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32.ª BIENAL DE PONTEVEDRA: VOLVER A SER HUMANOS. ANTE EL DOLOR DE LOS DEMÁS

Con el lema Volver a ser humanos. Ante el dolor de los demás, la 32.ª Bienal de Arte de Pontevedra se presenta como un espacio crítico y reflexivo que denuncia las guerras del pasado y del presente, al tiempo que propone futuros más humanos a través del arte, la espiritualidad y la imaginación. La muestra reúne a 60 artistas de 28 nacionalidades, acompañada de un ciclo de cine, conferencias, talleres y un programa de artes vivas que extiende la bienal hacia otras cuatro localidades de la provincia.

El discurso que hila la exposición en sus trece sedes contrapone la oscuridad de la guerra con la luz de la esperanza, combinando propuestas de artistas consagrados, emergentes —muchos provenientes de países en conflicto— y referentes del arte contemporáneo gallego y español. Sus propuestas exploran temas como la espiritualidad, la verdad, la utopía, la tolerancia y el amor.

Antón Castro, comisario de la bienal, se inspira en el pensamiento de Rob Riemen y Susan Sontag, afirmando que “volver a ser humanos es recuperar la ilustración, la humanidad, el amor. Intentamos que la exposición tenga conciencia democratizadora; queremos que sea un acto de empatía con la ciudadanía”.

Dagoberto Rodríguez, Tanque Ruso, 2022. Foto cortesía de Fundación Moldes

Tras quince años de ausencia, la Bienal de Pontevedra no vuelve, sino que renace. En palabras del presidente de la Diputación, Luis López, lo hace “al estilo de los grandes relatos, esos que, al ser contados de nuevo, nos permiten ver la vida desde otra perspectiva”. El evento busca, además, afianzar el crecimiento del turismo internacional en As Rías Baixas y consolidar la ciudad como un referente cultural.

Por su parte, Rafa Domínguez, presidente de la bienal y vicepresidente de la Diputación, subraya la relevancia de los artistas invitados: “Muchos aceptaron participar por un tema de tanta actualidad como la guerra y por la recuperación de la bienal más antigua de la península ibérica”.

El eje conceptual de la bienal se despliega en un diálogo entre humanismo y transhumanismo. Mientras el humanismo promueve la recuperación de la empatía y la educación integral en contacto con lo trascendental y lo cotidiano, el transhumanismo explora cómo la tecnología, la inteligencia artificial y la biotecnología pueden superar las limitaciones biológicas. Ambos movimientos comparten valores ilustrados como el conocimiento y el progreso, aunque divergen en sus caminos: el humanismo mira al pasado para fortalecer la ética y la relación con la naturaleza, mientras que el transhumanismo proyecta soluciones técnicas para un futuro sostenible.

Emily Jacir, Sin título, 2025. Vista de la instalación en la Casa de la Luz, Pontevedra, España.

Palestina y conflictos contemporáneos

El conflicto en Palestina, marcado por décadas de ocupación, desplazamiento forzado y episodios de violencia sistemática calificados como genocidio, sigue configurando la vida y la memoria de su población, resonando en el arte contemporáneo como acto de denuncia y preservación histórica.

En la bienal, Palestina es representada por obras de Raida Adon, Miki Kratsman, Miki Leal, Isabel Rocamora y Rosalind Nashashibi, así como Emily Jacir (Belén, Palestina, 1972), quien retoma su investigación sobre el asesinato de Wael Zuaiter, intelectual palestino ejecutado por agentes del Mosad en Roma en 1972. Situada en la fachada de la Casa da Luz, la instalación combina un tapiz que atraviesa el libro de Las mil y una noches con una bala, un neón con una cita del poeta Francis Thompson y columnas envueltas en sudarios blancos.El proyecto transforma el espacio público en un memorial de historias olvidadas y cuerpos invisibles, abordando migración, resistencia y memoria histórica frente al colonialismo y la ocupación.

Raida Adon (Acre, Israel, 1972) presenta una selección de su obra videográfica que aborda desplazamiento, memoria y pérdida en el contexto palestino. Criada en Acre en una familia multiétnica y multirreligiosa, Adon convierte su experiencia personal en una reflexión crítica sobre la guerra, la ocupación y las tensiones identitarias.

En House (2002), la artista evoca su infancia y el anhelo de un hogar seguro en medio del caos y la violencia, revelando las contradicciones de la ocupación y desenmascarando la violencia estructural que atraviesa la vida cotidiana en Palestina. Su trabajo se erige así como un testimonio de resistencia y memoria, transformando la experiencia biográfica en una reflexión universal sobre pertenencia y derechos humanos.

Raida Adon, House, 2022, still de video.
Rosalind Nashashibi, Electrical Gaza, 2015. Still de video
Isabel Rocamora, Body of War, 2010. Video proyección en tres canales.

Rosalind Nashashibi (Croydon, Reino Unido, 1973) ofrece en Electrical Gaza (2015) un retrato de Gaza previo a la escalada de 2014, donde la vida cotidiana —niñas y niños jugando, hombres cocinando, caballos bañándose— se desarrolla frente a un entorno militarizado. La obra desafía narrativas mediáticas, revelando la vulnerabilidad y la resistencia del pueblo palestino.

Isabel Rocamora (Barcelona, 1968) explora en Body of War (2010) la deshumanización en contextos militares, transformando la violencia en acto performativo mediante movimientos ritualizados de excombatientes de Irak y los Balcanes. Su instalación Faith (2015) sitúa a un judío ortodoxo, un cristiano ortodoxo y un musulmán suní en el desierto de Judea, mostrando rituales que conectan las tradiciones abrahámicas y subrayan la posibilidad de superar divisiones históricas y territoriales.

Otros conflictos actuales se abordan desde perspectivas diversas: Zehra Doğan muestra la situación del pueblo kurdo; Aboubacar Traoré documenta el yihadismo en el Sahel; y la guerra en Ucrania se refleja en trabajos de Dagoberto Rodríguez, Gabriel Tizón, Yarema Malashchuk y Roman Khimei, este último en un video coproducido con la 36.ª Bienal de Artes Gráficas de Liubliana.

Beast Type Song (2019), de Sophia Al-Maria. Cortesía: Bienal de Pontevedra

Memoria, identidad y poshumanismo

En Beast Type Song (2019), Sophia Al-Maria (Tacoma, Estados Unidos, 1983) indaga en cómo se borran y reescriben las identidades en contextos marcados por violencia colonial y aceleración tecnológica. Rodado en un edificio en ruinas en Londres, el video reúne intérpretes —incluida la artista— que combinan palabra, gesto, música y dibujo para expresar lo que el lenguaje no alcanza. La obra convierte los cuerpos en archivos vivos de historias personales y colectivas, revelando tensiones entre memoria, trauma y posibilidades poshumanas.

Francesc Torres (Barcelona, 1948) examina en Aleluya del anarco-capitalismo para adolescentes (2025) la retórica de la extrema derecha y el anarcocapitalismo mediante reproducciones de pinturas de Frederic Remington y la incorporación de un revólver Colt junto a Camino de servidumbre de Hayek. La instalación cuestiona cómo la aparente libertad puede ocultar dominación y explotación, subrayando el riesgo de nuevas formas de dependencia y control social.

Francesc Torres, Aleluya del anarco-capitalismo para adolescentes, 2025.
Priscilla Dobler Dzul, El jardín de las delicias (2018-2021). Cortesía: Bienal de Pontevedra

Priscilla Dobler Dzul (Mérida, Yucatán, México, 1985) se concibe como una narradora de historias que aborda la preservación de la identidad, la recuperación de tradiciones y la explotación de comunidades marginadas, mientras explora la relación entre lo humano y lo no humano. Su trabajo propone una visión poshumana donde animales híbridos, figuras humanas y plantas conviven, trascendiendo binarismos occidentales y ofreciendo visiones oníricas que combinan violencia, transformación y esperanza.

En El jardín de las delicias (2018-2021), Dobler Dzul dialoga con la obra homónima de El Bosco para reflexionar sobre la colonización de América y la expropiación de territorios indígenas. El tríptico, dividido en Cielo, Tierra e Infierno, representa un universo donde criaturas de diversas razas y géneros, junto con objetos culturales indígenas, reimaginan las jerarquías y narrativas tradicionales. Cielo muestra un paisaje onírico lleno de color y deidades inspiradas en jeroglíficos mayas; Tierra representa un conflicto con policías armados en lucha por el control del jardín; e Infierno se despliega en tonos sobrios, donde mariposas de colores sugieren la posibilidad de redención y transformación.

Denilson Baniwa, Ecologia da Polinização Invisível, 2022
Violeta Quispe Yupari, ÑAMPAQ ÑAWI, QHIPAQ ÑAWI, 2025. Foto cortesía de la artista

Denilson Baniwa (Darí, Brasil, 1984) explora la interdependencia entre seres humanos, animales y naturaleza, destacando la fragilidad de este equilibrio afectado por el colonialismo y la explotación ecológica. Sus cuatro obras despliegan la sabiduría amazónica a través de los “bichos” que marcan los ciclos naturales: el sapo-aru anuncia el frío, el lagarto el calor, el ciempiés la llegada de las lluvias.

Estas piezas no solo rinden homenaje a los conocimientos indígenas sobre la convivencia con el entorno, sino que dialogan con los discursos contemporáneos del poshumanismo, cuestionando el antropocentrismo y proponiendo formas alternativas de habitar y relacionarnos con el planeta, en un gesto de resistencia y reflexión ecológica profunda.

Violeta Quispe Yupari (Lima, Perú, 1989) trabaja desde sus raíces andinas para visibilizar la violencia de género y la discriminación hacia mujeres indígenas y personas LGTBIQ+. En ÑAMPAQ ÑAWI, QHIPAQ ÑAWI (2025), una instalación compuesta por una escultura y dos pinturas, el miedo se presenta como fuerza dual: destructiva pero capaz de conectar con el sufrimiento ajeno y fomentar solidaridad y conciencia colectiva.

Ríos de gente (2021), de Regina José Galindo. Foto: Juan Esteban
Entre as palavras e as coisas (2006) de Sandra Cinto. Cortesía: Bienal de Pontevedra

En Ríos de gente (2021), Regina José Galindo (Guatemala, 1974) utiliza tanto imágenes tomadas por profesionales como por miembros de las comunidades afectadas para configurar una “escultura humana” en los antiguos cauces de ríos desviados o contaminados por la industria extractiva. La acción se desarrolla como un acto de resistencia contra la destrucción ambiental y la colonización de cuerpos y territorios, acompañada de consignas como “Libertad para el agua” y “El agua es vida, no mercancía”.

La obra denuncia la grave crisis socioecológica en Guatemala, donde el 95 % de los ríos está contaminado, y critica la privatización del agua mientras visibiliza la lucha de las comunidades por preservar sus recursos y su futuro. Con este proyecto, Galindo reafirma su compromiso con la justicia social y ambiental, consolidando su práctica como un instrumento de resistencia y transformación.

La instalación Entre as palavras e as coisas (2006) de Sandra Cinto (Santo André, Brasil, 1972) está compuesta por una estantería, libros de madera, porcelanas rotas y fotografías. Las grietas en las piezas simbolizan memoria y renovación, mientras los puentes dibujados invitan a superar barreras físicas y sociales, constituyendo un acto político sobre educación, humanismo y conexión entre individuos y sociedades.

Paloma de la Guerra (2018), de Pilar Albarracín. Foto: Luis Castilla

Guerras de siempre

Los conflictos contemporáneos se conectan con las raíces de la I y la II Guerra Mundial a través de la obra de Antoni Muntadas, mientras que proyectos como Gulag de Norberto Olmedo, los Soldados soviéticos de Simeón Saiz Ruiz o las imágenes de la guerra de Bosnia de Gervasio Sánchez recuerdan la persistencia de la violencia a lo largo del siglo XX.

La fotografía de guerra se presenta desde múltiples ópticas en esta bienal, incluyendo instantáneas de Robert Capa, Gerda Taro, Agustí Centelles y Kati Horna, que documentaron la guerra civil española como “la primera guerra atestiguada en sentido moderno”, según Susan Sontag. Obras como el Guernica de Picasso dialogan con las piezas de Pilar Albarracín y Fritzia Irizar, conectando conflictos históricos con los contemporáneos en Siria, Ucrania y Gaza.

La paloma, tradicional símbolo de paz, se convierte en Paloma de la Guerra (2018), de Pilar Albarracín (Sevilla, 1968) en un emblema de muerte: disecada, con las alas extendidas y una bala de la Guerra Civil española en su pico. La pieza establece un diálogo con la famosa paloma de Picasso y con Guernica, evocando la persistencia de la violencia bélica y la fragilidad de la esperanza.

Encargada por el Museo Picasso de París para conmemorar el centenario del bombardeo de Guernica, la obra reflexiona sobre los ataques a población civil que siguen siendo inevitables hoy. Albarracín combina simbolismo, humor e ironía para mantener viva la memoria histórica y denunciar la guerra, mostrando cómo el arte puede sostener la conciencia sobre la paz y la justicia social.

Fritzia Irizar, Alepo/Guernica/Kiev/Rafah (2024). Cortesía: Bienal de Pontevedra

Partiendo del legado de Guernica, Fritzia Irizar (Culiacán, México, 1977) replica la icónica pintura de Picasso a escala 1:1 para dialogar con la violencia bélica y el sufrimiento de la población civil, trazando un puente entre la tragedia de 1937 y los conflictos contemporáneos en Alepo, Ucrania, Palestina y Siria. La obra no solo rehace visualmente la pintura original, sino que la transforma en acto performativo: confeti con imágenes de víctimas civiles se dispara sobre la tela y se adhiere con pegamento de secado lento, generando una tensión entre lo festivo y lo trágico.

A través de esta intervención, Irizar cuestiona cómo los objetos y símbolos adquieren nuevos significados en el contexto del arte, invitando a repensar la memoria histórica y la trivialización de la violencia en la cultura visual contemporánea. La pieza se convierte en un recordatorio de la necesidad de mantener viva la conciencia sobre los horrores de la guerra, mientras pone en evidencia la continuidad del sufrimiento humano a lo largo del tiempo.

Machine for Restoring Empathy (Máquina para restaurar la empatía), de Eva Koťátková. Foto cortesía de la Bienal de Pontevedra

Empatía y belleza: futuros posibles

Frente a esta cartografía del dolor, la bienal propone imaginar futuros posibles basados en la empatía y la reflexión. Machine for Restoring Empathy (Máquina para restaurar la empatía), de Eva Koťátková, activada durante el fin de semana inaugural, ejemplifica esta búsqueda de restauración emocional y colectiva.

En esta instalación de gran formato, la artista transforma la empatía en una herramienta tangible para conectar con otros seres humanos, animales, plantas y objetos. De carácter performativo, la obra ofrece un espacio inclusivo donde se narran historias de compasión y cuidado, y donde se cuestionan las normas sociales que excluyen o marginan.

Rafa Domínguez resume la intención de la bienal: “El arte no puede mantenerse al margen del sufrimiento ni de la belleza. Hemos querido que esta edición sea profundamente humana, que hable del tiempo que vivimos, que nos incomode y nos consuele, que cuestione nuestras certezas y nos invite a pensar de otra manera. En un mundo que se fragmenta, el arte puede ser lo último que nos una”.

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