MARTA MINUJÍN: VIVIR EN ARTE
Marta Minujín (Buenos Aires, 1943) presenta en kurimanzutto su primera exposición individual en México en más de veinticinco años. Vivir en arte reúne una selección de obras históricas y recientes que han transformado de manera decisiva las nociones del arte contemporáneo. Figura clave del arte argentino y verdadero ícono global, Minujín ha participado en movimientos que desafiaron los convencionalismos, desplegando una inteligencia aguda y un humor irreverente que la convirtieron en pionera de prácticas efímeras y relacionales, reconocidas tanto en Argentina como internacionalmente.
Su irrupción en la década de 1960 fue fulgurante: comenzó a colaborar con artistas de las vanguardias francesa y estadounidense como Niki de Saint Phalle, Christo, Charlotte Moorman y Andy Warhol. En un contexto dominado por prejuicios de género, desafió activamente las barreras de acceso a los círculos creativos e intelectuales de las principales capitales artísticas, y ha mantenido hasta hoy una actividad tan prolífica como experimental.
Aunque en aquellos años ya se le consideraba “embajadora del pop” en Argentina, su producción desborda cualquier categoría. Minujín participó en momentos clave del arte internacional de posguerra, del informalismo al land art, del conceptualismo al arte público y multimedia— y se adentró en los territorios de los happenings y la psicodelia. En esa tumultuosa década de los sesenta alcanzó notoriedad con sus primeros happenings, en los que abrazaba el caos y exponía a los participantes a situaciones inusuales, sin resultados previsibles. Con ellos buscaba tanto el efecto lúdico como la crítica, sorprendiendo a los visitantes y desestabilizando las jerarquías sociales, al tiempo que incorporaba los medios de comunicación de masas como una plataforma discursiva y tecnológica que la seduce hasta hoy.

¡Arte, arte, arte!
El título de la exposición, Vivir en arte, condensa el profundo deseo de Marta Minujín de impregnar de arte cada gesto de la vida cotidiana. Su “grito de guerra” —como ella misma lo define— es un exultante “¡Arte, arte, arte!”, una declaración de principios que concibe el arte como experiencia colectiva y oportunidad de participación masiva. Para Minujín, el arte no solo pertenece a todos, sino que permite que quienes lo viven se engrandezcan al interactuar con la obra, afirmando así la presencia y la importancia del arte en la existencia.
Pionera del happening, la performance y las prácticas participativas, Minujín —la artista viva más mediática y querida de Argentina— ha demostrado a lo largo de su extensa trayectoria que el arte puede infiltrarse en todos los ámbitos: de lo íntimo a lo político, de la calle a los mercados globales. Sus obras buscan un contacto directo con el público, invitando a involucrarse hasta el punto de destruirlas o incluso “consumirlas”, como ocurrió con sus célebres piezas comestibles.

El obelisco acostado
Por primera vez en México se presenta El obelisco acostado (1978), pieza inaugural de la serie La caída de los mitos universales, exhibida originalmente en la Bienal Latinoamericana de São Paulo ese mismo año. En esa ocasión, Marta Minujín imaginó el traslado ficticio del célebre obelisco porteño —de 64 metros de altura— desde la Plaza de la República hasta el pabellón de la muestra. Lo reprodujo a escala casi real y lo colocó horizontalmente, volviéndolo accesible a todos: un gesto de desmitificación que migraba el símbolo de un país a otro.
Minujín concibió esta obra a inicios de los setenta, poco después de regresar a Buenos Aires, en un contexto marcado por la inminente dictadura militar. La tensión política la llevó a investigar los monumentos como emblemas obsoletos de poder autoritario y a subvertir su carga simbólica. El obelisco acostado emerge, así, como una de las propuestas más ambiciosas de aquella bienal, pues recurre al desmembramiento de un símbolo nacional para cuestionar las narrativas estatales y la verticalidad del poder, proponiendo a la vez nuevas representaciones colectivas y democráticas a través de su carácter participativo.



Décadas después, el célebre obelisco volvió a mostrarse en São Paulo, esta vez en una versión más pequeña que ocupó una de las salas de la Pinacoteca (Pina Luz) en la muestra AO VIVO (2023–2024). Hoy, recostada en el espacio de kurimanzutto, la réplica recupera el espíritu de aquella primera presentación de 1978: invita al público a atravesar su interior y descubrir dos videos —un recorrido documental por el monumento original y la ficticia crónica de su supuesto viaje de Buenos Aires a São Paulo— que reactivan su potencia narrativa.
“El mundo siempre está cambiando, pero los símbolos mundiales se mantienen erguidos y nunca cambian”, afirma la artista. Al recostar un monumento, Minujín lo despoja de su autoridad. De este modo, la verticalidad —y con ella el falocentrismo implícito en muchos monumentos— se convierte en blanco de una crítica que apela a la participación activa del público.


La caída de los mitos universales
El obelisco acostado anticipó los rasgos de toda la serie La caída de los mitos universales: esculturas públicas monumentales concebidas para ser derrumbadas, desarmadas o consumidas, con el fin de interrogar las estructuras de poder. Entre ellas destaca El obelisco de pan dulce (1979), donde el monumento se puso literalmente al servicio del público a través del consumo. Realizada para la Segunda Feria de las Naciones de Buenos Aires, la obra consistió en una estructura metálica de 36 metros de altura recubierta con entre diez mil y treinta mil panetones. “Decidí que, para desmitificar el mito, realmente la gente tiene que comerse el mito”, explicaría Minujín.
El 28 de noviembre, en plena época navideña, los paquetes de pan dulce fueron repartidos a unas cinco mil personas con ayuda de carros de bomberos, mientras el compositor Osvaldo Piro interpretaba Navidad de Buenos Aires. Considerada la primera obra de arte comestible del mundo, la pieza provocó un intenso debate en el contexto de la dictadura militar argentina y de una severa crisis económica, cuando el alimento era escaso y a menudo un lujo.
En esa coyuntura, regalar comida parecía una contradicción, pero ahí radica la potencia de la obra: una escultura monumental hecha de alimento capaz de concentrar —y poner en circulación— una densa red de significados sobre carencia y abundancia, poder y comunidad. Minujín transformó así un ícono urbano en un dispositivo de relaciones culturales y afectivas, desestabilizando los relatos oficiales y cuestionando las jerarquías del valor en una sociedad marcada por la violencia política y la desigualdad.

La vigencia de esta investigación se evidenció recientemente en El Big Ben acostado (2021), presentado en el Manchester International Festival: una réplica de 42 metros del célebre reloj londinense recubierta por veinte mil libros de temática política británica —150 títulos que recorren debates históricos, desde la era Thatcher hasta los conflictos entre Manchester y Londres—.
Más de cuatro décadas después, La caída de los mitos universales sigue siendo una de las desarticulaciones más incisivas de los símbolos que sostienen los relatos oficiales de los Estados. Al proponer su horizontalidad, Minujín invita a replantear las formas de representación y a imaginar, colectivamente, otros modos de entender el poder.

Colchones: una historia de amor
Alrededor de este mito derrocado se exhibe una selección de las esculturas de colchones que Minujín comenzó a realizar en los años sesenta y que, tras un paréntesis de cuatro décadas, retomó en 2006. Aquellas primeras piezas surgieron durante su estancia en París, cuando empezó a trabajar con materiales blandos y cotidianos. Recolectaba colchones desechados en las cercanías de hospitales y los pintaba con diseños inspirados en las minifaldas de moda, cargados de un aire vibrante y provocador en sintonía con el clima de la revolución sexual.
“De casualidad, pasé por una vidriera y quedé encandilada con una falda rosa y turquesa. Ahí, viendo eso, algo se rompió en mí, ¡era el pop! Descubrí los colores… mi vida cambió por completo”, recuerda la artista. Ese descubrimiento detonó un giro radical en su trabajo: abandonó los colchones encontrados para crear otros nuevos, pintados con sus distintivas rayas multicolores.
Estas formas blandas y orgánicas, que se entrelazan evocando cuerpos inmersos en el juego y la sensualidad, condensan lo que la artista llama su “historia de amor” con los colchones: “Pasamos la mitad de nuestras vidas sobre colchones. Nacemos en uno, hacemos el amor en él y, probablemente, un día moriremos sobre otro”. En sus series más recientes, Minujín retoma esa iconografía para construir esculturas de telas pintadas de colores estridentes, acompañadas de dibujos que prolongan en el plano bidimensional la energía de estas formas suaves y su paleta jubilosa. Así, vincula el arte a la dinámica de la vida mediante el uso de materiales industriales y cotidianos, borrando fronteras entre pintura y escultura.

El interés de Minujín por las experiencias participativas, presente desde el inicio de su carrera, adquirió una dimensión más amplia a fines de los setenta, cuando regresó a un país marcado por la dictadura militar (1976–1983), la agitación económica y la persecución de artistas, intelectuales y periodistas. Ante un clima de fragmentación y violencia, redobló su apuesta por un arte que convocara a grandes grupos en el espacio público para cuestionar las estructuras de poder y los símbolos de autoridad. Su práctica —hecha de acciones contraculturales y gestos de alto voltaje político— se convirtió en un acto de resistencia: una forma de derribar mitos convencionales y abrir horizontes para nuevos ideales colectivos.
Vivir en arte permite apreciar esa doble vertiente de la práctica de Minujín: la experimentación material y sensorial, y su voluntad de convertir el arte en un vehículo experiencial capaz de imaginar otros modos de vida. Que esta sea su primera exposición individual en México en más de veinticinco años, y que sea una galería quien la aloje, no es un detalle menor: evidencia tanto el interés sostenido del mercado artístico por su obra como las omisiones curatoriales y desconexiones geográficas que han marcado históricamente su relación con el ámbito institucional mexicano.
Al mismo tiempo, esta simultaneidad —obra crítica de monumentos, acciones que desarman símbolos y, a la vez, su reingreso al circuito comercial— genera una tensión fértil. Minujín mantiene intacto su espíritu contestatario aun cuando su trabajo circula en el mercado; y la galería, al presentar este repertorio, se convierte en un espacio de reflexión y aprendizaje. Vivir en arte reabre el diálogo intercultural: permite que nuevas generaciones se acerquen directamente a su obra y ofrece a museos, coleccionistas, estudiantes y críticos la oportunidad de reconsiderar su legado con renovada cercanía.
Marta Minujín: Vivir en arte se presenta del 23 de agosto al 4 de octubre de 2025 en kurimanzutto, Ciudad de México.
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