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DIOS ES ALGORITMO

UNA EXPOSICIÓN EN LAS FRONTERAS DE LA TECNOLOGÍA Y LA ESPIRITUALIDAD. O CUANDO LA INTELIGENCIA ARTIFICIAL DA FORMA A LO SAGRADO


La exposición Dios es algoritmo, presentada el pasado mes de marzo en la galería parisina Plateforme, examinó cómo las tecnologías digitales y la inteligencia artificial están redefiniendo las mitologías contemporáneas y las narrativas sagradas. Gracias al generoso apoyo de Metha House y Rafael Tovar, a través de un diálogo entre algunos artistas faro de la escena global, el curador Rolando J. Carmona propuso una muestra a manera de palimpsesto que explora las intersecciones entre lo divino y la máquina, entre la espiritualidad y la racionalidad.

De hecho, la inteligencia artificial y la magia parecen pertenecer desde hace mucho tiempo a dos mundos distintos: uno regido por el rigor de las matemáticas y el otro por el misterio de lo invisible y el azar. Sin embargo, la exposición Dios es algoritmo intenta cerrar esta brecha, explorando cómo las nuevas tecnologías están redefiniendo nuestra percepción de la realidad y del más allá.

En el ADN del proyecto habitan un conjunto de preguntas fundamentales: ¿Qué sucede cuando la IA, al reproducir patrones aleatorios, toca lo sagrado? ¿Qué pasaría si la estética generativa no fuera sólo una repetición de algoritmos, o una actividad lucrativa acompañada de una capacidad de control general, sino también un vector de espiritualidad?

Más allá de los aspectos tecnológicos y espirituales, la exposición pone en evidencia las posibilidades poscoloniales de la IA y la tecnología posdigital (en especial, cuando esta es pensada o clasificada desde los márgenes). Los sistemas de datos, a menudo diseñados y centralizados desde países del norte global, reproducen lógicas de poder y exclusión heredadas de la colonización.

En este contexto, los artistas de Dios es Algoritmo cuestionan y defienden la posibilidad de una tecnología descolonizada, capaz de tomar en cuenta perspectivas culturales y espirituales no hegemónicas. Por ejemplo, las lenguas adivinatorias africanas basadas en la lectura de un código binario escrito por las caracolas, o las prácticas asociadas al futurismo indígena abren la puerta a una redefinición de la relación impuesta desde la Silicon Valley hacia los algoritmos y la inteligencia artificial, añadiendo fundamentos espirituales.

Zach Blas, The Doors (Spa Day on the Neon Isles), 2019. Cortesía del artista
Zach Blas, The Doors (Spa Day on the Neon Isles), 2019. Cortesía del artista

La exploración de nuevas mitologías digitales

Los artistas participantes colocan sobre la mesa preguntas asociadas a estas problemáticas, desarrollando una relación única entre el código informático, los ritos ancestrales, la alquimia y las prácticas místicas. Es un portal a un mundo donde lo místico se hibrida con las redes digitales.

En entrada del espacio, Zach Blas, estadounidense afincado en Toronto, presenta Spa Day on the Neon Isles (2019), un video que juega con la estética cibernética y las alucinaciones algorítmicas. Parte de la instalación inmersiva The Doors, la pieza explora la psicodelia, el consumo de drogas y la inteligencia artificial, destacando los vínculos entre la contracultura californiana y Silicon Valley.

La obra, inspirada en los escritos de Aldous Huxley, del grupo The Doors y de Jim Morrison -apodado «El Rey Lagarto»-, presenta poesía generada por IA basada en los escritos y textos de Morrison sobre nootrópicos, recitada por un lagarto generado por computadora inspirado en el Barbaturex morrisoni, un lagarto prehistórico que lleva el nombre del cantante. La instalación critica las aspiraciones transhumanistas de Silicon Valley, donde se utilizan microdosis de LSD y nootrópicos para optimizar el rendimiento mental, en oposición al espíritu libertario de los años 60.

En El octavo día (2014), Esmeralda Kosmatopoulos, artista griega residente en El Cairo, replantea el Génesis de la biblia integrando entidades artificiales para abrir el debate sobre la idea de una creación alternativa, donde la imaginación artificial sustituye al mito divino. La obra cuestiona el papel de las máquinas como cocreadoras de un mundo reinventado gracias a la web.

Vista de la exposición Dios es algoritmo, Plateforme, París, 2025

La artista francesa Anne Horel nos sumerge en su mundo de deidades propias de la era digital. En DΛƬΛ ɖɛɨȶɨɛֆ – Fog Elf, da vida a una criatura perteneciente a un panteón cibernético, donde los avatares y las inteligencias sintéticas toman el relevo de las figuras mitológicas clásicas. Entrenando a la IA con conjuros mágicos, esta artista y especialista del tarot incita a la máquina a crear criaturas híbridas, mitad monstruos, mitad dioses.

Como avatares modernos, estas criaturas representan la fusión entre el mundo virtual de la nube y el mundo físico, conectados por «cables» metafóricos. Un juego donde la artista les da vida, animándolos o esculpiéndolos, creando seres que son al mismo tiempo protectores y perturbadores. Estas «deidades de los datos» simbolizan una conciencia colectiva nacida de la tecnología digital, que refleja nuestros rastros digitales, nuestras creencias y nuestros miedos en un mundo cambiante.

Gregory Chatonsky, The Case (2024). Película generativa, 02:11:00. SDXL 1.0, AnimDiff, Laon 5B

Cuando la tecnología se encuentra con lo inefable (inteligencia artificial como oráculo)

«Damos por sentado que sólo existen ciertos tipos de cosas: electrones pero no ángeles, pasaportes pero no ninfas», dice el texto introductorio de la exposición. Sin embargo, la evolución tecnológica ha dado lugar a nuevas entidades: IA autónomas, sistemas cuánticos esquivos y algoritmos capaces de auto preservarse. Frente a esto, ¿cómo podemos redefinir los límites de la realidad y de la posibilidad?

La exposición también se aventura en explorar la noción de predicción y adivinación en un mundo algorítmico. Con The Case (2024), Gregory Chatonsky, artista franco-canadiense radicado en París, confronta al espectador con historias automáticas generadas por IA, planteando la cuestión de la creencia en estas nuevas entidades predictivas.

El artista imagina un mundo donde la IA ya no sólo realiza tareas, sino que produce su propia realidad, libre de los deseos humanos. Como él mismo afirma: “Detrás de las estadísticas y los cálculos complejos, probablemente no haya ningún significado en el sentido tradicional del término. Los patrones que buscamos allí pueden ser sólo un reflejo de nuestra propia necesidad de encontrarle sentido. Este último no está encerrado en la caja negra como un tesoro escondido, sino que emerge entre nosotros y él, en ese espacio intermedio de esta relación dinámica y compleja que mantenemos con él”.

En Silva ex Machina (2024), el mexicano asentado en Nueva York Alfredo Salazar-Caro utiliza fotogrametría y algoritmos personalizados para reconstruir un espacio sagrado artificial, cuestionando el lugar de lo divino en la simulación. Sobre esta obra, el curador abre preguntas como: “¿Qué sucede si tratamos el azar que impulsa la estética generativa como una entidad o energía divina? «.

Esto da forma a una animación basada en una escultura de Xōchipilli, deidad mexicana de flores y plantas alucinógenas, conservada en el Museo Nacional de Antropología de la Ciudad de México. Creada con IA, la obra muestra plantas que brotan de la estatua giratoria, extendiendo sus grabados en una representación exuberante y naturalista, intercalada con sonidos meditativos La obra transpone así Xōchipilli a una simulación virtual, invocando los poderes medicinales y el poder de las plantas.

Sylvain Manigaud, Medieval dystopie, 2025. Cortesía de la artista

En Medieval Dystopia (2025), Sylvain Manigaud, artista francés residente en París, imagina para la primera exposición de su vida un futuro que se inspira en los códigos del pasado medieval, transformando el ciberespacio en una nueva tierra de cruzadas digitales, donde la tecnología propicia un escenario alquímico para sanar y confrontar las propias psicosis del joven creador. 

En Soleil noire (Sol Negro, 2024), el venezolano Santiago Torres, marcado por su interés en la alquimia y la energía cuántica, explora el sol como fuente de luz blanca. El sol, aunque a menudo nos parece dorado o rojo, es en realidad una fuente de luz blanca pura. La percepción colorida se debe a la difusión de la luz en la atmósfera terrestre. En el espacio, los astronautas ven el sol como una esfera blanca brillante sobre un fondo negro.

El Sol Negro es un símbolo poderoso en el arte, la mitología y las tradiciones espirituales. Representa una luz oculta, un contraste entre sombra y luz, un ciclo de destrucción y renacimiento. El artista dice: “El Sol Negro se encuentra en las historias y creencias de muchas civilizaciones. En las tradiciones gnósticas, representa la inteligencia divina oculta detrás de las ilusiones del mundo material. Es una luz velada que sólo los iniciados, a través de su viaje espiritual, pueden percibir. Esta búsqueda va más allá de las apariencias para revelar una verdad oculta, una fuente luminosa que trasciende la dualidad entre sombra y claridad”.

Una crítica a las narrativas tecnológicas del Norte Global.

En They dressed placentas and unknown skins (Ellas vistieron placentas y pieles desconocidas, 2024), un video generativo producido por tres redes neuronales combinadas, el artista ecuatoriano Oscar Santillán, junto a su equipo de studio Antimundo, se adentran en las zonas sombrías creadas por la modernidad: pasados ​​destruidos, diferencias ignoradas en el presente, incluso futuros inconcebibles a partir de la lógica del mundo occidental. Un futuro, por naturaleza infinito e impredecible, que escapa a nuestra comprensión humana. Paradójicamente, la modernidad genera tecnologías como la inteligencia artificial, que podrían desarrollar futuros que contradicen los propios principios modernos.

De la Cibermagia al Afrofuturismo

Si hoy la tecnología parece dominarlo todo, ciertas prácticas artísticas y culturales oponen una resistencia simbólica. En el Afrofuturismo, el Tecnochamanismo o el Futurismo Indígena, los artistas reinvierten el conocimiento ancestral para pensar la modernidad de manera diferente.

Tabita Rezaire, artista y chamana nacida en París, pero instalada en las profundidades de la selva de Cayena (Guayana Francesa), nos ofrece con Premium Connect (2017) una crítica de las redes digitales y su papel en la perpetuación de ciertas estructuras de poder, recordando el modo en que las instituciones religiosas han dado forma a la historia.

Esta artista polifacética fusiona arte, tecnología, espiritualidad y terapia en health-tech-politix. Su obra en video, aclamada internacionalmente, crítica Internet como herramienta de opresión occidental y exige su descolonización.

En el video Premium Connect, Rezaire establece sorprendentes paralelismos entre el código binario y la adivinación yoruba. Mediante la exploración de las conexiones entre el ciberespacio y las prácticas espirituales africanas, construye un relato sobre diversos temas, como las analogías entre los sistemas fúngicos, las comunicaciones ancestrales y la nube de internet. Una obra presentada como altar, donde la artista pretende deconstruir el imperialismo cultural digital y promover una reconexión a lo más profundo y primigenio de nuestro ser.

Fleeting Symmetries – Temporally Uncaptured (2024), de la argentina Sofía Crespo, analiza cómo las IA reinterpretan y distorsionan nuestras percepciones de la realidad, ofreciendo visiones casi místicas de un mundo cambiante. Se trata de una serie de obras que exploran las transiciones temporales imperceptibles en los ciclos de vida de los organismos, incluidos los microscópicos.

La artista utiliza redes neuronales para generar imágenes a partir de archivos históricos, luego las imprime en cianotipo antes de digitalizarlas. Esta serie está inspirada en Anna Atkins, pionera de la fotografía botánica con su libro Photographs of British Algae (1843), cuyo trabajo fue subestimado en su época.

Juan Covelli, Tesoros especulativos, 2020, 2024. Cortesía del artista

Juan Covelli, originario de Colombia, apuesta en Tesoros especulativos (2020 – 2024) por la relación entre las tecnologías y las culturas ancestrales, poniendo en tensión la arqueología y lo virtual para generar procesos de restitución simbólica del patrimonio.

Le interesan especialmente las nuevas materialidades generadas por la era digital. Su trabajo artístico se centra en el potencial tecnológico de los archivos digitales como herramienta creativa radical para reexaminar argumentos arraigados sobre la repatriación y las historias coloniales. Covelli utiliza video, modelado, conjuntos de datos, codificación e inteligencia artificial para crear obras basadas en instalaciones IRL y URL que combinan prácticas históricas con modelos actuales de exhibición y estética digital.

La serie Tesoros especulativos trabaja a partir de El Tesoro Quimbaya, una colección invaluable de objetos de orfebrería y figurillas rituales hechos por comunidades indígenas en lo que hoy se conoce como Colombia, que fueron regalados a los reyes de España y han tratado de ser restituidos a Colombia sin ningún éxito. Este proyecto busca alternativas para la repatriación simbólica de estos objetos sagrados. Para ello, el artista escaneó las piezas originales y creó una serie de volúmenes generativos a partir de los datos.

Kira Xonorika, nacida en Paraguay pero radicada en Los Ángeles, presenta el video Visiones (rosa, cuarzo, sal) (2023), que fusiona la innovación tecnocientífica con perspectivas futuristas de los pueblos indígenas. Su narrativa va más allá de las categorías binarias tradicionales, ilustrando los intercambios vigorizantes entre los mundos vegetal y mineral y las entidades no humanas. Su trabajo destaca la diversidad de inteligencias, crucial para el desarrollo de la IA, anclada en un enfoque conceptual que favorece la simbiosis entre diferentes formas de vida. Esta visión se inspira y se conecta con el conocimiento milenario de las culturas indígenas, ofreciendo una perspectiva innovadora sobre la interacción entre la tecnología avanzada y las sabidurías ancestrales.

Al frente : Kira Xonorika, Visiones (rosa, cuarzo, sal) (2023), video generativo creado a partir de redes neuronales (IA).
Edgar Fabián Frías, Kauyumari Tatewari, 2019, impresión sobre seda. Cortesía del artista

Pensar el futuro: Entre la fe y el algoritmo

Al reunir a estos artistas con prácticas diversas, Dios es algoritmo pinta un retrato curioso de un mundo donde la tecnología se está convirtiendo en una nueva divinidad. Dos obras complementan esta reflexión ofreciendo experiencias interactivas donde se invita al espectador a cuestionar su propia relación con la inteligencia artificial.

Con Kauyumari Tatewari, Edgar Fabián Frías orquesta una ceremonia audiovisual que reinventa el canto tradicional wixárika de un pueblo indígena de México, fusionándolo con música electrónica y una estética digital. El performance navega entre tradiciones ancestrales y contemporáneas, mezclando una presencia ceremonial queer y una estética drag con un universo visual saturado, donde la iconografía wixárika se encuentra con el lenguaje de la era de Internet.

Al integrar elementos del hard house californiano y rituales tradicionales, Frías crea un espacio donde lo sagrado y lo digital convergen, culminando en una oración dedicada a la Tierra. Esta obra híbrida -compuesta por un video e imágenes impresas en seda- actúa como un portal que conecta la espiritualidad, la cultura ancestral y la innovación artística contemporánea.

El proyecto del español Solimán López, Manifiesto Terrícola, es un documento artístico. El 23 de abril de 2023, el artista publicó un texto artístico y lo introdujo en un glaciar de Svalbard (78º15.359 N, 016º14.165 E). Este documento, conservado en forma de ADN encapsulado en una oreja 3D biodegradable, explora el estado de la humanidad a través de temas como la economía, la ética, el medio ambiente y el arte.

López propone considerar el almacenamiento masivo de datos digitales en el ADN como una solución sustentable y sin impacto ambiental. En la intersección del arte y la ciencia, ofrece una nueva perspectiva sobre la preservación de la información y la historia del arte.

Solimán López, Manifiesto Terrícola, 2023-2024. Cortesía del artista
Solimán López, Manifiesto Terrícola, 2023-2024. Cortesía del artista

¿El camino hacia nuevas formas de creencia?

La exposición plantea un cuestionamiento profundo a nuestra relación con la tecnología. Si las grandes empresas invierten en la eficiencia de la IA, ¿por qué no imaginar una inteligencia artificial más confiable, más humanista e incluso espiritual?

La exposición, en su diversidad de medios y enfoques, y mediante la presentación de artistas de múltiples orígenes, cuestiona agudamente nuestra era: ¿Debemos creer en la naturaleza todopoderosa de los algoritmos? ¿O deberíamos, por el contrario, considerarlos como simples herramientas al servicio de nuestra imaginación?

Dios es algoritmo no pretende ofrecer respuestas definitivas, pero invita a la reflexión colectiva sobre la posibilidad de una tecnología portadora de misterios y nuevas formas de creencia. En un mundo donde los datos gobiernan nuestras vidas, tal vez sea hora de considerar un diálogo entre lo racional y lo inefable.


DIEU EST ALGORITHME / Machines spirituelles et création artificielle

Zach Blas (EEUU), Anne Horel (FR), Juan Covelli (CO), Santiago Torres (VE), Sylvain Manigaud (FR), Edgar Fabián Frías (MX), Esmeralda Kosmatopoulos (GR), Alfredo Salazar-Caro (MX), Sofía Crespo (AR), Gregory Chatonsky (FR), Tabita Rezaire (GY), Regina Demina (FR), Solimán López (ES), Kira Xonorika (PY)

Traducido del francés por Rolando J. Carmona.

Manuela de Barros

Filósofa y teórica del arte. “Maîtresse de conférences” de la Universidad de París 8, ensayista y conferencista. Investiga sobre estética del arte contemporáneo y nuevos medios, profundizando en las relaciones entre las artes, las ciencias y las tecnologías, y en las modificaciones biológicas, antropológicas y medioambientales que aportan las tecnociencias. Es autora de “Magia y Tecnología” (Ediciones UV, París) y "Arqueología de los medios. Tecnología desde un tiempo difuso" (Editorial Herder, Ciudad de México).

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