FORJAR CAMINOS: ANCESTRALIDAD AFROBRASILEÑA Y PODER FEMENINO EN LA OBRA DE NÁDIA TAQUARY
La exposición Ònà Irin: caminho de ferro, de la artista Nádia Taquary, se despliega en Sesc Belenzinho como una travesía sensorial y simbólica en torno a la ancestralidad afrobrasileña. Curada por Amanda Bonan, Ayrson Heráclito y Marcelo Campos, la muestra reúne esculturas de gran formato y una videoinstalación en un montaje inmersivo de rieles, espejos y sonido.

Ònà Irin recorre distintos momentos de la práctica de Taquary para constelar un continuum donde el paso del tiempo se vuelve experiencia. La exposición toma su nombre del yoruba —ònà irin, “caminos de hierro”— y se materializa en una instalación de gran escala en la que una serie de rieles conducen hacia múltiples direcciones posibles. Estos caminos conforman, en sí mismos, una estructura conceptual y espiritual que remite tanto a Ogum —orixá del hierro, la tecnología y la apertura de caminos— como a la idea de avanzar pese a la incertidumbre.
El origen del proyecto está íntimamente ligado a una experiencia personal de la artista. Como ella misma relata, la exposición nace de su encuentro con la deidad Ogum a través de una consulta oracular con Ifá. A partir de ese episodio, el miedo dejó de ser un obstáculo para convertirse en motor: “Dado que el miedo es una forma de energía, opté por usarlo como fuerza impulsora para seguir adelante” [1]. Esta transmutación se traduce espacialmente en la instalación, concebida como una sala oscura y espejada donde “no existiría la posibilidad de que ninguna dirección careciera de un camino” [1], una imagen que sintetiza la idea de posibilidad infinita y de decisión situada en el presente.



Esta vivencia se nutre de una investigación iniciada por la artista en 2010 en torno a la joyería afrobrasileña, en particular las pencas de balangandãs. Estos conjuntos de amuletos metálicos, utilizados por mujeres negras esclavizadas y liberadas en Salvador durante los siglos XVIII y XIX, encierran varias capas de sentido: protección espiritual, afirmación identitaria y acumulación económica. En palabras de la artista, estos objetos no deben entenderse como simples adornos: “No veo nada relacionado con eso, sino con la historia […] fue una forma de atesorar en el propio cuerpo” [2]. Su función era la de una reserva de valor en contextos de privación extrema.
A partir de esta investigación, Taquary desplaza la escala de su trabajo hacia instalaciones y esculturas de gran formato, donde los materiales —búzios, metales, cuentas, fibras— operan como signos vivos de la cosmología afrobrasileña. Cada elemento remite a un sistema de correspondencias simbólicas: la paja puede evocar a Obaluaê, las cuentas a determinadas entidades, los metales a Ogum.
La presencia femenina ocupa aquí un lugar central. Figuras como las Ìyàmìs (madres ancestrales), las Yabás (divinidades femeninas como Oxum, Iemanjá u Oyá) y otras entidades del universo espiritual yoruba configuran una narrativa en la que el poder creador femenino se afirma como principio originario. La exposición insiste en esta dimensión: son estas fuerzas las que abren caminos, sostienen la vida y transmiten conocimiento. Como señala Marcelo Campos: “Esta muestra no es sobre organizar el conocimiento en el arte, es sobre la vida. Sobre el surgimiento, los miedos y la presencia femenina en los mitos de la creación” [3].


El recorrido expositivo comienza con obras como Mundo/Ifá, una gran calabaza adornada con caracolas que introduce al visitante en un universo de adivinación, creación y destino. A partir de allí, piezas como Oferenda, acompañada del poema Oriki dedicado a Ogum, que evoca la fuerza del movimiento y la apertura de caminos, enfatizan la dimensión ritual del conjunto. Los balangandãs —presentes tanto en esculturas como en la videoinstalación Abre caminhos— reaparecen como emblemas de resistencia, libertad y agencia femenina.
La instalación se construye como un espacio de tránsito continuo. Los espejos multiplican los rieles hasta el infinito, generando una sensación de desorientación que, en lugar de paralizar, invita a la introspección. La experiencia del visitante encuentra eco en la reflexión de la artista: comprender que “el único camino por el que debería preocuparme es el que tengo ahora mismo bajo mis pies” [1]. La ansiedad por el futuro se disipa y da paso a una conciencia situada en el presente.
Esta idea de camino se cruza también con una noción ampliada de tecnología. Ogum, como orixá del hierro y de las herramientas, no solo habilita el tránsito físico, sino también la posibilidad de transformación material y simbólica. Los metales —plata, cobre, bronce— con los que se ensamblan las obras de Taquary son extensiones de esta energía, la materia trabajada que encarna la capacidad humana de intervenir el mundo.
El carácter inmersivo de la muestra se intensifica con el paisaje sonoro creado por Tiganá Santana, cuya composición envuelve el espacio y contribuye a desdibujar los límites entre percepción estética y experiencia espiritual. En este entorno habitable, el cuerpo del visitante se vuelve parte del recorrido.

En su paso por São Paulo, Ònà Irin reafirma su capacidad de adaptación a distintos contextos institucionales, tras su presentación en el Museo de Arte do Rio y el Museo Nacional de la Cultura Afro-Brasileña, en Salvador de Bahía. La exposición se inscribe así en un conjunto de esfuerzos por reconfigurar los relatos hegemónicos del arte brasileño, visibilizando el protagonismo de las mujeres negras en la construcción cultural del país.
Aunque no se plantea como una retrospectiva, la muestra permite trazar la evolución de la práctica de Taquary, desde sus primeras investigaciones sobre joyería hasta la consolidación de un lenguaje escultórico e instalativo de gran escala. En ese tránsito, los balangandãs se transforman, se amplifican y, finalmente, se convierten en experiencia.
Ònà Irin: caminho de ferro también propone pensar la expografía como un acto de forja. Así como Ogum trabaja el hierro para abrir caminos, la artista trabaja la materia, la historia y el montaje para generar nuevas posibilidades de sentido. El visitante se enfrenta a una certeza inquietante pero fértil: siempre hay un camino, pero es necesario decidir caminar.

La muestra se presenta hasta el 26 de abril de 2026 en Sesc Belenzinho, São Paulo.
Fuentes
[1] Declaraciones de Nádia Taquary en el canal de YouTube del Sesc São Paulo.
[2] Entrevista a Nádia Taquary en Agência Brasil (sobre los balangandãs y su función histórica como peculio).
[3] Declaración de Marcelo Campos en materiales de prensa de la exposición.
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