LUNA DANNON: LO QUE VIVE EN ESTA SELVA
La reciente exposición de la artista visual y psicóloga peruana Luna Dannon surge de su experiencia en un proyecto de salud mental que recorrió 105 comunidades amazónicas durante la pandemia. A bordo de un barco hospital, brindó atención psicológica y talleres sobre sexualidad, violencia y crianza en territorios con acceso casi inexistente a estos servicios. Frente a las injusticias normalizadas y la violencia estructural, el arte se convirtió en su mecanismo de supervivencia.
Compartimos el texto curatorial de Lo que vive en esta selva, que se presentó en el Museo del Grabado ICPNA, Lima, del 8 de julio al 16 de agosto de 2025.
Por Giuliana Vidarte | Curadora
En Lo que vive en esta selva, los paisajes amazónicos adoptan la apariencia de cuerpos humanos heridos por elementos que evocan la transgresión y la destrucción de estos entornos antes idealizados. En las pinturas e instalaciones de Luna Dannon (Lima, 1996), el territorio y sus elementos —ríos, plantas y árboles— toman la forma de cuerpos violentados, marcados por experiencias de dolor. Sus grabados y esculturas, por su parte, presentan personajes mitológicos que encarnan una violencia normalizada.
En estas obras se altera la experiencia con un ambiente que acecha y agrede. La mirada contemplativa sobre el paisaje se transforma para superar la fascinación frente a la vastedad y exuberancia del bosque y revelarlo humanizado. Brazos, piernas y vulvas brotan de troncos y ramas, configurando un ecosistema que es testigo y, a su vez, encarna las graves situaciones de violencia de género que afectan a las comunidades amazónicas.
El conjunto de piezas reunidas en esta exposición —intervenciones sobre el imaginario del paisaje y la mitología amazónica— propone reflexionar en torno a los contextos de violencia psicológica, física y sexual que viven las mujeres en la región.


La práctica de Dannon como psicóloga clínica, en el marco de una investigación sobre salud mental en la Amazonía, constituyó el punto de partida de esta propuesta. En 2021, participó en el Programa Médico Esperanza Amazónica (PMEAP), dentro del proyecto Alianza por la Amazonía frente al COVID-19. De este modo, llevó a cabo un recorrido para brindar servicios de atención psicológica a veintisiete comunidades a lo largo del Bajo Ucayali, dieciséis de ellas autoidentificadas como parte del pueblo Kukama-Kukamiria y once como centros poblados o aldeas.
A lo largo de este viaje, Dannon reconoció las constantes situaciones de violencia que atraviesan las mujeres de estas comunidades. En los procesos de acompañamiento psicológico, el dibujo se convirtió en un medio para asimilar y sobrellevar su labor en un contexto tan desafiante. Años más tarde, con la intención de elaborar una serie de trabajos que compartieran esta experiencia y visibilizaran los abusos conocidos a través de los testimonios de estas mujeres, continuó su formación en el taller de grabado La Madriguera, en Barcelona.
La producción de estos grabados —en punta seca sobre metacrilato, así como en aguafuerte y aguatinta— supuso un reto tanto técnico como físico. Las largas jornadas de trabajo y las incisiones sobre la matriz transmiten la angustia contenida en las imágenes que conforman este conjunto. Se trata de representaciones que, si bien nacen de los testimonios, se despliegan en visiones que enfatizan la convivencia de una naturaleza fértil y vital, pero también amenazante y agresiva, escenario donde se inscriben las violencias normalizadas.

En Veneno para los dolores del alma (2023), las líneas grabadas delinean los patrones de la piel, la madera y las nubes del cielo. Los cortes, firmes y marcados, sugieren volumen y movimiento, al tiempo que instauran una atmósfera sombría. En ella, la figura femenina central, de rostro impasible, dirige la mirada hacia el vacío. Una botella de plástico —que a primera vista podría confundirse con el recipiente de una bebida cualquiera— contiene en realidad el veneno. Detrás, un personaje demoníaco, mitad humano y mitad animal, despliega su lengua y sus brazos.
Se trata de un cuerpo siempre vigilante que concentra la amenaza latente. Incluso las nubes, tan habituales en la tradición paisajística amazónica como emblema de calidez y luminosidad, se oscurecen para acompañar esta presencia de la violencia que acecha. Finalmente, una herida supura en el pecho del personaje femenino, una marca que alude a la agresión latente y a las heridas abiertas de los abusos sistemáticos.
En El que no sabe de amores, llorona, no sabe lo que es martirio (2023), un ser híbrido —felino y serpiente a la vez, fusión de dos depredadores del bosque amazónico— mantiene cautiva a la figura femenina central y amenaza con desgarrarla a zarpazos. Las incisiones más profundas del grabado subrayan la presencia del agresor, resaltando su silueta en la escena.
El cuerpo femenino, tendido sobre la tierra, funde su cabello con los arbustos, y el vello púbico adquiere la forma de pequeñas hojas, un follaje a la vez humano y vegetal. Las heridas de su pecho se convierten en vulvas que supuran fluidos, como las lágrimas que recorren su rostro. En esta serie de grabados se imponen así presencias míticas, reinvenciones de seres que acechan a los cuerpos femeninos, los marcan y los someten, mientras éstos transmiten, con sus gestos, la angustia y el dolor de las violencias inscritas en su piel.

En las pinturas que integran la exposición, los personajes humanos y míticos se desvanecen, dando paso a composiciones centradas en los encuentros entre los diversos seres que habitan las formas mismas de la naturaleza.
En Madre tierra ultrajada (2023) se presenta una vista del río desde la orilla, recurso compositivo habitual en la pintura amazónica. Árboles, flores y arbustos enmarcan la mirada y delimitan los bordes de la escena. Los movimientos de la corriente son enfatizados mediante la sucesión de trazos orgánicos y de colores vibrantes, los mismos que animan las hojas y flores de la ribera.
Desde la orilla, los tonos se diluyen siguiendo el ritmo de las aguas. Una mirada atenta revela detalles que transforman la fascinación inicial por el color y la belleza del paisaje. Aparecen raíces y troncos cortados; un cuchillo atraviesa uno de ellos y abre una herida que es, al mismo tiempo, vulva sangrante. Otras vulvas emergen entre la vegetación, mimetizadas con las formas de las hojas. El tronco central de la pintura se revela, finalmente, como un cuerpo femenino enterrado, atravesado por el cuchillo y cubierto de flores y follaje.


En otras pinturas de la serie se mantiene la representación del paisaje como un cuerpo vivo: un territorio que nutre, pero también agrede, y que se convierte en el lugar donde germinan los abusos.
En Venganza y brujería en la comunidad (2024), las sombras del bosque cubren el tronco de un árbol fecundo y oscurecen la atmósfera; sus frutos aparecen heridos y sangrantes, como encarnaciones de la violencia. En Dios no estaba arriba, sino abajo, entre los árboles (2024), en cambio, Luna propone una imagen contraria: un tronco despojado de vegetación, cuyos nudos adquieren la forma de pechos femeninos en un cuerpo estéril. Finalmente, en Lo que vive en esta selva (2024), obra que da título a la muestra, un grupo de brazos se despliega como ramas desde un tronco que sostiene una cavidad oscura: el vacío de un cuerpo muerto y transgredido.


Asimismo, las esculturas de Lo que vive en esta selva representan seres mitológicos o personajes en metamorfosis. En estas piezas, los cuerpos humanos se fusionan con animales y figuras míticas: yacurunas y bufeos aparecen con rostros o piernas humanas y cabellos rubios. Luna presenta a estas entidades con una apariencia brillante y colorida que, en un primer momento, encandila. El glitter sobre la piel o los labios ilumina las superficies y enfatiza la dimensión fantástica de la invención. Sin embargo, tras esa primera impresión deslumbrante —como ocurría con las pinturas— se hacen evidentes las huellas que remiten a los abusos y violencias subyacentes, inscritos en los propios cuerpos.
En definitiva, el territorio se convierte en testigo de la violencia de género y, a la vez, en cuerpo acechado por los abusos. Los horizontes ensombrecidos insinúan agresiones, mientras que troncos y ramas se revelan como cuerpos femeninos que las padecen. Los seres míticos, por su parte, actúan como agresores enraizados en el bosque. Así, la propuesta artística de Dannon interviene en la tradición pictórica del paisaje amazónico, transformando este contexto en un entorno encarnado y perturbado. Mediante la reinterpretación de la geografía y de la mitología regional, la artista contribuye a generar espacios que visibilizan y enfrentan estas problemáticas de violencia y abuso.
También te puede interesar
ANA TERESA BARBOZA. TEJER LAS PIEDRAS, SENTIR CON EL CUERPO
La obra de Ana Teresa Barboza (Lima, 1981) no solo pone en valor técnicas ancestrales, sino que tiene la particularidad de engendrar un tejido social que involucra prácticas de diversas comunidades peruanas y en...
EL FEMINISMO SIEMPRE LATENTE DE IDA APPLEBROOG
El Museo Reina Sofía presenta la mayor y más exhaustiva retrospectiva dedicada a Ida Applebroog, artista estadounidense conocida por criticar de forma abierta a la sociedad patriarcal encallada dañinamente en nuestro mundo, planteándolo, desde...
CUERPOS DE LA DIÁSPORA MAPUCHE. ENTREVISTA A PAULA BAEZA PAILAMILLA
Paula Baeza Pailamilla (1988) es una artista visual mapuche que vive en Santiago de Chile. Centrada en el performance, su obra se caracteriza por prácticas relacionales y acciones colectivas que investigan el cuerpo político,...


