LOCAS EXCEPCIONES: LA VÍA CHILENA A LA DISIDENCIA SEXUAL
Por Gonzalo Pedraza
Esta reseña combina anécdota y dificultad. La anécdota es que conozco a su autor a través de un amigo común, por Zoom, post estallido y en plena pandemia. Hablamos de los fascinantes libros de José Donoso, que, a pesar de los años, eran actuales. Refregaba el mismo modelo de una élite a duras penas, y la aterradora imagen del encierro que generó la pandemia sacaba a la luz el miedo infantil del niño monstruo que vivió en la casa de la Rinconada, hasta darse cuenta de que era un encierro infinito.
No olvido cuando Carl Fischer me habló sobre los textos escritos a mano de Donoso, que encontró en los archivos de Princeton: anotaciones, palabras sueltas y números. La primera reacción como investigador es descubrir las pistas de la psiquis, grafías por unir que esconden los misterios de la escritura y todos esos cuentos que nos inventamos los que escribimos. Pero ¿números? Donoso sumaba y restaba las cuentas por pagar en su estadía en Estados Unidos. Preocupado de su arriendo, su familia, los pagos, lo convierten en uno más, y pienso si esos números rojos impregnaron en su escritura la billetera vacía de apellidos rimbombantes.
Siento que la dificultad —o quizás la carta bajo la manga— es que, al conocer a Fischer, no puedo dejar fuera la cuestión humana que se proyecta en su escritura: desde su tesis doctoral en Princeton sobre la historia homosexual de Chile, y que se extiende a una estadía en Chile como traductor del departamento de comunicaciones durante el gobierno de Michelle Bachelet.
Fischer transforma al inglés el marketing de un gobierno, de lo excepcional de la primera mujer presidenta en América Latina. Hija de una familia importante, con estudios en medicina y víctima de la tortura militar, la vimos por televisión, en una ceremonia de gobierno, sobre un tanque, en posición de comandante. De allí se catapultó como candidata y se plantó sobre el sillón presidencial. Era el símbolo de la reparación de una sociedad quebrada, tal como lo nombra Fischer en su libro: una excepcionalidad.

LA EXCEPCIÓN DE LA LOCA
El libro plantea el estado de excepción de Chile, un juego de palabras antagónico: en dictadura se implementó para suspender la ley y ejercer la fuerza, pero también se extendió para implementar el modelo económico neoliberal excepcional, cargado de éxitos y espejismos del Sanhattan. ¿Qué sería la loca excepción?
La loca en Chile es una palabra antigua, como un guiño generacional, para denominar al hombre afeminado, divertido, gritón, poblacional, de calzas y pelo largo, que vendía en la feria o trabajaba en la peluquería, que de día los machitos le gritaban y de noche lo buscaban. Pero también la palabra loca denomina a una mujer que sufre un trastorno psíquico, o en la junta de amigotes la loca es la que también se busca de noche y se huye de día. Loca excepción es desde todos los ángulos una mezcla abierta, una vía a la disidencia sexual en Chile siendo la loca su modelo prehistórico.

POR UNA TEORÍA MARICONA
El libro es una combinatoria entre personalismo y economía, como si un gobierno representado por Bachelet y los números en rojo de Donoso fueran las bases para pensar todo, algo muy interesante ya que es novedoso como posición teórica en la historiografía local. La perspectiva es estrafalaria. Hemos sido ciegos ante la claridad de los apellidos: Alessandri, Frei Montalva, Allende, Pinochet, Alwyn, Frei, Lagos, Bachelet, Piñera y Boric. Siendo todos de familias antiguas y de tradición (salvo uno), se formó una Roma a la chilensis escondida tras el eslogan de los partidos. Y la historia económica representada por ellos, tapada por literaturas heroicas desde ideologías progresistas, olvidan que, por ejemplo, la nacionalización del cobre generó la furia de las billeteras extranjeras, y ahí se vino el bombardeo.
Fischer tiene como propuesta “cuirizar a la chilean way la retórica excepcional de sujetos heterosexuales, masculinos y reproductivos”. Y esta es la tercera manera de ver el libro: los artefactos son las flechas frente al poder del nombre y del número, del personalismo y la economía. Como lo dijo Fischer en la presentación del libro, su escritura es una traición: de traducir las maravillas de un gobierno ahora escribe sus oscuridades. Al partir de la reforma agraria hasta nuestros días, sus artefactos están confeccionados en su mayoría por autores homosexuales y personajes masculinos fuera de la norma.
Ver hoy a una persona que se autopercibe homosexual, que es trans u otro significaba en esos tiempos una golpiza. A esa especie de hombre antiguo se le denominaba maricón, añeja palabra, pero tan cierta porque combina el afeminado y, en su doble acepción, al traicionero. Es decir, Fischer juega con ese sujeto histórico y su polisémica al realizar un acto traicionero de dar vuelta al discurso excepcional. Completa la triada del personalismo, el número y el artefacto, pero usando este último para apuntarlos.

LAS ÓRBITAS
El libro tiene un orden cronológico en cinco capítulos, organizando, como se mencionó anteriormente, este triangulo de personalismo, política y el artefacto traidor. Este orden y perspectiva sientan las bases para que se produzcan las mezclas, un gran logro metodológico que ayuda a los lectores a imaginar que las cinco órbitas pueden ser cruzadas por un cometa.
Ese cometa pasó leyendo el libro; un cometa que no es solo cuirizar, sino poner todo en tensión: tensar el arco desde, por ejemplo, el clasismo y racismo que impregna el libro, algo que Fischer analizó teóricamente, pero lo vivió en carne propia en su estadía en Chile.
Este cometa se dispara en los cerros. Es el ejercicio de los hombres blancos, heterosexuales, de clase acomodada, que cuentan cómo lo pasaron el “descueve” subiéndolo: mirando las piernas peludas de sus compañeros, los vaivenes de sus partes dentro de los shorts. Carl se refiere a ellos a través de la subida al cerro en la literatura de Simonetti. El hombre señalado anteriormente ahora lo baja de noche, para bajarse también el short y convertirse en sombra.
Su estatus se diluye al mezclarse con otros sin apellido, como si el descenso fuera también una disolución de clase. Es un espejo de su cuento sobre la cena en la playa, cuando el invitado ve al cocinero moreno y amanerado, y siente el vértigo entre sus piernas. Esa relación entre hombres —entre tapados y destapados, entre “maricones” y machos— también se encarna en el mudito de Donoso, el personaje central de El obsceno pájaro de la noche, que debía estar presente en los actos sexuales de su amo para que este pudiera tener erecciones.
Ese roce del ojo, ese roce de clase, de dominio y de sumisión, se repite en Manuela, que también genera una incómoda erección en el macho del pueblo y es obligada a hacerse hombre, a convertirse en padre. Su contracara se encuentra en las chicas de Lemebel, en La noche de los visones: la Pilola Alessandri, la Palma y la Chumilou, quienes muestran ese mismo roce de clase a través de los abrigos de visón que auguran la muerte —ya sea por la dictadura o por la pandemia del sida.
Fischer retoma la figura de Lorenza Böttner, a quien había visto aparecer en los textos de Bolaño y Lemebel, y que gracias a su precisión crítica resurge hoy en la escena teórica contemporánea. Böttner fue una artista trans chileno-alemana que perdió ambos brazos cuando niña y que, tras estudiar arte, realizó una performance en Nueva York: pintó su cuerpo de blanco, se paró sobre la vereda y posó como la Venus de Milo.
Esa imagen —digna, monumental, radical— se contrapone al cuerpo de Carlos Leppe, que en sus performances encarnaba al “maricón gordo”, fuera de toda norma, pero aún inscripto en una lógica binaria de activo y pasivo. Un modelo de maricón del pasado, que Böttner desmitifica al aparecer como mujer y como diosa: una figura que desborda los códigos del deseo masculino y reconfigura la potencia del cuerpo disidente.

Las izquierdas, con olor a vino y mesón de madera; las derechas, de camisa planchada y pantalón bien puesto: ambas burlándose por igual de todos los maricones. Pero ¿qué hacían con aquellos que venían desde lo alto del cerro? Fischer se adentra en el Chile de la postdictadura a través de la vida y obra de Alberto Fuguet, donde el personaje de Alekan —joven, exitoso, heterosexual— funciona como una llave simbólica para ingresar al mundo literario, sin que el autor tuviera que hacer pública su identidad sexual.
Aquí, Fischer desmenuza vida y obra como un paralelo que todos hemos vivido desde los años noventa, al punto de parecer algo que ya deberíamos haber superado. Pero no. Queda en el aire un sentimiento extraño: a pesar de los avances en temas de sexo, género e identidades, hay un clasismo que persiste y que sigue imperando desde lo alto. El/la pobre, el/la gordx, el/la negrx siguen girando en el margen, rondando como figuras incómodas que no se terminan de integrar.
Personalmente, valoro mucho esta lectura de Fischer, porque pienso que toda discusión en torno a estos temas está atrapada en bocas universitarias que no cruzan hacia la población. Que van a las marchas, pero cuando sienten miedo se devuelven a las alturas. Hasta el miedo, en este país, es un privilegio.
Este cuestionamiento se revela en el tratado de Constanzx Álvarez sobre un cuerpo gordo, lésbico, anticapitalista y antiespecista; en las expresiones vouguin que irrumpieron durante el estallido social en Santiago; y en las performances del artista Mijail. Todas estas acciones se entrelazan como espinas que se clavan en el presente: un presente homofóbico, transfóbico, gordofóbico, clasista y racista.
Estos artefactos cierran el libro con preguntas incómodas, necesarias, donde lo trans, lo binario o lo otro aparece siempre contenido, condicionado por una teoría blanca y acomodada. Una teoría que se proclama progresista, pero solo hasta cierto límite.
¿Qué pasaría si reuniéramos a todas las personas y personajes que habitan el libro de Carl Fischer? El primer impulso es imaginar que se encontrarían amablemente, compartiendo el deseo sexual como un terreno democrático. Pero bastaría un instante para que se segregaran nuevamente: por el color de piel, por el poder, por la clase.
En Locas Excepciones, Fischer se supera a sí mismo a través de sus artefactos, críticas y autocríticas, al atreverse a pensar más allá de la disidencia sexual como categoría única. Piensa en la intersección, en las tensiones estructurales que no desaparecen. Porque hoy, en Chile, un cuerpo amanerado, fuera de talla, de población y de rasgos toscos sigue resultando incómodo. Molesto para todos. Incluso —y tal vez sobre todo— para quienes se dicen progresistas.
Traducido por Camila Matta Geddes, publicado en su versión al castellano por la Universidad Alberto Hurtado (2024).
Agradecimientos a Carl Fischer por su aporte al estudio crítico sobre disidencias en Chile. A Jaime Rojas por las ilustraciones para el texto. A la Universidad Alberto Hurtado por haber hecho posible este libro.
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