LA CONVULSIÓN COLIZA. YEGUAS DEL APOCALIPSIS (1987-1997)
Por Rox Gómez Tapia
Cuando presento un libro a su vida pública, lo primero que pienso es cómo ese libro actúa en mí. Qué me moviliza o afecta en su relato. Por esta vez me gustaría sacar del cenital a las Yeguas del Apocalipsis y poner en primer plano las operaciones que hace Fernanda Carvajal en su libro La convulsión coliza. Yeguas del Apocalipsis (1987-1997) [Ed. Metales Pesados, Santiago, 2023]. No tanto por el afán de reivindicar la autoría del libro, sino porque pienso que lo que actúa en mí son los gestos de su libro, las voces que aparecen en su escena, y cómo nos invita a participar de su épica.
Me parece importante poner atención a esto, ya que las figuras de las Yeguas, tal como lo reconoce Fernanda Carvajal en su libro, convulsionan cualquier escena con su encanto. Por lo tanto, mi esfuerzo en lo que sigue es resistirme a ese ardor encantador, para poder celebrar con propiedad lo que se esconde tras sus escandalosas plumas. Me refiero al trabajo táctico de Fernanda Carvajal, a su “caminar con” (p.42) y a las promesas invocadas y traicionadas (p.42) en su libro. Les invito a que nos concentremos en esa “conversación con alguien que ya no está” (pp.44-45) que nos propone Fernanda.
Mi parte favorita del libro es la anécdota de las Yeguas en Cuba castrista haciéndose pasar por Amnistía Internacional para exigir el acceso al sidario de La Habana. Este relato resonó en mí porque, por un lado, aparece ese “modo-yegua” en acción, mientras que, por otro lado, activó algunos recuerdos de infancia que atesoro.
Según cuentan las Yeguas en el libro, logran entrar al sanatorio de les confinades por haber sido diagnosticades con VIH-sida y conocer las condiciones de enclaustramiento que vivían. Además de atestiguar el encierro programado por el gobierno cubano, pudieron compartir con les internes y comer con elles.
Respecto a este episodio, Pedro Lemebel recuerda: “El chofer de la guagua, de la micro, no quiso comer, porque le dio asco. El sida pues niña” (Lemebel, cit. en Carvajal, p.279). Las palabras de Pedro, como la magdalena de Proust o Ratatouille de la película Disney, me trasladaron años en el tiempo; me recordaron ese día en la procesión de la Virgen de lo Vásquez junto a mi papá, cuando llegamos al santuario y quisimos comprar algo para comer. Ese día en que mi papá me tomó de la mano y me alejó muy rápido de unas chiquillas trans/travestis que vendían empanadas en la feria que se ponía justo al frente del templo. Ese día, sentí esa convulsión coliza de la que habla el libro de Carvajal y, al mismo tiempo, sentí ese asco y miedo de mi papá de ser contagiado, similar al conductor de la guagua que llevó a las Yeguas al sanatorio.
Era una sensación compleja. En ese momento, recuerdo haberme sentido ofendide, entristecide y curiose al mismo tiempo, como inmerse en un fenómeno intercorpóreo (Contreras, 2008). Sentí ese temblor y enamoramiento frente a esos cuerpos que hoy resuenan en mi cuerpo trans/travesti. Todo esto sumado a la paradoja de que, pese a la rapidez de mi papá por escapar y alejarme, hoy en día, una de mis películas favoritas sea Empaná de pino (Wincy Oyarce, 2008).
Esa curiosidad que deviene deseo provocado por la censura fue un efecto que las Yeguas supieron explotar con una “intuición interseccional” que es audazmente identificada por Carvajal en su libro. Parecido a ese impetuoso deseo que activó la censura avivada por mi papá y que encendió en mí la pregunta por mi deseo. Ese temblor que describe este libro y que modela todas sus renuncias a contar una “verdad”.
En este sentido, Fernanda Carvajal logra practicar el ejercicio de investigar como un curioseo, como un serpentear por todas las posibilidades sin clausurar ninguna. Tal como las Yeguas lo hicieran, la palabra se despliega como artefacto que miente y traiciona porque su principal objetivo es ejecutar esa finta: “irse por la tangente”, evitar el testimonio para inflamar los destellos de la ficción. En este sentido no se hace memoria, al contrario, se palabrea cualquier intento de hacer Historia con mayúscula.

Parecido al ejercicio que hace el documental Travesía Travesti de Nicolás Videla (2021), este libro y las performances de las Yeguas, más que más que luchar contra el olvido, pugna por levantar una imaginación radical a través del chisme, la duda, la contradicción y la multiplicidad de relatos y temporalidades (Gómez, 2022). Responde en la acción a la pregunta de Jack Halberstam cuando nos desafía a pensar en un modelo de historia cuir cuya épica se base en complicidades, celebrando sus enigmas y contradicciones.
De tal modo, el relato circula de forma polifónica y bastarda, como dijera María Galindo. Sin pretensiones de acreditar veracidad, lo que se levanta en el libro de Fernanda Carvajal es la posibilidad de una historia que no va hacia adelante, sino que es recursiva, que se atropella a sí misma y que no importa, porque no le interesa convencer, sino más bien remover, contagiar y fantasear. En este sentido, el ejercicio escritural se transforma en una performance delegada.
En esta misma línea, y por restricciones de su custodia documental, en el libro no tenemos acceso al archivo fotográfico-documental existente de las performances de las Yeguas. No obstante, la provocadora solución ante dicha clausura es probablemente mucho más estimulante que la materialidad del documento. En el libro, la reperformance delegada en el lápiz de ilustradores pone énfasis más que en la “verdad” documental en los “ambientes afectivos que envuelven” cada acción de las Yeguas.
Fernanda describe mejor que yo esta estrategia como “una forma de meter las manos, varias manos, pulsos, trazos y líneas, como un repertorio promiscuo de roces y caricias. Y son, también, aproximaciones performáticas al archivo” (p. 40). El archivo, en consecuencia, se resiste a cerrar sentidos y, al contrario, los abre a través del misterio (p.36).

El archivo como un lugar de vulnerabilidad y de restricciones. En este libro se vuelve un lugar de ensayo para la astucia de Fernanda, quien pone en crisis estas características y experimenta su futuridad salvaje en resonancia con la idea de Sarduy, cuando sostiene: “A veces el eco, precede la voz” (Sarduy cit. en Carvajal, 142). O, visto desde otro lugar, lo propuesto por Silvia Rivera Cusicanqui cuando señala que para la cosmovisión aymara el pasado es lo único que tenemos al frente y el futuro es algo que cargamos en nuestras espaldas.
En palabras de Fernanda: “Las Yeguas del Apocalipsis parecían ‘hacerle el quite al tiempo’ para introducir otro tiempo. Un tiempo cultivado en el territorio agreste, cenagoso, de la orfandad” (p.174). Esta “desorientación temporal” (p.87) como efecto de la alteridad deliberada de las Yeguas, se replica en el libro, explotando la premisa de que las performances de las Yeguas del Apocalipsis fueron recursivas y densas, tocándose más allá de los tiempos de producción y movilizando el pasado y futuro de sus acontecimientos. En este sentido, la falta de certeza en la data de algunas performances, lejos de constituir un defecto, le entrega al relato el aura del mito.
El libro de Fernanda Carvajal logra ensayar una manera de romper la idea lineal del tiempo del capital blanco y cisheterosexual (Lau, 2016), escapando de las lógicas de la herencia y lo heroico. Junto a las Yeguas, el texto se sitúa en la errancia y sin pertenecer a las Yeguas, participa con ellxs en su producción performática (p.243).
En este punto, tiempos y parentescos dejan de tener un carácter consecutivo, recuperándose esa forma de filiación tan propia entre las disidencias que se basa en la complicidad y en esa convulsión coliza que se desparrama en los ambientes afectivos que habitamos. Como ese temblor del reconocimiento en la feria del templo de la Virgen de lo Vásquez con mi papá, como ese enamoramiento de mí que sentí a través de esos cuerpos trans/travestis que vendían empanadas. En este sentido, Carvajal propone “pensar que las Yeguas del Apocalipsis obligan a deshacer la idea de genealogía en una promiscuidad multidireccional de conexiones y procedencias” (p. 48).
Así como Claudia Rodríguez hace lo propio cuando en Dramas pobres recuerda “haber sido la protegida de tres madres elefantas”, las Yeguas del Apocalipsis se emparentaban con lo animal, en una alianza interespecie y desidentificatoria (Muñoz, 2011), a la vez que se situaban desde una orfandad política que les enseñó a “participar sin pertenecer”.
Temporalidades, lealtades y filiaciones propias de lo que es descrito por Carvajal como “una comunidad que se auto engendra (…) un modo de conjurar el desamparo histórico de vidas que ingresan en las líneas de continuidad, recapitulación y transmisión propias de la sucesión generacional que estructuran las tramas heterosexuales de la historia” (pp.184-85).

Tal vez por eso las Yeguas conspiran junto a las lesbianas exiliadas de la Morada por Margarita Pisano (me refiero a las Ayuquelén, ver Gómez, 2019) y no por sus aliados más obvios encarnados en el Movilh histórico. Porque más que una vinculación temática, estas alianzas se tendían en el terreno de lo afectivo, del dolor, de lo visceral, bajo la premisa de “actuar desde el resentimiento” (Carvajal, p.50).
“Distraídas respecto al registro” (p.271), tal vez las Yeguas en su ser chamánico yamanas adivinaron el trabajo que haría Fernanda Carvajal, o tal vez, en un ejercicio táctico evitaron esas huellas de realidad para dibujar un halo de especulación, para vivir eternamente en el boca a boca.
Ahí se abre la brecha para injertar la escritura de Carvajal, performando un acto espiritista. Pienso que el valor de este libro es que se toma con seriedad y sencillez el deseo de hablar de lo inacabado y pensar desde lo parcial (p.47), ya no en el soporte y autoridad que otorga la retórica filosófica, sino que en la práctica escritural y en entender la investigación como un ejercicio.
La autora hace lo que tantas veces teorizamos e incitamos a hacer desde los estudios cuir, transfeministas o de disidencia, esto es, desarmar el archivo para constelar prácticas desde lo afectivo, desde la duda y desde la intuición. Esa “salvaje política de una pasividad que se deja penetrar” (p.125), como la propia Fernanda Carvajal reconoce en la pose de las Yeguas, es replicada en su escritura. Familiar a esa pasividad activa que me penetró ese día bajo la mirada de la Virgen de lo Vásquez, al conectar de forma fugaz con mis hermanas trans/travestis. Esa es la política que persevera en el ejercicio escritural de Fernanda Carvajal. Es decir, una política que, frente a la orfandad y al fragmento, nos ofrece el contagio de la seducción coliza que hace que, cuando nos reconocemos, convulsionemos.

Rox Gómez Tapia es artista de performance e investigadore académico transdisciplinarie. Directore del primer diploma en Chile de Estudios y prácticas de la performance (UAHC). Es Doctore en Artes, Magister en Teatro y Licenciade en Letras. En el 2020 se adjudicó el proyecto de postdoctorado Disedencias cuir/queer recientes en Chile: performance y activismos feministas en Hija de Perra, Claudia Rodríguez y La Peluquería Records. Actualmente, junto a Ornella de la Vega, conforma el dúo de investigación performativa PerfoAmbulante. Ha publicado varios artículos sobre práctica artística como investigación, estudios trans y cuir. Además, es co-editore de Cadavez Exquisito: tres experiencias performativas en Chile (OsoLiebre 2020).
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