LAS MONTAÑAS SAGRADAS DE SUWON LEE
En su primera exposición en Sorondo Projects (Barcelona), Suwon Lee (Venezuela/Corea, 1977) presenta una nueva serie de trabajos que marca un punto de inflexión en su investigación sobre la imagen fotográfica. Si en obras anteriores la artista había explorado la fotografía como superficie de inscripción de la luz y como herramienta para pensar la memoria y la identidad, aquí introduce un desplazamiento decisivo: la intervención directa con barra de pigmento al óleo. Este gesto material desplaza a la fotografía de su función documental hacia una condición más densa y sensorial, donde la superficie se vuelve campo de energía y tensión perceptiva.

Lo fotográfico, históricamente asociado a la fidelidad referencial y al registro de lo real, opera aquí como un soporte vulnerable. Lee parte de postales antiguas de montañas sagradas que colecciona, amplía y re-fotografía —imágenes ya mediadas, producidas para circular como recuerdo instituido del paisaje— y las somete a una intervención que altera profundamente su economía visual. La pintura no cancela la referencia, pero la desestabiliza; la desborda al incorporar una presencia material que genera fisuras en la lectura habitual de la imagen.
Montañas como el Pico Bolívar, la Sierra Nevada de Santa Marta, el Monte Shasta, el Mont Blanc, el Everest o el Teide se disuelven como iconos reconocibles bajo la aplicación del pigmento. Al introducir una dimensión atmosférica que perturba su nitidez, la imagen ya no se presenta como evidencia de un lugar, sino como espacio de experiencia. La fotografía deviene palimpsesto: conserva su huella indicial, pero se abre a una lectura matérica que exige tiempo y atención —es decir, contemplación.
Esta transformación material tiene resonancias que van más allá de lo formal: en la obra de Lee, la montaña se erige como símbolo de origen, cuerpo y memoria, pero también como umbral para meditar sobre la diáspora y la identidad migrante. Nacida en Caracas de padres coreanos y parte de la reciente diáspora venezolana que vive en España, Lee sabe que las geografías que evocan sentido de arraigo —como el emblemático Cerro El Ávila en su ciudad natal— son, simultáneamente, territorios de anhelo y pérdida. La recurrencia del paisaje en esta y otras series anteriores de Lee no responde a una búsqueda romántica de lo sublime, sino a la necesidad de pensar el territorio como matriz de pertenencia y, a la vez, como espacio de desarraigo.

El díptico Canaima ocupa una posición axial dentro de la serie. La convergencia de tepuis, cielo, tierra y agua construye una imagen donde las fuerzas geológicas y atmosféricas se articulan en un equilibrio tenso. La obra condensa una comprensión del territorio como campo energético y espacio de origen, un lugar donde las dimensiones material y espiritual se superponen sin jerarquía. En este sentido, Canaima emerge como núcleo afectivo y conceptual del proyecto, una imagen de alta intensidad simbólica a partir de la cual se estructura el resto de la serie.
La memoria visual inscrita en La montaña sagrada se convierte, en definitiva, en un punto de partida para una experiencia contemplativa que, en su aparente quietud, sostiene una posición política: insistir en la dimensión espiritual y afectiva del paisaje en un presente marcado por la fragmentación y la violencia. En este sentido, la montaña se constituye en metáfora de una identidad fracturada y en reconstrucción, en símbolo de crecimiento y resistencia frente a la inestabilidad global, y en ocasión para pensar la relación entre naturaleza y subjetividad desde una perspectiva profundamente íntima y crítica.

Estratos del lenguaje: Dictée/Exilée
En Dictée/Exilée (2024), la figura de la montaña se desancla de lo geográfico y autobiográfico para convertirse en topografía lingüística. La serie —compuesta por seis collages digitales y un registro en video de la performance homónima presentada en 2025 en Americas Society— desplaza el relieve del paisaje hacia la sedimentación del habla como material crítico y político.
Los collages se construyen por superposición: imágenes de centros de detención donde han sido recluidos presos políticos en Venezuela —como El Helicoide, La Tumba, Ramo Verde, Tocorón, Tocuyito y Yare— se yuxtaponen con fragmentos de paisajes venezolanos que evocan vastedad, frontera y distancia, desde la mineralidad infinita de la Gran Sabana hasta las montañas brumosas de Mérida o la expansión irregular de los barrios de Caracas, articulando así un campo de fuerzas donde encierro y espacio abierto coexisten y se tensionan.
Entre esos planos visuales se insertan palabras y fragmentos lingüísticos extraídos de los textos de Theresa Hak Kyung Cha, especialmente de Dictée y Exilée/Temps Morts, que aparecen borrosos, fragmentados o desplazados tipográficamente, como si también ellos atravesaran regímenes de censura, borramiento y silencio forzado —transformándose en signo de resistencia y conjuro frente a la violencia del olvido.

Si en La montaña sagrada el gesto pictórico densifica la fotografía hacia una presencia casi opaca, en Dictée/Exilée es el lenguaje el que adquiere espesor material. La montaña deviene aquí metáfora de una memoria sedimentada por capas de trauma político, censura y exilio, un relieve construido no sobre elevaciones físicas, sino sobre fracturas del habla y discontinuidades del recuerdo.
El video que da origen a la serie —incorporado recientemente a la colección permanente del Busan Museum of Art— acompaña y amplía este sentido con su dimensión performativa. En la performance original, proyectada como montaje visual y sonora de más de 380 imágenes, Lee sincronizó su voz recitando palabras y nombres que remiten tanto a lugares íntimos como a marcas de la vida cotidiana en Venezuela, trazando un retrato hablado de su país natal que, al mismo tiempo, evocaba su ausencia y fragilidad.
La pieza culmina con la recitación de los nombres de las cárceles más grandes del país, símbolos contundentes de la represión política y del autoritarismo. Su recitación encuadra una disputa permanente donde la memoria se redefine a través de la distancia y el tiempo, y donde el acto de hablar —aunque fragmentado, aunque incompleto— se convierte en afirmación de presencia.


Genealogía y recomposición: Tejiendo el origen
En Tejiendo el origen (2025), la indagación sobre territorio y arraigo se repliega hacia el ámbito íntimo. Dos fotografías antiguas de los abuelos paternos de la artista son ampliadas, seccionadas en tiras y entrelazadas manualmente hasta conformar un único cuerpo tejido, suspendido en el espacio y visible también por el reverso. La imagen ya no se impone como documento estable, sino como trama vulnerable: una superficie que exhibe tanto la unión como la herida que la hacen posible.
El gesto de tejer —lento, reiterativo, corporal— introduce un desplazamiento metodológico en el corpus de Lee. En continuidad con las fotografías intervenidas con pintura, emerge aquí un tiempo manual que exige insistencia y cuidado: la dimensión procesual es estrategia de recomposición. Pero no se trata de restaurar una genealogía ni de suturar una pérdida, sino de aceptar la fractura y hacer de ella estructura: convertir el corte en cruce de caminos, la separación en vínculo.
En conjunto, las obras de esta exposición configuran un entramado sensible donde se entrelazan formas del lenguaje, experiencias de arraigo y linaje. Al tensionar la pretendida transparencia documental de la fotografía y someterla a operaciones de intervención, superposición o entretejido, la imagen deja de certificar un lugar para convertirse en un espacio de reminiscencia y, al mismo tiempo, de interrogación crítica. La montaña no opera aquí tanto como emblema sino como método: una práctica de atención que implica desarmar, estratificar y volver a mirar; una forma de habitar los recuerdos y las fracturas sin negarlos.
La montaña sagrada de Suwon Lee se presenta de enero a marzo de 2026 en Sorondo Projects, Trafalgar, 32, Barcelona, España.
Sorondo es un espacio que entiende la exposición como un acto de hospitalidad: un lugar donde las identidades en tránsito, los cruces culturales y la experimentación material encuentran un contexto de escucha, cuidado y proyección. Su fundadora, Juliana Sorondo (Venezuela), ha convertido su propia experiencia migrante en una ética de trabajo basada en el acompañamiento sensible de artistas latinoamericanos y en la construcción de comunidad.
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