PLANTAS DE PODER
La armonía y reciprocidad entre los seres humanos y la naturaleza, principios fundamentales de las cosmologías andinas y amazónicas, se han visto trastocados por la modernidad. Esta ruptura ha reducido bosques, plantas y semillas a meros recursos, convertidos en mercancías sujetas a explotación y saqueo, tanto legal como ilegal, dentro de una cadena comercial que prioriza el beneficio económico por encima de los vínculos vitales.
Sin embargo, persisten formas de relacionamiento alternativas, en las que las plantas son reconocidas como poseedoras de espíritu, sabiduría y poder. Esta aproximación, que brota desde los márgenes de la modernidad, resiste al olvido y emerge con fuerza en las luchas contemporáneas por la defensa del medioambiente y el reconocimiento de otras formas de habitar el mundo.
La exhibición Plantas de Poder, presentada recientemente en el Centro Cultural Metropolitano de Quito bajo la curaduría de María Fernanda Cartagena, propone un diálogo íntimo y profundo con las plantas, abordándolas no como objetos de representación, sino como seres vivos con los cuales establecer relaciones afectivas, espirituales y políticas. Árboles, hojas, raíces y semillas se presentan como portadoras de memorias, territorios y saberes ancestrales. Desde esta perspectiva, las obras actúan como portales, ofrendas y espacios de conexión entre naturaleza y cultura, rompiendo con las jerarquías impuestas por las prácticas extractivas y abriendo nuevas posibilidades de coexistencia.
La muestra pone su énfasis en las «plantas de poder». Este término, que trasciende las categorías occidentales de «psicodélicas», «enteógenas» o «medicinales», designa a aquellas plantas que, a través de sus imágenes, vibraciones o gestos, nos interpelan y transforman. Estas entidades nos conmueven y nos guían hacia caminos de cuidado, espiritualidad, protesta y cambio. Al explorar sus potencias, las obras nos invitan a preguntarnos: ¿Qué desean las plantas? ¿Cómo las integramos en nuestras vidas? ¿De qué manera nos transforman?
Las piezas expuestas no se limitan a transmitir conceptos o narrativas. En cambio, abren espacios para entrar en sintonía con realidades que desbordan la razón. Estas exploraciones liminales nos conectan con los mundos de la selva, el páramo, la ciudad y las montañas: universos tejidos por intensidades, energías y presencias cíclicas vinculadas por los elementos –fuego, agua, tierra, aire– y habitados por seres tan diversos como luciérnagas, astros, semillas o serpientes. Estas propuestas expanden nuestra comprensión de la vida hacia un enfoque relacional y holístico, donde lo humano es solo una parte del entramado vital.
La fuerza de estas prácticas artísticas radica en su resonancia más allá de las salas de exposición, insertándose en entramados éticos, políticos y espirituales. Aquí, las plantas no son solo aliadas para la sanación individual y colectiva, sino agentes de transformación cultural y social. Así, el arte se convierte en una práctica profundamente espiritual, ética y política, un medio para cultivar relaciones que desplacen las lógicas extractivas y permitan nuevas formas de cuidar y habitar los múltiples mundos que compartimos.


La obra Hawa Kolla: Señora de las Alturas de Fernando Derks Bustamante (Puno, Perú, 1980) explora la relación espiritual, cultural y ritual con el cacto columnar sagrado conocido como Hawa Kolla en el sur del Ecuador, y como San Pedro bajo la imposición colonial. A través de un video, el artista presenta el proceso de preparación de una obra-ofrenda y de la medicina sagrada que se obtiene de esta planta maestra, entrelazando aspectos históricos, simbólicos y espirituales.
La obra subraya la importancia de contextualizar las comunidades y prácticas que resguardan estas medicinas sagradas, mientras denuncia las amenazas contemporáneas que enfrentan: desde la mercantilización y la apropiación farmacéutica hasta la violencia ejercida sobre los territorios y sus guardianes. Al pedir permiso a la planta y rendirle ofrendas, el video no solo documenta un proceso artístico, sino también un acto ritual que honra las tradiciones ancestrales y aboga por su preservación.
Jampipak samay – Aliento de sanación, de Manai Kowii (Quito, 1990), es una instalación con audio que rinde homenaje a las prácticas ancestrales de sanación a través de las plantas y los rituales de limpia en las comunidades kichwa. La obra, un tejido colectivo de saberes y tradiciones, reúne los conocimientos de curanderos como la mama Luzmila Morán y el tayta Rafael Carrascal, quienes comparten sus relatos y técnicas de sanación, integrados en la pieza mediante grabaciones de audio realizadas por Esteban Lema.
La instalación combina elementos materiales y simbólicos: una estructura de carrizo elaborada por Alfonso Vásquez, plantas recolectadas por mujeres de la Plataforma Central 1ero de Mayo del Mercado San Roque, y una estera de totora tejida por Luzmila Hinojosa. Estos componentes dialogan con las historias de conexión espiritual y física que enmarcan las limpias energéticas, una práctica que busca sanar no solo el cuerpo, sino también la mente, el corazón y el espíritu.




Colectivo Intersticios (Pilar Flores y Roberto Vega), Amaranto, 2023. Instalación y afiche. Diseño de montaje: Marie Combette, Pilar Flores, Víctor Hoyos, Daniel Moreno Flores, Martín Real, Roberto Vega. Diseño hoja de sala: Santiago Quevedo. Fotos: Alexander Alcocer C.
La serie Mama Coca de José Luis Macas Paredes (Quito, 1983) propone un diálogo profundo con la hoja de coca, un elemento ancestral de conexión, resistencia y espiritualidad en los Andes. A través de obras matéricas y un video, el artista explora el recorrido de la planta y su memoria cultural desde múltiples perspectivas: ritual, histórica y contemporánea.
La obra plantea un recorrido por la histórica y potencial ruta de la hoja de coca entre la Amazonía y la Sierra norte del Ecuador. Inspirándose en el curso del Río Coca, que fluye desde Puerto Francisco de Orellana, en la ciudad del Coca, hasta sus nacientes en el volcán Antisana, Macas traza un mapa simbólico y emocional de la planta, vinculando paisajes, comunidades y prácticas.
En este recorrido, el artista realizó ofrendas en distintos puntos del río, mascando hojas de coca como un acto cotidiano y ritual. Este gesto íntimo y colectivo busca restituir la memoria de la planta y resignificar su presencia en la contemporaneidad, evocando su relevancia espiritual y cultural antes de la colonización, cuando las extirpaciones de idolatrías nativas desplazaron sus usos rituales y comunitarios.
El video Hoja de ruta – ruta de hojas documenta este proceso, transformándolo en una reflexión crítica sobre las tensiones que atraviesan a la coca en el presente. Por un lado, resalta su despojo cultural y la persistencia de prácticas ancestrales; por otro, cuestiona su explotación y abuso en el contexto del narcotráfico. Macas imagina futuros posibles para la planta, donde recupere su lugar en las prácticas sociales y espirituales sin las cargas negativas impuestas por la modernidad capitalista.

En las primeras horas de la mañana, cuando el mundo todavía duerme, los habitantes de la Amazonía beben guayusa y narran sus sueños. Este ritual no es solo un acto cotidiano, sino una práctica ancestral que interpreta las tensiones y armonías de los mundos. La guayusa, deidad masculina y femenina, acompaña este viaje de aliento y palabra, ofreciendo la fuerza necesaria para el cuerpo, el espíritu y el trabajo. “El agua también hace su travesía en el cuerpo humano; por ello, tanto las plantas como nuestros cuerpos son mocawas, o cuencos que tienen la capacidad de albergar el agua, su sabiduría de imágenes, ‘de sueños’”, dice Angélica Alomoto Cumanicho (Quito, 1978)sobre su obra Tus sueños viven en mi cuerpo.
La planta de guayusa, como el agua y los sueños, es un portal hacia otros cuerpos y saberes. Es en su toma que se manifiestan las imágenes de los sueños, paisajes y narraciones impregnados de memoria y conocimiento. La serpiente, símbolo de transformación y movimiento, evoca este viaje. No lo representa literalmente, pero su forma sinuosa simula el trayecto incesante de la savia, del agua y de los sueños que habitan en nuestro cuerpo. Así, en el acto de tomar guayusa y contar sueños, se reactiva una conexión entre los cuerpos humanos y los no humanos, entre la memoria y la imaginación, entre los mundos visibles e invisibles que nos sostienen.

Elías Mamallacta Alvarado (Archidona, Napo, Ecuador, 1957) crea pinturas y dibujos sobre cartulina utilizando pigmentos obtenidos de plantas sagradas como la aya waska, la sangre de drago, el achiote, y otras tinturas naturales. Estas materias primas no solo son elementos físicos, sino también mediadores espirituales que canalizan la cosmovisión kichwa amazónica en un acto de creación profundamente ritual y sanador.
El artista invoca a los seres de la selva amazónica en busca de guía y protección. Las visiones que recibe se traducen en imágenes mediante un método creativo corporal e intuitivo. En su práctica, que prescinde de pinceles, frota hojas o semillas directamente sobre los soportes y utiliza pedazos de madera para realizar incisiones o trazos.
En su obra, no existe una clara distinción entre los seres: no son entidades independientes ni esencias fijas, sino que todos existen en una profunda interrelación. Plantas-mujeres, peces-lunas-aves o serpientes-árboles comparten sus interiores y exteriores, sus cualidades y su constante metamorfosis. Estas imágenes, muchas de ellas nacidas de visiones inducidas por la aya waska, no solo evocan el mundo espiritual, sino que también denuncian la imposición religiosa de la Iglesia Católica y la devastación de la selva por parte de las empresas petroleras.
La obra de Mamallacta es un acto de resistencia cultural y territorial. Como artista, artesano, cantautor y activista, su trabajo reafirma la importancia de proteger el conocimiento ancestral, la biodiversidad de la Amazonía y las prácticas espirituales de su comunidad kichwa.


La obra de Christian Proaño Pérez (Quito, 1978), Luciérnagas y Mariposas (2023), se presenta como una instalación inmersiva que fusiona lo tangible y lo virtual, explorando la relación entre las visiones provocadas por las plantas maestras, la cosmovisión shuar y la crítica al extractivismo y la destrucción territorial. A través de dos piezas que coexisten en el mismo espacio pero en diferentes tiempos, el artista nos invita a reflexionar sobre la espiritualidad, la resistencia y las luchas comunitarias.
Luciérnagas es una instalación física en la que la yuca, planta sagrada para los shuar, se convierte en una fuente de energía, tanto literal como simbólica. En la cultura shuar, la yuca es un regalo de la deidad Unkui, símbolo del poder femenino y centro de la chakra, el espacio ritual donde se cultiva. Aquí, la yuca no solo ilumina el espacio, sino que también ilumina la memoria histórica al rendir homenaje a los luchadores José Tendetza y Bosco Wisum, víctimas del extractivismo y del autoritarismo estatal y corporativo. A través de esta instalación, las yucas cosechadas se convierten en un símbolo de resistencia y poder, capaces de iluminar y escribir nombres que claman por justicia.
Por otro lado, Mariposas utiliza la realidad virtual (RV) para transportar al espectador a un mundo donde la visión de Arutam, el espíritu superior en la tradición shuar, nos observa como si fuéramos mariposas. En este espacio virtual, cada persona que ingresa a la chakra es transformada en una mariposa, símbolo tanto de transformación espiritual como de los difuntos invocados. Esta experiencia conecta lo mundano con lo trascendental, utilizando la tecnología para compartir las visiones provocadas por las plantas maestras.
El nexo entre estos dos mundos es la yuca, que actúa como puente entre lo físico y lo virtual, entre el territorio de la Amazonía y el mundo digital, entre la historia de lucha y la visión espiritual. A través de esta obra, Proaño Pérez busca no solo compartir su proceso de sanación personal y colectiva, sino también invocar la memoria histórica y la resistencia cultural ante el avance destructivo del extractivismo.

El Jardín Nativo de Pilar Flores (Quito, 1957), ubicado en el Patio Colonial de La Picota en el Centro Cultural Metropolitano, está compuesto por una cuidadosa selección de plantas nativas, junto con algunas especies introducidas. Este jardín fue sembrado en un espacio que previamente albergaba árboles como el Tilo, Eugenia, Arrayanes y Nísperos. Aunque la mayoría de las plantas son nativas, destaca la inclusión de la Sábila (una planta no nativa, pero ampliamente utilizada en la región), así como la Achira (Canna edulis), el Amaranto (Amaranthus caudatus), el Arete de Inca (Fuchsia ampliata) y el Chocho (Lupinus pubescens).
En una de las paredes del jardín se exhibe el mural Somos Granos de la Misma Mazorca, de David Sur (Quito, 1985). Esta obra, creada originalmente en 2018 como parte del proyecto colectivo Semillita, responde a la violencia sufrida por el pueblo ecuatoriano durante las protestas de ese año. Con el tiempo, el mural se ha convertido en un símbolo de lucha y resistencia para pueblos indígenas y movimientos sociales a lo largo de Latinoamérica.

Un conjunto de salas de Plantas de Poder está dedicado a explorar la potencia sanadora, espiritual, poética y política de las plantas. En ellas, descubrimos cómo las semillas, las plantas y los árboles se han integrado en luchas sociales recientes, demostrando la profunda conexión entre territorio y cuerpo. Las plantas recurren especialmente a las mujeres para manifestar sus deseos en el espacio público. Lideresas, sanadoras de pueblos y nacionalidades, organizaciones feministas, colectivos y activistas, tanto mujeres como aliadas, organizan rituales estético-políticos para denunciar la violencia patriarcal del estado, de las instituciones y de la sociedad en su conjunto.
Mujeres-plantas y sus acompañantes, visibles e invisibles, levantan propuestas de paz con justicia social, armonizan energías, alivian las heridas coloniales y protegen especialmente a los más vulnerables. Nos invitan a reconocer que en estas luchas no solo estamos los seres humanos.
En este contexto, la curadora invita a quienes han heredado el don de cultivar, resguardar y manejar las plantas medicinales y sagradas en los Andes Australes. La Asociación Intercultural de Yachaks Pumapungo, fundada por el tayta Roqui Ochoa (Cuenca, 1960), nos acerca a la comprensión del principio rector andino de la Pachamama. Aquí se resalta la experiencia vivida junto a las plantas y se presentan algunas de las iniciativas enmarcadas en la defensa de sus derechos colectivos, culturales y de las mujeres.
Las mujeres de la Asociación, sanadoras, agricultoras y emprendedoras, muchas de ellas hijas de la Pachamama, se dedican a la medicina ancestral, agroecología y economía solidaria. Poseen una conexión profunda con las plantas, reconociendo su espíritu, identificando su género y temperatura, así como sus propiedades para tratar diversas dolencias. Estas sanadoras cuidan y respetan la “comunidad de vida”, que abarca a humanos, plantas, animales y otros seres sintientes.
El trabajo de la Asociación y de organizaciones afines es incansable en su esfuerzo por fortalecer, recuperar y promover la medicina ancestral-tradicional. Mediante alianzas con la academia, y con instituciones dedicadas a la salud, la educación, la inclusión social y el medio ambiente, han logrado influir en la creación de normativas, ordenanzas y códigos orgánicos, además de utilizar la categoría de patrimonio cultural inmaterial para visibilizar sus prácticas.


Por su parte, el tayta Roqui Ochoa ha dedicado más de 20 años a la instalación de chakanas, diseñadas como portales espirituales que funcionan como altares de ofrenda a la Pachamama. Su conocimiento sobre la chakana le fue revelado durante una visión de 13 días en Ollantaytambo, Perú. Estas chakanas se elaboran con semillas orgánicas de colores, frutas y flores, en un proceso colectivo que fomenta la paridad entre lo femenino y lo masculino, representados en los elementos sagrados del agua y la tierra (femeninos) y el fuego y el aire (masculinos).
La sala titulada Encuentro del Águila y el Cóndor ofrece una mirada a las iniciativas pioneras en Azuay y Cañar que llevaron al ámbito público las prácticas espirituales y de medicina ancestral-tradicional de los pueblos y nacionalidades de Abya Yala y otros continentes.
Colectivo Yama, Curanderas, 2022. Videoclip documental animado, 4 min 40 seg.
A través de las líricas de jóvenes raperos indígenas, el video Curanderas, del Colectivo Yama, destaca la urgencia de valorar los conocimientos de las curanderas y parteras en el mundo andino. La música es fruto de una colaboración entre la agrupación Inmortal Kultura, Atik Arotingo y el Colectivo Yama.
Las dos limpias, realizadas por la mama Luzmila Morán, partera y curandera kichwa, son una parte fundamental del videoclip, que es parte del proyecto de animación documental comunitario Hilos en parto. Este proyecto aborda temas relacionados con el parto, las maternidades y paternidades diversas, la partería tradicional y la violencia obstétrica en el contexto andino, tanto en zonas rurales como urbanas de Ecuador.
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