TELSTAR. LO QUIETO Y LO QUE SE MUEVE
Este mes de octubre inauguré la exposición Telstar en el querido espacio Instituto Tele Arte. Para esta exhibición, un asunto central de interés es la visión; lo real y lo aparente; lo análogo y lo virtual. Usando las dos salas del espacio, la exposición funciona como un espejo: una mitad despliegan objetos reales, mientras que la otra presenta elementos que remiten a una realidad virtual, inclusive ficcional, que solo puede ser observada por dispositivos que complementan la mirada natural de un cuerpo biológico y su percepción del mundo.

Me gustaría abogar por un tipo de visión que combine actividad y pasividad. Si reafirmamos que el ser humano tiene una existencia tanto física como consciente, la visión no debe limitarse a un lado u otro. Mi cuerpo me pertenece, pero es una entidad intermediaria ambivalente que también pertenece al mundo exterior… Adoptemos la postura de que el yo y el mundo exterior pueden crear un mundo entre ellos a través de una relación interactiva que conlleva diferencia y la no-identidad.
Lee Ufan
Estando aún en el colegio, subía habitualmente al techo de la casa de mi mamá. Se sentía como estar descubriendo un territorio nuevo, un archipiélago hecho de techos, como icebergs de ciudad, donde la parte funcional de la casa es la parte sumergida. Me sentía como escapándome del mundo para habitar esta dimensión alta y árida, un horizonte sin personas, una altura que no se sabe defender de la insistencia abrasiva de la luz solar ni de la lluvia.
En estos paseos fui encontrando objetos desteñidos, y los recolecto desde entonces. Los admiraba; consideraba que habían escapado a los circuitos cíclicos de la funcionalidad humana. Todo objeto está preso en un loop de uso o funcionalidad: del cajón a la mesa, de la mesa al lavaplatos. Estos eran objetos que se habían escapado. Practicaban la flojera en las alturas. Inmóviles, imitaban a las piedras, se comportaban como esculturas. Vivían en un espacio temporal estirado, indeterminado, de contemplación y quietud, que poco tenía que ver con sus tiempos de vida útil.
La noche, el día, el frío o el calor son los hitos que dan cuenta de que el mundo no se ha detenido. Estos objetos de las alturas se revelaban ante una disposición pasiva y servil. En los techos -este territorio alternativo- practicaban la rebeldía de escapársenos, fundaban comunidades inertes y pacíficas, círculos de objetos fugados del dominio de lo humano.




Mi colección fue creciendo. Llaveros, pelotas, revistas porno, una billetera recién robada que alguien lanzó para desprenderse de la evidencia, reposaban junto a huesos de pájaro, frutos, semillas y nidos. Sistemas absurdos, sin otro vínculo que la quietud como promesa de paz. Espacios sin jerarquía u orden. Si nada se mueve, tampoco hay acción que desencadene la actividad. Esta parecía ser la norma, siempre obedecida, cautelada por la gravedad y el placer de ser rebelde al movimiento.
Con el tiempo comencé a configurar pequeñas composiciones, estados de orden. No quiero importunar la rebeldía devolviendo a los objetos funcionalidad alguna. A estas situaciones las llamo esculturas: operaciones a partir de objetos que resaltan su valiente retiro, procurando el permanente reposo, sin tener que enfrentarse a las furias del cielo, sin capacidad alguna de protección o reflejo.
La escultura es una categoría objetual que tiene permitida la pereza. Más que eso, a veces los humanos reaccionamos admirados ante la valentía de su -a veces- drástica inamovilidad. Nos movemos nosotros, las recorremos como si fuesen rocas conmovedoras, las contemplamos como si su silencio escondiera unas informaciones profundas y misteriosas.





Un día me encontré una pelota Adidas Telstar, uno de los objetos valiosos en la colección. Este balón está basado en el diseño del satélite del mismo nombre. Un enjambre de satélites Telstar que orbitan nuestro planeta hicieron posibles las primeras comunicaciones satelitales, permitiendo la conectividad global mediante ondas y señales. Esta tecnología permite vistas frontales sobre la superficie del mundo (como miraría Dios), espionajes, la hipervisibilidad de la superficie de la tierra, Google Street View.
Así, esos techos como islas de objetos prófugos son mirados ahora de frente. Apareció una nueva forma de ver el mundo: la mirada cenital global a la que se puede acceder por medio de cualquier pantalla. El mundo se ha convertido en objeto. Ahora flota sobre él una mirada que lo inmoviliza, como si fuera una cosa grande pero sumisa. Ya no es infinito, o, si lo sigue siendo, hay algo que alcanzó su dimensión infinita y lo contempla sin descanso.
El techo siempre me ha parecido territorio análogo. Hoy, es un espacio visto por un gran ojo infinito que genera copias virtuales multiplicadas sin austeridad, como un scanner sin fin. Todo lo real es ahora matriz para la producción de una gran imagen, de una gran versión digital de todo lo que tiene cuerpo visible. Si los objetos querían escapar de lo humano, hoy, inclusive en el techo, se cruzan con nuestra mirada, que desciende cual rayo de sol absorbente. Si el sol golpea, el satélite traduce, absorbe.


Javier González Pesce, Telstar, Instituto Tele Arte, Santiago, 2024. Foto: Felipe Ugalde
Estamos en el mundo como una muestra bajo la lente de un microscopio, pasivamente filmados a perpetuidad. Lo que hoy habita el archipiélago-iceberg de ciudad, es, en el presente objeto pasivo de la mirada robot que flota más allá de las nubes como un ojo de mosca sin cuerpo, y con la capacidad de constituir una visión monumental.
Telstar es tanto la pelota como el satélite. Por un lado, tenemos un cuerpo esférico sujeto a las leyes de la física; por otro, un artefacto que desafía esas leyes para crear un mundo virtual que se inserta en la realidad. Usando ambas salas del Instituto Tele Arte, me propuse construir una exposición dual: en un lado (o hemisferio) se presentan realidades tangibles, en el otro, realidades aparentes.
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