario de una máquina de esfuerzo corporal, son la encarnación de esta lógica, donde el dibujo final funciona como el score residual de una performance ya finalizada, obligando a la lectura retrospectiva de la duración.
La artista no solo se enfoca en el gesto, sino en la materia que lo registra, concibiéndola como un agente activo en el proceso. El papel (a menudo doblado o intervenido), el grafito o la barra de óleo negro son seleccionados por su capacidad de intensificar la duración y la resistencia. Esta elección material no es neutral, sino una declaración de principios que se alinea con el minimalismo visceral.

Chaim expresa un «respeto por el material» que implica «dejar que el material sea lo que realmente es» (Richard Serra, Brice Marden), buscando que la obra se convierta en un “escudo, tan fuerte y tan impactante”. Este «respeto» se traduce en la honestidad del trazo, donde la densidad del pigmento de la barra de óleo o la fricción del grafito sobre el papel no ocultan el esfuerzo, sino que lo magnifican. El medio, al resistirse a la cobertura fácil, exige un tiempo de contacto prolongado y una presión corporal que inscribe la fatiga y el peso físico del cuerpo en la propia superficie. El resultado es un plano que, lejos de ser una imagen plana, posee una visceralidad tectónica, un peso que remite a la experiencia escultórica del dibujo.
En este cruce entre materia y duración, la obra se alinea con la idea de que toda forma de existencia es un constante acto de mezcla donde lo vivo se convierte en un medio que no puede separarse de aquello que lo informa. El dibujo de Chaim, al ser el vestigio de una performance corporal, se convierte en un objeto que arrastra la historia de la acción. El papel no es solo un soporte inerte; es un medio vivo que absorbe la historia de la acción.
La resistencia del material (ya sea el papel doblado que impone una geometría, o el óleo que exige fricción) es parte de la forma-vida que el dibujo adquiere. Al demostrar que la existencia es una negociación activa con la materialidad que nos constituye, la obra se revela como una morfogénesis en la que el cuerpo y la materia se contaminan mutuamente en el tiempo de la acción, haciendo de la superficie del dibujo un verdadero cuerpo mediático.
La poética de Chaim confronta la distinción entre el trabajo (orientado al producto y cuantificable) y la labor (la actividad que se consume en el tiempo del proceso y se resiste a la medición). La suspensión es la estrategia central que permite que el tiempo no se disuelva en el resultado final del dibujo, sino que se concentre en el acto de frotar, presionar o sostener. Las piezas exploran la estructura de la propia duración, donde el tiempo de la acción se vive como una intensidad presente. La repetición del gesto se percibe, así, como una forma de insistencia ontológica —no una repetición vacía, sino un esfuerzo por hacer que el tiempo de la obra se sienta como un tiempo vivo y no como un tiempo medido o cronometrado. Esta focalización en la labor reafirma el valor de la actividad que existe por y para sí misma, elevando la fragilidad del esfuerzo a la categoría de afirmación existencial.

III. Performance y Resistencia: La Política del Gesto Mínimo
Las acciones de Chaim, ya sean grabadas o vivas, se manifiestan como un ensayo sobre el movimiento y su interrupción. Estas performances exploran el límite corporal, transformándolo en un punto de discusión conceptual y social. El cuerpo, al volverse instrumento, expone su propia incompetencia y limitación como una posibilidad de elocuencia. El proyecto Laboratório de Desenho (2009), donde utiliza su cuerpo en máquinas de ejercicio para «dibujar sin tocar el papel» a través de registros de electrodos, ejemplifica esta voluntad de revelar un cuerpo desconocido u oculto.
En esta insistencia del gesto mínimo, la performance se define como un acto de presencia radical, una actualización del aquí y ahora que se opone a la tendencia de la sociedad a disolver la experiencia en la velocidad y la representación. El cuerpo, al no buscar un producto final sino al concentrarse en el gasto de energía en el instante mismo, se configura como un espacio político innegable. Esta dimensión se articula con la idea de la práctica como mediación material. El cuerpo no opera en un vacío; siempre es un ensamblaje sociotécnico que interactúa con tecnologías y extensiones.
En el trabajo de Chaim, la barra de óleo atada al brazo o el cuerpo sobre las bases de equilibrio no son simples metáforas, sino la materialización de un conocimiento corporal mediado. El gesto de la suspensión no es un acto puro, sino la evidencia de cómo el cuerpo negocia y se hace visible a través de los límites y las extensiones materiales que él mismo impone, revelando la porosidad entre el sujeto y su medio.
Incluso las formas geométricas que ella ocupa no son formas compositivas simples, sino que operan como un sistema de referencia o una matriz opresiva que el cuerpo debe negociar. El uso de la cuadrícula, los pliegues perfectos en el papel o la estricta derivación de las medidas de las obras a partir de segmentos corporales (mano, antebrazo) funcionan como estructuras de control o un ideal de racionalidad modernista (la grilla abstracta).
Estas formas geométricas, que buscan la perfección y la medida cuantificable, entran en conflicto directo con la imperfección, la fatiga y el gasto del cuerpo. La geometría se convierte en el límite impuesto que la acción performativa intenta rebasar o, más sutilmente, desgastar. La propia Chaim relata su deseo de «bloquear la forma tradicional de dibujar» y «sabotear la habilidad».


Este sabotaje se realiza precisamente al enfrentarse al orden geométrico: al frotar la barra de óleo hasta el agotamiento o al balancearse precariamente, el cuerpo inscribe su propia temporalidad orgánica sobre el plano racional, fisurando el orden geométrico con la huella de la duración vital. La suspensión es la forma en que el cuerpo habita la tensión de esta estructura, exponiendo la vulnerabilidad del límite sin destruirlo por completo, sino negociándolo con su propio ritmo interno.
Chaim concibe la acción como un estado de espera activa, donde la resistencia emerge no del gran acto heroico, sino de la obstinación de la presencia física. Al exponer la fragilidad del cuerpo en el equilibrio o en la fatiga, Chaim no busca el drama, sino la verdad de la existencia en su borde. Es una verdad que se niega a la exigencia de eficiencia del mundo exterior, reintroduciendo el valor afectivo en el tiempo. La propia artista subraya esta intencionalidad al relatar cómo en su performance de equilibrio (2008) utilizó la primera toma porque «me gusta lo impredecible» y el nivel de concentración que revela.
La suspensión, entonces, es el vehículo para esta resistencia. Se configura como el acto vital de existir y de insistir en un borde, incluso en la inminencia de la desaparición o el derrumbe. Al delinear una poética de la suspensión, la muestra nos confronta con la idea de que el gesto que insiste en no resolverse, la pausa que duda y el cuerpo que se sostiene en su precariedad, es un acto profundamente político. Es una invitación a habitar un tiempo afectivo donde la vulnerabilidad del cuerpo, al manifestarse en la lentitud y el esfuerzo, se convierte en una potente forma de afirmación y afecto transindividual, desmantelando la exigencia de eficiencia del mundo exterior.
Suspensión no solo mapea la trayectoria de Carla Chaim; es un manifiesto de la quietud activa en la era de la velocidad, donde el dibujo es el rastro de la duración y el cuerpo es el lugar donde el tiempo, liberado de su carga productiva, se puede finalmente gastar en la simple y profunda insistencia de estar.

Suspensión es la primera exposición individual de Carla Chaim en Buenos Aires. Se presenta en el MACBA del 8 de noviembre de 2025 al 8 de marzo de 2026.
También te puede interesar
Cinco Latinoamericanos Entre los Finalistas del Future Generation Art Prize
Sol Calero (Venezuela), Iván Argote (Colombia), Firelei Báez (República Dominicana), Vivian Caccuri (Brasil) y Carla Chaim (Brasil) son los cinco artistas latinoamericanos que se encuentran entre los 21 finalistas del Future Generation Art Prize...
DE LA UTOPÍA DE LA FORMA A LA DISTOPÍA DEL ORDEN NEOLIBERAL
En el trabajo del artista chileno, forma y geometría nunca aparecen “puras”. Por el contrario, se hallan asociadas a materiales, objetos, estructuras, informaciones, e incluso, a referencias artísticas y extraartísticas que las contaminan. Hamilton...
Dos Museos, Dos Visiones.celebrando el Legado del op Art y el Cinestismo
El legado del arte cinético y del Op Art, que en los últimos años -junto a la categoría más amplia de la abstracción geométrica- ha sido ampliamente celebrado en numerosas exposiciones en museos y galerías…

