BIENAL SACO: TRECE AÑOS SEMBRANDO CULTURA EN EL DESIERTO DE CHILE
La edición 1.2 de la Bienal de Arte Contemporáneo SACO, que finalizó a mediados de septiembre pasado, ha sido la más ambiciosa hasta la fecha. Deja como hitos la recuperación de La Molinera y la presencia de más de 45 artistas provenientes de cinco continentes en Antofagasta. Lo que en 2012 comenzó como un gesto experimental en el desierto, impulsado por un pequeño equipo liderado por Dagmara Wyskiel, se ha convertido en un motor cultural del Norte Grande de Chile. Al mismo tiempo, la bienal abre preguntas sobre la continuidad y el respaldo de las políticas culturales en regiones.
Por Elisa Montesinos
Este año, la Bienal de Arte Contemporáneo SACO volvió a activar espacios emblemáticos de la ciudad —como el muelle Melbourne Clark, escenario histórico de varias de sus muestras al aire libre— y, como gesto mayor, emprendió la recuperación de La Molinera, un edificio industrial abandonado durante décadas que, gracias a la intervención de la organización, se transformó en un centro cultural vivo. El espacio, hasta hace unos meses un elefante blanco, abrió sus puertas al público con exposiciones, un congreso regional, conferencias magistrales, producción de obras in situ, performances, un concierto y talleres que convocaron a públicos diversos, marcando un hito en la historia reciente de la ciudad.
La envergadura del evento se evidenció también en la participación de artistas de países como Turquía, Polonia e Italia. Obras site-specific, instalaciones y experiencias colectivas invitaron a la ciudadanía a perderse entre obras y espacios. Un recorrido que, como señala Wyskiel, “no consistía solo en entrar, mirar y salir, sino en experimentar una diversidad de obras comparable a la de los grandes museos o bienales internacionales”.




El impacto de SACO radica, precisamente, en haber logrado instalar el arte contemporáneo en un territorio considerado periférico y extremo. Durante trece años, la bienal ha sembrado comunidades de artistas, proyectos educativos, espacios de diálogo y experimentación en un paisaje cultural árido, apostando por una utopía: convertir a Antofagasta en un polo artístico latinoamericano. Y lo ha hecho a pulso, resistiendo la fragilidad de las políticas culturales del país.
La propia Wyskiel lo dice sin rodeos: “No estamos hablando de caprichos de una organización cultural. Estamos hablando de políticas culturales, o más bien de su ausencia. En Chile existe la tendencia a hacer noticias, con cortes de cinta y grandes inauguraciones, con wow, wow, wow, wow… Pero cuando termina ese momento de brillo, la energía y el compromiso se diluyen de inmediato. Es ahí cuando quisiera que tuviéramos políticas culturales serias y dignas para el sector”.
Para la directora, no se trata solo de infraestructura o financiamiento, sino de comprender que la cultura es clave en la construcción de identidad ciudadana. “Antofagasta seguirá siendo un lugar del que muchos quieren alejarse si no se construye apego a través de la cultura. La oferta cultural es, en todo el mundo, uno de los factores que más cariño genera hacia una ciudad. Al parecer, los gobernantes locales aún no han descubierto esa verdad”, enfatiza.




Valentina Cardellino (Uruguay), Mantén la calma. La Molinera, Antofagasta, Chile, 2025. Foto cortesía de Bienal SACO
La Molinera: del abandono a la esperanza
Uno de los hitos más celebrados de SACO1.2 fue el rescate de La Molinera. El edificio, que llevaba décadas abandonado, fue acondicionado para recibir exposiciones y actividades culturales durante la bienal. El equipo de SACO retiró toneladas de escombros y guano, instaló iluminación y habilitó interiores y exteriores.
La escena de apertura fue significativa: cientos de personas recorriendo un espacio que hasta hace poco era símbolo de abandono urbano. Wyskiel recuerda: “Hoy hay una larga fila de personas y organizaciones que quieren ocupar La Molinera. Gestores culturales, compañías de teatro, juntas de vecinos nos llaman para ver si pueden usarla. Recibimos las llaves de una ruina y devolvimos un espacio limpio, habilitado para cualquier disciplina artística”.
El gobernador regional de Antofagasta, Ricardo Díaz Cortés, destaca el impacto que este encuentro ha tenido en la vida cultural del norte y el compromiso del Gobierno Regional con su continuidad. “La Bienal SACO ha demostrado que el arte puede ser un puente para la inclusión social y el desarrollo cultural”, señala.
El gobierno regional adquirió el inmueble hace tres años, pero su destino sigue siendo incierto. Díaz subraya que se proyecta su reconversión en un epicentro cultural: “Estas instalaciones albergarán el Archivo y el Museo Regional, brindando seguridad y accesibilidad al estar en el casco histórico de la ciudad. La reconversión de los patios del ferrocarril contribuirá también a reactivar todo este sector. Mientras eso ocurre, artistas y gestores culturales le darán uso al espacio con el propósito de fomentar el talento local y atraer a creativos de otras regiones”. Entre los planes a corto plazo, destaca su uso para residencias artísticas, exposiciones y eventos culturales.


Coco González Lohse (Chile) y estudiantes de IV medio de la experiencia artística de artes LEA, El espacio que queda. Pinacoteca Waldo Valenzuela Maturana, Liceo Experimental Artístico (LEA), Antofagasta, Chile, 2025. Foto cortesía de Bienal SACO
Construir vínculos comunitarios
Coco González Lohse, artista de Santiago invitado a esta edición, resalta el espíritu colectivo y comunitario que encontró en Antofagasta: “Mi experiencia creativa ha sido una de las mejores de los últimos tiempos. En el LEA (Liceo Experimental Artístico de Antofagasta) trabajamos junto a alumnos, profesores, artistas locales y logramos un proyecto coral, con muchas manos, que dio como resultado una exposición activa y lúdica. Eso no habría sido posible sin la invitación de la bienal”.
González Lohse reconoce las falencias de Chile en materia de políticas culturales, pero advierte que no se trata de un problema exclusivamente local: “En mis viajes por Hispanoamérica, he visto que nuestras fragilidades se repiten en otros países, cada uno con sus propios matices. Pero también veo con esperanza cómo la descentralización ha abierto espacios para proyectos valiosos en regiones. SACO, el MAM Chiloé, las redes de residencias: muchos de los proyectos más interesantes no se están dando en Santiago, sino fuera de él”.
Para el artista, la clave está en sostener estos esfuerzos más allá del brillo inmediato: “En un país donde el arte no es parte del cotidiano, la tarea de encantamiento es enorme. Se necesitan buenas leyes y apoyos estables. Si seguimos apostando solo a grandes audiencias y a la grandilocuencia de Santiago, olvidaremos lo que realmente importa: construir vínculos comunitarios, que es lo que sí pasa en regiones”.



SACO1.2 deja logros innegables: un evento de nivel internacional en una zona considerada de sacrificio, la llegada de artistas de diversos continentes, la recuperación de un espacio abandonado y la consolidación de Antofagasta como nodo cultural, todo esto acompañado de decenas de miles de visitantes. Al mismo tiempo, expone la precariedad estructural del sector cultural en Chile.
En este sentido, Díaz coincide en que es urgente avanzar hacia una ruta cultural permanente: “El trabajo reciente de SACO y otros grupos culturales no puede seguir siendo un hito aislado. Debemos diseñar políticas culturales a largo plazo que aseguren la estabilidad y el financiamiento del ecosistema cultural regional. La cultura, al igual que la minería o la astronomía, es también un motor de desarrollo y requiere estructuras sostenibles para su crecimiento”.
La propia Wyskiel lo resume en una reflexión amarga: “Llevamos trece años construyendo en el desierto. Si mañana desaparecemos, probablemente nadie va a tender la mano para ayudarnos. No importamos a quienes tienen poder y lo mismo les ocurre a decenas de organizaciones culturales sin fines de lucro en todo Chile. Tenemos que luchar solos por el público que sí nos adora”.
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