GERDA GRUBER: ENTRE VERDE Y AGUA
Una semilla es un refugio. Un nido es un refugio. Todo nace de ese deseo de trabajar la protección, de hacer visible la protección en la naturaleza y dentro de mí.
Gerda Gruber
El Museo de Arte Contemporáneo de Monterrey (MARCO) presenta Gerda Gruber: Entre verde y agua, la primera y más amplia revisión dedicada a los cincuenta años de trayectoria de la escultora, considerada una figura clave en el arte contemporáneo de México. Bajo la curaduría de Daniela Pérez, la exposición reúne 113 esculturas y 30 dibujos, desde su llegada al país en los años setenta hasta sus exploraciones más recientes en Yucatán, ofreciendo un panorama que conjuga la transformación de los materiales con las mutaciones del paisaje y del cuerpo.
Nacida en 1940 en Bratislava —hoy capital de Eslovaquia—, Gruber pasó su infancia en Austria y se formó como escultora antes de tomar, en 1975, la decisión que cambiaría el rumbo de su vida: emigrar a México. Ese desplazamiento marcó su obra con un sentido de arraigo y exploración permanente.
En Ciudad de México vivió entre 1975 y 1988; ahí fundó el Taller de Escultura en Barro de la entonces Academia de San Carlos, donde formó a varias generaciones, con alumnos como Miriam Medrez y Javier Marín. Paralelamente, su llegada a Monterrey hacia finales de la década coincidió con el impulso de institucionalización artística en la región y abrió un diálogo inédito entre la escena local y la experimentación escultórica.
A partir de 1977 comenzó a establecer colaboraciones con empresas industriales como Cerámica Regiomontana, Aceros Monterrey y Vitro. Esos encuentros con la fábrica —sus ritmos, materiales y oficios— ampliaron sus lenguajes formales y le permitieron trabajar con cerámica, acero y vidrio desde un enfoque radicalmente procesual.
A finales de los años ochenta, su búsqueda derivó hacia Yucatán, donde ha trabajado con maderas locales, fibras, barro y otros materiales orgánicos, además de establecer ahí su residencia. En cada etapa, la artista ha sido constante en atender a los ciclos de la naturaleza, la energía regenerativa de las semillas, la madera, la luz y el agua.



“La preocupación de Gerda por la vida vegetal”, señala Pérez, “le ha permitido integrar una interpretación única desde su imaginario artístico a partir del impacto de las capas de estructuras y resguardo que le maravilla reconocer en semillas, sombra, viento, plantas, nidos, agua y movimiento”.
Desde el punto de vista curatorial, la exposición no se ciñe a un ordenamiento de su obra en cronologías estrictas, sino que propone un recorrido construido a partir de vínculos matéricos y conceptuales: la semilla como idea de origen, la madera como memoria de un bosque herido, el vidrio o el acero como lenguajes sometidos al soplo, al desgaste o a la soldadura.
En sintonía con este enfoque, la museografía —realizada por la artista en colaboración con la curadora— profundiza en esas correspondencias y hace convivir piezas de distintas épocas según afinidades de proceso y de energía. Como señala la curadora, “la práctica de Gerda es una investigación de muchos años centrada en la energía regenerativa de la naturaleza”, un principio que se materializa en la manera en que los materiales, los gestos y las temporalidades conviven en sala.





Cualquier hoja, flor, telaraña en mi camino hacia el taller la fotografío. Es mi forma de entender la diversidad que me ofrece la vegetación. Esas imágenes no están en mi obra, pero sin ellas mi obra no sería posible.
Gerda Gruber
Donde germina la forma
El recorrido se abre con una apropiación efímera del espacio que introduce el universo de Gruber: una línea de semillas incrustada en el muro. A un costado, una amplia plataforma reúne sus pequeñas esculturas en cerámica y porcelana, en contrapunto con las piezas de gran formato talladas en madera que se despliegan por la sala. Además, una videoproyección registra a la artista en pleno proceso creativo.
En esta primera sala se despliega una fotografía mural de Conuco (1996), una de las primeras obras de sitio específico y exterior que realizó en Monterrey. Más adelante, la instalación Navegar hacia… (2020–2022), una canoa construida con bambú y setecientas piezas de arcilla moldeadas al tamaño del puño rinde homenaje a las víctimas de la pandemia en Yucatán.
Sin embargo, más que inscribirse en una lógica meramente conmemorativa, la obra se sitúa en una comprensión más amplia de la muerte como parte de un ciclo continuo, afín a ciertas cosmovisiones prehispánicas y a la propia biografía de la artista, marcada desde temprano por la conciencia de lo finito. En esta pieza, los elementos naturales —tierra, viento, agua y fuego— funcionan como recordatorio de que toda materia retorna a su origen, subrayando esa sensibilidad de Gruber hacia los procesos de resguardo, transformación y continuidad que atraviesan su trabajo.

En la segunda sala se reúnen proyectos que exploran la semilla no solo como potencia contenida, sino también como figura que condensa la lógica interna de la obra de Gruber: germinación, transmisión, resguardo. Aquí, la semilla se convierte en la gran metáfora de una ética del cuidado y la continuidad que atraviesa toda su práctica.
Ese principio encuentra una de sus manifestaciones más claras en Campo magnético, una acción realizada en una escuela pública de Yucatán donde la artista sembró árboles de neem para generar un domo vegetal en un patio completamente expuesto al sol. Documentada en fotografía, la obra se ha incorporado a la vida cotidiana de la comunidad escolar como un espacio de resguardo, descanso y cuidado compartido. Como explica la curadora, estas estructuras naturales “nos recuerdan la importancia de la protección de la vida”, y esa noción de refugio expandido constituye uno de los ejes centrales de la práctica de Gerda.
También se exhibe la investigación Catálogo de semillas, detonada por proyecciones científicas que advierten sobre el posible aumento del nivel del mar en la península. Como parte de este proyecto, la serie Contenedores de semillas propone esculturas que resguardan especies locales. Al cierre de la muestra, uno de esos contenedores será enterrado como cápsula de tiempo, en un gesto que enlaza conservación, memoria y porvenir.



Hablamos mucho de semillas. La educación es una semilla que siembras y luego responde. La otra es la semilla que encuentro y trato de acompañar en su crecimiento para que sea útil dentro de una sociedad que necesita ese apoyo.
Gerda Gruber
La tercera sala reúne esculturas construidas a partir de ensambles, tejidos y uniones que evocan capullos o estructuras en transformación. Daniela Pérez ha señalado que en estas obras “no se trata de traducir la naturaleza, sino de observar las estructuras de su inteligencia: semillas, nidos, formas naturales como construcciones casi arquitectónicas”, una clave de lectura que aquí se vuelve especialmente elocuente. Las series Semillas de jabim (2024) y Estructura de semilla de jabim (2024–2025), junto con Capullo (2023), cuelgan desde el techo mediante tramas que las vinculan, conformando un ecosistema suspendido donde la materia se expande entre luz, aire y movimiento.
En la última sala se concentran obras realizadas en barro —material crucial en la formación y enseñanza de Gruber— y esculturas en madera y fieltro, resultado de sus investigaciones más recientes. Las maderas, provenientes de árboles como aguacate, tamarindo o zapote, conservan heridas, quemaduras y texturas que la artista integra sin corregir: cicatrices que narran.


De la fábrica al bosque
La exposición articula también un cuerpo de obra que da cuenta de su relación con la industria. En Cerámica Regiomontana, en los años setenta, la artista impulsó un taller experimental donde obreras, obreros y aprendices trabajaban con ella tras la jornada laboral. Ahí nacieron piezas únicas, esmaltes desarrollados colectivamente, azulejos turquesa y miel desmarcadas de la lógica seriada.
En el taller de vidrio de Vitro, Gruber exploró el soplo y el sandblast para domesticar el brillo natural del vidrio y generar superficies satinadas, opacas, casi mineralógicas. En Aceros Monterrey, su trabajo se desarrolló entre montañas de perfiles y soldaduras, donde su disciplina física sorprendió a los propios obreros.
Para Gruber, los materiales industriales no son simples medios sino paisajes de trabajo que respiran a través del ritmo, el pulido, el corte. El dibujo, por su parte, no cumple funciones de boceto sino de repositorio de ideas: un territorio paciente, una forma de pensar con la mano.
La transición hacia Yucatán marcó la emergencia de obras realizadas con fibras y textiles regionales, como la instalación Silo, derivada de Proclamación 200, donde el maíz aparece no sólo como alimento sino como símbolo de continuidad cultural y resguardo comunitario.
La relación entre palabra y forma se intensifica a partir de los noventa. Poemas de Susana Villalba, Octavio Paz o Rainer Maria Rilke acompañan algunas piezas, no para ilustrarlas sino para expandirlas. “Un largo rato estuve oliendo una semilla / hasta que comprendí / adentro tiene un árbol entero”, escribe Villalba. Ese verso resuena con la poética de Gruber, que se despliega desde lo mínimo, desde aquello que guarda poder antes de estallar.

De Bratislava y Austria a México; de la fábrica al bosque; del acero al barro; de la semilla al refugio. La obra de Gerda Gruber sostiene preguntas que atraviesan toda su trayectoria: ¿cómo aprendemos de los ciclos naturales? ¿Cómo cuidamos las formas de vida que sostienen lo común? Gerda Gruber: Entre verde y agua invita a seguir esas preguntas desde el cuerpo y la escucha, ensayando nuevos modos de habitar el tiempo y la materia.
Gerda Gruber: entre verde y agua se presenta de 12 de septiembre del 2025 al 8 de febrero de 2026 en el MARCO, Monterrey, México. La exhibición es una colaboración interinstitucional entre MARCO y el Museo de Arte Moderno de la Ciudad de México, donde se mostrará en marzo de 2026.
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