DIEGO BIANCHI. UN VIAJE INICIÁTICO AL POST APOCALIPSIS
Por Alan Meller
En un viaje iniciático se atraviesa un umbral para llegar a una realidad desconocida, donde se nos revela una visión de nuestro mundo.
El umbral
Cruzar el umbral de cualquier exposición de Diego Bianchi (Buenos Aires, 1969) nunca es tan simple como abrir una puerta y entrar. El espectador debe superar obstáculos: una barra que obliga a agacharse, un conjunto de piedras al final de una escalera o, como en su actual exposición en Halle für Kunst, en Austria, un acceso que es también una bifurcación, obligando a decidir por dónde entrar. Son umbrales que desarman la pasividad del espectador, exponiéndolo a frustraciones cotidianas para prepararlo, física y emocionalmente, a lo que va a presenciar.
El uso del umbral como parte de la muestra desplaza el foco de atención hacia el espectador. Como en Imponderabilia (1977) de Marina Abramovic, cuando ella y su pareja flanquearon desnudos la entrada de una galería, obligando a los espectadores a rozar sus cuerpos. «Pienso en el público, en despertar la percepción del público, en desconcertarlo, de alguna manera, para estimular su forma de leer las cosas», dice Bianchi. Su finalidad es que el visitante no salga igual que como entró.


La realidad desconocida
Al ingresar a Errores irreales el espectador se verá inmerso en un mundo desconocido. El cubo blanco de la galería, que suele formar parte de la materia prima con la que Bianchi construye sus mundos, ha sido transformado con plataformas y planos inclinados que obligan a desplazarse como si se estuviera en una práctica de parkour. En una pared, a ras de suelo, tres ventanillas ocultan en su interior diferentes monitores que exhiben las tres partes del videoarte Inflación (2021). Quien desee ver estos videos tendrá que agacharse y ponerse en cuatro patas. Lentamente, el espectador comienza a desentrañar las leyes que organizan la realidad alterna de Bianchi, donde la belleza no es sinónimo de armonía.
Bianchi nunca fue un artista joven; se formó en el diseño gráfico y su primer acercamiento al arte fue a través de la fotografía, registrando rincones de Buenos Aires donde el azar creaba instalaciones artísticas (un árbol creciendo entre los fierros de una reja o las líneas de estuco en un muro que parecen un dibujo de Keith Haring). Por eso fue natural que pasara de recolectar rincones a recoger cosas, objetos que alguna vez compartieron la experiencia de alguien, su intimidad, y que terminaron siendo descartados sin lamentos. Bianchi siente empatía por esos objetos, «como si fueran mascotas perdidas», y los rescata «con la esperanza de poder redimirlos».


Una noche me reuní con Bianchi para conversar sobre la exposición que haría en la galería Rosenblut & Friedmann y, mientras caminábamos por el centro de Santiago, de pronto observó en el suelo el pequeño bracito de una muñeca de plástico, sin su cuerpo; solo un bracito rosado descansando junto a un árbol. Él se acercó y lo tomó como si se tratara de un ave herida, con cariño, y lo guardó en su bolsillo con la certeza de que le daría una vida nueva en su próxima exposición.
Marcel Duchamp fue uno de los primeros que concibió la idea de que una obra podía ser encontrada entre los objetos que nos rodean; bastaba con darle ese encuadre. Pero a diferencia de Duchamp, que encontraba «obras listas» (por eso se llaman ready-made), para Bianchi los objetos no son la obra sino el material con la que esta se construirá y, por ello, está más cerca de Thomas Hirschorn que del arte conceptual.
Ambos comenzaron en el diseño gráfico y se acercaron al arte pasados sus treinta años. Ambos, con humor y provocación, trabajan con objetos cotidianos que carecen de valor, con las ruinas de la civilización. Según Hirschorn, «hoy vivimos en una época con un auge increíble de ruinas contemporáneas». El logro de ambos es haber revertido el paso del tiempo, transformando la ruina en creación, reordenando la entropía de nuestro mundo para crear uno nuevo. «En mis trabajos», señala Bianchi, «hay mucha diagramación, hay muchas leyes».
Bianchi puebla este nuevo mundo con seres extraños: una silla antropomórfica descansa sobre una silla; un torso de vísceras exhibe su pene de control de remoto; el torso de una mujer, sin piel, sentado en una silla, con una pierna que calza un elegante zapato negro, espera a que la inviten a bailar. En distintos rincones, pequeños motores ayudan a desplazar objetos intrascendentes —una tapita de botella, una boleta de papel— que deambulan sin destino. Los objetos que reconocemos entre sus obras han sido despojados del propósito para el que fueron creados y han sido transformados en los órganos y las extremidades de los seres de que habitan este mundo.
Los cuerpos de humanos vivos, que también utiliza Bianchi para desplegar esta irrealidad, interactúan con los objetos y con la arquitectura del espacio borroneando la distancia entre lo animado y lo inanimado, difuminando los límites entre la materia orgánica e inorgánica, obligándonos a reflexionar qué tan parte de nuestro propio cuerpo son los objetos que nos rodean. Así como le gusta usar los objetos como cuerpos, a Bianchi le gusta «usar los cuerpos como objetos». Entonces, esas esculturas humanoides y esos humanos esculturizados adquieren una escalofriante familiaridad.


La visión
¿Sueña Bianchi con el arte que vendrá después del apocalipsis? Frente a su obra, resulta inevitable pensar en el bestiario mitológico que aparece en El Jardín de las delicias de El Bosco. Es como si Bianchi transformara a esos seres con múltiples extremidades en las figuras de un bestiario industrial. Su escena post apocalíptica está atiborrada de desechos (tubos de acero, piezas de autos, teclados, zapatos, masilla, látex, espuma, etc.), pero su obra no es un desesperado lamento acerca del devenir apocalíptico al que nos dirigimos, sino, por el contrario, es más bien un canto a una esperanzadora era post apocalíptica. Cuando ya no quede más que una civilización despedazada, una sobreabundancia de objetos inútiles desperdigados sobre la faz de la tierra, los posts humanos harán arte con los despojos que encuentren. Y será un arte optimista. Y será un arte similar a las obras de Diego Bianchi.
Diego Bianchi: Errores Irreales se presenta del 25 de octubre de 2025 al 18 de enero de 2026 en Halle für Kunst, Graz, Austria.
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