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1er ENCUENTRO RACO. ARTE COLABORATIVO Y TRABAJO SITUADO CON COMUNIDADES

¿Qué ocurre cuando el conocimiento deja de producirse desde los escritorios y comienza a construirse con las personas y los territorios? En distintas disciplinas —desde el Diseño de Experiencias de Usuario y la etnografía situada hasta los laboratorios de innovación pública— esta pregunta ha impulsado un giro profundo hacia la colaboración. Experiencias como los GovLabs en América Latina o MindLab en Dinamarca ensayan soluciones a problemas públicos junto a comunidades, desplazando la producción de conocimiento desde los expertos hacia procesos colectivos, situados y relacionales.

En el arte, este movimiento ha abierto una discusión clave sobre su función social y su capacidad para activar formas de innovación no tecnológica, sino social, entendida —como señala el antropólogo Arturo Escobar— como un proceso que acompaña a las comunidades en la elaboración conjunta de nuevas maneras de habitar lo común.

En América Latina, este giro ha reforzado el vínculo entre arte, territorio y comunidad como uno de los ejes centrales del debate contemporáneo. Las prácticas artísticas que salen de los espacios expositivos tradicionales y se inscriben en barrios, plazas o instituciones locales proponen un desplazamiento metodológico que redefine la figura del artista, la noción de obra y la idea misma de mediación.

En Chile, este campo ha sido nombrado desde la academia como arte socialmente comprometido, destacando su dimensión pedagógica y su capacidad para activar transformaciones culturales sostenidas.

Workshop codiseño entre artistas y encargados municipales, implementado junto a Valentina Terra, experta en metodologías de investigación social

En este contexto se inscribe el 1er Encuentro RACO. Arte y Comunidades para la Innovación y el Diálogo Socio-Cultural, realizado en noviembre de 2025 en el Centro Cultural CEINA, en Santiago de Chile. El Encuentro surge cinco años después del cierre del Programa de Residencias de Arte Colaborativo del Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio (MINCAP) de Chile (2016–2020), una iniciativa que marcó un hito al promover procesos artísticos colaborativos de mediana y larga duración en contextos urbanos, rurales, comunitarios e institucionales, contribuyendo a consolidar metodologías situadas y a reconocer el arte colaborativo como un campo específico dentro de la escena artística nacional.

Impulsado por Cecilia Coddou y Fernanda Radetich, organizadas hoy como Colectivo RACO, el Encuentro respondió a la necesidad —identificada desde el propio campo— de generar espacios de articulación entre pares, compartir metodologías, fortalecer redes territoriales y reflexionar colectivamente sobre los desafíos éticos, políticos e institucionales del trabajo con comunidades. Más que un evento puntual, funcionó como una instancia de reconocimiento mutuo para prácticas que suelen operar de manera dispersa y en condiciones de precarización, abriendo conversaciones sobre sostenibilidad, impacto, cuidados y condiciones de trabajo desde una mirada situada.

La programación reunió a artistas de distintas regiones del país, cuyas prácticas abarcan procesos visuales colaborativos, performance, cine documental, publicaciones gráficas, escritura y dispositivos de escucha, junto a artistas invitados, expertas en arte colaborativo, académicos, economistas y representantes municipales.

La siguiente entrevista con Cecilia Coddou y Fernanda Radetich recoge las motivaciones, preguntas y aprendizajes que atravesaron el primer Encuentro RACO, y permite pensar el arte colaborativo no solo como una práctica artística, sino como un campo en construcción que insiste en otras formas de producir valor, conocimiento y vínculo social, poniendo en el centro el proceso, la escucha y la creación colectiva.

Notas de Kekena Corvalán sobre la presentación de portafolio de Nancy Mansilla.

Encuentro RACO surge cinco años después del cierre del Programa de Residencias de Arte Colaborativo del MINCAP. En ese lapso, ¿qué vacíos, continuidades o urgencias detectaron en el campo del arte colaborativo que hicieron necesario crear un espacio como este encuentro?

El caso emblemático del Programa de Residencias de Arte Colaborativo del MINCAP (2016–2020) generó y transformó formas de hacer arte en parte del sector, marcando una línea de trabajo que se consolidó a nivel nacional. Tras su cierre, esta escena ha tenido dificultades para aglutinarse: hoy existen múltiples proyectos de arte colaborativo que operan de manera aislada y enfrentan problemas de financiamiento, visibilidad y apoyo institucional, lo que dificulta su sostenibilidad y la medición de su impacto.

Como dupla de trabajo vinculada al campo del arte colaborativo, nos interesaba —y sentíamos como una urgencia— la falta de espacios de encuentro entre pares. Veíamos la necesidad de reunir en una misma instancia a artistas que trabajan desde esta disciplina para conversar sobre los desafíos y necesidades del sector, los procesos de trabajo y sus condiciones.

Al mismo tiempo, nos parecía clave relacionar estas prácticas con miradas provenientes de áreas como la sociología, la antropología o la economía, así como con encargados municipales, invitándolos a participar junto a los artistas en un ejercicio de codiseño enfocado en problemáticas territoriales concretas. A su vez, nos parecía relevante incorporar a expertas en el trabajo colaborativo desde las artes, como Kekena Corvalán, desde su trayectoria en Argentina, y Paula Salas, desde una trayectoria local.

Diseñamos el primer Encuentro RACO a partir de desafíos persistentes en el campo del arte colaborativo en Chile. Por un lado, la fragmentación de las prácticas, que muchas veces se desarrollan de manera aislada, con escasos espacios para el intercambio entre pares y la reflexión colectiva sobre metodologías, procesos y condiciones de trabajo. Esta necesidad de compartir se manifestó con fuerza durante el propio Encuentro.

A esta fragmentación se suma la dificultad de sostener estos proyectos en el tiempo, tanto por la inestabilidad del financiamiento como por la ausencia de marcos que reconozcan el trabajo artístico colaborativo como un campo laboral con condiciones específicas. Al mismo tiempo, identificamos una continuidad de prácticas y saberes que se han ido consolidando en distintos territorios, pero que no siempre encuentran espacios para articularse, visibilizarse o dialogar entre sí.

En este escenario aparece también la urgencia de fortalecer vínculos entre artistas y actores institucionales locales, como los municipios, no desde una lógica instrumental, sino como una posibilidad de ampliar el campo de acción, generar redes y pensar formas de trabajo conjunto que respondan a problemáticas territoriales concretas.

Notas de Paula Salas sobre la presentación de portafolio de Amalia Pascal

Ha sido muy relevante poder compartir y también recibir retribuciones y cariño de otros artistas que trabajan con comunidades. Escuchar sus experiencias y ver cómo se reflejan en la nuestra fue profundamente significativo. Conocernos fue una parte fundamental del encuentro.

Myr Chávez | Valparaíso


Encuentro RACO parece responder a una necesidad del propio campo por encontrarse y reconocerse. ¿Qué significa hoy, en Chile, generar instancias “desde dentro” del arte colaborativo y no solo desde la institucionalidad cultural? 

Generar instancias “desde dentro” del arte colaborativo hoy, en Chile, significa partir de las propias experiencias del campo y de las preguntas que surgen desde la práctica. Implica que sean las y los artistas quienes definan los temas, los tiempos y los énfasis de la conversación, a partir de su trabajo en territorios y contextos diversos.

El encuentro permitió evidenciar una diversidad de formas de trabajo y de modos de entender lo que implica trabajar con comunidades. En algunos casos, las prácticas se desarrollan desde vínculos previos y sostenidos en el tiempo. Es el caso de Nia de Indias, Forever, Gonzalo Castro, Josefa Ruiz, Nancy Mansilla y Myr Chávez, quienes trabajan con comunidades con las que mantienen un lazo afectivo, o de las cuales forman parte de manera permanente, integrando su práctica artística a esos contextos de forma continua.

En el caso de Forever, su trabajo se desarrolla desde su pertenencia a la comunidad LGTBQ+, y sus proyectos se articulan directamente en torno a las problemáticas, intereses y espacios propios de esa comunidad, situando la práctica artística como una extensión de su experiencia y participación cotidiana.

Por otro lado, se encuentran prácticas como las de Cristian Ochoa, Paulina Martínez, Amalia Pascal y Pedacito de Verdad, cuyos proyectos surgen en contextos variables, que pueden ser ajenos o propios, y que se van desplazando entre distintos escenarios y comunidades, adaptando sus metodologías y formatos de trabajo según cada situación.

El Encuentro no se plantea en oposición a la institucionalidad cultural. Por el contrario, reconoce que la relación con las instituciones es clave para la sostenibilidad y continuidad de estas prácticas. Desde ese lugar, el encuentro buscó activamente esos vínculos, invitando a funcionarios municipales y a actores provenientes de otras áreas, con el objetivo de ampliar la conversación y generar cruces reales entre el campo artístico y otros ámbitos de acción.

Al mismo tiempo, entendemos que es una responsabilidad del propio campo, desde dentro, generar espacios donde sea posible hablar abiertamente de las tensiones que atraviesan estas prácticas: el financiamiento y las nociones de impacto que muchas veces no logran dar cuenta de la complejidad de los procesos colaborativos.

Notas de Paula Salas sobre la presentación de portafolio de Nia de Indias.

Considero que estos encuentros son fundamentales para ampliar el alcance de nuestros proyectos, identificarnos entre colegas y aumentar el impacto de nuestras acciones dentro de la sociedad. Estas prácticas permiten mayor cercanía, despiertan la curiosidad y fortalecen el sentido de pertenencia que tienen las personas con sus territorios. 

Nia de Indias | Santiago


En ese sentido, ¿en qué medida dirían que el Encuentro RACO fue también un gesto político, considerando que muchas de estas prácticas operan en contextos de precariedad y fragmentación territorial?  

Entendemos lo político, en el contexto del arte colaborativo, como la posibilidad de poner en tensión las condiciones en que estas prácticas se desarrollan y cuestionar cómo se valoran y se sostienen en la vida social y cultural.

Como mencionas, estas prácticas suelen desarrollarse en contextos marcados por la precariedad y la fragmentación territorial, en donde se trabaja desde la participación, el diálogo y la acción colectiva. En ese sentido, su dimensión política no está solo en los temas que abordan, sino en cómo generan espacios donde distintos actores pueden encontrarse, conversar y construir en conjunto, replantear sus comunidades y crear nuevas. A su vez, es también un desafío ampliar el mapa de actores que forman parte del sistema del arte.

Desde esa perspectiva, el Encuentro RACO fomentó la posibilidad de imaginar colectivamente otras formas de relación entre arte, comunidad e instituciones. El arte colaborativo no solo responde a lo que existe, sino que invita a pensar y ensayar mundos posibles a través de la creación de proyectos u obras conjuntas.

Visionado del portafolio de Forever.
Visionado del portafolio de Cristian Ochoa

La participación de sociólogos y economistas permitió abrir un diálogo con otras áreas que también están pensando estos procesos, especialmente en relación con sostenibilidad, derechos culturales y evaluación de impacto de políticas públicas.

Colectivo RACO


El encuentro reunió artistas de distintos territorios, disciplinas y metodologías. ¿Qué tipo de redes creen que es urgente fortalecer hoy dentro del arte colaborativo chileno?

Una dimensión que nos parece interesante fortalecer es el encuentro presencial entre pares. Durante el Encuentro RACO, muchas y muchos artistas no se conocían entre sí o no conocían los proyectos de otros, y en varios casos el vínculo previo se había dado solo a través de redes sociales. El encuentro presencial permite abrir diálogos más cercanos, conversar sin mediaciones y generar un tipo de relación que difícilmente se da en otros formatos. Ese contacto directo es clave para que puedan proyectarse apoyos y colaboraciones futuras.

Otro eje fue el trabajo colaborativo con municipios. La incorporación de encargados municipales al workshop de codiseño permitió un cruce de roles muy concreto. Pasar por la experiencia compartida de pensar un problema territorial, desplegarlo metodológicamente y ensayar posibles activaciones amplió el campo de acción de ambas partes. En términos prácticos, esto se traduce en que hoy hay encargados municipales que reconocen que pueden incorporar a artistas de arte colaborativo en sus equipos de trabajo con comunidades, y artistas que visualizan esa posibilidad como un espacio real de desarrollo profesional.

Más allá del territorio de procedencia de cada participante, durante el encuentro se generó además un territorio simbólico de trabajo, construido a partir de una metodología específica que permitió el despliegue de ideas y la puesta en común de distintas formas de trabajo. En algunos casos, los grupos se conformaron desde afinidades territoriales, reconociendo problemáticas compartidas y modos de hacer comunes; en otros, se organizaron desde la diversidad de metodologías y disciplinas, entendiendo el trabajo conjunto como una experimentación que permitió vislumbrar posibilidades de colaboración futura entre distintos actores.

Finalmente, consideramos relevante fortalecer el cruce con la academia. La participación de sociólogos y economistas permitió abrir un diálogo con otras áreas que también están pensando estos procesos, especialmente en relación con sostenibilidad, derechos culturales y evaluación de impacto de políticas públicas. Creemos que este cruce aporta herramientas y marcos que permiten al arte colaborativo construir un discurso más sólido y expandirse más allá del campo de las artes visuales.

Workshop Codiseño. Esquema Problemática Territorial Alto Hospicio. Encargado Municipal Miguel Albornoz junto a lxs artistas Amalia Pascal, Paulina Martínez y Nia de Indias.

Fue hermosamente inspirador poder compartir con otres que se preguntan, prueban y abren caminos que empujan el arte como espacio de disputa, conexión y creación de imaginarios. Interpelados por querer resonar y entablar diálogos que van más allá de la esfera del arte. Fue bonito poder encontrarles, aprender de sus procesos y armar colectividad.

Paulina Martínez | Santiago


La sostenibilidad —económica, emocional y colectiva— aparece como un tema transversal en este campo. ¿Qué modelos o estrategias ven posibles para que estas prácticas no dependan únicamente del sacrificio individual?

Consideramos e insistimos en que una de las claves para la sostenibilidad del arte colaborativo es ampliar el campo de acción del rol del artista, reconociendo que las experiencias y metodologías que se desarrollan en estos procesos tienen valor más allá del circuito artístico tradicional. Muchas de estas prácticas trabajan con herramientas que hoy son relevantes para otros ámbitos: facilitación de procesos participativos, trabajo territorial, diagnósticos territoriales, metodologías de investigación social, mediación, codiseño, activación comunitaria y generación de diálogo entre actores diversos.

En ese sentido, una estrategia posible es pensar al artista colaborativo no solo como productor de obras, sino también como agente que puede aportar en equipos interdisciplinarios, en municipios, universidades, organizaciones sociales u otros espacios de trabajo colectivo. Esto permite abrir nuevas posibilidades de encargo, colaboración y continuidad laboral, sin que todo dependa exclusivamente de fondos concursables o del esfuerzo individual.

La generación de alianzas es central para la sostenibilidad de estas prácticas: reconocer los intereses de los distintos actores involucrados y, a su vez, reconocer que vincularse con instituciones es clave para la sostenibilidad. Parte de esto lo menciona la economista María Luisa Vergara en su charla sobre sostenibilidad financiera de proyectos artísticos, disponible en el canal de YouTube de RACO.

Workshop Codiseño. Mesa de trabajo Alto Hospicio. Encargado Municipal Miguel Albornoz junto a lxs artistas Amalia Pascal, Paulina Martínez y Nia de Indias.

El arte aporta modos de investigación social desde formatos más lúdicos, abiertos e innovadores, que integran lo sensible, lo afectivo y lo simbólico.

Colectivo RACO


Hoy conceptos como codiseño, participación o colaboración circulan ampliamente ¿Qué particularidades aporta el arte a estas metodologías compartidas?

Este es un campo de investigación y práctica que nos interesa seguir profundizando y experimentando. En los últimos años, enfoques como el Diseño de Experiencias de Usuario o los laboratorios de innovación pública —por ejemplo, los GovLabs o MindLab en Dinamarca— han ensayado formas de abordar problemas públicos junto a comunidades. Estos referentes dialogan con el arte colaborativo en un punto central: el dilema de cómo producir conocimiento, acción colectiva y desarrollo cultural de manera situada, y no únicamente desde las instituciones o los saberes de expertos.

El desplazamiento de la cocreación, la participación y la colaboración hacia distintos ámbitos del conocimiento y la acción, incluido el arte, no es casual. Responde a un cambio más amplio en la forma de entender cómo habitamos y nos relacionamos con el mundo y entre nosotros, donde el trabajo con otros, la escucha y la construcción colectiva adquieren un lugar central.

Desde el arte, sin embargo, ese dilema se aborda desde un lugar distinto. No se trata únicamente de buscar soluciones cerradas ni resultados optimizados, sino de abrir procesos de experimentación, escucha y construcción simbólica, donde el valor está en el recorrido, en las relaciones que se activan y en las preguntas que emergen. Esta diferencia es clave para comprender el aporte específico del arte a estas metodologías compartidas.

En el campo del arte, este desplazamiento ha abierto además una discusión sobre su función social. Las prácticas de creación colectiva y trabajo comunitario ya no se entienden solo como propuestas estéticas, sino como dispositivos culturales capaces de activar participación, redistribuir la voz y generar relaciones más horizontales. Al trabajar desde contextos específicos y procesos de cocreación, estas prácticas habilitan espacios para conversar, imaginar y ensayar formas de organización de lo común.

Creemos que el arte aporta, además, modos de investigación social desde formatos más lúdicos, abiertos e innovadores, que integran lo sensible, lo afectivo y lo simbólico. Estos enfoques, aún poco explorados en otros campos de investigación, permiten generar conocimiento situado, reconociendo a las personas como agentes culturales con capacidad de incidencia, y no como receptoras pasivas de contenidos o decisiones.

Workshop Codiseño. Mesa de Trabajo Antuco. Encargado Municipal Nicolás Aguilera junto a lxs artistas Josefa Ruiz y el colectivo Pedacito de Verdad

La pregunta por la instrumentalización de lo comunitario aparece con más fuerza cuando el arte deja de hablar sobre otros y empieza a trabajar con otros.

Colectivo RACO


En el encuentro se habló del territorio no como contexto, sino como una dimensión relacional, afectiva y política. ¿Cómo se trabaja desde esa comprensión sin caer en instrumentalizaciones de lo comunitario?

La pregunta por la instrumentalización de lo comunitario aparece con más fuerza cuando el arte deja de hablar sobre otros y empieza a trabajar con otros.

En la historia del arte más tradicional siempre hubo formas de usar o apropiarse de lo comunitario, en la pintura o la fotografía, pero eso casi nunca se ponía en cuestión. En las prácticas colaborativas pasa algo distinto: el arte se vuelve más relacional y ahí la instrumentalización empieza a ser un tema incómodo, porque ya no se trata solo de trabajar con imágenes, sino con personas.

En ese sentido, se da una paradoja interesante: mientras más participativo se vuelve el arte, más expuesto queda a la crítica de estar instrumentalizando lo comunitario.

Desde nuestra experiencia, la instrumentalización no es algo que se resuelva de una vez y listo, sino más bien una tensión que atraviesa todo el proceso de trabajo. Esa tensión aparece cuando está el riesgo de usar a la comunidad como “material” o como un soporte simbólico para producir una obra o un discurso artístico.

El problema en sí no es trabajar con esa dimensión simbólica —porque eso es parte del arte—, sino hacerlo sin preguntarse qué lugar ocupan las personas dentro del proceso y cómo leen esa intervención quienes participaron.

En ese sentido, creemos que la transparencia del proceso es clave. Decir desde el principio qué se va a hacer, cuáles son las intenciones del proyecto y también cuáles son sus límites, ayuda a construir relaciones más honestas.

La propuesta se va armando en conjunto, generando instancias de invitación a crear colectivamente y dejando que el proceso se transforme a medida que se va haciendo. Eso supone un desafío para quienes venimos de una formación más autoral: correrse del centro, soltar la idea de la obra propia y entender que lo que se produce es, finalmente, colectivo.

En ese sentido, la instrumentalización se va diluyendo cuando se evidencia una coautoría: cuando quienes participan no quedan invisibilizados, cuando se reconocen sus nombres, sus roles y sus aportes, y cuando el proyecto se entiende de verdad como una creación compartida. Sin embargo, también se tensionan la instrumentalización y la coautoría, porque generalmente es el artista quien se apropia de esos proyectos en relación con su trayectoria curricular.

Más que pensar en cómo evitar cualquier forma de instrumentalización, creemos que el desafío está en no naturalizarla: en hacer visibles esas tensiones, reconocer los límites del trabajo, tener en cuenta cómo impacta el proyecto en las personas que participan y sostener la pregunta que nos haces como parte del crecimiento y la maduración del arte colaborativo.

Charla 1. Tomás Peters. Los derechos culturales como dispositivo ¿Para qué? ¿Para quién? Dilemas para pensar el arte como activador de la cultura local.

La imagen de tirar una piedra en un lago aparentemente tranquilo… esa piedra produce ondas expansivas que van más allá del lago, más allá de esa orilla, quién sabe exactamente donde, produciendo un efecto. Con esa sensación estuve esos días, emocionada y atenta; una reafirmación de que nuestro trabajo en distintas partes, con diversas comunidades, acciones y materiales, hacen vibrar subterráneamente los mundos.

Josefa Ruiz (Taller Tormenta) | Chiloé


Muchas de las prácticas presentadas se sostienen en la escucha, la presencia prolongada y una ética del cuidado. ¿Cómo se protege esa dimensión frente a la aceleración, los plazos institucionales y las lógicas de productividad cultural?

Una forma de cuidar la escucha y la ética del cuidado es, primero, ser muy transparentes: decir quiénes somos, qué queremos hacer en conjunto y cuáles son los plazos reales del proyecto. También transparentar que esto es un trabajo y que está atravesado por tiempos institucionales y por ciertas lógicas de productividad.

Sabemos que la aceleración y la burocracia son parte del contexto en el que vivimos y trabajamos, no algo externo a estas prácticas. Justamente por eso, lo que hace el arte colaborativo no es negar esa realidad, sino insistir en otros valores. En ese sentido, se vuelve especialmente complejo sostener estos procesos cuando los marcos institucionales y las lógicas de productividad cultural demandan resultados, sobre todo si se considera que, como señaló Andrea Peroni durante el Encuentro, “los resultados pueden ser intangibles o simbólicos”, lo que exige otras formas de lectura y valoración del trabajo artístico.

Son las propias metodologías del arte colaborativo, basadas en la escucha y en una presencia sostenida en el tiempo, las que van introduciendo otras temporalidades dentro del campo cultural, tensionando los ritmos impuestos y abriendo espacios para que esas lógicas puedan, al menos por momentos, ser puestas en cuestión.

Workshop Codiseño. Presentación Mesa de trabajo Valparaíso. Encargado Municipal Christian Romo juntos a lxs artistas Myr Chávez, Nancy Mansilla y Forever.

Un gran acierto fue el espacio dialogante con las instituciones, ya que para algunos son espacios bastante burocráticos y distantes. En las mesas de trabajo quedó claro las múltiples posibilidades de alianzas para desarrollos artísticos en las comunas. ¡Las mesas de trabajo fue un golazo! 

Gonzalo Castro-Colimil y Karina Riquelme (Kolumilla) | Wallmapu


Uno de los momentos más singulares del encuentro fue el workshop de codiseño con representantes municipales. ¿Qué rol creen que pueden jugar las municipalidades en el desarrollo de prácticas artísticas colaborativas más sostenidas y con impacto territorial real?

Vemos en las municipalidades una posibilidad concreta de trabajo conjunto con artistas que desarrollan prácticas colaborativas. Los municipios trabajan de manera permanente en los territorios y mantienen un vínculo directo con sus habitantes, abordando cotidianamente problemáticas sociales, culturales y comunitarias. En ese contexto, creemos que las prácticas artísticas colaborativas pueden incidir de manera positiva, aportando otras formas de aproximación, escucha y activación de procesos colectivos, y pensando al artista como alguien que aporta metodologías de investigación social.

En ese marco, el workshop fue diseñado en conjunto con la socióloga Valentina Terra, con el objetivo de construir un método de trabajo específico y situado, que permitiera poner en diálogo las experiencias de artistas y encargados municipales a través de un ejercicio concreto de trabajo colaborativo.

Para ello, se conformaron cuatro grupos de trabajo integrados por artistas y encargados municipales. En cada grupo, el encargado presentó una problemática territorial concreta, que fue analizada colectivamente para luego desarrollar propuestas de activación desde una mirada artística y territorial.

En el caso del grupo conformado por el encargado municipal de Alto Hospicio, Miguel Albornoz, junto a las artistas Amalia Pascal, Paulina Martínez y Nia de Indias, se identificó como problema central la debilidad estructural del Plan Municipal de Cultura (PMC) como herramienta efectiva de gestión cultural.

A partir de este diagnóstico, el grupo trabajó una propuesta de activación que no buscó modificar el contenido del plan, sino repensar sus formas de construcción. La propuesta se centró en un modelo basado en la realización de encuentros participativos en canchas de fútbol, en lugar de sedes municipales o espacios institucionales, para lo cual se propone una pichanga intercultural conformada por equipos compuestos por diferentes actores del territorio, donde el arte opera como mediador para fomentar la participación, habilitar la conversación política y fortalecer la autonomía cultural a nivel local.

En ese sentido, las municipalidades pueden jugar un rol central en el fomento y sostenibilidad de este tipo de prácticas. Al ser instituciones con presencia continua en los territorios, permiten dar mayor continuidad a los procesos, algo que muchas veces resulta difícil desde proyectos artísticos acotados en el tiempo. Esto no solo tiene que ver con recursos financieros, sino también con el acceso a información relevante, redes locales, equipos profesionales y grupos vinculantes dentro de cada territorio.

Creemos que estos cruces amplían el campo de acción para ambos lados. Para las municipalidades, significa sumar miradas y metodologías que no siempre están dentro de sus equipos; y para los artistas, abre la posibilidad de involucrarse en procesos más largos, con impacto territorial real, sin dejar de lado la especificidad de sus prácticas. En ese sentido, el rol de los municipios no es instrumentalizar el arte, sino generar las condiciones para que estas prácticas puedan desplegarse, sostenerse y dialogar de verdad con las realidades locales.

Visionado Materialidades. Publicación de fanzine de Pedacito de Verdad.

La tensión entre proceso y resultado no se resuelve eliminando uno u otro, sino reconfigurando su relación, entendiendo la obra como parte de un entramado más amplio de experiencias, vínculos y sentidos compartidos.

Colectivo RACO


En un escenario donde el arte sigue siendo leído muchas veces desde la lógica del mercado y la circulación de obras, ¿qué insistencia plantea el arte colaborativo sobre otras formas de valor? ¿Cómo se tensiona, en estas prácticas, la relación entre proceso y resultado, especialmente en un sistema del arte que sigue privilegiando el objeto o la obra final? 

En términos de valor, el arte colaborativo insiste en que este no se agota en el objeto ni en su circulación, sino que se desplaza hacia la experiencia compartida, el proceso y la capacidad de construir imaginarios sociales de manera colectiva. Desde esta perspectiva, el valor no está solo en lo que se produce, sino en lo que se activa: vínculos, conversaciones, formas de estar juntos y de pensar lo común.

En ese sentido, estas prácticas aportan a la democracia en la medida en que habilitan espacios de diálogo, participación y reflexión colectiva. Esta idea se vincula directamente con lo planteado por Tomás Petersen en su charla sobre Derechos Culturales, cuando señala que no solo la participación cultural fortalece la democracia, sino, de manera aún más significativa, la participación en la creación artística, subrayando así el carácter político de estos procesos.

Esta comprensión del arte como práctica situada y relacional se expresa con claridad en el trabajo del artista Gonzalo Castro. En su caso, la práctica se construye desde el habitar continuo, la activación del territorio y la atención sostenida a sus problemáticas. La fotografía no aparece como un fin en sí mismo ni como objeto autónomo, sino como un medio de registro y acompañamiento de procesos más amplios, donde lo central es la experiencia compartida y el vínculo con el contexto.

Al mismo tiempo, trabajar desde el proceso prioriza la experiencia, pero no implica excluir el resultado. La obra o su materialización puede existir y no tiene por qué ser negada. De hecho, algunos de los artistas que participaron en el Encuentro también forman parte de exposiciones y circuitos tradicionales. La tensión entre proceso y resultado no se resuelve eliminando uno u otro, sino reconfigurando su relación, entendiendo la obra como parte de un entramado más amplio de experiencias, vínculos y sentidos compartidos.

En el Encuentro se hizo visible la materialización de sus procesos, por ejemplo: Cristian Ochoa y Forever, cuyos procesos derivan en fotolibros impresos. En el caso de Pedacito de Verdad y Nancy Mansilla, desarrollan publicaciones gráficas y materiales pedagógicos. Myr Chávez trabaja con cine documental. Paulina Martínez utiliza el juego de mesa como un dispositivo participativo. Josefa Ruiz desarrolla exposiciones colectivas que culminan procesos con comunidades neurodivergentes. Otros casos mantienen una lógica site specific, en la medida en que los proyectos se activan a partir de la intervención de un espacio concreto. En el caso de Amalia Pascal, esta lógica se materializa en un carro portátil que funciona como exposición ambulante. Nia de Indias desarrolla su trabajo desde la fotografía, a partir de la activación performática de espacios expositivos tradicionales y redes sociales.

Frente a un sistema del arte que sigue privilegiando el objeto y su circulación en galerías o museos, el arte colaborativo insiste en ampliar la idea de valor y también en diversificar los formatos en los que ese trabajo se materializa y circula, y en pensar la relación con otros no solo como público receptor. Cuando el proyecto parte de procesos concretos en territorio, el resultado no siempre es una obra única y cerrada, sino una serie de materialidades y acciones posibles.

Visionado Materialidades. Juego de Mesa Proyecto Melinka, de Paulina Martínez

Llevo más de 10 años trabajando en arte colaborativo y comunitario, y nunca había tenido la oportunidad de intercambiar conocimientos y reflexionar en profundidad sobre estas prácticas con colegas. Aunque mi rol fue de facilitadora, considero que fui una más de las participantes, ya que me voy cargada de ideas y afectos. Aún pienso en el encuentro y me emociona y me motiva.

Paula Salas Mella | Santiago



1er Encuentro RACO. Arte y Comunidades para la Innovación y Diálogo Socio-Cultural.

Centro Cultural CEINA, Santiago, Chile, 2025.

Artistas: Amalia Pascal (Machalí), Myr Chávez (Valparaíso), Josefa Ruiz (Chonchi), Cristian Ochoa (Los Lagos), Nia de Indias, Pedacito de Verdad y Paulina Martínez (Santiago). A este grupo se sumaron artistas invitados: Gonzalo Castro-Colimil y Karina Riquelme (Wallmapu), Nancy Mansilla (Valparaíso) y Forever (Santiago).

Visionado de portafolio: Kekena Corvalan y Paula Salas

Alejandra Villasmil

Nace en Maracaibo (Venezuela) en 1972. Es periodista, fundadora y editora de Artishock.

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