FERNANDA LAGUNA. MI CORAZÓN ES UN IMÁN: EL AFECTO COMO ESTRUCTURA POLÍTICA
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[lectura breve]
Con más de trescientas piezas producidas entre 1992 y 2025, Mi corazón es un imán es la exposición más exhaustiva dedicada hasta ahora a Fernanda Laguna (Hurlingham, Buenos Aires, 1972). Curada por Miguel A. López y organizada por el MALBA y el Museo Reina Sofía —donde se presentará en 2027—, la muestra revisa una práctica indisciplinada que ha transitado entre la pintura, la literatura, la edición, la pedagogía y el activismo feminista.
Desde su participación en la escena del Centro Cultural Rojas en los años noventa y el debate en torno al llamado «arte light», pasando por la experiencia decisiva de Belleza y Felicidad, hasta las genealogías colectivas de los feminismos contemporáneos, la exposición ilumina una idea persistente en la obra de Laguna: que el arte puede ser una forma de cuidado y que los afectos —la amistad, la ternura y el deseo de estar con otros— también son maneras de intervenir en el tejido social e imaginar otros mundos posibles.

Hay un pie de mármol —en realidad, un calco del David de Miguel Ángel— que vive en la esquina de Larrazábal y Ribera Sur, en Villa Fiorito, y que los vecinos rebautizaron «La Patota», en homenaje a Maradona. Esa anécdota, que Fernanda Laguna cuenta en un recorrido por Mi corazón es un imán (1992-2025), podría funcionar como llave de entrada a esta retrospectiva que el MALBA le dedica en colaboración con el Reina Sofía. Porque en esa obra realizada junto a Roberto Jacoby está todo: la cita culta desplazada de su pedestal, el barrio que la resignifica a su manera, y una artista más interesada en lo que sucede después de la obra que en la obra misma.
El curador Miguel A. López tiene una palabra para definir la naturaleza de esta muestra: retrocolectiva. «Es una retrospectiva de colectividades que convergen en torno a ti», le dijo a Laguna en la charla inaugural. La distinción es importante. Una retrospectiva ordena una trayectoria individual hacia atrás, casi como la certificación institucional de una genialidad en solitario. Una retrocolectiva hace exactamente lo contrario: usa la ocasión institucional para mostrar que esa trayectoria nunca fue de una sola persona.
Para López, el desafío central de armar esta muestra fue hacer converger la dimensión multidisciplinaria de Fernanda Laguna sin reducirla. No se trataba solo de exhibir su obra plástica, sino de dar lugar a las otras capas de su práctica: el pie firme que tiene en la literatura, la poesía y la edición, y ese otro pie, igual de firme, plantado en la gestión de espacios independientes y en un activismo feminista que terminó desembocando en múltiples colectivos y plataformas de colaboración.




Multiplicar las paredes
Todo arranca, narrativamente, con las primeras obras de Laguna expuestas en el Centro Cultural Rojas, en los noventa: una serie de pequeñas pinturas que, sin pretensiones, son copias de imágenes edulcoradas sacadas de revistas, láminas escolares o libros infantiles. «La pregunta era: ¿cómo despojarme de la imaginación y de la intención?», cuenta Fernanda en su recorrido. Pero el despojamiento dura poco. Para la segunda muestra del Rojas ya aparecen personajes propios, imaginados, como el «55» y la chica extraterrestre, y una constelación de amigues: figuras juguetonas en escenas coloridas que son, en sus palabras, «cosas inanimadas, pero que están vivas porque tienen amor».
Ahí empieza también esa ensoñación y locurita entrañable que recorre toda su pintura. «Siempre quise hacer un museo de todas las imágenes del mundo», dice. Y sus cuadros enmarcados en mimbre son, a los ojos de la tradición, objetos domésticos antes que piezas de museo. La misma lógica íntima rige sus diarios, cuya espontaneidad adorna con bonitura para sí misma, para alegrarse. Solo después le dan ganas de que otras personas los vean: «A veces los llevo en la cartera y los muestro».
De ahí a Belleza y Felicidad hay un paso lógico. El proyecto que Laguna fundó junto a Cecilia Pavón en 1999 reunió a una generación que estaba creando sin categorías, desdibujando fronteras y ensayando formas de encuentro y cuidado en medio de la fragmentación neoliberal de los años noventa. Funcionó bajo una premisa muy simple: «multiplicar las paredes». Se exponía en el baño. Se exponía en la heladera. El arte no necesitaba el cubo blanco ni la validación de las grandes instituciones; necesitaba superficie y voluntad.
Detrás de esa aparente sencillez hay una acción política precisa. No se trataba de un proyecto alternativo en el sentido romántico de la palabra, sino de una redistribución concreta de quién puede producir arte y quién puede mostrarlo. «Queríamos empujar el arte hacia la popularización —dice Laguna—, que pudiera estar en otros lugares y que la escena artística no fuera algo cerrado».
Esa vocación por lo accesible se nota también en los materiales. Laguna trabaja con lo que tiene a la mano, con desechos y elementos que remiten a la infancia o a lo doméstico, alejándose deliberadamente de cualquier monumentalidad. A inicios de los años 2000 esa impronta se vuelve todavía más precaria, como efecto directo del momento de crisis económica, social y política que atravesaba la Argentina. Eran tiempos de desolación y fragmentación, a los que ella respondía con gestos de amor. De ahí también el rincón dedicado en la muestra al «arte feliz cumpleaños», pinturas que hacía, literalmente, para regalar a sus amigos.
Algo parecido ocurre con los trabajos de Yotíteretú, el proyecto de títeres y performance que Laguna desarrolló con Mariela Scafati entre 2009 y 2010 en la feria arteBA y el Espacio Formosa. Aquí se sintetiza buena parte de su filosofía: democratizar el arte, difuminar la frontera entre espectador y autor y convertir el juego y la participación en formas de encuentro. También allí se insinúa otra de sus intuiciones persistentes: que la ternura puede ser una herramienta política.


Se politiza desde la lindura
¿Qué nos dice la brillantina? ¿De qué hablan esos corazones, los gatitos, las papas fritas enamoradas? La tentación es leerlos como ingenuidad, como un repliegue hacia lo íntimo frente a lo político. Pero López lo desarma con una frase digna de cualquier estudio sobre arte y afecto: «Se politiza desde la lindura, desde la ternura». No es una paradoja, es un programa. La ternura no es la evasión de la política; es, en la obra de Laguna, su materia prima.
El Artelín —esa imagen que ella misma define como «un elástico que se estira desde el arte hacia afuera»— nombra justamente eso: cosas que podrían considerarse manualidades, artesanía, decoración u objetos cotidianos, pero que al mismo tiempo participan de la imaginación artística. Describe exactamente esa tensión permanente entre el objeto artístico y todo lo que lo excede.
Y en un momento como este, de regímenes desbocados y precarización total de la vida, reivindicar la ternura como herramienta no es ingenuidad sino una apuesta deliberada por otra forma de estar y resistir en el mundo. Porque en la obra de Fernanda Laguna la belleza es, más que refugio, una manera de organizar el deseo. Y el deseo, cuando consigue reunir a otros, puede convertirse en una fuerza transformadora.





La amistad como tecnología
Si hay un concepto que resume el funcionamiento práctico de todo esto, es uno que Laguna formula con una literalidad encantadora: «La amistad genera un tipo de tecnología que hace funcionar las cosas». Uno tiene un cable, otro sabe de sonido, alguien más consigue el local. Así se armó Belleza y Felicidad. Así se armó, después, su sucursal en Villa Fiorito, activa desde 2003, con talleres, el Comedor Gourmet (que da de comer cada sábado a 250 personas), y la galería La Joya, instalada en la casa de una vecina del barrio y en la que se han presentado innumerables exposiciones de artistas de todo el país, como —para esta muestra— Julia Díaz, Andrés Borget, Silvia Macías, Mayra Jiménez y Sasha Jiménez.
Pero esa tecnología de la amistad no funciona sin que cada uno ceda algo propio. Como resume Laguna: «Poner ciertas cosas personales en pos de lo colectivo, en vez de achicarme, me amplía […] Uno triunfa en comunidad».



Un porcentaje de mí misma que no soy yo
Esa expansión tiene una formulación todavía más radical, casi filosófica, que Laguna dejó caer casi al pasar en la inauguración: «Hay una especie de porcentaje de mí misma que está hecho de personas que no soy yo, pero que a la vez soy yo». Es una definición del yo tan extraña como luminosa, que vuelve inútil cualquier intento de aislar una autoría individual en buena parte de esta muestra.
Mareadas en la marea, el archivo que construye junto a Cecilia Palmeiro desde el estallido de Ni Una Menos, es la versión más explícitamente política de esa idea: pancartas, remeras, tejidos y videos de la marea feminista ocupando las salas de un museo, convirtiéndolo en una sucursal más de la protesta callejera.
Hay, además, una genealogía que Laguna describe casi como poesía política: «Las mujeres tenemos esa cosa de generar un compost gigante, de abonar la tierra para otras personas también». Es una manera de pensar el feminismo no como el heroísmo de unas pocas, sino como transmisión, como cuidado de lo que vendrá después.

Indisciplinada
Fernanda es, dice López, realmente un imán: alguien que logró unir personas, congregar deseos, generaciones e inquietudes. El título de la muestra viene de su propia poesía, y en el confluyen dos cosas a la vez. Por un lado, el lugar que ocupan los afectos en lo que crea: la tristeza, el enamoramiento, la pasión, el deseo. Por otro, lo que ella misma representa: ese punto donde convergen plataformas y colectividades enteras.
La muestra termina iluminando algo más abarcador, y es cómo esas genealogías feministas hoy tan visibles, tan combativas, tan presentes en la conversación global no nacieron solo de un manifiesto, sino de la cocina de todos los días, del trabajo, la amistad, el juego, la fantasía, la belleza buscada por fuera de la solemnidad.
Ahí es donde Laguna se vuelve indisciplinada en el mejor sentido de la palabra. Su pintura, su escritura, su militancia y su trabajo colectivo conviven sin que ninguna de esas prácticas le pida permiso a la otra. Ha construido, con el tiempo, un idioma propio para nombrar el deseo, las luchas y las comunidades. No por casualidad, esta exposición se la dedica a las editoriales y los espacios independientes. Porque producir formas de organización es también producir afectos; y los afectos, a su vez, generan nuevas formas de estar y hacer en común. Laguna multiplica algo más que paredes: multiplica complicidades, amistades y modos de encontrarse. El MALBA, con sus trescientas piezas repartidas en dos de sus pisos, es apenas una pared más en una vida dedicada a multiplicarlas.
Mi corazón es un imán (1992-2025) se presenta en MALBA, Buenos Aires, en colaboración con el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía. Curaduría de Miguel A. López. El Nivel -1 de la muestra permanece abierto hasta el 22 de junio.
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