SACHA INGBER: TWO
Cuando la materia revela su construcción manual, deja de ser un soporte pasivo para convertirse en un campo activo de relaciones y referencias. En Two, exposición de la artista brasileña Sacha Ingber en Uffner & Liu, Nueva York, se despliega un ecosistema íntimo donde la resina pigmentada, la cerámica y los objetos funcionales componen un lenguaje que desborda lo objetual. El sentido surge de la unión de dos elementos, que a su vez conforman dos cuerpos y dos historias. Muros moldeados, vasijas enlazadas y esculturas que sugieren vínculos entre entidades trazan una coreografía silenciosa en la que cuerpo, objeto y narrativa se entrecruzan, abriendo un campo cargado de significados.
El título alude tanto a una estructura recurrente como a una lógica afectiva: la del vínculo. En la exposición, casi todo existe en pares: cuadernos de resina que se abren en mitades semejantes pero asimétricas, figuras cerámicas que comparten picos y asas, un tablero de backgammon concebido para dos participantes. Lejos de oponer, estas formas se implican mutuamente, proponiendo una poética de la codependencia en la que el sentido se produce en la proximidad, en ese espacio intermedio donde la comparación y el contacto transforman.


El trabajo de Sacha Ingber se define por un proceso profundamente táctil, en el que la manipulación directa de los materiales resulta esencial. Las placas de resina, vertidas manualmente, funcionan como superficies activas donde se incorporan, fijan o incluso se cosen fragmentos de cerámica, moldes de yeso, mimbre, textiles y elementos metálicos. En su mayoría, estos componentes son producidos por la propia artista, reforzando así una lógica constructiva que privilegia lo hecho a mano y la cercanía material.
Como afirma la propia Ingber, “la noción de las relaciones y del significado que emerge de la proximidad ha estado siempre presente en mi obra. En el plano material, desde hace tiempo me interesa combinar elementos que no necesariamente encajan entre sí, así como explorar formas de vincularlos”.
Esta declaración ilumina el núcleo del proyecto: no se trata solo de trabajar con pares, sino de indagar activamente en la fricción y el ajuste entre materiales, formas y sentidos. La unión, en este caso, no busca borrar la diferencia, sino sostenerla, haciendo de la tensión un principio productivo que recorre tanto la dimensión formal como conceptual de la obra. La memoria familiar atraviesa la exposición como un eje estructural que conecta lo material con lo afectivo.


En obras como Marzita & Lucia, Ingber evoca a su abuela y a su tía-abuela mediante la incorporación de detalles asociados a sus prendas, como un cuello elaborado en trenzado de mimbre. En esa misma línea, Farewell Fazenda propone un paisaje donde el follaje de cerámica, inspirado en una vegetación ligada a la historia personal de la artista, convive con una silla también tejida en mimbre, dando lugar a un entorno en el que lo doméstico y lo evocativo se entrelazan. En este contexto, una ventana puede devenir puerta y, a su vez, transformarse en la reconstrucción sensible de un lugar que ya no existe.
Este anclaje en lo autobiográfico se manifiesta también en un proceso de trabajo que privilegia la intuición y la experiencia directa por sobre la planificación previa. La artista reduce al mínimo el uso del dibujo, limitándolo en ocasiones a contornos básicos, y toma notas a partir de elementos del mundo real que luego incorpora a la obra. Su práctica se orienta así desde el cuerpo más que desde la mente, permitiendo que las asociaciones materiales aparezcan durante el proceso.
Comienza modelando placas de arcilla con motivos florales ligados a ese mismo imaginario de origen; tras el esmaltado, estas superficies evocan inesperadamente los acabados de madera de su vivienda actual en Nueva York, lo que la conduce a desarrollar un suelo de parqué inspirado en su propio apartamento. De este modo, pasado y presente confluyen en una misma deriva material, donde la memoria no se representa, sino que se transforma.
Estas operaciones no solo materializan el recuerdo, sino que profundizan en la naturaleza de los vínculos familiares, especialmente aquellos que, como la relación entre madre e hijo, combinan una dimensión física con una carga emocional intensa. La obra se sitúa así en un espacio donde cuerpo y arquitectura se afectan mutuamente. Tal como señala la artista: “También existe un diálogo constante entre mi cuerpo y la arquitectura”.

Las esculturas cerámicas ensambladas en obras como Two y Duas remiten a una tipología ancestral de recipientes vinculados, presente en la cerámica ceremonial precolombina del Perú entre los siglos II y VIII, donde dos cuerpos de arcilla se conectan para compartir un mismo flujo interno. En estos objetos históricos, la unión no respondía únicamente a una necesidad constructiva, sino a una concepción relacional del contenedor: la idea de que el contenido circula entre dos entidades unidas, generando una forma de continuidad simbólica y funcional. Esa lógica reaparece en la obra de Ingber, donde la escultura deja de entenderse como una unidad cerrada para convertirse en un sistema de vínculos, en el que los límites entre cuerpos se vuelven deliberadamente permeables.
En este desplazamiento, el esmalte adquiere un papel decisivo. Lejos de operar como un mero acabado superficial, funciona como una segunda piel que envuelve y redefine las formas, aproximándose a la lógica de la indumentaria. Ingber lo concibe como una suerte de vestimenta aplicada a la cerámica, con referencias que sugieren la ropa deportiva por su capacidad de ajustar el cuerpo sin restringir su movimiento, al tiempo que lo sostiene y lo moldea.
En ese mismo registro aparecen elementos en forma de falda, que oscilan entre prenda y arquitectura blanda: piezas que pueden leerse simultáneamente como cobertura corporal y como prolongación espacial, situándose en un umbral inestable entre lo íntimo y lo estructural, entre el cuerpo que viste y el espacio que se construye.


Esta oscilación entre cuerpo y arquitectura se vuelve especialmente visible en obras como Subindo na montanha da mamãe, donde dos columnas curvas de yeso sostienen un techo de doble arco que remite al vocabulario formal de Oscar Niemeyer. Sin embargo, la referencia no funciona como cita estilística, sino como extensión de una reflexión más amplia sobre la corporalidad de la estructura. En este caso, las columnas no solo sostienen la arquitectura, sino que la encarnan: derivan de la experiencia del embarazo de la artista y de la concepción del cuerpo femenino como una forma arquitectónica capaz de alojar, proteger y transformar aquello que contiene.
La práctica de Sacha Ingber diluye progresivamente las fronteras entre anatomía y construcción. Los cuerpos pueden comportarse como recipientes, las vasijas como espacios habitables y la arquitectura como una extensión orgánica del cuerpo mismo. Esta circulación de roles desestabiliza cualquier jerarquía fija entre contenedor y contenido, proponiendo en su lugar un sistema flexible de correspondencias donde la forma no precede a la experiencia, sino que surge de ella.
En última instancia, la obra se sostiene en una lógica de dualidad constante: cada pieza adquiere sentido únicamente en relación con otra, y es en ese contacto —en la unión de dos entidades— donde surge un significado que no pertenece a ninguna por separado, sino a la fricción y a la continuidad que las enlaza indefinidamente.


Sacha Ingber: Two se presenta del 12 de marzo al 9 de mayo de 2026 en Uffner & Liu, 170 Suffolk Street, Nueva York, NY.
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