LAS HONORARIAS. EL TRABAJO, EL EXTRAVÍO, EL DESCANSO
El trabajo es una condena. Etimológicamente, la palabra proviene del latín tripalium, instrumento de tortura compuesto por tres palos, y de ahí que se asociara con el esfuerzo doloroso de la actividad productiva. Y no podemos olvidar la historia de Sísifo, condenado eternamente a empujar una roca hasta la cima de una montaña, sólo para verla rodar de nuevo al final del día. Una labor absurda y frustrante, que debía reiniciarse una y otra vez. Sísifo fue condenado a trabajar.
El colectivo chileno Las Honorarias ha explorado, de manera insistente, la relación entre arte y trabajo, bajo la premisa de que quienes se desempeñan en el campo artístico en Chile lo hacen en condiciones laborales extremadamente precarias. Su investigación permite visibilizar cómo esa precariedad es compartida por gran parte de la población trabajadora, más allá del ámbito artístico.
Tenemos tan interiorizado el valor del trabajo que pocas veces nos detenemos a pensar qué significa dedicar un porcentaje enorme de nuestra vida a una profesión, a un oficio, o simplemente a una tarea que nos permita comer, vestirnos o tener un lugar para dormir. Peor aún, el trabajo parece perder sentido cuando ya no está directamente relacionado con la producción de lo necesario para vivir. Cada vez más, los procesos productivos se encaminan a labores abstractas, desancladas de esa antigua relación evidente entre trabajo y vida.
¿Podría entenderse, entonces, que la labor artística —que, por cierto, sigue siendo un trabajo— mantiene un impulso utópico-crítico, en palabras de José Luis Brea, como fuerza liberadora? ¿Que a través del arte se busca tomar consciencia de la irracionalidad de una vida destinada a la producción que nos agota y enajena?
Brea concebía el arte como portador de esa fuerza emancipadora, con la capacidad de infiltrar la sociedad desde un lugar habitual de la práctica artística: la construcción de identidad, y desde ahí proponer las perspectivas posibles a partir del impulso utópico-crítico, apostando a “conducir al hombre hacia estadios más y más emancipados”. ¿Será realmente posible?










Las Honorarias, Ocupación, 2025. Vista de la instalación en Sagrada Mercancía, Santiago. Foto: Felipe Ugalde
Quizás en esa dirección, Ocupación se toma el espacio de Sagrada Mercancía. Lo abarrota con lo que parece un absurdo: repetir sus formas, una y otra vez, hasta hacer desaparecer el espacio y permitir, apenas, el ingreso de los espectadores. Un trabajo que condensa sudores y esfuerzos para saturar el lugar, transformándolo y dejando en el centro una imagen de la misma sala (en la que, finalmente, Las Honorarias duermen), esta vez empequeñecida, para partir y terminar en ella. Un ida y vuelta que, como Sísifo, nos recuerda de la eternidad de una condena que, esta vez, parece permitir mirarnos a nosotros mismos.
Al recorrer la instalación, comprendemos que ésta condensa una serie de metáforas a partir de la experiencia física del laberinto que produce el empequeñecimiento de la sala: primero, la inquietante idea de perderte en un sinfín claustrofóbico, y segundo, la serie de encuentros casuales con otr@s que recorren -al igual que uno- el espacio sin saber muy bien de rutas y escapes posibles. Lo interesante es que, como en el mundo laboral, ese deambular genera una incipiente idea de comunidad en virtud de una vivencia colectiva, algo que nos une como si fuera una sensación compartida.
¿Puede ser que el extravío en Ocupación funcione como metáfora de la condena laboral a la que tod@s estamos sometidos? Esa rutina inconsciente de destinar horas a producir abstracciones, y de lo que realmente nos interesaría hacer si no tuviéramos que entregar horas y horas de nuestras vidas a generar recursos para cuestiones inútiles. En ese sentido es que la idea de Anthony Giddens cobra interés, cuando piensa en el dinero no en tanto condensación del tiempo, sino más bien en tanto deuda. El dinero hoy, intangible —casi nadie usa efectivo—, se vuelve un compromiso futuro, una deuda interminable. Estamos inmersos en un sistema que nos inscribe, nos incorpora, nos enrola, para siempre.
¡No es posible pensar en un escape del sistema! ¿Cómo sería esto posible? Y no sólo en el plano material, pues resulta utópico imaginar un lugar donde no dependamos de una relación productiva con los demás, o donde el capital —convertido en neoliberalismo— no haya dejado ya su impronta. Es increíble pensar y ser conscientes de que hoy es realmente imposible construir una alternativa. Sería el equivalente a volver a las cavernas, un retroceso social y cultural impensado. Pero quizás ese imposible se sostiene por otra razón: ya tenemos dentro esa especie de moral calvinista, donde el trabajo duro se asocia con un bien moral, con la salvación. Esa condena que, al cumplirla, nos abre la puerta de una salvación que se opone a la flojera y el despilfarro.
¿Y desde cuándo el ocio se ha transformado en una especie de signo que alterna entre el bien y el mal? Porque es evidente que aquel que no produce y no trabaja se convierte en un monstruo social que debe ser alienado. Vemos los rucos en el centro de las capitales mundiales, por ejemplo, habitados por personas que viven fuera de los márgenes de la sociedad contemporánea. Sin embargo, para aquellos que estamos inmersos productivamente en el sistema, el ocio es entendido como una necesidad del trabajador, en tanto requiere de alicientes para mantener su productividad.
¿Qué buscamos entonces? ¿Qué hacemos cuando recorremos los pasillos de ese laberinto, los de la instalación de Las Honorarias y los recovecos de nuestras productivas vidas? Parece que simplemente alcanzar el lugar de la pausa. Pensar en el derecho, moralmente irreprochable, de detenernos e intentar un descanso.
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