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DOS DÉCADAS DE TRABAJO DE GABRIEL DE LA MORA SE EXPONEN EN MÉXICO Y BRASIL

Gabriel de la Mora (Ciudad de México, 1968) centra su práctica en los procesos de reconstrucción y reconfiguración de materiales, cuestionando las ideas de permanencia, desgaste y originalidad. A lo largo de su prolífica trayectoria, ha trabajado con objetos cotidianos —como altavoces, suelas de zapatos, cáscaras de huevo, fragmentos de obsidiana o alas de mariposa— y con procedimientos que desbordan los límites del campo artístico tradicional. Su obra, a medio camino entre la arqueología material y la experimentación conceptual, revisita la tradición del arte minimalista y del arte povera desde una sensibilidad profundamente vinculada al residuo y el paso del tiempo.

Los cálculos minuciosos, la catalogación de objetos y los procedimientos obsesivos son rasgos constantes en su trabajo. Muchas de sus series demandan una cantidad de tiempo insólita que, vista desde una óptica productivista, parecería no tener finalidad alguna: parten de un procedimiento simple o incluso absurdo, cuya repetición prolongada produce obras de una complejidad inesperada. Tal vez sea esa insistencia la que multiplica las posibilidades de lectura de su obra, capaz de desplegarse entre la densidad conceptual, histórica y matérica, y la hipnótica visualidad de sus superficies.

Vista de la exposición Gabriel de la Mora: La Petite Mort en el Museo Jumex, Ciudad de México, 2025. Foto cortesía del museo

LA PETITE MORT

Cerca de noventa obras de superficies minimalistas y frecuentemente monocromáticas —que condensan una gran complejidad técnica, rigor conceptual e información implícita— conforman La Petite Mort, una retrospectiva exhaustiva de la práctica del artista durante las dos últimas décadas, organizada por el Museo Jumex con curaduría de Tobias Ostrander.

Instalada en la galería del tercer piso, la exposición investiga la presencia recurrente del deseo y el erotismo en la práctica de De la Mora, abordando tanto la tensión superficial de las obras como los impulsos inconscientes que las rigen. También hay una pérdida implícita, una muerte simbólica o física que se manifiesta a través de los materiales y elementos que emplea: el fuego, el cabello, las cáscaras, los desechos industriales.

Como observa Tobias Ostrander en su texto curatorial, a lo largo de toda la trayectoria del artista el cuerpo deseante se mantiene como una presencia constante, tanto en la búsqueda del placer en la elaboración de las obras como en la experiencia que cada pieza provoca en quienes las observan.

Estructurada en torno a seis secciones —Cuerpos, Borradura, Calor, El filo del deseo, Tacto y El placer del espectador—, la exposición se adentra en dos de las preocupaciones centrales en la obra del artista: la muerte y el placer sexual extático. El título La Petite Mort alude a la expresión francesa que designa al orgasmo como “pequeña muerte”, y a los sentidos de pérdida y abandono que recorren su práctica.

Gabriel de la Mora, Memoria I, 24.10.07 (2007), 17 reproducciones en resina de cráneos humanos que representan a miembros vivos de su familia. Al fondo, el dibujo 1951-G.M-25-1993 (2007). Foto cortesía Museo Jumex

Cuerpos, la primera de las secciones, reúne obras que indagan en lo humano y lo inanimado a través del retrato, la presencia física y la huella transferida. En Memoria I, 24.10.07 (2007), De la Mora modela diecisiete cráneos de resina que representan a miembros vivos de su familia, así como a su padre y su hermana fallecidos. En 1951-G.M-25-1993 (2007), en cambio, dibuja el rostro de su padre y lo acompaña con un título que cifra las fechas de su nacimiento y muerte. Desde 2004, el artista incorpora cabello humano como método de dibujo y como material biográfico cargado de ADN, desdibujando los límites entre retrato, escultura y dibujo.

En Borradura, De la Mora se aproxima al gesto de eliminar como una forma de creación: borrar es aquí producir otra imagen posible. Obras como Página 42 / 25 de agosto de 2009 / 6,6 gramos (2009) presentan páginas de revistas pornográficas masculinas que el artista ha borrado, impidiendo la visibilidad de las imágenes explícitas. En otras piezas, materiales hallados —carteles rotos, fragmentos de techos antiguos— se recontextualizan en abstracciones táctiles que desafían la noción de permanencia. Destaca la serie Originalmente Falso, donde reelabora pinturas falsificadas atribuidas a Böcklin, Goeritz o Carreño mediante procesos destructivos que cuestionan el valor de la autenticidad.

Gabriel de la Mora, Introduction (2003–2009). Colección Jumex, México. Foto cortesía Museo Jumex
Gabriel de la Mora, m-294 (1972). Foto cortesía Museo Jumex

Calor reúne obras moldeadas por el fuego, tanto como proceso material como metáfora del deseo. La serie Introduction (2003–2009), por ejemplo, consiste en páginas de la tesis de maestría del artista quemadas hasta transformarse en esculturas frágiles, modeladas por el azar del aire y las llamas. En piezas como 81 días I (2019), paisajes antiguos son sometidos al calor y la intemperie hasta que la imagen apenas sobrevive entre grietas y quemaduras.

En El filo del deseo, De la Mora se detiene en los bordes, cortes y límites entre superficie y profundidad. En 3,936 capas de pintura 1A–1B (2011), los cortes en los bloques de pintura revelan un interior caleidoscópico, oculto bajo una superficie blanca y aparentemente pura. En 89,911 – An. (2021), miles de fragmentos de piedra andesita —roca volcánica asociada a la escultura prehispánica— se ensamblan en un mosaico monocromo de textura táctil y precisión obsesiva.

Vista de la exposición Gabriel de la Mora: La Petite Mort en el Museo Jumex, Ciudad de México, 2025. Foto cortesía del museo
Gabriel de la Mora, 3,377, 2023. 3.006 fragmentos convexos de cascarón de huevo de gallina bovans white, 371 fragmentos cóncavos de cascarón de huevo de gallina bovans white sobre cartulina de museo, 30 x 30 x 2 cm. Cortesía del artista.

Tacto traza la evidencia y la ausencia del contacto físico. m-294 (1972), creada cuando el artista tenía cuatro años, conserva un gesto de infancia que anticipa su obsesión por la repetición y el error: la letra “m” escrita al revés por su dislexia, corregida y reescrita una y otra vez. En B-55 izq. / 55 der. (2016), telas provenientes del tejido frontal de bocinas antiguas forman una instalación de pares simétricos marcados por el paso del sonido. Y en 1,152 – I / Pi. (2014), más de mil suelas de cuero usadas muestran el rastro del movimiento cotidiano, convertidas en patrón y archivo.

La muestra culmina con El placer del espectador, referencia directa al ensayo de Roland Barthes sobre el goce de la lectura. Aquí, el placer se desplaza del acto de mirar al de interactuar: obras que invitan a la participación y a la interpretación. Sus conocidos monocromos texturizados, compuestos por miles de fragmentos de cáscaras de huevo —como 467,685 (2020)—, aluden a la potencia de la vida y, a la vez, a la fragilidad y la pérdida. En ellos, la materia parece sostener una conversación con su propia extinción: las cáscaras, desechadas tras el nacimiento o el consumo, se reconstituyen como superficies vibrantes, testigos de un proceso de transformación o regeneración simbólica.

Algo similar ocurre en sus composiciones abstractas con alas de mariposa, que revelan su iridiscencia sólo cuando el espectador se mueve ante ellas. La mirada deviene aquí un acto corporal, un movimiento que activa el fulgor efímero de la materia, como si el placer residiera en perderse en esa oscilación entre luz y desaparición.

De la Mora convierte la acumulación y el detalle obsesivo en un gasto improductivo, un trabajo sobre lo inútil, sobre el exceso que el sistema capitalista rechaza. Como observa Carolina Estrada García en su texto Ojos compuestos, incluido en el cuadernillo de la exposición, la práctica de De la Mora podría entenderse desde la noción de “gasto improductivo” de Georges Bataille: una economía afectiva de materiales, donde el valor radica no en la utilidad sino en la energía colectiva, el tiempo y el exceso dedicados a lo residual.

Vista de la exposición Gabriel de la Mora: La Petite Mort en el Museo Jumex, Ciudad de México, 2025. Foto cortesía del museo

En esta última sección de la muestra también se incluyen obras como Lo que no vemos, lo que nos mira (2014), letras talladas en obsidiana negra que reflejan la mirada del público, devolviéndole su propia imagen; y Prótesis oculares del artista a color (2014), réplicas de sus ojos que se ofrecen como una ofrenda surrealista, una invitación a ver a través del artista, pero también a ser vistos.

En ese circuito especular, el cuerpo del espectador participa de la “pequeña muerte” barthesiana: una pérdida momentánea del yo en la superficie de lo observado, una entrega sensual que confunde la distancia estética con el deseo. Esa precisión casi ritual con que De la Mora manipula sus materiales convierte cada obra en una coreografía del placer y la desaparición, donde mirar es, finalmente, una forma de tocar.

Vista de la exposición Gabriel de la Mora: Veemente en el Museo Oscar Niemeyer (MON), Curitiba, Brasil. Foto cortesía del MON

VEEMENTE

La Petite Mort en el Museo Jumex encuentra eco en Veemente, exposición curada por Marcello Dantas para el Museo Oscar Niemeyer (MON) en Curitiba, Brasil. Aquí, De la Mora continúa su investigación sobre los materiales y la repetición obsesiva del gesto artesanal, estableciendo un diálogo entre entre percepción visual y experiencia táctil, entre lo residual y lo simbólico.

La acumulación, la reconstrucción y la transformación del desecho en poesía visual confirman aquí una constante en su trabajo: convertir lo cotidiano, fragmentado y descartado en un vehículo para explorar memoria, vida y sensibilidad del espectador.

La muestra presenta 77 obras —instalaciones, pinturas de técnica mixta y esculturas, la mayoría realizadas entre 2000 y 2025— que evidencian no solo la evolución estética del artista, sino también la riqueza y singularidad de los materiales que trascienden los soportes tradicionales.

Vista de la exposición Gabriel de la Mora: Veemente en el Museo Oscar Niemeyer (MON), Curitiba, Brasil. Foto cortesía del MON

“A primera vista, sus obras pueden parecer abstractas, con un carácter escultórico o incluso minimalista. Sin embargo, una mirada más atenta revela que nada es lo que parece”, señala Dantas. “La continua repetición del gesto artesanal —a veces restaurador, a veces destructivo— revela un método que desafía la experiencia visual y sensorial del espectador”, agrega.

El diseño de la exposición refleja esta obsesión por los materiales, proponiendo una experiencia sensorial ampliada: una gran mesa central permite a los visitantes explorar directamente los elementos de sus creaciones. Al interactuar con los materiales y percibir los límites de la repetición y la obsesión, cada espectador se enfrenta a la lógica de un artista que transforma lo desechado en poesía visual.


Coorganizada por el Museo Jumex y el Museo de Arte Contemporáneo de Monterrey (MARCO), La Petite Mort cuenta con Tobias Ostrander como curador invitado y Carolina Estrada García como asistente curatorial del Museo Jumex.

Tras su presentación en el Jumex, abierta hasta el 8 de febrero de 2026, la exposición viajará al MARCO.

Veemente, con curaduría de Marcello Dantas, puede visitarse en el Museo Oscar Niemeyer (MON) de Curitiba, Brasil, hasta el 16 de noviembre de 2025.

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