ECOSISTEMAS OSCUROS. VIDAS EXTREMAS EN EL MUELLE DE ANTOFAGASTA
Abierta hasta el 14 de septiembre como parte de la Bienal de Arte Contemporáneo SACO1.2, la exhibición concebida especialmente para el muelle Melbourne Clark de Antofagasta invita a reflexionar a partir de los extremófilos: organismos que pueden sobrevivir en condiciones extremas, sin luz ni oxígeno, y que sirven de metáfora para formas de vida, culturas y prácticas artísticas que resisten fuera del foco institucional.
Por Elisa Montesinos
Con una selección de siete obras site-specific creadas por artistas de Mongolia, Brasil, Nueva Zelanda, Islandia, Rusia y Chile, la muestra internacional Ecosistemas oscuros transforma durante dos meses el muelle histórico de la ciudad en un espacio de arte público. “Estaba leyendo a una autora chilena, Lina Meruane, cuando vi el texto curatorial”, relató en un panel Eduardo Motta (Brasil), uno de los siete creadores seleccionados para esta exhibición como parte de la Bienal SACO1.2. En el libro, Sistema nervioso, una mujer comienza a observar lo que ocurre en su organismo mientras estudia el cielo y las estrellas. Esa conjunción entre lo íntimo y lo cósmico, que resuena con la convocatoria, motivó al artista brasileño a postular a la Bienal.
Curiosamente, Motta no fue el único artista en sintonía con la literatura chilena contemporánea. Su compatriota Fernando Codeço se encontraba leyendo a Alejandro Zambra. Estos cruces revelan cómo las prácticas artísticas contemporáneas —visuales, sonoras, curatoriales y literarias— se entrelazan y se nutren mutuamente. A partir de la convocatoria Ecosistemas oscuros, surgen diversas interpretaciones, que van desde inquietudes existenciales y medioambientales hasta la mitología y la resistencia política. Las obras exploran estos temas a través del sonido, la poesía visual, el desplazamiento espacial y la activación sensorial.
Construido en 1880 para la exportación de salitre y declarado Monumento Histórico Nacional en 1978, el muelle fue restaurado en 2015 luego de décadas de abandono. Convertido en paseo público, hoy es también un escenario para el arte contemporáneo. La muestra que ocupa este espacio en cada edición de SACO se ha transformado en uno de los hitos culturales más visitados de Antofagasta, con más de 45 mil asistentes en la edición anterior. En esta oportunidad, la curaduría propone pensar en distintas formas de resistencia y de subsistencia en el planeta: desde una nueva especie hasta una cultura amenazada, desde un fracaso amoroso a un desastre climático.


Vista, oído, tacto y desplazamientos
La selección de las siete obras fue realizada por un jurado internacional compuesto por Fernando Farina, Inés Ortega-Márquez, Fernando García, Alicja Głuszek y Dagmara Wyskiel, a partir de más de 200 postulaciones. Cada artista desarrolló una propuesta anclada en el contexto local, entretejiendo su propio origen simbólico con la geografía del desierto costero chileno.
NAGA, de ANUnaran Jargalsaikhan (Mongolia), recupera la figura mitológica de una serpiente protectora que se extiende por el muelle, como metáfora de equilibrio y cuidado. Sentido, de Eduardo Motta, propone un recorrido visual que se lee caminando hacia atrás, desafiando la linealidad del tiempo. Esponja de cristal, de la neozelandesa Debbie Fish, es una instalación escultórica inspirada en una nueva especie marina hallada en Chile, quizás la especie animal más antigua del planeta. Cada orificio fue cortado a mano por la artista en un gesto meditativo que pone en valor lo invisible y frágil
Pesca fantasma, de Fernando Codeço, es una instalación de redes que el artista encontró abandonadas en Atafona (Brasil) y que ahora cuelgan entre las estructuras del muelle, visibilizando a los pescadores de ambas costas y a la vez el peligro que representan cuando las redes se vuelven basura marina. Templanza, de la islandesa Victoria Björk, presenta un vestido negro de diez metros suspendido en el aire, surgido de un sueño donde la artista trepaba hasta quedar atrapada en él. El vestido, colgado frente al mar, evoca el duelo y la desaparición: sin proponérselo, la artista alude al dolor de tantas mujeres que buscan a sus seres queridos arrojados al mar durante la dictadura chilena.


Susurro de las estrellas, de la rusa Oksana Rudko, transforma grabaciones de granos manipulados por personas de distintos países sudamericanos en una constelación sonora activada por sensores, evocando el sonido del aliento en Siberia cuando las temperaturas son extremadamente bajas, y el aire se cristaliza al salir de la boca. Un sonido que está desapareciendo por el calentamiento climático. La pieza activa la audición y deja a los asistentes más receptivos y conscientes de los ruidos de la ciudad.
Manto develado, del antofagastino Sebastián Palacios, primer artista local seleccionado en esta convocatoria internacional, es una maqueta suspendida que reproduce la textura del salar, donde espejos y códigos aluden a la fragmentación del territorio por la industria extractivista.
Durante la inauguración, el público recorrió las obras guiado por artistas, mediadores y curadores. Las gaviotas volaban y se oían las voces de los pescadores trabajando en la caleta. «Este muelle ha reunido miradas profundamente distintas, pero conectadas por una sensibilidad común: la de atender a este llamado sobre lo que no siempre se ve, lo que no siempre tiene voz o es imperceptible», señaló Sebastián Palacios frente a la experiencia que implica el recorrido por la exhibición.


De lo microscópico a lo político
Un par de días antes de la apertura se realizó un panel público donde los artistas compartieron sus interpretaciones del concepto curatorial. Debbie Fish contó cómo la pérdida de una de sus piezas en el mar modificó la instalación final y reflexionó sobre el fondo marino: “Los ecosistemas más oscuros y poderosos son invisibles: el fondo del océano, las raíces, las esponjas. Ahí está la vida que sostiene todo lo demás”.
ANUnaran explicó que, en su lengua natal, “la palabra para oscuridad –har– también significa ‘ver’. Es ver lo oculto, lo que no se muestra en la superficie”. Oksana Rudko, radicada en Brasil, pero originaria de Rusia, confesó el impacto de enfrentar un paisaje sin vegetación: «El desierto es un espacio donde la materia se vuelve otra cosa. El tiempo se ralentiza y te enfrenta con lo que hay dentro de ti».
Fernando Codeço habló de su trabajo previo con pescadores en Atafona, donde el río se encuentra con el mar: “Mi interés por la bienal está muy ligado a esta propuesta que es muy localizada. Mi trabajo también es localizado, pero en la otra parte del continente. Trabajo con las caletas de pescadores y con estas redes fantasmas que son materiales desechados y se tornan peligrosos para la vida marina”.
Asimismo, se realizó un panel de conversación con los jurados. En la oportunidad, el curador mexicano Cuauhtémoc Medina, invitado al evento, preguntó desde la audiencia: ¿por qué medirse con la bienal de Venecia, y no pensar en referentes latinoamericanos como la Bienal de São Paulo o Bienalsur? La directora del evento, Dagmara Wyskiel, le respondió: “Venecia es precisamente lo más distinto a nosotros. SACO es conexión con la realidad”.

La frase de la curadora Inés Ortega-Márquez respecto a Ecosistemas oscuros podría resumir la sensación que desencadena esta bienal: “Estamos en la periferia de la periferia y de repente esto se convierte en el centro de algo”. De lo microscópico a lo político, del amor romántico a la devastación, son algunas de las perspectivas que despertó la propuesta curatorial de este año en los artistas, quienes involucraron en sus proyectos el tacto, la vista, el oído y la caminata.
La ritualidad de una serpiente hecha de material textil cosido a mano atraviesa el muelle dando la bienvenida, un símbolo que representa la protección del entorno (Jargalsaikhan). En una de las obras era necesario rodear un conjunto de esponjas marinas a escala gigante, llenas de orificios por donde se miraba hacia dentro y hacia el exterior (Fish). En otra, se precisaba recorrer un poema visual en el piso, para lo cual había que rodear un pequeño perímetro caminando de espaldas (Motta); o acercar el oído a unos parlantes negros que traían un sonido extraño, como de agua, pero eran granos que imitaban o traducían el rumor del aliento humano a una temperatura propia de Siberia (Rudko).
Uno de los momentos culmines de la ceremonia de inauguración fue el discurso de Sebastián Palacios. El artista residente en Austria destacó el carácter abierto del llamado —»sin límite de edad, formación, experiencia o dedicación laboral»— y el valor de exponer en un lugar no tradicional para el arte, como es el muelle. Durante dos meses, este se activa y las obras conviven «con el viento, el mar, los jotes, las gaviotas, los lobos, los pescadores, los pasos de quienes transitan por aquí». Así, el muelle deja de ser la estructura patrimonial que los habitantes ven y visitan a diario, para convertirse en un espacio que invita a detenerse, imaginar, reflexionar y conmoverse.
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