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EL RECOLETA CUMPLE 45: UN ANIVERSARIO EN DIEZ EXPOSICIONES VIBRANTES

Desde su fundación en 1980, el Centro Cultural Recoleta se convirtió en uno de los espacios más decisivos para entender la vida artística y social de Buenos Aires. Nacido en el cruce entre el fin de la dictadura y el impulso democrático, el Recoleta abrió sus salas a lenguajes que hasta entonces circulaban en la clandestinidad: performances, instalaciones, moda, diseño, arte joven y expresiones contraculturales que encontraron allí un escenario institucional por primera vez. Su arquitectura actual —diseñada por Clorindo Testa, Jacques Bedel y Luis Benedit— acompañó desde el inicio esa vocación por lo experimental, albergando una programación plural que cruzaba lo académico con lo callejero, lo consagrado con lo emergente.

Durante los años 80, bajo la dirección de Osvaldo Giesso e inspirado en modelos como el Pompidou y el legado del Di Tella, el Recoleta se consolidó como un laboratorio de apertura y diversidad. Fue el lugar donde artistas de distintas generaciones encontraron una plataforma para crecer —de Liliana Maresca a Guillermo Kuitca, de Marcos López a Ana Gallardo— y donde se presentaron obras y acciones de figuras como Luis Felipe Noé, León Ferrari, Federico Klemm y Marta Minujín, que hoy forman parte de la historia del arte argentino. Al mismo tiempo, se convirtió en un espacio pionero de debate sobre género y derechos humanos, impulsando muestras emblemáticas y acompañando la visibilización de las Abuelas de Plaza de Mayo.

En los 90, el Recoleta adquirió proyección internacional: alojó ediciones de la feria arteBA y fue escenario de momentos inolvidables, desde un íntimo concierto de David Bowie en 1997 hasta la propuesta monumental de Yoko Ono en 1998 o el show de transición solista de Gustavo Cerati.

Intervención del artista argentino Edgardo Giménez en la fachada del Centro Cultural Recoleta (CCR). Cortesía: CCR

El nuevo siglo reafirmó su lugar como institución abierta tanto a las grandes narrativas como a las escenas experimentales, con muestras históricas —como La Vanguardia Rusa—, instalaciones de gran escala y la consolidación de experiencias performáticas como Fuerza Bruta. Su historia, sin embargo, es mucho más larga: antes de ser centro cultural, el edificio fue convento, academia de dibujo, jardín botánico, prisión, hospital y asilo, hasta transformarse definitivamente en un epicentro de creación joven, ecléctica y de vanguardia.

Hoy, tras la restauración de su fachada —un gesto que puso fin a años de intervenciones que generaron mucha polémica—, el Centro Cultural Recoleta ha recuperado el color terracota original con el que abrió sus puertas en 1980. La decisión, celebrada por figuras como el arquitecto Jacques Bedel, marcó el cierre de una etapa dominada por murales de estética pop que habían transformado su imagen entre 2019 y 2024. Con esta recuperación patrimonial, junto con la apertura de nuevas salas y la revitalización de sus terrazas, el Recoleta celebra sus 45 años reafirmando una identidad construida entre tradición, experimentación y una atención constante al pulso cultural de Buenos Aires.

En su apuesta por reconocer su identidad histórica y proyectarla hacia el futuro, el Recoleta desplegó en 2025 una programación especial por su 45 aniversario, con exposiciones que dialogaron con su legado y, a la vez, propusieron miradas renovadas sobre las prácticas visuales en Argentina. Entre la gran cantidad de muestras que ocuparon sus salas, hicimos una selección de diez que, desde nuestra perspectiva, marcaron el pulso de este año aniversario.

Vista de la exposición colectiva Lluvia ácida en el Centro Cultural Recoleta, Buenos Aires, 2025. Foto cortesía CCR

1. Lluvia ácida

Lluvia ácida revisita los 45 años del Centro Cultural Recoleta enlazando dos líneas que marcaron su ADN: la experimentación visual y el universo del cómic, la historieta y el humor gráfico. Con obras que atraviesan desde el retorno democrático hasta el presente, la exposición traza una genealogía irreverente de imágenes que, mediante la sátira, el grotesco y la parodia, supieron leer —y deformar— sus contextos con agudeza política.

La curaduría de Marcos Krämer apostó por un montaje que piensa la memoria desde el conflicto, mostrando cómo artistas de generaciones distintas hicieron del cruce disciplinar un gesto crítico en sí mismo. El recorrido permitía reconocer al Recoleta como un espacio donde la imagen popular, la gráfica política y el arte contemporáneo dialogaron sin jerarquías, a menudo con una mordacidad que desarma solemnidades.

Su relevancia reside justamente en esa lectura: Lluvia ácida no solo celebra un aniversario, sino que reconstruye una historia visual situada, marcada por tensiones sociales y humor corrosivo. En tiempos de polarización y discursos endurecidos, revisitar estos lenguajes resulta una forma de activar la memoria con lenguajes que incomodan. Esa incomodidad lúcida es, quizá, la mejor herencia del Recoleta.

Clorindo Testa, Jacques Bedel y Luis Benedit en el Centro Cultural Recoleta (CCR), Buenos Aires. Foto cortesía del CCR

2. Artistas y Arquitectos. Bedel, Benedit, Testa

La exposición curada por Cecilia Rabossi revisita uno de los capítulos más singulares de la relación entre arte, arquitectura e institucionalidad cultural en Argentina: el proyecto de reciclaje y transformación del antiguo asilo General Viamonte, llevado a cabo por Jacques Bedel, Luis F. Benedit y Clorindo Testa entre 1979 y 1983.

Más que plantearlo como antecedente arquitectónico, la muestra revela cómo ese proceso se enlaza con la producción artística de los tres creadores durante esas décadas y con su participación en el Grupo de los Trece/CAyC, un núcleo que redefinió la escena conceptual latinoamericana.

Al poner en diálogo planos, registros y documentos del proyecto con obras históricas —incluidas las que marcaron su consagración en la Bienal de São Paulo de 1977—, la exposición ilumina algo más que la génesis del edificio: permite comprender el Recoleta como una construcción estética e intelectual que surgió del cruce entre experimentación formal, pensamiento sistémico y sensibilidad política.

La muestra también incorpora trabajos recientes de Bedel que nos recuerdan que la historia institucional no es parte de un archivo muerto sino un tejido en transformación. De ahí su relevancia: Artistas y Arquitectos no solo revisita la arquitectura del Recoleta, sino que reactiva una conversación sobre cómo las instituciones culturales se diseñan, se imaginan y se tensionan desde el arte mismo.

Vista de la exposición Ombligo, de Jazmín Kullock y Porkeria Mala, en el Centro Cultural Recoleta, Buenos Aires, 2025. Foto cortesía CCR

3. Ombligo

Ombligo reúne por primera vez a Jazmín Kullock y Porkeria Mala en un proyecto que despliega, entre pinturas de gran formato y esculturas blandas, un autorretrato llevado al extremo: íntimo, grotesco, autoconsciente y profundamente teatral. La muestra indaga en la conflictividad afectiva del reconocimiento propio —esa tensión entre rostro y máscara, entre lo que se muestra y lo que se oculta— para imaginar un yo poblado de múltiples personajes, torpezas y desbordes.

Construida a partir de una tradición de realismo popular y humor grotesco que atraviesa buena parte de la cultura visual porteña, la exposición propone un pequeño teatro visceral donde las artistas se enfrentan a sus versiones pasadas y futuras, cuestionando la seguridad del ser y haciendo del exceso una forma de verdad.

Este proyecto seleccionado en la Convocatoria de Artes Visuales 2024 del Recoleta, bajo la curaduría de Nicolás Cuello, encarna la vocación actual del centro por abrir espacio a imaginarios jóvenes que, desde lo íntimo y lo grotesco, interrogan la construcción de lo social.

Vista de la exposición colectiva Carroña última forma en el Centro Cultural Recoleta, Buenos Aires, 2025. Foto cortesía CCR

4. Carroña última forma

Curada por Carla Barbero y Javier Villa, esta exposición reunió a once artistas de distintas generaciones para trazar un mapa visceral de los cuerpos heridos, los restos de la historia y los imaginarios del poder. Desde Forner, Berni y Stern hasta Maresca, Schvartz y voces más jóvenes como Verónica Meloni y Tobías Dirty, la muestra operó como un arco temporal donde el realismo alucinado argentino —grotesco, barroco, excesivo— desplegó su potencia crítica.

Tomando como punto de partida el libro homónimo de Leónidas Lamborghini, escrito durante la crisis de 2001, la exposición asumió la carroña no como desecho sino como forma persistente: aquello que, incluso corroído, continúa hablando. En diálogo con ese referente literario, las obras trazaron una genealogía de lo abyecto y lo monstruoso como claves para leer los desajustes sociales y políticos del país.

Su relevancia para este aniversario del Recoleta radica en que reactiva una tradición histórica de la institución: la de alojar los lenguajes más intensos y perturbadores del arte argentino, aquellos que tensan los límites de la representación y amplifican los estragos —y las lucideces— del presente. En sintonía con la pulsión grotesca e íntima que atraviesa también propuestas como Ombligo, esta muestra no buscó ilustrar el mundo, sino hacerlo estallar en imágenes.

Vista de la exposición colectiva Arte Rata en el Centro Cultural Recoleta, Buenos Aires, 2025. Foto cortesía CCR

5. Arte Rata

Con la curaduría de Lulo Demarco y Delfina Bustamante, Arte Rata fue una de las propuestas más singulares del año, un proyecto que imaginó una genealogía alternativa del arte argentino a partir de obras que operan desde la desobediencia material, la precariedad elegida y la reacción directa al contexto. El recorrido —instalado en un laberinto de cartón corrugado— tejía diálogos inesperados entre figuras históricas y artistas contemporáneos, desde Alberto Heredia, Juan Del Prete y Sergio De Loof hasta Fernanda Laguna, Luciana Lamothe o Mia Superstar.

La muestra propuso la “rata” como una metáfora productiva: una criatura que sobrevive en los bordes, recicla lo que el sistema descarta y encuentra modos creativos de persistir. Desde allí, Arte Rata planteó un modo de hacer local que desafía categorías disciplinarias y consensos historiográficos, reivindicando lo deshilachado, lo oblicuo y lo impropio como motores estéticos.

Su relevancia dentro de esta selección radica en que recuperó una sensibilidad crucial del arte argentino: aquella que se inventa a sí misma en el margen, que reacciona antes que representar y que convierte la adversidad en estrategia. Una lectura que resonó con fuerza en este aniversario del Recoleta, institución históricamente abierta a estas formas indóciles de creación.

Vista de la exposición La vigilia de los harapos, de Josefina Labourt, en el Centro Cultural Recoleta, Buenos Aires, 2025. Foto cortesía CCR

6. La vigilia de los harapos

Primera gran exposición institucional de Josefina Labourt, La vigilia de los harapos reunió una selección antológica de obras realizadas entre 2017 y 2024, donde la artista exploró —desde la escultura, el relieve, la pintura y el collage— las tensiones entre el deterioro del cuerpo femenino y su representación teatralizada. Con materiales como resina, toallas, gasas, cáscaras de huevo o cartapesta, Labourt construye figuras que encarnan la ambivalencia entre vulnerabilidad y cinismo, entre la piel vencida y el artificio brillante que busca contener su descomposición.

Bajo la curaduría de Javier Villa, la muestra se organizó como un “teatro de la descomposición”: escenas habitadas por seres antropomorfos y objeto-morfos, fragmentos cárnicos e ilusiones maquilladas que prolongan, con humor oscuro y pathos barroco, la agonía simbólica del cuerpo femenino en una cultura que lo descarta cuando deja de responder a sus expectativas.

El diálogo con obras de Norberto Gómez profundizó este registro, situando la muestra en una genealogía histórica donde el cuerpo es territorio de trauma y verdad. Si Gómez horadaba hacia la víscera y el hueso, Labourt atendía la superficie —la máscara, la piel, la cáscara— como umbral frágil entre el tiempo real y su teatralización.

Vista de la exposición Un perfume de amor, sangre y nervios, de Laura Códega, en el Centro Cultural Recoleta, Buenos Aires, 2025. Foto cortesía CCR

7. Un perfume de amor, sangre y nervios

Esta fue la primera gran exposición institucional de Laura Códega, una revisión amplia de más de dos décadas de trayectoria bajo la curaduría de Carla Barbero. La muestra reunió 34 obras realizadas entre 2010 y 2025, incluidas pinturas recientes ejecutadas con pigmentos naturales —como limón y banana— y piezas en cuero, metal repujado, calabaza, video y escultura. En todas ellas, Códega retomó episodios, símbolos y personajes de la historia social para cuestionar, desde la materialidad y el exceso figurativo, las formas hegemónicas de representación.

Su trabajo, siempre atento a las tradiciones populares y a los imaginarios periféricos, reactivó figuras paganas, relatos marginales y zonas despreciadas de la iconografía argentina. La artista abordó esos repertorios como territorios de insubordinación simbólica: batallas épicas elaboradas con brea y cítricos, rituales antropofágicos sobre cuero vacuno o dramas sociales pintados en soportes inestables, donde la materia opera como una aliada conceptual.

La exposición estableció además un puente entre la contemporaneidad y las imágenes insurgentes de comienzos del siglo XX mediante la inclusión de grabados de Abraham Vigo y Adolfo Bellocq, integrantes de los Artistas del Pueblo. Ese cruce amplificó una genealogía de prácticas situadas al margen del canon, un linaje que Códega retomó y tensó desde su propia experimentación plástica.

El título —extraído del video Manifiesto (2017)— condensó el pulso emocional y moral que recorre toda su obra: una poética inquieta, atravesada por lo popular, lo religioso, lo pagano y lo indócil. Su presencia en esta selección conmemorativa radica en su capacidad para renovar, desde la materia y la alegoría, un repertorio visual que ha operado históricamente como rumor tenaz en el arte argentino.

Vista de la exposición Homenaje a Narcisa Hirsch en el Centro Cultural Recoleta, Buenos Aires, 2025. Foto cortesía CCR

8. Homenaje a Narcisa Hirsch

El Recoleta dedicó una muestra a Narcisa Hirsch (1928–2024), figura decisiva del cine experimental argentino y protagonista de algunos de los gestos más radicales del arte de los años sesenta. Fue un reconocimiento necesario a una creadora que, desde la pintura, el dibujo, la performance y el happening, expandió los límites del lenguaje visual y dejó una huella perdurable en la cultura porteña.

Acciones como Operación color para la ciudad, Manzanas, Bebés o La Marabunta —todas realizadas en Buenos Aires durante aquella década— anticiparon su deriva hacia el cine, campo en el que desarrolló una obra vasta y singular a partir de los años setenta.

La exposición presentó Canciones napolitanas (1970), cortometraje originalmente filmado en 16 mm y hoy proyectado en formato digital. Allí, el primer plano de una boca roja —metonimia de un cuerpo feminizado— devora carne cruda y una tarjeta postal. Lo hermoso y lo abyecto se rozan en una secuencia que, más de medio siglo después, mantiene intacta la potencia sensorial y conceptual del experimentalismo de Hirsch.

Vista de la exposición colectiva Políticas del sabor en el Centro Cultural Recoleta, Buenos Aires, 2025. Foto cortesía CCR

9. Políticas del sabor

Esta exposición, curada por Larisa Zmud, propone pensar la cocina como un territorio político, poético y de cuidado. Frente a los discursos apocalípticos que anuncian el fin de los mundos, la muestra invita a encender fuegos comunes y a ensayar, desde el arte, nuevas formas de sostener la vida. Más que ofrecer respuestas, abre preguntas situadas sobre lo colectivo, la memoria cultural que emerge al cocinar juntas y los placeres posibles en la militancia por la vida.

El Comedor Gourmet de Belleza y Felicidad Fiorito funciona como corazón del proyecto y catalizador artístico–político, desde donde se tejen diálogos con experiencias como Cozinha Ocupaçao 9 de Julho (Brasil), PAISAnaJE (España), Floating University (Alemania), INLAND – Campo adentro (España) y el Museo del Puerto de Ingeniero White (Buenos Aires). En conjunto, estas prácticas revelan la cocina como una infraestructura afectiva y vital para la subsistencia y la imaginación comunitaria.

La exposición reúne obras históricas y contemporáneas de Marta Minujín, Narcisa Hirsch, Grupo Escombros, Clemente Padín, Víctor Grippo, Lucía Reissig, Marcela Sinclair, Gabriel Chaile, La Chola Poblete, Ignacio Tamboranea, Hoco Huoc, Tiziano Cruz, Gabriel Baggio, Las Deudas y Andrés Piña, entre otros. Este entramado propone una genealogía abierta de prácticas que vinculan arte, feminismos y cocinas populares para desafiar estructuras hegemónicas y generar nuevas formas de comunidad.

Políticas del sabor reivindica un optimismo crítico, no como negación del colapso contemporáneo, sino como una metodología de resistencia que fermenta en cada olla, en cada encuentro y en cada gesto que cocina —literal y simbólicamente— otros modos de vida posibles.

Valentín Asprella Lozano, Artefacto N°4 (2025). Instalación interactiva (articulación de huesos, pelos, dientes, semillas, frutos, flores, espinas, raíces, tronco, tierra, piedras, espejo, hierro, bronce, goma, plásticos, acrílico, agua, bomba de pie), 200 x 200 x 200 cm. Foto: Mariana Poggio

10. Antes del fulgor

El 17 de diciembre inaugura Antes del fulgor, exposición individual de Valentín Asprella Lozano, uno de los artistas seleccionados en la Convocatoria de Artes Visuales 2025 del Recoleta. Concebida como una experiencia sensorial y de inmersión escultórica, la muestra propone un recorrido donde lo natural y lo sintético se funden. Organismos híbridos, superficies sensibles y fluidos que insinúan metabolismos proyectan un imaginario centrado en los procesos de descomposición y regeneración, eje que atraviesa la práctica del artista.

Como señala su curadora, Carla Barbero, la instalación “se organiza como una liturgia”: un ser con cabeza de tronco de Paraíso recibirá a las y los visitantes, mientras radares giratorios recolectan señales atmosféricas y una gran criatura central —Coso— condensa fuerzas tan ominosas como fascinantes. Entre ceremonia terrestre y rito cósmico, la escena afirma la interdependencia radical entre lo viviente y todo aquello que lo rodea, ya sea un fruto, un mineral o una manguera.

Como cierre de este año de celebraciones del Recoleta, Antes del fulgor ofrece una especulación sobre futuros posibles: un ensayo sensorial que imagina qué puede ser un espacio cultural cuando deja que lo vivo, lo tecnológico y lo imaginario se entrelacen sin jerarquías y produzcan, en conjunto, un nuevo modo de habitar lo común.

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