CUATRO VOCES LATINOAMERICANAS EN TORNO AL INTENSIVO CURATORIAL DE MONTEVIDEO
Independent Curators International (ICI) presentó en marzo de 2026 el Intensivo Curatorial de Montevideo, en colaboración con la feria ESTE ARTE y la Facultad de Artes de la Universidad de la República (Udelar). El programa, realizado por primera vez en Uruguay, se centró en prácticas curatoriales emergentes orientadas a fortalecer infraestructuras culturales, fomentar la creación artística y vincular comunidades a través de experiencias compartidas.
Inspirado en la escena artística uruguaya y en su relación con los movimientos culturales de Latinoamérica, este fue el sexto Intensivo Curatorial realizado en la región desde 2012, destacando además por haberse desarrollado íntegramente en español, bajo la dirección de la curadora independiente Marina Reyes Franco, exalumna del Intensivo Curatorial de Ciudad de México (2014).
Durante ocho días, doce curadores emergentes de Uruguay, Brasil, Argentina, Chile, Venezuela, Ecuador, Colombia y Estados Unidos se reunieron en la Udelar para profundizar en sus prácticas curatoriales mediante seminarios, sesiones de debate y encuentros de mentoría. Tras las presentaciones de les participantes y sus proyectos, el grupo se trasladó al barrio Pueblo Victoria para asistir a un seminario en CasaMario impartido por la artista, organizadora y docente de la Udelar Ana Laura López de la Torre, residente en Montevideo.
La casa del difunto artista y organizador comunitario Mario Benabbi se ha convertido en un centro cultural de creación colectiva. Allí, López presentó a les participantes su metodología de trabajo, mostrando cómo la experiencia en CasaMario involucra a sus estudiantes en procesos de reflexión sobre la cocreación. El itinerario también incluyó visitas a SUBTE, la Fundación Arte Contemporáneo y el Espacio de Arte Contemporáneo. Más adelante en la semana, la directora de ESTE ARTE, Laura Bardier, dirigió una excursión a Punta del Este para visitar galerías y espacios como Casa Sur —la casa y estudio del fallecido artista Nicolás García Uriburu—, el MACA y la Fundación Cervieri Monsuárez.
En los seminarios, un grupo internacional de profesores ofreció perspectivas sobre curaduría, trabajo colaborativo y construcción de infraestructuras culturales tanto dentro como fuera de las instituciones. Ionit Behar (curadora del Museo de Arte Contemporáneo de Chicago, EE. UU.) mostró cómo su práctica curatorial conecta perspectivas transculturales entre Montevideo, Chicago y otros contextos, fomentando experiencias compartidas centradas en problemáticas contemporáneas.
Victoria Noorthoorn, basándose en su experiencia como directora del Museo de Arte Moderno de Buenos Aires, reflexionó sobre los desafíos y el potencial transformador de los museos públicos en América Latina, así como sobre su papel en la construcción de ciudadanía, memoria y debate crítico.
En una amplia y conmovedora presentación, la curadora y escritora guatemalteca Maya Juracán cuestionó la noción de una práctica curatorial “situada”, invitando a les participantes a explorar sus narrativas personales y su posicionamiento dentro de sus territorios —geográficos, políticos, sociales y personales—, conectando el lenguaje curatorial con la acción comunitaria. Por su parte, Keyna Eleison (directora de la Bienal das Amazônias y co-curadora general de la 36.ª Bienal de São Paulo, Brasil) ofreció una reflexión profunda sobre la colectividad, los modos en que los enfoques colaborativos pueden intervenir significativamente en los marcos institucionales y la manera en que la curaduría actúa como un proceso de invención archivística y construcción de memoria.
El programa concluyó con un simposio público en el Museo Nacional de Artes Visuales (MNAV), donde les participantes presentaron las propuestas expositivas y proyectos desarrollados durante el curso. A través de este proceso, consolidaron una sólida red de colegas regionales con quienes iniciaron futuras colaboraciones.
Les participantes en el Intensivo Curatorial de Montevideo fueron Sebastián Valenzuela-Valdivia, Juaniko Moreno, Cecilia González Godino, Santiago Ávila Albuja, Camila Arbeláez, Luiza Testa, Mateus Nunes, Paola Nava, Andrés Gorzycki, Fabiana Puentes, Bruna Costa y Guad Creche. En alianza con ICI, presentamos las reflexiones de un grupo de ellos: Andrés Gorzycki, Paola Nava, Fabiana Puentes y Luiza Testa.

ANDRÉS GORZYCKI
En el intensivo curatorial del ICI hubo varias de esas conversaciones que te ofrecen una nueva perspectiva y terminan de reorganizar las estructuras de lo que venís pensando. Una de ellas fue durante el viaje en bus que nos llevó a la costa este de Uruguay para visitar distintas instituciones de arte, donde conversamos con Mateus Nunes, quien también participaba del programa. Tomando como punto de partida su trabajo con André Taniki de la comunidad Yanomami para su exhibición en el MASP, donde se muestran una serie de dibujos del artista chamán hechas durante los años 70, discutimos sobre cómo producir una ética de la representación que no solo evite el extractivismo epistémico, sino que abra espacio a producciones por fuera de la matriz de la imagen occidental. Intercambiar ideas con Mateus evidenció un horizonte compartido sobre los desafíos de trabajar con cosmologías indígenas y me ayudó a poner palabras a un proceso que venía gestando de manera intuitiva.
Al trabajar en territorio ancestral Mbya Guaraní como curador del Museo de la Triple Frontera (MUTRIF), un proyecto de museo nómade, disidente y sin sede fija, situado en la frontera entre Argentina, Brasil y Paraguay, estas problemáticas que conversamos con Mateus son imperativas. Allí conviven el pulso del mundo globalizado con comunidades guaraníes y sus prácticas ancestrales. Con la certeza de que la práctica curatorial debe estar comprometida con el territorio que habita, aposté por relocalizar mi práctica a este contexto fronterizo, luego de mi paso por la Städelschule de Frankfurt y mi trabajo en el contexto alemán. Esta apuesta fue reforzada durante el intensivo del ICI, confirmando la potencia de producir pensamiento desde este territorio particular.
También hubo otras conversaciones que me dieron nuevas perspectivas sobre las posibilidades del trabajo curatorial en el marco institucional. Keyna Eleison, durante su seminario, nos habló sobre el poder de las estructuras del arte para dignificar la intelectualidad presente en las prácticas comunitarias. Ella citó el ejemplo de una pasista del carnaval con la maestría de conducir a todo un grupo mediante el baile. Reconociendo este saber particular, la invitó a ocupar un lugar de enseñanza como profesora dentro de la institución donde la curadora trabajaba. De esa forma, la curaduría funcionó como un marco para que la pasista ejerciera una autoridad intelectual que siempre le perteneció pero que nunca había sido reconocida en esos términos, usando el espacio institucional para restituir la autoridad de la comunidad.
Estas conversaciones no ocurrieron de manera aislada, sino que se fueron entretejiendo a lo largo de los días, en las tutorías, las visitas y los encuentros que el ICI organizó con diversos actores culturales de Uruguay.
En el roce cotidiano con les participantes durante las caminatas, las comidas y los espacios entre actividades era donde la teoría se digería para volver más precisas nuestras investigaciones y discutir de qué se trata la práctica curatorial en el contexto actual. Estos intercambios dicen mucho sobre el tipo de aprendizaje que el intensivo curatorial propone y donde mi práctica encontró un eco fundamental.
En uno de estos encuentros nos conocimos con Agustina Rodríguez y el MACMO, un museo de Montevideo sin sede en plena sintonía metodológica con el MUTRIF, donde pudimos intercambiar estrategias como forma de fortalecer nuestra autonomía frente a cada contexto particular. Asimismo, compartir pensamiento con Guad Creche, quien también participó del intensivo con su Museo del Devenir fue clave para entender la curaduría como un ejercicio de parentesco con comunidades queer e indígenas. Su práctica en el norte argentino se volvió, así, una referencia obligada para repensar mis propias formas de trabajo en el territorio. Estas experiencias, sumadas a la historia aportada por Marina Reyes Franco sobre La Ene, un museo crítico que funcionó en Buenos Aires de manera independiente cuestionando la oposición entre alternativo e institucional, me hicieron ser consciente de la genealogía viva en donde mi práctica curatorial se sitúa.
Fui amasando certezas en conversaciones compartidas con otres, en relación con la curaduría como herramienta para construir marcos que sostengan prácticas arriesgadas, comprometidas con su contexto y que den visibilidad a lo que de otra manera no tendría lugar. Encontrar esa constelación de proyectos fue entender que mi práctica forma parte de una red activa de curadorxs trabajando en distintas partes del globo con preguntas compartidas, y que esa red se sostiene y se hace visible precisamente en espacios como el Intensivo Curatorial del ICI.
Esa red, que comenzó entre extrañxs y se transformó en una comunidad de afectos, es la que permite que las ideas se materialicen. Nos despedimos con la certeza de volvernos a encontrar y, como marca de ese aprendizaje situado, con los pies mojados por el mar de Uruguay.
Andrés Gorzycki es curador y artista visual radicado en Posadas, Argentina. Su práctica explora las intersecciones entre arte contemporáneo y espacio público, investigando cómo las obras, los contextos y las comunidades se configuran mutuamente a través de actos de presencia, desplazamiento y encuentro.

PAOLA NAVA
“El presente es el instante en que la rueda de un automóvil a gran velocidad toca mínimamente el suelo”, escribió Clarice Lispector en Agua Viva. Pienso en esa frase al recordar los días del Intensivo Curatorial en Montevideo, porque, al mirar en retrospectiva, veo que fue una experiencia donde todo avanzó con mucha rapidez. Y, al mismo tiempo, fue esa temporalidad la que me permitió sentirme profundamente conectada con las formas más reales de mi presente.
Los días del Intensivo transcurrieron entre lecturas, presentaciones, conversaciones, recorridos por la ciudad y momentos compartidos que se escapaban de lo que la experiencia de aprendizaje había sido hasta ahora para mí.
Recuerdo que durante una de las primeras jornadas fuimos con Ana Laura López a visitar CasaMario, situada en el barrio Pueblo Victoria de Montevideo, un espacio construido con y para lxs vecinxs, donde se realizan talleres, encuentros, entre otras actividades comunitarias, y que conserva el nombre del fotógrafo Mario Bennabi, quien habitó la casa hasta su fallecimiento en 2006 y registró, a lo largo de su vida, la cotidianidad del barrio, sus celebraciones, fiestas, prácticas deportivas y dinámicas colectivas. Algo que me llamó la atención fue cómo este espacio promueve la idea de centro cultural hacia algo directamente implicado con su entorno, desde los deseos y posibilidades de quienes lo habitan.
Ese día también recorrimos el arroyo de Miguelete. Ana Laura nos contó cómo, junto a vecinxs, impulsaron su proceso de limpieza y recuperación, evidenciando una forma de acción situada en la que la práctica colectiva incide directamente en la transformación del entorno. Traigo este momento porque creo que marcó un punto de partida para lo que sería el resto del Intensivo, ya que nos situó frente a prácticas donde la dimensión curatorial se despliega en continuidad con el territorio, anclada en procesos sostenidos en el tiempo y en formas de organización que potencian el hacer colectivo y el sentido de pertenencia.
A lo largo de la semana, lxs profesorxs fueron construyendo un marco de referencias desde sus propias prácticas. En sus intervenciones aparecieron modos concretos de tomar decisiones, de lidiar con límites institucionales, de sostener procesos en contextos específicos y de asumir posiciones frente a lo que implica trabajar con otros. Cada clase nos mostró la diversidad de formas que existen para ejercer la curaduría, atravesada por tensiones, ajustes y negociaciones, lo que hacía visible que ejercerla implica también tomar posición frente a las estructuras que la condicionan.
Me gustaría agregar que gran parte de esta experiencia se construyó en relación con mis compañerxs. Escuchar sus procesos, sus dudas, sus momentos de claridad y sus formas de nombrar lo que hacen fue generando un espacio de confianza que día tras día se reafirmaba. Esto tuvo un efecto directo en mi trabajo, me permitió reconocer la urgencia de transformarlo, abrirlo a lo colectivo e incorporar la construcción de comunidad como un eje central, con la dicha de encontrar felicidad cada vez que pensaba cómo podría reconstruir mis ideas desde este enfoque. Como venezolana radicada en Chile desde hace más de ocho años, no había visto hasta ahora cuánto necesitaba pensar mis proyectos desde este lugar.
Tres semanas han pasado desde que volvimos del intensivo y continúo volviendo a ciertos momentos. Entre ellos, la sesión con Ionit Behar, quien nos propuso responder preguntas como: ¿qué nos interesa explorar en la curaduría?, ¿qué la atraviesa?, ¿qué formas de colaboración la hacen posible? Estos cuestionamientos siguen abiertos para mí; al día de hoy, no han encontrado una única respuesta, y es precisamente en esa indeterminación donde encuentro su fuerza. En ese sentido, resuena lo planteado por Maya Juracán sobre acuerpar la práctica: entenderla como algo que se construye en relación con lxs otrxs, con los contextos y con aquello que nos afecta. Una idea que dialoga con lo que insistía Keyna Eleison y es que sostener esta práctica implica también aprender a escucharnos, aprender a cuidarnos.
Todo esto vive en mí, al mismo tiempo que vive el recuerdo del día en el que terminamos en la playa, abrazadxs, frente a un horizonte abierto entre el océano Atlántico y la tierra uruguaya. Ya de vuelta, tengo la sensación de que el intensivo aún no termina, sigue despierto en la urgencia del cuidado y del amor en lo que hago. Despierto, como ese instante que describe Lispector, en el que algo toca tierra y, por un momento, se vuelve completamente presente y necesario.
Paola Nava (Maracaibo, Venezuela, 1994) es curadora, investigadora y escritora radicada en Santiago de Chile.

FABIANA PUENTES
Quienes vivimos en Montevideo solemos decir que es una ciudad que se recorre caminando, donde el tiempo se vuelve pausa y espera. Aunque el ritmo de lo cotidiano no siempre permite detenerse, el Intensivo Curatorial habilitó justamente la posibilidad de habitar la pausa. La experiencia transcurrió en la Facultad de Artes, un lugar que conozco como docente, pero que durante esa semana parecía otro, como si el espacio se transformara, y nosotros con él. Esa transformación tomó forma en el seminario de Ionit Behar, que propuso volver sobre lo esencial, sobre aquello que cada uno busca. ¿Qué nos interesa explorar por medio de nuestra práctica? Una pregunta que no admite una respuesta simple pero que, en esa pausa, me recordó por qué elegí la curaduría: por su condición de práctica que se construye con otros.
El proyecto que presenté al Intensivo surge de esa idea y se propone poner en relación a artistas de Uruguay y Namibia, territorios que hace millones de años fueron uno solo. También busca disputar la fabulación como herramienta para ensayar esas relaciones, hoy apropiada por las empresas petroleras que especulan con la presencia de hidrocarburos a partir de la continuidad geológica entre ambos márgenes del Atlántico.
Pero disputar esa fabulación no es solo una cuestión de contenido sino de método. En esa línea, Keyna Eliason trajo una idea que me quedó resonando: la práctica curatorial es un trabajo desde el cuidado y el amor, pero también desde el autocuidado. Para poder construir con otros, para volcarse en una comunidad, es necesario no perderse en el camino. No se trata de una entrega absoluta, sino sostener la práctica sin perderse en ella.
Desde esa idea entendí que mi proyecto necesitaba habitar la pausa. Conozco artistas de este lado del Atlántico que trabajan sobre estas problemáticas, pero no del otro, y ese encuentro se vuelve necesario para continuar.
Habitar la pausa no implica detenerse, sino que habilita otras formas de avanzar, guiadas por la intuición, donde los desvíos no son obstáculos sino parte del recorrido.
En ese trayecto hay lugares a los que se vuelve, luego de días, meses e incluso años, como una suerte de refugio que despliega nuevas preguntas a lo largo del tiempo. El Intensivo Curatorial toma ese lugar en mi práctica: un espacio al que volver, donde a veces no se trata de descubrir algo nuevo, sino de reencontrarse con lo que ya sabíamos en la voz de otros.
Fabiana Puentes (Montevideo, Uruguay, 1986) es curadora independiente, investigadora y docente especializada en arte contemporáneo y perspectivas críticas.

LUIZA TESTA
Las semanas previas a mi llegada a Montevideo para el Intensivo Curatorial de ICI fueron agitadas; viajaba mucho, trabajaba en una próxima exposición y aún no me sentía satisfecha con mi práctica. Tras la guerra con Irán, la devastación en Gaza, las próximas elecciones en Brasil bajo la constante amenaza de la ultraderecha, la grave situación en Cuba y la captura de Maduro por Estados Unidos, muchas de las inquietantes predicciones para este siglo, desde Hannah Arendt hasta Achille Mbembe, parecen haberse cumplido. Ante esto, se me hacía difícil comprender la importancia de la curaduría de exposiciones de arte. Y aunque no adopto un enfoque utilitarista del arte, no podemos ignorar que los curadores somos trabajadores y, como tales, queremos sentirnos útiles dentro de los sistemas en los que nos desenvolvemos.
En ese contexto, conocer a mis compañeros del Intensivo Curatorial fue como un soplo de aire fresco: solo nos bastaron unas horas juntos para darnos cuenta de que podíamos ser vulnerables entre nosotros. Pronto empecé a expresar mi profunda insatisfacción con nuestro papel:
En un mundo donde el curador independiente ha sido declarado muerto, ¿acaso los artistas dependían de nosotros? ¿Qué lugar ostentábamos dentro de las instituciones? ¿Teníamos alguna relevancia para el mundo en general? Y, sobre todo: ¿puede el arte realmente hacer algo por un mundo que parece condenado? Así de pesimista me sentía.
Afortunadamente, mis compañeros fueron pacientes y comprensivos conmigo. Uno de ellos me dijo que desechara esa idea; otro argumentó que, de hecho, los curadores éramos necesarios porque generábamos significado. Una de las colegas con la que entablé una relación más cercana me preguntó, con la mayor dulzura: «¿Cómo puedes siquiera pensar que no somos necesarios, Luiza?». Si bien su escucha y sus palabras tuvieron peso, no es por eso por lo que puedo decir que el curso intensivo me reorientó en ese momento de desilusión.
Fue ver que mis compañeros estaban preocupados por las mismas cosas que yo: me preguntaban sinceramente sobre la situación en mi país mientras intentaban sobrellevar el caos en sus propias comunidades; eran críticos con el mundo del arte, pero aun así realizaban su trabajo con dedicación y atención. Nos emocionamos profundamente al escuchar el relato perturbador de Maya Juracán sobre la censura y la persecución; nos impactó el discurso de Keyna Eleison sobre el autocuidado y la conmovedora iniciativa de Ana Laura López en CasaMario. Lo sentimos con tanta intensidad al escuchar a nuestros compañeros uruguayos hablar abiertamente sobre el desafiante panorama artístico de su país.
La postura crítica de mis colegas y mentores hacia el mundo del arte, y, al mismo tiempo, su persistencia y dedicación, me recordaron que avanzar no dependía de la certeza ni del optimismo. Allí comprendí que el significado no es estable ni está garantizado, y volví a Mbembe y Arendt, a la idea de que solo podemos responder al presente de forma colectiva. Ahí reside precisamente la clave de nuestra práctica.
Cuando llegué a Montevideo, no sabía qué me esperaba, pero sí sabía lo que no quería encontrar: caminos preestablecidos y respuestas fáciles. Lo que encontré fue un espacio para reflexionar sobre nuestro lugar en el mundo. Me gusta pensar en nosotros, los demás participantes, como doce insectos que se conocieron, intercambiaron ideas y crearon algo juntos, para luego regresar a sus respectivos territorios y dispersarlo. Yo ya he empezado a hacerlo.
Luiza Testa es curadora independiente y desarrolla proyectos sobre debates sociales vinculados al feminismo, la sexualidad, la ecología y el arte digital.
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